22. Vulnerabilidad
VULNERABILIDAD
A medida que nos acercábamos a las vacaciones de Navidad, empezaba a tener cada vez menos y menos tiempo libre.
No era algo que me pillara de sorpresa, ya suponía que el segundo curso iba a ser tanto o más exigente que el primero, pero eso no conseguía que dejara de echar de menos las marchas con Pablo y Clara.
Tenía cuatro asignaturas cuatrimestrales y una anual.
Esta última, bioquímica funcional, nos traía a todos de cabeza, no solo porque el temario era muy denso y largo, sino también porque la profesora que la impartía parecía querer exprimir nuestra juventud a base de trabajos en grupo y exámenes sorpresa casi cada semana.
Encima, y para complicarlo todo un poco más, a principios de diciembre Clara vino con la noticia de que se había liado casi de improviso con un chico de otra facultad.
Al parecer, coincidieron en la biblioteca aquellos días en los que yo no fui a estudiar por el tema del vídeo y habían empezado a hablar.
Estuvieron tonteando unas semanas, hasta que el viernes anterior se habían acostado por primera vez.
Como si eso lo convirtiera en oficial, decidió contármelo por fin.
Luego me dijo entusiasmada que al parecer él solía sentarse cerca de nosotros en la biblioteca desde hacía tiempo, porque ella le gustaba, pero no fue hasta que la vio sola cuando se atrevió a hablarle.
—¿Dices que siempre se sienta cerca de nosotros?
—Sí —me dijo el primer lunes del mes, cuando salíamos de clase e intercambiábamos las novedades del fin de semana. Al parecer, ella había tenido uno muy apasionado—. Desde el curso pasado. —La miré con extrañeza—. Además, tú sabes quién es…
—¿Quién?
—Ese que estudia Medicina, el pelirrojo…
Puse los ojos en blanco, recordando al chico de los manuales de anatomía que siempre me chistaba en la biblioteca.
—¿Te has enrollado con ese? Pero si es un borde, siempre nos manda a callar…
—No es un borde, lo que pasa es que tú le intimidabas. Creía que éramos novios, por eso nunca me decía nada, pero nos mandaba a callar para llamar mi atención. ¿No crees que es encantador?
—No, no lo creo —dije, mirándola como si estuviera loca.
—Es un amor —añadió encantada—, y tan sexi…
—Ese tío no es sexi —opiné.
—Sí que lo es. Se pone todo rojo cuando hacemos el amor. Como tú, cuando hablas de sexo.
—Yo no me pongo rojo cada vez que hablo de sexo —me quejé.
—Sí que lo haces, al menos cuando hablas de cosas muy pervertidas —dijo ella con tono picarón—. Deberías verlo en esos momentos, tan acalorado que se le notan mucho las pecas.
—Te ha dado fuerte, ¿eh? Estás coladita por él.
—¿Quién, yo? Qué va, si es sólo un rollete de nada…
—Ya, seguro…
Y es que, por mucho que ella afirmara que era solo sexo, era obvio que tenía la cabeza en las nubes.
—¿Y mis apuntes? —le pregunté cuando nos sentamos en una mesa de la cafetería.
Ella se llevó las manos a la boca.
—Lo siento, los olvidé…
—¿Has vuelto a olvidarte los apuntes en casa? —le recriminé. Le había prestado mis apuntes de bioquímica, porque quería compararlos con los suyos, pero llevaba tres días «olvidándose» de devolvérmelos. Ahora empezaba a entender que ella estuviese tan despistada.
—Lo siento —me dijo con cautela.
—Joder, Clara, no puedo estudiar sin mis apuntes, como ponga un test sorpresa…
—Lo siento —repitió—. Mañana te los traigo sin falta.
—Más te vale. Eres un desastre, todo el día pensando en ese novio tuyo. No sé dónde tienes la cabeza…
—En el mismo sitio en que la tenías tú el año pasado —me dijo elevando las cejas, con esa expresión de sabelotodo que ponía a veces.
Chasqueé la lengua con fastidio. Odiaba que Clara me recordara mi pifia del año anterior.
— Vaaale , perdona —le dije—. Pero como no te empieces a centrar, vamos a catear los dos. No quiero que me vuelva a pasar lo mismo. Como me baje la nota media otra vez, lo llevo claro.
—Pues entonces —dijo ella colgándose de mi brazo—, procura que tu nuevo novio te salga mejor que el anterior.
—Qué pesada, ya te he dicho que Santiago no es mi novio —aclaré por enésima vez—. Solo estamos enrollados.
Lo cierto era que Santiago y yo habíamos seguido viéndonos, aunque no con mucha asiduidad, cosa que agradecía, ya que aún tenía cierto apego por mi soltería y sólo le veía como a un tío con el que me encontraba cada diez o quince días para echar un polvo.
—Ah, sí —dijo ella—. Como Guillem y yo.
«Y encima tiene nombre de pijo», pensé, pero no dije nada más. Dejamos las carpetas de apuntes sobre la mesa para que nadie la ocupara, y fuimos a la barra a pedir la comida.
—Y por cierto, ¿qué tal te va con él? —me preguntó, mientras esperábamos pacientemente a que el camarero nos preparara los bocadillos.
—Bien…, supongo.
—No se te ve muy entusiasmado.
—Es que el sexo con él es… raro —confesé.
—¿Cómo que raro? ¿Te refieres en plan pervertido?
—No. —Sonreí sin alegría—. No es eso. Tengo la sensación de que aún no hemos conseguido conectar a ese nivel.
—Espera. —Me miró anonadada—. ¿Me estás diciendo que sólo estás por el sexo con él, pero que el sexo con él no es bueno?
