22. Vulnerabilidad #2
Pensé entonces en todas las veces que me había ido a la cama con David a lo largo de ese último año y Clara sin saberlo. Si David tenía un lío y se lo ocultaba a Clara, seguramente sería porque era con un hombre. Eso ya me tranquilizaba menos.
En todo este tiempo no se me había ocurrido que David pudiera estar con alguien, y pensándolo fríamente, era bastante probable que hubiese tenido unos cuantos rollos, pues era ingenuo pensar que se había conformado con los que había tenido conmigo.
Al fin y al cabo, me dejó porque quería tener una vida disoluta y seguramente la estaba teniendo a espaldas de su hermana.
La sombra de unos celos inesperados, pero no por ello poco familiares, se asomó a una esquinita de mi cerebro.
Si yo ya no sentía nada por David, ¿por qué me sentía así?
¿Era acaso un reflejo causado por la costumbre?
¿O es que era normal sentir celos por un ex, aunque hubieses dejado de quererle?
—¿Noah? —La vocecita de Clara me sacó de mis ensoñaciones—. ¿Estás bien? Te has quedado muy callado de repente.
—Sí, estoy bien. —Me terminé el bocata en un par de mordiscos para disimular mi turbación, y me dije que era por tener que guardar los sucios secretos de David.
Por mucho que Clara tuviese razón en sus conjeturas, yo no podía dársela, pero eso no me quitaba las ganas de descubrir la verdad—.
¿Cuándo dijiste que era esa dichosa fiesta?
Me sentía desconcertado. Otra vez. Santiago estaba detrás de mí, dentro de mí, y yo sólo sentía desconcierto.
Toda mi excitación de hacía un momento se había esfumado, y sin saber exactamente por qué, tenía la vaga sensación de que cualquier cosa que Santiago hiciera sería inadecuada.
Empecé a sentirme incómodo, sin ninguna razón en concreto, consiguiendo que las embestidas que mi amante me regalaba comenzaran a resultar más desagradables que placenteras.
Santiago, por su parte, parecía totalmente concentrado en el movimiento rítmico de sus caderas contra mis nalgas, y supe que él tampoco había conseguido estar a gusto del todo, aunque yo ya había aprendido que él no me hablaría de ello.
Me giré un poco hacia él, buscando conectar su mirada con la mía, y le besé en los labios, consiguiendo así captar su atención.
—Santi, esto no funciona…
—¿Estás incómodo?
—Un poco —respondí—, deja que me ponga yo encima.
Me di la vuelta y me senté a horcajadas sobre él. Santiago tocó anonadado mi polla, que estaba algo desinflada.
—¿Has tenido un gatillazo, guapo?
Le miré, reprimiendo unos repentinos instintos asesinos.
—Algo parecido —afirmé con un toque de sarcasmo que no creo que él captara. Más bien parecía centrado en volver a penetrarme. Elevé las caderas y le dejé entrar, pero dejando muy claro que esta vez mandaría yo.
Cerré los ojos y empecé a cabalgarle a un ritmo que me resultaba estimulante.
Sus manos se movieron hasta mis caderas y mi cintura, y se quedaron allí, complacientes, dejándome hacer a mi antojo.
Cuando sentí que mi erección revivía un tanto, empecé a masturbarme, aún con los ojos cerrados, evocando bajo mis párpados imágenes que me resultaban más excitantes que lo que mi vista podía ofrecer.
Fantaseé con situaciones que había visto en el Sodoma, con otros hombres con los que me había acostado, o con quienes lo habría querido hacer, con una escena de bondage que había visto en una peli porno en casa de Pablo, que me había puesto muy cachondo porque me recordaba vivamente a aquella vez que había estado atado a una cama, y fantaseé con aquella vez, y con David.
Me corrí, siendo plenamente consciente de qué estímulo había desencadenado mi orgasmo, y sin sentir ningún remordimiento al respecto, tan sólo un poco de desconcierto. Me di cuenta entonces de que no había sentido el orgasmo de Santiago y le miré.
—¿Aún no? —le pregunté.
—No me has dado tiempo. Has sido muy rápido —me reprochó.
De nuevo sentí ganas de matarle.
—Lo siento. —Sopesé qué hacer. Ya no me sentía muy inspirado. Mi libido había caído en picado después del orgasmo, y sólo me apetecía tirarme en la cama, pero no era plan dejarle a mitad. Sólo me quedaba una opción—. ¿Te falta mucho?
—No lo creo —respondió acariciándome el culo, como si estuviera pensando lo mismo que yo.
—Está bien. —Aun con su polla dentro de mí, reanudé el movimiento de mis caderas para darle placer.
Era un poco incómodo hacer eso cuando mi cuerpo ya estaba saciado, y mis tripas protestaron levemente, pero tampoco era insoportable.
Le dejé que me follara un par de minutos más, dejando esta vez que él llevara el ritmo que necesitaba para terminar, hasta que al fin se corrió.
Para cuando acabamos, mi efímera euforia postorgásmica estaba del todo desaparecida y ya sólo me sentía exhausto.
Me dejé caer en la cama y él se fue al baño para lavarse.
