A través del sexo. La saga completa 21. Complicarse la vida #4
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21. Complicarse la vida #4

Por suerte para mí, eso no fue necesario. A la mañana siguiente, la esperada retahíla de mensajes no se produjo, y tampoco recibí ninguno aquella tarde. Empezaba a pensar que la tormenta había pasado cuando recibí una llamada suya por la noche.

Sopesé la posibilidad de no cogérselo, pero no quería que él pensara que le tenía miedo y, además, tenía ganas de decirle cuatro o cinco verdades, así que al final le di al botón de responder.

—¿Qué coño quieres? —le pregunté. Preferí empezar de malos modos a esperar una respuesta favorable de su parte.

—¿Te crees que tienes los cojones muy grandes, no? Metiéndote así con mi familia. Has caído muy bajo. Ya tienes tus putos vídeos, cabrón. Ahora te los puedes meter por el culo.

—¿De qué estás hablando?

—No te hagas el tonto conmigo, gilipollas. Ese abogado con pinta de mafioso que me mandaste no me da miedo, y menos miedo me da tu ex, que te enteres.

—¿Abogado? —pregunté fuera de juego, mientras terminaba de montar un puzle en mi cabeza. «¿Ha dicho tu ex?», pensé—. ¿Estás hablando de David?

—Esto era entre tú y yo. Qué poco tardaste en ir corriendo a pedirle ayuda, ¿no? Seguro que se la chupaste bien fuerte para que a cambio me partiera la cara. Pues déjame decirte que…

—¿David te ha pegado? —No pude evitar una risita.

—Te vas a acordar de esta, Noah —me dijo, con la voz temblorosa. No sé por qué, sus amenazas ya no me dieron miedo.

—No tanto como tú.

Y colgué. Esta vez mi farol estaba bien respaldado.

Aquella noche esperé a que todos se durmieran antes de encerrarme en mi habitación. Encendí el ordenador con calma, como si estuviera a punto de cumplir los protocolos de un extraño ritual. Luego abrí el lector de discos y metí el CD que había tenido escondido toda la semana.

Esperé a que se iniciara el sistema y leyera el contenido. Luego abrí la única carpeta que contenía el CD, que llevaba mi nombre. Al abrirla, como me esperaba, me encontré con varias fotografías.

Se me aceleró un poco el pulso, sintiendo un pudor extraño al verme a mí mismo de aquella manera.

En las primeras tres fotografías se me veía acostado en la cama de David, con los ojos tapados y atado de pies y manos.

Mi cuerpo estaba cruzado de varias correas, que recorrían mi pecho y rodeaban mis ingles, a la vez que mi erección estaba semicubierta y oprimida por una especie de brazalete de cuero.

Incluso a pesar de la relativa mala calidad de las fotografías, pude distinguir que mi uretra rezumaba líquido y que mi expresión era una confusa mezcla entre excitación y miedo.

Las fotografías daban una sensación de intimidad tal que, al mirarlas, me sentía como si estuviera espiando ilícitamente una escena privada de la que yo no debería ser testigo, aun a pesar de ser consciente del hecho de que era el protagonista de ella.

Para mi sorpresa, descubrí que había una subcarpeta que contenía más fotografías: una en la que se nos veía a David y a mí junto a otras personas en aquella desastrosa fiesta que él le celebró a Mariam en su casa, una de mis fotos de carnet, que de alguna manera David debía de haberme robado y escaneado, y dos fotografías que yo no sabía que existían.

En ellas yo estaba durmiendo en su cama.

Sonreí, pensando que probablemente las sacaría en alguna de esas siestas veraniegas que me pegué en su casa mientras estuvimos juntos.

David debió de aprovechar una de esas tardes para fotografiarme sin que yo me diera cuenta y sacar dos primeros planos de mi cara.

Sonreí con ternura al imaginarme a David dando vueltas a mi alrededor con su cámara, buscando un buen ángulo y sin hacer ruido, para no despertarme. Yo también tenía esa manía de mirarle mientras dormía, y siempre he supuesto que en realidad cualquier enamorado la tiene.

Cerré la carpeta y saqué el CD del ordenador. Luego lo metí de nuevo en mi mochila, sabiendo por fin qué hacer con él.

—¿Te ha dejado tranquilo?

—Sí —le dije a Clara al día siguiente, sabiendo que David querría estar al tanto de la situación a través de ella—, creo que se ha rendido. —O eso esperaba yo. Me parecía haber entendido que el vídeo estaba ya fuera de la circulación, pero tenía que hablar con David para asegurarme.

De hecho, su ayuda resultó ser tan inesperada como efectiva: había conseguido que Darío me dejara tranquilo, y que se responsabilizara de hacer desaparecer cualquier copia que pudiera existir de ese vídeo, amenazándole con métodos de mafioso burócrata en algo que tenía que ver con el puesto de trabajo del padre de Darío, y le había forzado a dejar su trabajo y cortar cualquier intento de contacto conmigo o con Pablo.

Pero en aquel momento yo aún no lo sabía.

Salimos del aulario. Clara se dirigía hacia la biblioteca, pero yo ya había decidido no acompañarle, no sólo porque sentía que tenía que aclarar cierto tema antes de poder centrarme de nuevo en los estudios, sino porque sabía que con Clara en la biblioteca, tendría el camino despejado.

—¿No vienes? —me dijo, al ver que no la seguía.

