22. Vulnerabilidad #3
Con esas palabras aún en mente, me había encaminado la noche acordada a casa de Clara y David.
Me negaba a aceptar que yo pudiera ser tan influenciable, y que el amor que había sentido por David pudiera volver así como así, después de que me costara tanto esfuerzo olvidarle y ahora que salía con otro.
Pero quizás Pablo tenía razón, quizás yo no había puesto tanto de mi parte, quizás debería dejar de buscar oportunidades para verle, aunque intentara convencerme a mí mismo de que lo de esa noche no significaba nada.
«Es que no significa nada», me dije cuando casi estaba llegando, obviando el leve resquemor que me producía no haberle dicho nada de eso a Santiago, a pesar de que entre nosotros no existía nada tangible.
Y de todas maneras, tenía que venir, quisiera o no, me defendí, porque no podía dejar a Clara tirada.
Además, por su bien, si no por el mío propio, debía aprender a ver a David sin que me afectara.
Claro que quizás estaría bien seguir el consejo de Pablo en cuanto a lo de no volver a tener sexo con él. Sólo por si acaso.
Cuando llegué al piso, ya había algunas personas desparramadas por el apartamento entre la decoración de Navidad.
En un extremo del salón había un árbol enorme, adornado con exuberancia, y guirnaldas y flores de pascua por todas partes, lo que me convenció rápidamente de que todo ese despliegue debía de ser cosa de Clara.
Nada más entrar, varios de mis compañeros de clase se abalanzaron sobre mí entre risas y me besaron con profusión, como si me estuvieran gastando una broma que yo no entendía.
El último fue Samuel, que me besó en los labios mientras éramos coreados por los demás.
No fue hasta que me alejé de la puerta del ascensor que vi que sobre ella habían colgado unas hojas de muérdago, y besar a todo aquel que se quedaba parado en la entrada se había convertido en la broma de la noche.
—Oh, no —se quejó Clara, apareciendo en el salón en ese momento—. He vuelto a llegar tarde para el recibimiento de alguien. Guillem me tiene entretenida en la cocina —me explicó.
—No importa —le dije, riendo. Acababan de explicarme la broma del muérdago y le estaba pillando la gracia—. A ti te dejo besarme de todas formas.
Nos dimos un piquito en los labios y entonces vi a Guillem asomarse por la puerta de la cocina y mirarnos con cara de disgusto. Me pareció a mí que retrasaba adrede a Clara para evitar que fuera besando a nadie más que a él.
—Es una pena que tú tampoco llegaras a tiempo, pero aún puedes besarme si quieres —le dije para picarle. Provoqué unas cuantas risas a mi alrededor, pero a él parecía no haberle gustado la broma y volvió a entrar en la cocina—. ¿Estamos todos?
—Casi todos, no has sido el último en llegar. Ven a la cocina a coger una copa, así saludas a mi hermano.
—Sí, claro —dije sin mucho convencimiento, pero la seguí de todos modos.
David estaba allí, vestido con unos vaqueros oscuros, una camisa de color petróleo y un delantal de colorines que arruinaba el conjunto. Sacaba unas bandejas del horno y, al verme entrar, sonrió.
—Hola —dijo. Me acercó la bandeja tanto que noté el calor que provenía de ella—. ¿Una galleta de jengibre?
—¿No me digas que las has hecho tú? —La bandeja estaba llena de muñecos de jengibre, con cara y todo. El olor era delicioso.
—Con un poquito de ayuda. Clara y Guillem llevan toda la tarde en la cocina conmigo —aclaró.
—No hemos contratado catering ni nada —dijo ella con orgullo—. Lo hemos cocinado todo nosotros.
Me fijé por primera vez en que la mesa estaba llena de bandejas y fuentes con comida: canapés, panecillos, galletas, ensaladas, salseras… Todo parecía casero y recién hecho.
—Es una pasada… —dije cogiendo una galleta, pero estaba tan caliente que la volví a soltar sobre la bandeja. David se rio de mí.
—Caliente, ¿eh?
La manera en la que me lo dijo me subió los colores.
—Mejor me tomo una copa primero.
Clara me tendió una cerveza de la nevera y salí de la cocina.
Una vez fuera, Samuel me tomó del brazo y me llevó casi a rastras hasta la terraza, que estaba bastante concurrida a pesar del fresco que hacía.
La última vez que había estado allí en compañía de gente de la clase, había salido del armario delante de ellos, y aunque algunos de los que habían estado aquella noche estaban allí de nuevo, nadie dijo nada al respecto.
Samuel me condujo hasta un reducido grupo de chicas, dando por sentado que ese era nuestro lugar, aunque el tema de conversación no era muy diferente al de la otra vez.
Todas parloteaban acerca de lo guapo que era David.
Puse los ojos en blanco e intenté escabullirme, pero Samuel, que aún me tenía cogido por el brazo, me lo impidió.
—Qué calladito te lo tenías.
—¿El qué? —le dije.
—Lo bueno que está ese hombre. Tú ya lo habías visto, ¿no?