—No quería decir que… —Chasqueé la lengua—. Cuando te dije que lo de Santiago solo era sexo, me refería a que no es amor, ¿entiendes? Ni que estemos saliendo juntos.
—Entonces, no entiendo por qué estás con él.
—No estoy con él, solo nos vemos de cuando en cuando —insistí—. Y si le sigo viendo es porque me gusta. A pesar de todo, me atrae muchísimo, y me parece interesante e inteligente, y el sexo no es que no sea bueno —justifiqué—, es que creo que aún nos estamos adaptando el uno al otro.
—Bueno —dijo conciliadora—, es verdad que a veces no sale bien a la primera vez… ni a la cuarta —añadió irónica.
—Ya te vale —me quejé. Clara parecía llevar perfecta cuenta de mis encuentros con Santiago.
—Bueno, ¿y ya has pensado qué vas a hacer en tu cumpleaños? —me dijo mientras cogíamos la bandeja con la comida y pagábamos.
—No —me extrañé—, aún quedan más de dos semanas.
—Querrás decir que solo quedan dos semanas. ¿No vas a montar una fiesta gay como la del año pasado?
Torcí el gesto. Pablo y yo nunca le habíamos contado a Clara lo que en realidad pasó en mi anterior cumpleaños, y ella daba por sentado que la fiesta que él me preparó se llevó a cabo con éxito. Ya era un poco tarde para desmentir aquello.
—No —dije—. Además, no quiero hacer planes con amigos, por si acaso.
—¿Por si acaso qué?
—Por si acaso mi madre me llama o algo… —dejé caer.
— Ooh … —musitó ella. Volvimos a nuestra mesa y nos sentamos—. ¿Crees que tu madre querrá hacer las paces por tu cumpleaños?
Había un leve matiz de incredulidad en su voz.
—No lo sé. —Me encogí de hombros justo antes de inaugurar mi bocata—. No nos hablamos desde hace cinco meses… Sé que debe de estar molesta, pero creo que ahora que vienen mi cumple y las Navidades quizá quiera llamarme para felicitarme o algo, ¿no crees?
—Sí, claro —convino ella—. Al fin y al cabo, es tu madre. No puede ser tan mala persona como para no llamarte.
—Eso digo yo.
Hubo un momento de silencio, en el que ambos comimos, perdidos en nuestros pensamientos.
—¿Sabes una cosa? —dijo ella al fin—. David y yo hemos decidido dar una fiesta prenavideña en casa.
—¿Ah, sí? —pregunté sin mucho interés. Me imaginé que quizá David invitaría a toda aquella gente que fue al cumpleaños de Mariam, y que sería un rollazo de fiesta. No entendía por qué Clara parecía tan entusiasmada con la idea.
—Sí. Además, quiero aprovechar para que Guillem conozca a mi hermano. No es que necesite la aprobación de David, pero…
—Ya.
—Pues vete pensando qué vas a ponerte.
—¿Cómo? —Casi se me atraganta el refresco que estaba bebiendo—. ¿Tengo que ir?
—No tienes que ir, so borde, lo dices como si fuera una obligación… Es solo que eres mi mejor amigo, ¿cómo quieres que no te invite? Sería raro que fuera mucha gente de la clase y tú no, ¿verdad?
—¿Vas a volver a hacer una fiesta para la gente de la clase? —pregunté, recordándole con mi tono de voz lo mal que había salido la primera vez.
—Solo va a ir un grupo selecto, elegido personalmente —dijo con ese tonito de sabelotodo—. Nada de homófobos, ni de bordes, ni de tíos que quieren ligar conmigo.
—Eso excluye a bastante gente —dije.
—Solo los simpáticos y los que se llevan bien con nosotros, ya sabes: Samuel, alguna de las chicas y sus novios, aparte de Guillem y de ti. Y dile a Pablo que también está invitado, por supuesto.
Reí sin alegría.
—Dudo mucho que Pablo vaya a aceptar.
—Y supongo que si quieres llevar a ese novio tuyo…
—Que no es mi novio. —Ella me miró con la boquita fruncida y las cejas levantadas, como esperando una respuesta—. Lo cual significa que no, no le voy a llevar. ¿Y tu hermano? —me interesé—. ¿No va a invitar a nadie?
—Pues no lo sé, creo que más bien él pretende que yo lleve a mis amigos, pero estoy intentando convencerle para que lleve a su novia.
Esta vez sí me atraganté, pero el acceso de tos que tuve seguramente me salvó de decir alguna barbaridad.
—¿Tu hermano tiene novia?
—Al menos eso creo… —Me sonrió con complicidad—. A lo mejor son amantes en secreto, ¿te imaginas qué romántico?
—¿De qué estás hablando?
Se inclinó sobre la mesa y me habló en tono confidencial:
—Es que creo que David tiene un lío.
—¿Lo crees?
—Oh, sí, últimamente llega tarde a casa, siempre me dice que tiene reuniones de trabajo, pero yo creo que en realidad se está viendo con alguien.
Casi parecía una esposa despechada haciendo conjeturas. Eso me tranquilizó.
—No seas boba —le dije, desechando la idea—. Si tu hermano tuviera un lío con una chica, te lo diría.
—No, no lo haría. David es muy reservado conmigo para ese tipo de cosas.
¡Vamos, Noah! Llevo más de un año viviendo con él, y ni una vez me ha dicho que sale con alguien, nunca ha traído una chica a casa…
¿Me vas a decir que lleva un año sin follar?
—bufó con incredulidad—. Lo que pasa es que no me lo quiere decir.