20. íCaro #4
—No te lo voy a decir, que eres periodista, y ya sabes lo que dicen de contarle secretos a un periodista. Pero era un pez gordo, papá: mayor, casado y conservador, además. Otro con trapos sucios. Al menos yo ya no tengo nada que ocultar.
—Salvo con Clara…
—Sí —suspiré preocupado—, salvo con ella.
La semana siguiente tuvo lugar la reunión con Roberto Molina para aclarar los horarios y las condiciones de mis prácticas en los laboratorios, y para entonces aún no había decidido qué hacer, así que supuse que era mejor seguir adelante hasta decidir si dejarlo o no.
En todo caso, como mi padre había hecho notar, si renunciaba a la beca a esas alturas, tendría que esperar hasta el curso siguiente para seguir la carrera en la Universidad de la Defensa y perdería un año académico, así que, en todo caso, la cuestión quedaba postergada, al menos hasta el verano.
—Por el convenio que tenemos con BioKerck, nuestros alumnos tienen que cumplir seis horas semanales de prácticas no remuneradas —me dijo—, pero tú puedes elegir los horarios en los que quieres cumplir y organizarlos como quieras, bien una hora cada día, bien las seis horas juntas, como lo prefieras.
Estarás cubierto por un seguro de estudiante ante accidentes biológicos y de cualquier otra índole durante tu horario de formación.
Desafortunadamente, aún no hemos conseguido que la Universidad permita convalidar créditos a cambio de las prácticas, ni como de libre configuración ni como formación práctica, así que deberás arañar de tu tiempo libre para cumplirlas, pero estamos trabajando en un convenio al respecto. Quizás el año que viene.
—¿Tengo que decidir ahora en qué horario quiero ir?
—Sí, y atenerte a ese horario. A efectos del seguro, ese sería como tu horario laboral, para que me entiendas, y fuera de esas horas no estás cubierto.
Por lo tanto, no puedes cambiar los horarios de semana en semana, ni estar en los laboratorios fuera del turno que elijas.
Si por alguna razón, a lo largo del curso, tuvieras que cambiar el horario, tendrías que ponerte en contacto con nosotros para que lo renegociáramos con el seguro, pero nunca lo hagas por tu cuenta.
Si sufres un accidente en el laboratorio fuera de las horas que te corresponden, ni el seguro ni la fundación ÍCaro ni BioKerck se harían responsables de ello, ni se harían cargo de los costes de un supuesto tratamiento médico, a la vez que perderías derecho a cualquier tipo de indemnización. ¿Te queda claro?
—Sí.
—Entonces, ¿cómo te organizamos el horario?
Pensé un momento. Una opción era ir cada tarde al salir de clase, pero ese era el tiempo que solía aprovechar para estudiar con Clara y quedar en la biblioteca para investigar para los trabajos.
Podía salir de clase, ir a los laboratorios y luego volver a la facultad a estudiar, pero eso requeriría invertir demasiado tiempo en transporte.
Lo ideal sería poder elegir un día a la semana y hacer las seis horas de corrido, además de que así se me antojaba que podría aprovechar mejor el tiempo y aprender más de la rutina de trabajo del laboratorio, pero entre semana era imposible.
—¿Puedo ir los sábados?
—¿Cada sábado de ocho a dos? ¿Pero tú estás loco?
Clara no parecía muy contenta con la noticia.
—No estoy loco, es que prefiero unificar las horas a tener que desplazarme cada día al laboratorio.
—Pues adiós a las marchas de los viernes —me dijo.
Eso ya lo había pensado yo, pero había que hacer de tripas corazón. Me encogí de hombros.
—A medida que avance el curso, tendré que dejar de salir de noche tan a menudo, de todas maneras.
—Pues nada, acomodaré mi horario al tuyo, por mucho que me cueste —dijo con fingida teatralidad.
—O no, si no quieres. Ni que nadie te obligara a ir —le respondí.
Aún estaba un poco escaldado con el hecho de que Clara fuera a hacer «prácticas» voluntarias, cuando encima lo haría con un contrato de becaria.
O sea, que encima de que ella decidía cuándo ir y cuántas horas semanales, le iban a pagar por ello.
—¿De verdad te molesta tanto que vaya a hacer las prácticas contigo? Pensé que te haría ilusión.
«Qué culpa tendrá ella», me recriminé en silencio. Ni siquiera me había pedido explicaciones por mi abrupto comportamiento del otro día.
—No es que me moleste. —Chasqueé la lengua con fastidio ante la imposibilidad de contarle las cosas que ella se merecía saber—. Y por supuesto que me hace ilusión ir contigo. Lo que pasa es que me das un poquito de envidia —admití guiñándole un ojo, y esa era una verdad a medias.
—Bueno, hombre —me respondió conciliadora colgándose de mi brazo—, con mi primer sueldo te invito a cenar donde tú quieras.
Le respondí con una sonrisa de mi propia cosecha mientras pensaba en lo que le había dicho a mi padre. No iba a ser tan fácil renunciar a la beca. Ni tampoco renunciar a Clara.