—Me lo he pensado mejor, y creo que paso. Tengo que ir a hablar con alguien.

—Ni se te ocurra encararte con Darío otra vez —me pidió asustada.

—No, no es eso. Es que hay alguien a quien tengo que darle las gracias por un asunto…

Ella me miró con curiosidad y supo que era una de esas cosas que yo no le iba a contar.

—Como quieras, chico misterioso, pero mañana por la tarde te empiezas a poner al día.

—Sí, señora —dije, imitando un saludo militar.

Ella negó con la cabeza.

—Eres incorregible… —Y se alejó hacia la biblioteca.

—¿Te has vuelto a dejar un libro? —me preguntó el portero al verme, con la voz llena de suspicacia.

—¿Está David? —pregunté. Ya ni tenía excusas ni ganas de darlas. Que David tratara con su portero más tarde si quería.

Como toda respuesta, él se giró y pulsó el interfono.

—Está aquí de nuevo el amigo de su hermana —dijo en cuanto David contestó.

—Que suba.

De nuevo, el portero me acompañó hasta el ascensor y me dejó subir. Pero siguió mirándome con curiosidad hasta que se cerraron las puertas. Cuando volvieron a abrirse, me encontré cara a cara con David.

—¿Qué ocurre ahora?

—¿Puedo pasar? —pregunté aún desde dentro del ascensor.

—Sí, claro.

Di unos pasos hacia el centro de la estancia y pensé en cómo le iba a decir lo que le quería decir.

—Quería darte las gracias —musité.

—¿Las gracias por qué?

—Por ayudarme con Darío. Fuiste tú, ¿verdad?

Casi diría que en ese momento David se mostró algo avergonzado.

—¿Quién te ha dicho eso?

—¿Has sido tú o no?

—Sí —admitió al fin.

—¿Qué fue lo que hiciste?

Se encogió de hombros.

—En realidad, yo no hice nada. Deberías darle las gracias a Hugo, él fue quien se encargó de todo.

—Pero porque tú se lo pediste…

—Sí.

—¿Le pegaste? —pregunté con una sonrisita.

David agachó la cabeza.

—No sé cómo pudiste enrollarte con un gilipollas como ese —fue su respuesta.

—Siento haberte dado tantos problemas y… siento no haber confiado en ti. —Mientras hablaba, saqué el CD de mi mochila y se lo tendí.

Él lo miró sin entender.

—¿Qué…?

—Cógelo —le dije—. No debí haberte pedido nunca que me las dieras, no debí haber dudado de tus intenciones. Perdóname.

Cogió el disco entre sus manos y volvió a mirarme.

—¿De verdad no te importa que las tenga?

—No.

—¿Y de verdad no te importa que las mire de vez en cuando? —me preguntó, esbozando su sonrisita ladeada.

No sabía si estaba bromeando o no. Me ruboricé un poco.

—Haz lo que quieras con ellas, David.

Me dispuse a irme y me acerqué al ascensor para llamarlo, pero entonces le oí hablar a mis espaldas.

—Noah, con respecto a la beca… hay una cosa que quiero decirte.

—Me giré para mirarle, ignorando las puertas de metal que se acababan de abrir—.

Nunca fue mi intención humillarte y no te recomendé porque estuviéramos juntos, sino porque creo que eres listo y tan testarudo que pensé que serías un buen científico.

De hecho, cuando terminé de cursar la solicitud, ya habíamos roto.

Te digo esto porque no quiero que pienses que…

—¿Entonces por qué me recomendaste? —Me encaré con él—. Si realmente la merezco, ¿por qué necesito tu recomendación?

—Porque la Fundación íCaro solo mira las notas de los alumnos que estudian en institutos privados. Nunca hubieran reparado en ti de otra manera.

— Aah —dije, sintiéndome estúpido por haber pensado mal de él—. Parece que te debo otra disculpa.

—No es necesario. Aprovecha esa beca y aprende todo lo que puedas.

Asentí en silencio.

—Será mejor que me vaya ya.

Volví a pulsar el interruptor del ascensor.

—Noah, espera.

Cuando me volví de nuevo, ya tenía a David frente a mí.

Me cogió la cara entre las manos y me besó.

Respondí al beso con avidez, pero me separé de él inmediatamente y entré en el ascensor, que acababa de abrirse de nuevo.

David me miró con el rostro anhelante, pero aun así dejé que las puertas se cerraran entre nosotros.

Por una vez estaba bien que fuera él quien se quedara con las ganas.

Esa noche fue cuando recibí aquella llamada que yo ya no esperaba. En realidad, después de todo lo que había pasado, ya no recordaba ni mi encuentro con Santiago ni haberle dado mi número de teléfono.

—¿Sí? —contesté desconcertado. No conocía el número que brillaba en la pantalla de mi móvil.

—Hola, soy yo. —Reconocí al instante la característica voz de barítono de Santiago—. Siento haber tardado tanto en llamarte.

—No importa, pensaba que ya no llamarías —le dije—. ¿Qué quieres?

—Quiero verte. De hecho, llevo días queriendo llamarte para decirte esto, y ni siquiera sé si tú quieres verme a mí. El hecho es que tú eres muy joven y yo muy mayor, y no sé si es justo complicarte tanto la vida.

—¿Complicarme la vida? —Sonreí, recordando todo lo que me había ocurrido desde la última vez que habíamos hablado—. Santiago, no tienes ni idea.