20. íCaro #3
La secretaria alzó las cejas en una muda queja por sus rudas maneras, y yo le dediqué una mirada de entendimiento antes de reanudar la marcha tras él.
Después de atravesar la puerta que estaba justo en frente, me vi en una amplia sala cuyos ventanales ofrecían una vista panorámica de la ciudad.
El mobiliario era sobrio y de líneas rectas, casi de austeridad japonesa, predominado por tonos crudos y tierra.
Sobre la mesa principal había un ordenador con un monitor enorme y unos papeles desordenados en los que pude distinguir la espigada letra de David.
En el lado contrario había unos sofás y una mesa de té, con un jarrón lleno de crisantemos blancos.
«Así que este es el despacho de David», pensé maravillado, antes de recordar por qué estaba allí.
—Siéntate, por favor —dijo Hugo, señalando uno de los sofás.
Hice lo que me pedía mientras él se iba al otro extremo de la sala y miraba por los ventanales, dejando muy claro que no íbamos a hablar hasta que David apareciera.
A pesar de lo extraño de la situación, pronto me entretuve estudiando detenidamente la delicada y compleja arquitectura de las flores que tenía delante.
La puerta se abrió al fin y David entró con cara de circunstancia.
—¿Qué es lo que quier…? —preguntó, pero se interrumpió al verme—. Noah, ¿qué haces aquí?
—Me lo he encontrado en el ascensor —respondió Hugo por mí—. Dice que te estaba buscando.
—¿Ocurre algo?
—Necesito hablar contigo —me apresuré a responder, antes de que Hugo volviera a hacerlo en mi nombre—. Es algo personal —añadí.
David se volvió hacia su amigo.
—¿Puedes dejarnos a solas? —le pidió.
Por un momento, Hugo pareció reticente a irse. Se acercó a David y le dijo algo que no pude entender. Como toda respuesta, David negó con la cabeza. En cuanto el abogado salió, David se volvió hacia mí.
—Siento si te he ocasionado alguna molestia al presentarme aquí —me excusé—, pero es que…
—No pasa nada, no te preocupes —dijo, aunque se me hizo obvio que sólo lo hizo por cortesía. Se aflojó el nudo de la corbata y se dejó caer en el sofá que estaba frente al mío—. ¿Qué ocurre, Noah?
Las considerables preocupaciones y nervios que había tenido que sortear para llegar hasta él me habían aplacado el enfado un tanto, pero en cuanto le vi delante de mí, mirándome con esa condescendencia odiosa que él siempre enarbolaba, mis venas empezaron a hervir de nuevo.
—¿Tienes algo que ver con esto? —pregunté, lanzando sobre la mesita de té la carta de la Fundación ÍCaro.
—Tengo mucho que ver con eso, pero no sé a qué te refieres exactamente.
La normalidad con la que me lo dijo me desarmó, pero volví a la carga:
—¿Fuiste tú quien me recomendó para la beca?
Enarcó las cejas con perplejidad.
—¿Acaso no lo sabías? Pensaba que lo habrías supuesto.
—¿Y por qué iba a suponerlo? Yo no tenía ni idea de que tú tenías algo que ver con la Fundación ÍCaro, ni con los laboratorios BioKerck.
—¿Y de dónde crees que viene el Kerck? De Van Kerckho…
—¡ Arrrg ! —gruñí levantándome de un salto—, tu hermana me acaba de decir lo mismo. ¡Soy un idiota! —me volví hacia él—. ¿Sabe ella algo?
—¿Acerca de que yo te recomendé? Por supuesto que no, y espero que siga siendo así. Ella solo sabe que tú eres uno de nuestros becados, nada más. Por eso no le extraña que me interese por tus notas.
—¿Y por qué me…? Si hubiera sabido que esto venía de ti… ¡Ya no tiene ningún valor!
—¿El qué? —preguntó, poniéndose de pie a su vez.
—Esta puta beca —dije. Apoyé ambas manos en el escritorio mientras una inmensa decepción me dominaba—. Por una vez en mi vida llegué a pensar que había conseguido algo con mi propio esfuerzo. ¿Tienes idea de cómo me siento sabiendo que sólo la merezco por haber follado contigo?
—Eso no es verdad.
—¿Ah, no? —le grité—. ¿La habría obtenido si no te hubiese conocido?
—No —admitió con calma—. Pero por eso mismo…
—Eres un cabrón —le interrumpí. No quería oír ninguna de sus explicaciones—. Nadie me había humillado tanto en toda mi vida.
Me dirigí hacia la puerta para irme.
—No vayas a cometer ninguna estupidez —me dijo.
—¿Como cuál? —pregunté junto a la puerta, ya abierta.
—Como renunciar a la beca por ese estúpido orgullo tuyo.
Salí dando un portazo, odiando tener que reconocer que, en el fondo, tenía razón; puede que me sintiera herido en mi orgullo, pero no sabía si sería capaz de renunciar a la beca ÍCaro ni a todo lo que conllevaba. Y aunque yo quisiera hacerlo, ¿cómo se lo explicaba a mi padre?
Aunque llegué a casa algo más temprano de lo esperado, mi padre me recibió en la puerta con cierta ansiedad.
—¿Estás bien, Noah?
Lola se asomó al recibidor para verme llegar, portando la misma expresión que mi padre.
—Sí —respondí con extrañeza—. ¿Por qué?
—Tu amiga Clara llamó hace un rato, dijo que te fuiste de repente y que te comportaste de una manera extraña. Te he estado llamando, pero no me lo cogiste…
Saqué el móvil de la mochila y constaté que había varias llamadas de Clara y de mi padre, pero como había puesto el teléfono en silencio durante las clases, no las había escuchado.
