A través del sexo. La saga completa 21. Complicarse la vida #2
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21. Complicarse la vida #2

—Están todos en clase —me confirmó. Pablo sólo faltaba a clase cuando había trabajado la noche anterior.

Encendimos la tele y nos quedamos de pie, justo delante, esperando a que las imágenes se desplegaran ante nosotros. No estaba rebobinada del todo, así que pillamos la película a mitad, e inmediatamente reconocí de qué se trataba.

Ese día yo había ido a ver a Darío a la residencia.

Fue justo después de haber aceptado hacer los tríos con Jorge, y aquella vez fue la segunda o la tercera vez que nos lo montábamos los tres juntos.

Supe por la posición de la cámara que había estado encendida y grabando desde el pequeño escritorio de la habitación, quedando a la misma altura que la cama, aunque supuse que había estado camuflada de algún modo, pues yo nunca la había visto.

A pesar de que el volumen de la televisión estaba muy bajo, pude distinguir el sonido, de muy mala calidad, y mis estrangulados gemidos, que me sonaron raros al escucharlos por primera vez desde fuera de mí.

Me permití el lujo de enfocar mi mirada un segundo en las personas que estaban —estábamos— en la cama, y me vi a mí mismo a cuatro patas, con Darío detrás y Jorge delante. Apagué la tele, algo perturbado.

—Ahora venía mi parte favorita… —Se quejó Pablo.

—¿Lo has visto entero? —le recriminé, sabiendo lo que venía a continuación y escandalizándome de que Pablo lo hubiera visto.

—Sí, tres veces. ¿Qué? Es que es muy excitante —se defendió—. No sabía que supieras hacer eso…

—¿De parte de quién estás tú, eh?

—De la tuya, pero es que es porno y yo… —En ese momento me tapé la cara con las manos, más avergonzado que nunca antes en mi vida. Pablo me abrazó y sentí su cara fría y con olor a congelados cerca de la mía—. Lo siento, no quería… Sólo quería quitarle un poco de hierro al asunto.

—¿Quitarle hierro al asunto? —Me aparté de él con violencia—. Eres un cabrón…

—Venga, no te enfades conmigo.

—¿Qué voy a hacer ahora? ¿Cuánta gente ha visto ese vídeo? —Pablo se encogió de hombros para indicarme que no tenía ni idea—. ¿Qué hago?

—Supongo que deberías hablar con Darío.

Ante la mera idea, se me revolvieron las tripas.

—¿Crees que me dará los vídeos si se los pido?

—A mí no me los dio. Me parece que se está vengando de ti.

—¿De mí? ¿Y yo qué le he hecho?

—Dejarle. Hay tíos que no lo soportan. Darío estaba bastante colado por ti, aunque no te lo creas.

—¿Y por eso hace esto? —pregunté señalando a la tele, ya apagada.

—Tenlo por seguro.

Pablo se echó a dormir un rato más tarde y yo me quedé a su lado, pensando en qué cojones iba a hacer.

Sabía que lo que decía era lo más lógico: debía ir y hablar con Darío, ¿pero cuántas posibilidades tenía de razonar con él si estaba haciendo esto por venganza?

Si lo que quería era joderme, lo había conseguido.

Por supuesto, estaba el hecho de que esto era absolutamente ilegal.

Podía ir a una comisaría y denunciar a Darío por difundir ese material sin mi consentimiento.

Podía ser que la denuncia le acobardara y decidiera ceder, pero si no, tendría que ir a juicio contra él, y eso supondría decirle a mi padre que debía contratar un abogado para impedir la divulgación de material pornográfico de su hijo, recién salidito del armario.

Además, si mi madre se enteraba de eso, lo cual era bastante probable si la cosa llegaba a mayores, mis posibilidades de reconciliarme alguna vez con ella disminuirían drásticamente.

Así que la verdad era que si no conseguía convencer a Darío, tendría que aguantarme con el hecho de que hubiese gente que me viera protagonizando una improvisada peli porno, y que no podría hacer nada por evitarlo.

Después de que Pablo se despertara y almorzáramos juntos, me dirigí a la residencia universitaria, no sin antes rechazar su ofrecimiento de venir conmigo.

No quería involucrarle más en un asunto que ya le había dejado un ojo morado.

Pablo me confirmó que, hasta donde él sabía, Darío seguía viviendo allí, así que me encaminé a su habitación en el tercer piso.

Barajé la posibilidad de llamarle por teléfono antes, pero no quería que me rechazara la llamada, ni darle la posibilidad de saber que iba para allá, no fuese que se negara a abrir.

Cuando llegué a su puerta, me paré un segundo a escuchar el interior.

Podía oír música, y algo de ruido, como si alguien estuviera moviendo una silla, pero no escuché voces, y no pude saber si quien estaba dentro era Darío o Jorge.

O los dos. Me armé de valor y di un par de rápidos toques.

No sé si para suerte o para desgracia, quien me abrió la puerta fue Darío.

—Vaya…, mira a quién tenemos aquí.

—Creo que ya sabes por qué he venido a verte.

—¿Ah, sí? —contestó, haciéndose el tonto.

—¿Podemos hablar?

—Ya estamos hablando.

—Corta el rollo —le advertí—. ¿Puedo pasar?

Él me franqueó el paso y yo entré en la habitación, más nervioso de lo que era capaz de admitir.