—Sí, un par de veces —dije con imprecisión—. Pero tampoco es para tanto. Está muy flaco y no es tan alto… —dije parafraseando a Pablo.
—¿Y qué más da? De todas maneras, pensaba que ese era precisamente tu tipo.
—Sí, bueno, depende…
—¡Eh, chicos! —Clara se asomó a la terraza para llamarnos—. Entrad al salón, ya han llegado los demás y estamos poniendo la cena en la mesa.
Como si esas fueran palabras mágicas, todos salieron de la terraza para ir a comer algo.
El olor de la comida llegó hasta mis fosas nasales y me di cuenta de que estaba famélico, pero Samuel volvió a retenerme por el brazo, impidiéndome salir.
Le miré sin comprender y puso un dedo sobre sus labios para indicarme que estuviera en silencio.
Cuando todos salieron y nos quedamos solos en la terraza, se inclinó hacia mí y me susurró:
—Ese tío es gay.
Sentí que se me aceleraba el pulso.
—¿Quién?
—El hermano de Clara.
—No, qué va…
—Que sí, bisexual como poco —dijo, dando en el clavo—. Te lo digo yo.
Aunque sabía que lo que decía era verdad, tenía que fingir que no era así.
—¿Estás seguro?
—Sí. ¿Ilusionado?
—¿Qué? ¡No! —protesté, y luego, para dar más verosimilitud a mi queja, añadí—: Es el hermano de Clara.
—A mí, como si es el Papa. Vaya culito que tiene…
Cogí a Samuel por las solapas de la camisa y le giré hasta que estuvo frente a mí.
—Más te vale que lo olvides.
—¿Qué?
—Aunque tengas razón, es el hermano de Clara, no te puedes liar con él. —Intenté convencerme de que mi arrebato no se debía a los celos, sino a la necesidad de proteger a mi amiga—. Y ni se te ocurra decirle esto a ella. O a nadie.
—¿Por qué te pones así?
—Porque tienes que tener más respeto, Samuel, por eso —dije soltándole—. Si David es gay, es cosa suya decidir si salir del armario o no. Hasta entonces, mantén la boca cerrada. Por el bien de Clara —añadí.
—Está bien, está bien —resopló mientras se recolocaba la camisa y alisaba las arrugas que yo le había hecho al cogerle—. No le diré nada a Clara. Ni a nadie más —aclaró al ver que yo iba a puntualizarlo—. Si es tan importante para ti…
—Lo es. —Reprimí un acceso de remordimientos al darme cuenta de lo hipócrita que estaba siendo, pero no me atrevía a confiarle mi secreto a Samuel—.
Me lo debes por haber estado diciendo por ahí que yo era gay, cuando aún no se lo había contado a nadie.
—Tuvo la decencia de mostrarse avergonzado e hizo un gesto como de cerrar su boca con una cremallera. Le sonreí—. Gracias.
—De nada. Anda —dijo cogiendo mi brazo de nuevo—, vamos a comer algo.
Clara estaba bastante satisfecha, al fin y al cabo, la fiesta había salido muy bien y le daba las gracias por todo a su hermano.
Era obvio que David había organizado todo ese tinglado para satisfacerla y se mostró encantador hasta el paroxismo con todos los amigos de su hermana.
Sobre todo con las chicas. Consciente del efecto que debía de tener en ellas, bailó con muchas, tonteó con algunas y más de una se llevó un beso debajo del dichoso muérdago, que cada vez me hacía menos gracia.
Luego, a petición de Clara, nos trasladamos a la sala del piano para que David nos diera un improvisado concierto, y él parecía encantado de tener un público atento, aunque la mayoría de las chicas estaba más pendiente de él que de su interpretación.
Decidió dejar la música clásica para otra ocasión y tocó varias canciones de rock de los años cincuenta y sesenta, que todos coreamos. Luego cantó a dúo con Clara «Quando, quando, quando » y tocó versiones con toque de jazz de algunos temas muy conocidos.
—Bueno —dijo en cuanto empezó a escasear de ideas—. ¿Qué queréis escuchar ahora?
—Algo romántico —dijo una de sus nuevas admiradoras, entre las risitas de las demás.
Puse los ojos en blanco desde el relativo anonimato que me ofrecía estar en el vano de la puerta, con todo el mundo de espaldas a mí para mirar en dirección al piano, pero el gesto se me congeló al reconocer los primeros acordes de «Blame it on my youth».
Volviendo los ojos hacia David, le vi desgranar unos versos que yo no esperaba nunca escuchar de sus labios.
En ese momento, él miró en mi dirección y debió de leer en mi rostro que esa no era la canción más adecuada.
Negué con la cabeza en un mudo ruego que él entendió al instante.
Apartó los ojos de mí y rompió los acordes de la música con un golpe inconexo de sus manos sobre el teclado.
Varias protestas se elevaron alrededor, pero yo sentí un repentino alivio.
—Esa canción es aburrida —dijo él como disculpa—. Vamos a tocar algo más divertido.
Se puso de pie y tocó unas rápidas notas que me sacaron una sonrisa. Luego, con voz vibrante y estridente, comenzó a cantar «Great balls of fire».