A través del sexo. La saga completa 21. Complicarse la vida
33%

21. Complicarse la vida

COMPLICARSE LA VIDA

E ntré en casa todo lo silenciosamente que pude. Se suponía que esa noche iba a dormir con Pablo y no me esperaban, así que no quería que oyeran a alguien entrar en casa en plena madrugada y se llevaran un susto.

Santiago no me había invitado a dormir con él y yo tampoco lo había pretendido.

Me había pedido mi número de teléfono y yo se lo di, sin ni siquiera saber si eso significaba algo.

No estaba muy seguro de si nos íbamos a ver de nuevo o no, en todo caso, aquella noche no había salido como yo esperaba.

Mi antiguo profesor era en la cama muy diferente a cómo yo había supuesto que sería: parecía tener mucha experiencia, pero casi parecía exigirme a mí que la tuviera también.

En medio del sexo empecé a darme cuenta de que yo estaba empezando a preocuparme más por hacerlo bien que por pasarlo bien, lo cual supone una gran diferencia, casi como si fuera verdad eso de que tenía que sacar buena nota en un examen complicado.

Yo, que estaba bastante acostumbrado a tirarme a tíos mayores, empezando por David y terminando por un par de cuarentones que me habían follado en el cuarto oscuro, nunca había visto esa actitud.

Ninguno se había quejado antes de mis capacidades y, en todo caso, si habían notado alguna carencia, no lo mostraban, y parecían contentarse con mi juventud y mis ganas.

Tampoco es que ninguno de ellos le exigiera a un chico de dieciocho años otra cosa más que una cara bonita y un culo bien dispuesto.

No era que no hubiera disfrutado, pero tampoco había disfrutado tanto como yo esperaba, y de algún modo seguía sin sentirme satisfecho y seguro. Eso nunca me había pasado antes.

Fui a la cocina a por algo caliente, y metí una taza con agua en el microondas para que hirviera.

Mientras tanto, fui al baño a lavarme un poco y me puse uno de esos pijamas de franela a los que me había aficionado gracias a Pablo.

Cuando volví a la cocina, me encontré con que Lola estaba allí, sentada a la mesa y con un fino camisón blanco.

A pesar del fresco que hacía y de lo desabrigada que estaba, parecía acalorada y se abanicaba con un pequeño panfleto de publicidad que había estado olvidado sobre la encimera.

—Siento haberte despertado —le dije al entrar.

—No, no lo sientas, ojalá hubieras sido tú —me contestó—. Me ha despertado la menopausia, esa cabrona…

Saqué la taza de agua del microondas y le eché una bolsita de té de jengibre con limón, una variedad a la que mi padre se había aficionado de joven tras vivir en Inglaterra. Ahora estaba empezando a gustarme a mí también.

—¿Quieres un té?

Negó con la cabeza.

—Tráeme un vaso de agua fresca, si no te importa.

Saqué una botella de agua de la nevera y se la tendí, junto con un vaso. Luego le eché un poco de miel a mi té y me senté frente a ella en la pequeña mesa de la cocina.

—¿No ibas a dormir en casa de Pablo? —me preguntó, pegando el vaso lleno de agua fría a sus arreboladas mejillas.

—Sí, pero… hubo un cambio de planes.

—¿Ligaste?

—Algo así. —Bebí un poco de té y decidí cambiar de tema—. ¿Siempre te despiertas de noche?

—Casi siempre. A veces dos o tres veces en una noche. Desde que me vino la menopausia no duermo de corrido.

—Pues qué putada.

—Sí. Y tu padre ni se entera. Ahí está, roncando tan feliz. Me da una envidia…

Sonreí.

—Mi madre decía lo mismo. Ella tuvo la menopausia cuando mis padres seguían juntos. Siempre se quejaba de lo mal que dormía y… —Me interrumpió un inesperado nudo en la garganta, y bebí algo de té para disimularlo.

—¿Estás bien? —me preguntó ella, notando mi turbación.

—Sí, es que… Por lo visto, me sienta mal hablar de mi madre.

—Lo siento.

Me encogí de hombros.

—Ni que fuera culpa tuya.

—No, pero mi existencia te lo está poniendo más difícil todavía —me dijo.

Era muy consciente del hecho de que mi madre se había enfadado aún más al saber de ella.

—Me voy a dormir, si no te importa. —Me levanté, llevándome la taza conmigo—. No te preocupes por esas cosas, Lola. No es culpa tuya si mi madre no sabe aceptar la vida sexual de los demás.

—Ni tuya tampoco —me dijo por encima del hombro.

Me pegué el resto de la noche intentando convencerme de que eso era verdad.

Tardé casi dos semanas en volver a tener noticias de Santiago y, de hecho, casi había olvidado nuestro pequeño affaire y dado por sentado que no íbamos a volver a vernos.

Al parecer, a él le costó decidir si llamarme o no: quería verme, me dijo, pero yo era muy joven y no sabía si quería complicarme tanto la vida.

Yo sonreí cuando le oí decir eso, porque en realidad, en las dos semanas que habían pasado entre nuestro primer encuentro y su llamada, mi vida se había complicado como nunca antes, y no había tenido nada que ver con él.

—Noah, tenías que habérmelo dicho… —me dijo Pablo por teléfono tres o cuatro días más tarde de mi lío con Santiago. Me había llamado por la mañana, en mitad de mi horario de clases, y eso no era propio de él.

—¿El qué? —pregunté yo.

—Joder, Noah, esas cosas no se hacen sin avisar a tu mejor amigo —se quejó—, y menos si tu mejor amigo conoce a tu novio. O bueno, exnovio…

—¿De qué estás hablando?

