22. Vulnerabilidad #5
—Ya. —Entré y me senté en la mesa, a su lado.
—¿Qué te pasa?
—Nada —mentí—. ¿Por qué?
—Porque estás mustio como una flor sin lluvia.
—Estoy cansado.
—Ya —dijo con el mismo falso convencimiento que yo mostraba.
Unos minutos más tarde, la empanada estaba lista y los tres nos sentamos a cenar.
Mi padre me preguntó si no pensaba salir esa noche y yo le dije que no, poniendo las clases del día siguiente como excusa.
Después de la cena, nos sentamos frente a la tele a ver juntos una de esas insufribles películas de familias felices que suelen formar parte de la parrilla televisiva en Navidad.
A pesar de que ya llevábamos un par de meses viviendo los tres juntos, creo que aquella fue la primera vez que pasamos una velada en familia.
—¿Quién quiere un té? —dijo mi padre levantándose cuando empezó un bloque de anuncios.
Ninguno de los dos le contestó, pero mi padre se fue de todas maneras, quizás para preparar uno para él.
Lola se adueñó del mando y empezó a hacer zapping para no tener que sufrir los comerciales, y yo me entretuve pensando en silencio hasta que oí una voz que me sacó de mi ensimismamiento.
Era solo un murmullo, pero hubiese jurado que era mi padre hablando por teléfono.
—Voy al baño —dije.
Lola apenas asintió mientras continuaba con la interminable búsqueda de una cadena que pusiera algo decente. En vez de dirigirme al servicio, me acerqué a la sala contigua al salón, el pequeño despacho de mi padre, del que provenía la voz.
La puerta estaba entreabierta, la luz apagada y mi padre hablaba por teléfono en tono enfadado, pero contenido. Era obvio que no quería que Lola o yo supiéramos que estaba teniendo esa conversación. Por el acento entre tenso y resentido de su voz, supe que estaba hablando con mi madre.
—No puedes ser tan inflexible —decía—, no con las Navidades a la vuelta de la esquina.
—Una pausa, seguramente mientras escuchaba lo que ella le decía—.
¿Cómo dices? —Otra pausa—. Pues debería importarte, es tu hijo, y el pobre chico lleva todo el día esperando a que le llames.
No, no me lo ha dicho, pero lo sé. Si no le llamas para darle al menos las felicidades…
Ya sabes cómo es de sensible… —De nuevo dejó de hablar ante un torrente de palabras de mi madre, pero esta vez le vi cerrar los ojos, mortificado—.
¿Cómo puedes decir eso de tu propio hijo?
Por el amor de… Nombro a Dios si me sale de los cojones, Herminia.
—Su tono de voz se volvió inflexible, pero también desesperanzado—.
En tu conciencia queda, tú verás lo que haces.
Colgó el teléfono con un golpe seco y entonces me vio, mirándole desde la puerta. Sus hombros cayeron en un elocuente gesto de desánimo. Negó con la cabeza y yo asentí, antes de volver a mi dormitorio.
Cerré la puerta y me apoyé contra ella. No sabía si me sentía triste por descubrir lo que mi madre pensaba de mí, o humillado por cómo mi padre había tenido que salir en mi defensa, como si yo fuera un pusilánime; en todo caso, me sentía a punto de ahogarme.
Respiré hondo una, dos, tres veces, en un intento de no mostrar esa debilidad que mi padre pensaba que tenía, pero la desesperación no daba signos de ceder. Justo entonces, sonó mi teléfono.
Me abalancé sobre el móvil y vi en la pantalla que quien llamaba era Santiago. Reprendiéndome en silencio por haber albergado nuevas esperanzas como un idiota, descolgué.
—¿Sí?
—¿Te pillo en mal momento?
—No. ¿Qué pasa?
—Feliz cumpleaños.
—Gracias.
—¿Has pasado un buen día?
Dudé un momento. Decirle a mi amante que no me sentía bien porque mi madre ya no me quería me parecía de una puerilidad insufrible, pero no tuve estómago para mentirle.
—No —contesté con la voz algo trémula.
—¿Estás bien?
—No —repetí—. No lo estoy. He tenido una mierda de cumpleaños.
—Espera un momento. —Noté que se estaba alejando de las personas que tenía alrededor, pues el sonido de fondo se amortiguó un tanto; luego susurró—: ¿Qué te ha pasado?
—¿Podemos vernos? —dije como toda respuesta.
—¿Ahora?
—Si no puedes… —musité, sintiéndome terriblemente vulnerable.
—No, espera, voy a ver si me puedo escapar. Espera un momento. —Tapó el auricular y le oí hablando con alguien. El intercambio de frases se volvió algo airado y pude distinguir el tono enfadado de la voz de Santiago—. Vale —dijo al fin—. ¿En mi piso en media hora?
—¿Seguro que no te estoy causando molestias? —pregunté, algo indeciso.
—No, no eres tú el que me molesta, precisamente —dijo en tono seco.
—Entonces de acuerdo. Gracias.
Colgué y me vestí. De nuevo mi móvil sonó, pero tras un vistazo rápido a la pantalla decidí ignorar el nuevo intento de Pablo por contactar conmigo.
En realidad, me sentía furioso y frustrado y pensaba que un polvo era lo único que podría relajarme en ese momento.
Salí de mi habitación en dirección al salón.
En la tele seguían poniendo la película navideña, pero nadie le hacía ya caso.