—Lo siento, no es nada… Voy a llamar a Clara para que no se preocupe —dije, devanándome los sesos pensando en qué le iba a decir.
—Hijo, ¿estás bien? —Me puso una mano sobre el hombro y me miró con preocupación.
—Sí, pero… —Sopesé un momento qué debía hacer.
Por un lado, no quería preocupar a mi padre, ni contarle cosas que quizá le hicieran cambiar su percepción de mí, pero por el otro no me parecía justo no confiar en él, después de saber que se sentía culpable porque yo no le dijera que era gay.
Si quería que mi padre creyera que confiaba en él, más valía empezar a hacerlo—. ¿Podemos hablar?
—Sí, claro que sí.
Lola, que había estado mirándonos desde el umbral de la puerta, se fue con discreción y cerró la puerta tras de sí.
Me senté en uno de los sofás del salón bajo la atenta mirada de mi padre.
—Papá, te voy a hacer una pregunta un poco rara… ¿Te suena el apellido Van Kerckhoven?
—Sí. ¿Por qué?
—¿Qué sabes de ellos?
—A ver… —Se sentó a mi lado mientras pensaba—. Pues que son dueños del Grupo Van Kerckhoven, una multinacional que opera en Europa, China y Estados Unidos.
—¿Y a qué se dedican?
—Poseen varias empresas que se dedican principalmente al desarrollo de equipos médicos y a la investigación farmacológica y biológica, como los laboratorios BioKerck. Sabes que vas a trabajar para esa gente, ¿no?
—Sí.
—¿Por eso preguntabas?
—En parte, sí… ¿Y la Fundación ÍCaro?
—Pues esa Fundación se encarga de la obra social de la empresa. Al parecer, tienen la filosofía de revertir parte de los beneficios que obtienen en la sociedad. Aparte de las becas como la tuya, tienen un montón de proyectos solidarios, sociales y culturales.
—¿Cómo es que sabes tanto?
Mi padre se encogió de hombros.
—Es que cuando te dieron la beca los investigué un poco, para saber de ellos. ¿Por qué ese repentino interés?
—Hoy me ha pasado algo que… ¿Puedo contarte una cosa?
—Sí, claro que sí.
—¿Recuerdas a aquel hombre del que te hablé, David?
Puso cara de disgusto.
—¿El que era mayor que tú?
—Sí, ese. Hay una cosa que no te he contado acerca de él.
—¿Cuál?
—Que se apellida Van Kerckhoven.
—¿Qué? Espera. ¿Es ese David Van Kerckhoven?
—Ajá.
—Pero es que tú… —Mi padre se puso de pie bastante alterado—. ¿Estás loco? ¿Y dónde conociste a ese hombre?
—En un bar…
—¿Qué edad tenías? ¿Dieciséis?
—Diecisiete. Y no montes un espectáculo, ya te dije que David era mayor que yo, el hecho de que ahora te enteres de que es rico no cambia nada. Siempre se portó bien conmigo —aclaré—, y nunca me obligó a hacer nada, así que no te pongas así.
—¿Por eso te dieron la beca?
—De eso me acabo de enterar hoy. Yo no sabía que la Fundación ÍCaro dependía de la empresa de David, no tenía ni idea. Hoy me he enterado por casualidad, y he ido a hablar con él y…
—¿Has vuelto a ver a ese hombre?
—En realidad, le veo bastante a menudo. Es una historia muy larga.
Le conté a mi padre todo lo referente a Clara y cómo me había enterado de la implicación de David en mi beca, mientras mi padre me escuchaba atentamente.
Omití algunos detalles, como mi intermitente relación con David y el hecho de que aún tenía fuertes sentimientos por él, pero de todas maneras mi padre intuyó que la situación era más complicada de lo que yo estaba admitiendo.
—¿Qué voy a hacer? Tengo ganas de mandarlo todo a la mierda, pero si renuncio a la beca… David dice que no me recomendó por nuestra relación, pero yo me siento como si me estuviera recompensando por ciertas cosas… Ya sabes.
—Sí, ya sé.
—Y si me quedo… A la larga terminaré trabajando para su empresa y para él. Y no estoy muy seguro de querer eso.
—Noah, es tu decisión —me dijo mi padre—. Si te sientes moralmente obligado a renunciar a la beca, pues hazlo, pero… el curso ya está empezado y las tasas de este cuatrimestre pagadas. Si lo dejas ahora, no podrás matricularte en otra universidad hasta el año que viene y perderás todo el curso.
—Ya lo sé.
—Pues tómate un tiempo para pensártelo, ¿vale? No lo tienes que decidir ahora.
—Sí, es verdad. Me lo pensaré. ¡Dios! ¿Qué le voy a decir a Clara?
—Por lo visto, casi nada. No puedes basar una amistad en una mentira como esa —me sancionó.
—¿Te crees que no lo sé? Como un día Clara se entere de todo esto, nos va a matar a su hermano y a mí.
En parte también creo que si renunciara a la beca y estudiara en la Defensa me quitaría este problema de encima —confesé—.
Me da pena separarme de Clara, pero cada día me resulta más difícil mentirle sobre determinadas cosas.
—Ese tal David está siendo desleal con su hermana.
—No, no es eso —salí en su defensa—. La situación familiar de David es muy compleja, y tiene mucho que perder si las cosas le salen mal.
—No es el primer hombre poderoso que tiene que ir tapando sus trapos sucios de alcoba. ¿O te crees que es el único?
—Por supuesto que no es el único. Si te contara con quién estaba liado David antes de salir conmigo…
—¿Con quién?