Le oí chasquear la lengua con fastidio.

—Ven a mi casa, anda.

—Esta tarde puedo pasarme por ahí a última hora —dije apresuradamente. La llamada de Pablo me había pillado en el cambio entre dos clases, pero la segunda iba a empezar ya.

—No, ven ahora.

—Pablo —siseé—, que estoy en clase.

—No te lo diría si no fuera urgente, cariño.

—¿Me vas a decir qué pasa?

—Cuando llegues.

Suspiré mortificado y colgué el teléfono. Entré de nuevo en el aula para coger mis cosas mientras el profesor entrante acomodaba las suyas en su mesa.

—Clara —le susurré a esta al oído—, ha pasado algo. Me tengo que ir.

—¿Estás bien? —me preguntó alarmada.

—Sí, pero Pablo dice que vaya a su casa. Pasa algo, pero no sé qué…

—Señor Estévez —me llamó el profesor—. ¿Algún problema?

Me di cuenta entonces de que la clase ya había empezado, pero que yo seguía de pie en medio del aula con la mochila colgando de un hombro. Me acerqué hasta donde estaba el profesor y le dije algo sobre un problema familiar.

—Espero que no sea grave —me dijo—. Bueno —añadió volviéndose hacia el resto de la clase—, como veíamos ayer, los circuitos cerebrales…

Salí de la clase, entré enfadado y preocupado, y me dirigí al exterior del edificio. Apenas eran las nueve de la mañana; además, Pablo había trabajado la noche anterior y debería estar durmiendo. ¿Qué demonios querría?

Elucubrando una variada selección de posibilidades por las que Pablo podría necesitar verme, me metí en el metro. Salí de nuevo a la calle en la estación más cercana a su casa y callejeé hasta verme frente a su puerta.

—Por fin has venido —me dijo por el telefonillo cuando toqué en el portal. Al subir, le vi esperándome en el vano de la puerta con un paquete de guisantes congelados pegado al ojo derecho—. Anda, entra —dijo nada más verme.

—¿Qué te ha pasado? —pregunté mientras entrábamos. Él cerró la puerta tras de sí y apartó los guisantes para dejarme ver su ojo morado—. ¿Quién te ha pegado?

—No me ha pegado nadie, me he peleado, que no es lo mismo —aclaró con pedantería, mientras volvía a aplicarse frío en el hematoma.

—Ya, pero, ¿quién te ha hecho eso? No me digas que ha sido Alejandro —me encendí—, como ese cabrón haya vuelto a ponerte la mano encima…

—No ha sido Alejandro. No le he vuelto a ver desde que rompí con él. Por una vez, no me he pegado con mi ex, sino con el tuyo —dijo con retintín.

—¿Como que con el mío? —Opté rápidamente por la opción más probable—. ¿Te has peleado con Darío?

—Sí.

—¿Por qué?

—Anda, cariño, siéntate —me pidió mientras quitaba unas prendas de ropa del sillón. Todos sus compañeros de piso eran tan desordenados como él.

—¿Por qué? —repetí, sentándome—. ¿Qué pasa?

—Hay una cosa que deberías saber de Darío —me dijo sentándose en un puff delante de mí—, y no te va a gustar…

—¿El qué? —grazné, mientras varias posibilidades muy desagradables se pasaban por mi mente.

—Tenías que habérmelo, contado —me reprochó de nuevo.

—¿De qué coño vas? ¿Qué es lo que tenía que haberte contado?

—Lo de Darío, hombre, no me dijiste que había material tuyo en su poder.

—¿Cómo que material mío?

—Lo que pasa es que ha estado enseñándolo, ¿sabes? Por eso me enteré, pero hubiera preferido saberlo por ti y no llevarme la sorpresa.

—Pablo, sigo sin saber de qué…

—La verdad es que ese hijo de puta se merecía cada uno de los golpes que le di. Claro que Darío es un armario empotrado y no le hice daño, pero yo me desahogué, y al menos conseguí quitarle la copia que llevó al trabajo.

—¿La copia de qué? —Una tétrica sospecha se estaba formando en mi cabeza, pero me negaba a contemplar siquiera esa posibilidad.

—Pero estoy seguro de que no será la única —siguió él, hablándome con extrema suavidad—. Lo siento mucho, cariño, el hecho de que le dejaras grabarte no le da derecho a…

—¿Grabarme?

—Sí, el vídeo que te sacó, tienes que saber de cuál hablo.

—¿Qué vídeo? —gemí mientras la sospecha se confirmaba.

Pablo palideció.

—No me digas que te grabó sin tu consentimiento… —Yo no dije nada, pero mi cara tuvo que ser respuesta suficiente, porque Pablo se levantó hecho un basilisco—. ¡Será cabronazo, ese hijo de puta! ¿Cómo se atreve a…? ¡Y encima lo va enseñando por ahí!

Hundí mi cara entre mis manos.

—Ay, Pablo —rogué—, dime que no estamos hablando de un vídeo erótico…

—No, cariño. —Sentí un momentáneo alivio—. Estamos hablando de un vídeo pornográfico.

Tuve deseos de tirarme por la ventana.

—No sé si quiero pedirte detalles…

Aún tenía la cabeza gacha, pero en mi perímetro visual entró una cinta de VHS. Elevé la vista para ver que Pablo me la tendía.

—La deberías ver.

La cogí entre mis manos, deseando destrozarla, pero una morbosa curiosidad me hizo meterla en el reproductor.

—¿Estamos solos? —Aunque suponía que sí, lo pregunté para asegurarme.