Entrando en noviembre y a un mes y medio de cumplir diecinueve años, empecé a darme cuenta de que estaba atravesando el periodo de soltería más largo que había experimentado desde que conocí a David. Y le daba la bienvenida agradecido.
Aparte de un par de relaciones esporádicas en el cuarto oscuro y mi affaire con Arno, había pensado poco en el sexo, y nada en los amoríos.
Después del desenfreno sexual que había vivido tras la ruptura con David y que había culminado con Darío, tenía la necesidad de centrarme en mí mismo y en mi nueva vida sin ningún armario a la vista, antes de dejar que otra persona ocupara mis pensamientos.
Aún estaba demasiado concentrado intentando digerir mi nueva situación familiar y el rechazo de mi madre y mis hermanos como para pensar en ninguna otra cosa.
También estaba el hecho de que hacía unos siete meses desde que había follado con David por última vez, sin que hubiese habido después ningún tipo de acercamiento por parte de los dos.
Eso, unido al hecho de que estaba furioso con él por el asunto de la beca, me hacía pensar que por fin había superado ese estúpido e intermitente enamoramiento que había albergado por él, y me sentía más que dispuesto a pasar página por fin y olvidarme de todo lo que le concernía.
Sin embargo, seguía sin poder decidir qué hacer con respecto a la beca.
Pablo, con el que también había hablado de todo eso, decía que me estaba comportando como un pardillo, y que tenía que aceptar con naturalidad el favor que David me había hecho, ya que al menos podía estar seguro de que había obtenido la beca por mis cualidades.
—No por las intelectuales, quizás —me dijo una noche en el Sodoma—, pero sí por las de la alcoba. David debía de estar contento contigo…
Le di un empujón amistoso por ese comentario. Ya sabía yo que hablar con él sobre esos temas no me aclararía nada.
—De todas maneras, no creo que entre David y yo vuelva a pasar nada así —le contesté. Y estaba bastante convencido de ello.
—No digas nunca de esta agua no beberé —canturreó con escepticismo.
—No es eso. De hecho, de esa agua he bebido hasta hartarme. Ahora tengo ganas de probar otras cosas.
—Yo decía lo mismo de Alejandro cada vez que decidía alejarme de él, pero siempre volvía a caer.
Aun ahora, no soy capaz de afirmar categóricamente que nunca volveré a estar con él —dijo.
Le lancé una tétrica mirada, asustado ante la posibilidad de ver a Pablo de nuevo con ese hombre—.
El primer paso para superar una adicción es admitir que tienes una.
—¿Acaso Alejandro es una adicción?
—Y David es otra. Vete asumiéndolo.
—¿De qué habláis? —preguntó Clara, apareciendo con tres botellines de cerveza. Unos minutos antes la habíamos mandado a la barra a por bebidas para poder hablar a solas un momento.
—Un brindis por las adicciones —propuso él cogiendo una de las cervezas de las manos de Clara y levantándola en un ademán pretencioso. Le imitamos y bebimos.
—Y por poder superarlas —añadí yo, antes de beber otra vez.
—¿Adicción a qué? —preguntó ella, aún un poco despistada.
—A los hombres mayores que no nos convienen —contestó Pablo enarbolando su cerveza en un nuevo brindis—. Que se vayan todos a tomar viento fresco.
—Amén —respondimos ambos entre risas.
Pero mientras aún me reía, vi a alguien conocido cerca de la barra, a alguien a quien no esperaba ver allí.
—Espera —le dije a Pablo mientras le cogía de la muñeca—, a ese tío lo conozco.
Él siguió mi mirada.
—¿A quién? ¿Al morenazo ese de los bíceps enormes? Porque yo también quiero conocerle…
—No, a ese no, al que está al lado. —Casi sentí pudor al seguir describiéndole—. Al canoso.
—¿Al viejo ese?
—No es tan viejo —protesté—, es de esos que se quedan canosos siendo jóvenes. Como Richard Gere.
—Es bastante atractivo —intervino Clara—. ¿De qué lo conoces?
—Seguro que se lo ha tirado —respondió Pablo por mí—. Noah tiene debilidad por los maduritos.
—Qué va. Se llama Santiago —les conté—, era mi profesor de historia en el instituto. Estaba colado por él cuando tenía trece o catorce años.
—No me extraña, yo también estaría colada por él.
—Oh, sí —reí—, ninguna chica faltaba a sus clases, ni yo tampoco. Pero no sabía que fuera gay. Voy a saludarlo.
—¿Para qué? —me preguntó Pablo, agarrándome por el brazo, como queriendo impedir que fuera—. Mira lo que estábamos diciendo de los hombres mayores…
—Bueno, ya sabes, a los profesores les gusta que sus exalumnos los saluden y eso.
—Tú lo que quieres es tirártelo.
—Siempre andas pensando en lo mismo —le contesté fingiéndome ofendido. Eso era más fácil que admitir que a lo mejor tenía razón.
Me fui en dirección a la barra para acercarme a él y, mientras lo hacía, reviví algunos recuerdos de sus clases, de su pasión por la mitología griega y de su profunda voz de barítono. A mitad de camino, el de los bíceps enormes me guiñó un ojo y yo tardé medio segundo en elaborar un plan.