A través del sexo. La saga completa 20. íCaro #6
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20. íCaro #6

Se fue hacia la cocina y oí cómo se abría la puerta de una nevera.

Miré a mi alrededor, valorando el aspecto del salón y lo que eso podía contarme de Santiago.

El mobiliario parecía compuesto por un conglomerado de piezas de diferente antigüedad que no combinaban entre sí.

Aunque todo estaba escrupulosamente ordenado, había una fina capa de polvo sobre las superficies de madera y el ambiente olía a cerrado.

No había ninguna fotografía a la vista, nada que pudiera indicarme si tenía familia o no, y pocos adornos.

Había un único cuadro en el salón, una escena de caza sobre el sofá en el que estaba sentado.

—Ten —me tendió un botellín de cerveza y le di un sorbo antes de dejarla sobre la mesa—. Así que una beca, ¿eh?

—Sí. —Ahora que él quería detalles más concretos, me arrepentí profundamente de haber alardeado de ello, cuando en realidad no tenía nada de lo que presumir—. No tiene mucha importancia, la verdad. ¿Y tú, sigues trabajando en el mismo instituto? —pregunté para cambiar de tema.

—No. Me saqué la plaza hace un par de años y me ubicaron en otro centro, un poco más conflictivo, todo sea dicho. Ya casi no pongo notas altas.

Ambos guardamos silencio durante unos minutos, no encontrando nada que decirnos. Yo volví a beber de la cerveza y, cuando me incliné para colocar la botella de nuevo en la mesa, me di cuenta de que él me estaba mirando.

—¿Qué?

—¿Qué haces aquí? —preguntó casi con dulzura. Estaba sentado de lado en el sofá, apoyando su cabeza en su brazo doblado, mirándome fijamente.

—¿Cómo?

—Eres muy joven, y muy guapo. ¿Qué haces aquí conmigo?

—Dímelo tú —dije en un intento de ganar tiempo—. Al fin y al cabo, tú me invitaste.

—No pensé que aceptarías —confesó.

—¿Tan raro te parece que me quiera liar contigo?

—¿Tan raro te parece que me parezca raro?

Sonreí.

—¿Qué edad tienes? —le pregunté.

—Casi veinte más que tú. Esto es un poco perverso.

Gateé hasta él por el sofá y me senté a horcajadas sobre su regazo, dándole a entender que a mí no me lo parecía. Él no me rechazó, pero tampoco hizo nada por corresponderme.

—¿Sabes que en el instituto estaba loco por ti? —musité.

—¿En serio? —preguntó enarcando las cejas.

—Sí, pero se me quitó el enamoramiento de golpe cuando no me pusiste el sobresaliente —aclaré.

Él se rio.

—Sigues empeñado en conseguir ese dichoso sobresaliente, ¿no? —Agarró mi cintura y me acercó a su cuerpo tanto que pensé que iba a besarme. Mi corazón se puso a mil, pero no lo hizo—. ¿Cómo piensas ganártelo?

Me mordí el labio inferior y contesté:

—Puedo ponerle muchas ganas al sexo, si es lo que quieres saber —contesté. Luego añadí a modo de broma—: ¿Era eso lo que querías cuando me invitaste a una copa? ¿Volver a evaluarme?

—Si te digo que sí, ¿te escandalizarías?

No le contesté, y él no hizo ningún movimiento, aparte del que detecté por debajo de sus pantalones.

Me incliné para besarle y de nuevo el olor del ron me asaltó, esta vez aún más fuerte.

Le mordí los labios mientras apretaba mis caderas contra las suyas, proporcionándonos a ambos una más que agradable presión.

Sus manos subieron por mis muslos y se agarraron a mis glúteos.

—No me escandalizo tan fácilmente —le susurré al separarme de sus labios.

—¿No me digas?

Me dejé caer hasta el suelo y me arrodillé frente a él. Santiago se abrió la bragueta y empujó mi cabeza hacia su polla, y yo no me hice de rogar. Empecé a chupársela, sintiendo que estaba cumpliendo por fin la que probablemente fue una de las primeras fantasías sexuales de mi vida.

Elevé los ojos para comprobar su reacción, y vi que tenía el rostro tranquilo.

Tenía la mirada perdida y los labios entreabiertos, pero ni un gemido escapaba de ellos.

Perplejo, me esforcé a fondo en complacerle, sintiendo ese particular ridículo que se tiene cuando se hace algo frente a alguien a quien supones un maestro en la materia.

Mientras acariciaba su sexo entre la lengua y mi paladar, rodeé con mi mano la porción que quedaba fuera de mi boca y acompasé el movimiento al de mis labios, para masturbarle a la vez con la boca y con la mano.

Mi otra mano se movió hasta mi bragueta, y empecé a tocarme por encima del pantalón, para aliviar esa insoportable tensión que se formaba en mi entrepierna cada vez que se la chupaba a alguien.

Al final se corrió, exhalando un leve suspiro. Yo aún no había terminado y me sentía excitado y frustrado al mismo tiempo. Tenía ganas de seguir, pero por primera vez en mi vida, dudaba si el otro también querría.

—Un siete y medio —dijo.

Le miré atónito.

—¿Qué? Estás de coña —protesté indignado—, me merezco un nueve como mínimo.

Sonrió ladino.

—¿Eso crees? Porque me parece que no te has esforzado lo suficiente.

No dije nada, no sabiendo si tomármelo como una broma o una humillación. De nuevo me sentí como un chiquillo amonestado por su profesor ante toda la clase. Quizás intuyendo mis sentimientos, sonrió con calidez y me atrajo hacia sí.

—Empieza por quitarte los pantalones —dijo con dulzura—. Quiero comprobar si ese culito tuyo merece un diez.

—Por supuesto que lo merece —contesté ofendido.

El rio ante mi arrogancia mientras volvía a besarme, y a mí empezó a pasárseme el enfado.

—Demuéstramelo.