Santiago no era de esos que ponía mucho entusiasmo en las carantoñas postcoitales, y en todo caso, tampoco era como si yo las necesitara. Ni que estuviese enamorado de él.
Cuando volvió del baño, se sentó en el borde de la cama y encendió un cigarrillo. Hizo un vago gesto de ofrecimiento que yo denegué.
—¿Vives solo? —pregunté al final.
—¿Ves a alguien más aquí? —dijo con cierta sorna.
—¿No tienes familia?
—No, solo mi madre, pero está muy enferma.
—¿Y no tienes hijos?
—Por desgracia —dijo, aún en broma—, ninguno de mis ligues se ha quedado nunca preñado. A lo mejor contigo tengo más suerte…
—Joder, Santiago, no era a eso a lo que me refería.
—Sé a lo que te referías —dijo, pero no me contestó. Me miró exhalando el humo del tabaco y me preguntó—: ¿Y tú? ¿Cuál es tu historia?
—¿Mi historia? —dije sorprendido. Que yo quisiera conocer las circunstancias de Santiago no significaba que yo quisiera desvelar las mías, pero no pude evitar pensar en David y en la fiesta a la que iba a ir al día siguiente—.
Sólo tengo dieciocho — dije como excusa, poniendo mi mejor y más inocente sonrisa—.
No he tenido tiempo aún para ninguna historia.
La fiesta se celebró durante el último fin de semana antes del inicio de las vacaciones, y como yo había predicho, Pablo no aceptó venir conmigo.
Aunque fui a su casa a pedírselo con cierta insistencia, se negó con vehemencia, pero no por las razones que yo había pensado en un principio.
No era que le molestara ir a una de esas fiestas de pijos, sino que no quería encontrarse con David.
Puede que no le conociera personalmente, pero parecía sentir una fuerte animadversión por él, nacida probablemente del instinto maternal y protector del que siempre hacía gala cuando de mí se trataba.
—Deberías tener cuidado —me dijo como epílogo de su razonamiento—.
No sé si eres consciente de ello o no, pero no creo que sea conveniente que estés continuamente viendo a David si lo que intentas es olvidarle.
Sobre todo, ahora que te estás liando con otro tío-mayor-que-no-te-conviene. Con uno tienes más que suficiente.
—Yo ya le he olvidado —dije, devolviéndole el porro que habíamos estado compartiendo desde que iniciáramos la conversación, y obviando la referencia a Santiago.
—Seguro que sí —bufó con incredulidad mal disimulada—. ¿Me estás diciendo que si David se te pusiera a tiro, no te lo follarías?
—Pues a lo mejor no —contesté con altivez.
—¿No? —El aliento salió de su boca, formando zarcillos de humo alrededor de su rostro—. Imagínatelo: David desnudo, sudoroso, tirado en una cama, con las blancas sábanas enredadas en sus piernas y la polla, grande y bien dura, asomando húmeda por entre la tela. ¿Y no te lo tirarías?
Por mucho que lo intenté, no conseguí que la imagen que Pablo evocaba no se materializara en mi mente, provocando un inconveniente escozor en mi entrepierna.
—Es que estás confundiendo conceptos —dije revolviéndome incómodo—. Una cosa es que me pueda poner cachondo algo así…
—O sea, que lo admites.
—… y otra cosa —continué, ignorando su comentario— es que siga enamorado de él.
—Así y todo, creo que estás jugando con fuego, y no pienso ser cómplice en esa locura tuya. Si quieres ir a esa fiesta a sonsacarle a David si se acuesta con alguien, vete y hazlo, es tu problema. Pero no esperes que yo vaya contigo para darte apoyo moral. Tú no me apoyarías si fuera al contrario.
—David no es Alejandro —le recordé con dureza.
—No, no lo es —convino él—. Es incluso peor.
—Fui a protestar, pero Pablo levantó una mano, impidiéndome hablar—.
Yo al menos sé a qué atenerme con Alejandro, pero David te tiene aquí —dijo, enseñándome su puño—, y tú ni te das cuenta.
Te usa cuando él quiere y como él quiere, incluso ahora, con Santiago de por medio.
No te deja estar a su lado, pero tampoco te deja marchar.
Al menos yo sé que si quisiera podría estar con Alejandro, pero no quiero.
David es tan capullo que te obliga a fingir que no le quieres para poder follarte con la conciencia tranquila.
—Esa fue mi decisión —dije—. Él nunca me lo pidió.
—No, pero te dijo, más o menos, que si estuvieras enamorado de él, no se acostaría contigo. Cuántas opciones te dio, ¿no?
—Pero…
—Si realmente ya no estás enamorado de él, empieza por dejar de defenderle. Y aunque tengas razón en eso de que no es lo mismo el deseo que el amor, en el caso de David eso no puede aplicarse.
—¿Qué quieres decir?
—Compruébalo si te atreves, valiente —me retó—. Enróllate de nuevo con él, y estarás enamorado otra vez aun antes de decir: «¿Dónde tienes los condones?». Apártate de ese tío —concluyó—, es el mejor favor que puedes hacerte.