20. íCaro #5
—Hola —le dije—. ¿Ves a ese chico de ahí? —Le señalé a Pablo, que proverbialmente estaba apoyado contra una pared, dejándonos ver la sinuosa línea que iba desde su costado hasta su culo, haciéndole parecer bastante apetecible.
—¿Qué pasa con él? —me preguntó el moreno, comiéndoselo con la mirada.
—Pues que quiere conocerte. Dice que si vas a hablar con él, te invita a una copa, o a lo que quieras —añadí con concupiscencia.
—Vaya. Pues no le hagamos esperar.
Sonreí como respuesta y seguí mi camino hacia Santiago más tranquilo, ahora que sabía que Pablo estaría ocupado.
Él estaba solo, apoyado en la barra y tomándose un cubalibre. El olor del ron le rodeaba y miraba con sus pequeños y traviesos ojitos a su alrededor.
—Hola —dije apoyándome en la barra, justo a su lado.
—Hola —me respondió, dedicándome una sonrisa enigmática y seductora, y dejando ver que estaba más que acostumbrado a ligar desde la barra de un bar; en cualquier caso, sentí una punzada de decepción al constatar que no se acordaba de mí.
—No sabes quién soy, ¿verdad?
—¿Debería? —Aún esa actitud de estudiado encanto, seguro de que solo era un truco para ligar.
—Pues yo creo que sí. La verdad es que fui alumno tuyo.
La sorpresa se pintó en su rostro mientras se daba cuenta de que no había sido una artimaña para llevármelo a la cama. Al menos, no una tan evidente. Entrecerró los ojos y me miró, valorándome de una manera muy diferente a como lo había hecho hasta ese momento.
—Espera, es verdad. Tengo tu nombre en la punta de la lengua…
—No tienes que fingir que te acuerdas —dije con cierta inseguridad.
—No, sí que me acuerdo, era un nombre tan peculiar… —Cerró los ojos un segundo; cuando los volvió a abrir estaban llenos de confianza—. Noah Estévez no-sé-qué, curso del 95-96. Sacaste un sobresaliente.
Sonreí.
—Pues sí que te acuerdas, aunque al final me pusiste un notable. Dijiste que no merecía el sobresaliente porque…
—Ah, sí, sí, ya me acuerdo: no te esforzabas lo suficiente. —Se encogió de hombros, como disculpándose, mientras enarbolaba una encantadora sonrisa—. Mi trabajo consiste en hacerse el duro cuando hace falta.
—Lo sé.
—Bueno, ¿y qué se te ofrece?
—Pues nada en realidad —titubeé—. Sólo quería saludarte y eso.
—¿Sólo querías saludarme? Entonces no tengo tanta suerte como había pensado en un principio. —Me echó una mirada que me subió los colores y sonrió con ironía—. Has crecido —añadió con admiración, como si ese hecho fuera algo remarcable y no una mera imposición biológica—. ¿Qué edad tienes ahora?
—Casi diecinueve.
—Pues aún estoy a tiempo de hacer que esta sea mi noche de suerte. ¿Qué me dices?
Hasta ese momento había supuesto que le daría reparos ligar con un antiguo alumno. Al parecer, me equivocaba.
—Que todo es posible… —contesté esquivo. Puede ser que estuviera bastante acostumbrado a las proposiciones más o menos explícitas, pero que me las hiciera alguien a quien hacía unos pocos años veía como un ideal inalcanzable intimidaba un poco.
—¿Y qué es de tu vida? Por lo que recuerdo, eras bastante inteligente.
—Pues estoy en la UF7 —alardeé, enardecido por el cumplido—, estudio Biotecnología.
—¿Ah, sí?
—Sí, bueno, me dieron una beca de estudios y…
—Vaya, eso es impresionante. Debí haberte puesto ese sobresaliente.
Esta vez quien se encogió de hombros fui yo.
—Bah, eso ahora da igual. Pero puedes compensarme si quieres.
—¿Cómo?
—De entrada, invítame a una copa. Luego ya veremos.
Esta vez sí que quería ligar, y él lo entendió.
—Vale, pero no aquí. Hay demasiado ruido y quiero poder escucharte mientras me cuentas lo de esa beca. ¿Vamos a mi casa?
—Sí, pero tengo que despedirme primero.
Volví hacia donde estaban mis amigos y me encontré con que Pablo se morreaba con el chico moreno mientras Clara, que estaba sentada justo al lado, sorbía su cerveza con aburrimiento.
—Clara, Clarita… —le dije meloso, con la intención de que no se enfadara—, he encontrado plan.
—O sea, que tú también me dejas tirada.
—Lo siento. Te compensaré, te lo prometo.
—Pues más te vale que sea doble y con extra de chocolate.
Puse los ojos en blanco; ese plantón me iba a costar setecientas pesetas en helado italiano.
—De acuerdo. ¿No te enfadas?
—No. —Se levantó del sofá, y los otros dos aprovecharon para tumbarse en el hueco que ella había dejado y sobarse aún más—. Pillaré un taxi y me voy a casa, en realidad estoy cansada.
Me dio un beso en la mejilla y se fue. Valoré la posibilidad de avisar a Pablo, pero seguro que no le hacía gracia que le cortara el rollo, así que pensé que sería mejor mandarle luego un SMS para que supiera que no debía esperarme para ir a casa.
Volví a donde estaba Santiago, que se entretenía fumando. Cuando me vio venir, apuró su copa y apagó el cigarrillo contra uno de los ceniceros.
—¿Nos vamos? —me dijo.
Santiago vivía en un pequeño apartamento, en uno de esos barrios que quince años atrás habían tenido una gran actividad, pero que ahora estaban pasados de moda.
El piso parecía heredado o comprado de segunda mano y carecía completamente del glamour misterioso que uno le atribuye al profesor del que se enamora en la infancia.
—Ponte cómodo —me dijo al entrar en el salón. Me quité la chaqueta y me senté en un sofá estampado de actitud ochentera—. ¿Qué quieres tomar?
— Mmh , no sé, una cerveza estaría bien.