—¿Cómo pudiste grabarme un vídeo sin mi consentimiento? —pregunté a bocajarro.

—Muy fácil —me respondió con chulería—, puse la cámara allí, la tapé con un…

—¿Pero cómo se puede ser tan capullo? ¿No tienes un mínimo de decencia?

—Pues parece ser que no. Qué mala suerte para ti, ¿no?

—No soy yo el único que sale en ese vídeo —le recordé.

—¿Lo has visto? —Elevó las cejas con procacidad—. ¿No te apetece recordar viejos tiempos?

—Serás cerdo… ¿De verdad no te importa que te vean haciendo eso?

—No, ni a Jorge tampoco. Me parece que sólo te molesta a ti, pero te vas a tener que joder.

—¿Cómo?

—A la gente le gusta ese vídeo, ¿sabes? Porque sales tú. Si lo llego a saber, te grabo más veces. Sobre todo les gusta esa escena en la que estás a cuatro patas y Jorge y yo te…

—Ya lo sé —dije mortificado, pero no estaba dispuesto a dejarme amedrentar—. Quiero que me des todas las copias.

—¿Cómo dices? —parecía estar mofándose de mí.

—No tienes ningún derecho a enseñar eso sin mi permiso. Quiero todas las copias, o te denuncio a la policía.

—Hazlo —dijo con un leve encogimiento de hombros—, atrévete —me desafió.

—¿Por qué haces esto? ¿Tanto me odias?

—¿Odiarte? —preguntó dando un paso hacia mí.

Inconscientemente reculé para que no se me acercara—.

¿Odiarte yo? Qué va, yo no te odio, de hecho, en el vídeo se puede ver que me gustas bastante, porque no dejo de follarte.

—Dio otro paso y yo me quedé contra la pared—.

¿No te gustaría que volviera a follarte?

—Darío… —empecé, pero él puso su manaza sobre mi pecho, presionándome contra la pared e inmovilizándome. Comencé a tener miedo—. Darío, suéltame.

—¿Seguro? —dijo apretándose contra mí.

—¡No me toques! —chillé.

Él cogió mis manos y las inmovilizó con una sola. Con la otra me cogió la barbilla y me obligó a mirarle.

—Escúchame bien, putita barata. Ese vídeo lo grabé yo, en mi habitación, con mi cámara, y solo se ve en él a alguien que se lo estaba pasando muy bien.

No recuerdo que te quejaras tanto cuando Jorge y yo nos follábamos ese culo de marica estrecho que tienes.

Más te vale no volver a meterte conmigo, ni a molestarme.

Sé que no me vas a denunciar, porque no tienes los cojones suficientes, y por la fuerza no me vas a poder obligar, más bien al contrario.

—Soltó mi barbilla y empezó a toquetearme la entrepierna con violenta lascivia.

Sentí que se me aflojaban las rodillas de puro terror—.

Como te vuelva a ver por aquí, dándome por culo con tus gilipolleces, no te vas a ir de rositas, ¿lo entiendes?

—Asentí. Me soltó, empujándome hasta que caí al suelo y me levanté de un salto, separándome todo lo que pude de él—.

Pues ahora vete, antes de que me lo piense mejor y te pegue una paliza.

Salí de allí corriendo y más asustado de lo que había estado en toda mi vida. No dejé de correr hasta que dejé la residencia unas cuantas calles atrás.

Odio esa sensación de no saber qué hacer a continuación, de no tener ni idea de cómo proceder, de estar paralizado de miedo, pero era precisamente así como me sentía en aquel momento.

Hablar con Darío sólo había servido para saber que no quería volver a cruzarme con él en mi vida y, por supuesto, no iba a insistir con el tema del vídeo.

Aún tenía mi copia conmigo, dentro de mi mochila, y me paré en un callejón cercano para destruirla, aunque sabía que no serviría de nada.

Abrí el cassette de plástico y saqué toda la cinta.

Luego encendí un mechero y le prendí fuego, y no me alejé hasta ver que se derretía por completo.

Se habían confirmado mis peores sospechas.

No podía convencer a Darío, y como él mismo había dicho, lo de que le iba a denunciar era solo una bravata, un farol mal echado.

Ambos sabíamos que yo no me iba a exponer a la humillación pública de admitir que existía ese vídeo y que, por lo tanto, prefería que siguiera rulando por los bajos fondos gays a que mis padres lo supieran.

Me juré vanamente a mí mismo que jamás dejaría que nadie me volviera a filmar o fotografiar si no llevaba puesta una parka polar encima como mínimo.

Mi teléfono empezó a sonar y lo saqué de los vaqueros. Era Clara.

—¿Sí?

—Hola, ¿cómo estás?

—Bien —mentí.

—¿Qué le pasaba a Pablo esta mañana?

— Ufff —resoplé para ganar tiempo—. Nada importante —volví a mentir—, las cosas de Pablo, ya sabes cómo es. Mira que hacerme perder el día de clase por eso…

—Estoy en la biblioteca estudiando. ¿Te vienes? Así te paso los apuntes de hoy.

En realidad, no me sentía muy estudioso.

—No me apetece mucho, la verdad, no me encuentro muy bien.

—¿Qué te pasa? —preguntó alarmada, con ese tonillo maternal.

—Nada, es solo cansancio. Te dejo ya, guapa —dije, harto de soltar tantas trolas en tan poco tiempo—. Te veo mañana.

—Vale, pues descansa. Un beso.