Lola y mi padre hablaban en susurros. Antes de que advirtieran mi presencia, pude distinguir el nombre de mi madre.
—¿Vas a salir? —preguntó mi padre.
—Al final sí, me han llamado unos amigos y…
Me miró con preocupación unos segundos antes de asentir.
—Vale, pásalo bien —dijo sin mucho convencimiento—. No llegues muy tarde, que mañana tienes clase.
—Claro —dije.
Salí de casa, llevando sólo las llaves, el móvil y un tique para el metro.
Me apresuré en llegar a casa de Santiago, aunque sabía que tardaría mucho menos de la media hora convenida.
Ahora que la angustia estaba pasando, dejaba una buena porción de enfado detrás de ella.
¿Cómo podía ser mi madre tan despiadada?
¿No se suponía que el amor de una madre era el más grande, el más desinteresado?
«Y una mierda», me dije. Al parecer, una madre puede perdonarle a un hijo cualquier cosa, salvo ser marica. ¿Es que tan terrible es?
Ni que yo hubiese hecho nada malo, me quejaba en silencio. Era un buen chico, sacaba buenas notas, era responsable y tranquilo, y no les había dado un solo disgusto a mis padres hasta que supieron que era gay, pero parecía que eso lo eclipsaba todo.
Llegué a casa de Santiago y toqué al telefonillo, pero nadie me abrió, confirmando el hecho de que él aún no había llegado.
Le hice una llamada perdida al móvil para que supiera que yo ya le estaba esperando y me senté en las escalerillas del portal.
No tuve que esperar mucho, pocos minutos más tarde Santiago estaba allí, y yo seguía echando humo por las orejas, enardecido por mi propio discurso interno.
Me levanté del escalón al verle llegar y él se limitó a abrir la puerta, sin apenas dedicarme una mirada cautelosa.
Le seguí hacia el interior del zaguán sin decir una palabra.
Sabía que si empezaba a desahogarme allí no iba a poder parar de hablar en un buen rato, y ni siquiera había decidido aún si quería contarle lo que me había pasado o no.
En cuanto entramos en su casa, me abalancé sobre él, minimizando la necesidad de decirnos nada.
Él, quizás presintiendo mi lúgubre estado de ánimo, se esforzó por corresponder a mi arrebato de pasión como mejor pudo.
Probablemente, él ya intuía que esa pasión no era meramente sexual, y que no estaba destinada exclusivamente a él; aun así, le agradecí que no me hiciera ninguna pregunta innecesaria.
Se limitó a dejarse conducir hacia la cama y a follar conmigo durante no sé cuánto tiempo, hasta que yo sentí que la furia estaba pasando.
Cuando terminamos, Santiago tenía una pequeña colección de mordiscos y chupetones en la piel y yo estaba sudoroso y sin aliento.
—Feliz cumpleaños —jadeó dejándose caer en la cama. Luego se incorporó lo suficiente para encender un pitillo y volvió a tumbarse.
—Gracias —dije al fin. Me sentía vacío y un pesado abatimiento se empezaba a apoderar de mí. Noté que Santiago me miraba con curiosidad, y supe que ahora esperaba la respuesta a todas esas preguntas que no había formulado aún por mera cortesía.
Como yo no le dije nada, fue él quien habló:
—Entonces, has tenido un mal día, ¿eh?
—¿En qué lo has notado? —dije con seca ironía—. Lo siento —añadí, acariciando una de las marcas que le había dejado—. Necesitaba desahogarme.
—¿No me digas? —dijo imitando mi sarcasmo. Sonreí sin alegría y cerré los ojos—. Bueno, ¿me vas a decir qué te pasa?
Asentí con suavidad.
—Es un tema familiar. —Me tapé los ojos con el antebrazo—. Digamos que salí del armario este verano, y desde entonces ni mi madre ni mis hermanos me hablan. Me he tenido que mudar a casa de mi padre por eso.
—Y pensabas que hoy sería diferente, porque es tu cumpleaños.
Asentí, con la cara aún cubierta con mi brazo.
—Por lo visto me equivoqué. Mi madre sigue sin querer saber nada de mí. Y ahora empiezo a pensar que… Hasta hoy tenía esperanzas de que nos reconciliáramos, pero ya no lo tengo tan claro.
—¿Por eso estás tan deprimido?
—Ya sé que es una tontería…
—No, no lo es —me dijo muy serio.
Una oleada de vulnerabilidad me golpeó, y toda la frustración y la rabia y la pena que había sentido a lo largo de ese día cayeron de repente sobre mí. Sentí que mi antebrazo se humedecía con las lágrimas que ya no podía contener por más tiempo y mi cuerpo se convulsionó con un sollozo.
Me giré de espaldas a él para que no me viera así, y me tapé la cara con las dos manos, avergonzado de mi propia respuesta.
—Noah…
—Lo siento —dije entre sollozos—, no debería llorar por algo así.
—Pero lo haces —contestó mientras se acercaba a mí—, y si quieres seguir haciéndolo, no seré yo quien te censure por ello.
Me abracé a él y pegué mi húmedo rostro a su pecho. El vello de su torso me hizo cosquillas en la nariz y él me abrazó. Entrelacé mis piernas con las suyas mientras me echaba de nuevo a llorar y Santiago me estrechó más fuerte sin decir una sola palabra. Y entonces sentí cómo ocurría…
…Conectamos.