A través del sexo. La saga completa 20. íCaro #2
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20. íCaro #2

Pablo me sacó la lengua, en una poco convincente pantomima de enfado.

—Pues tú te lo pierdes.

Agradecí el inicio de las clases, porque la familiar rutina me ayudaba a evadirme.

Como al principio del curso anterior, pronto nos vimos de trabajo hasta las cejas y empecé a pasar más y más tiempo fuera de casa.

A principios de octubre, Lola se mudó por fin, pero como yo estaba de sol a sol en la universidad, mi padre llegó a decirme que casi tenía la sensación de vivir a solas con ella.

Pablo también estaba liado. El nuevo curso de arte prometía ser intenso y, además, había tenido que tragarse el orgullo y volver a su antiguo trabajo en cuanto se le acabaron los pocos ahorros que tenía.

Había sido duro para él, no sólo el tener que admitir que, tal y como yo sospechaba, sólo había dejado el trabajo para satisfacer a Alejandro, sino tener que rogarle al tal Pepe para que lo admitiera de nuevo después de haberse ido voluntariamente y con poca antelación.

Así que de nuevo comenzamos aquella vieja rutina de vernos para salir de noche y yo prácticamente vivía con Pablo los fines de semana que él no trabajaba, a pesar de lo mucho que me desagradaba su destartalado colchón.

Otra ventaja del nuevo curso era que por fin iba a empezar las prácticas en los laboratorios BioKerck.

Aunque teníamos prácticas en el laboratorio de la facultad, mi beca me permitía complementarlas con prácticas en centros de investigación reales, mejorando mi formación por delante de la de mis compañeros de clase y familiarizándome con la empresa en la que empezaría a trabajar una vez terminada la carrera, si conseguía mantener la beca hasta el fin.

A mediados de octubre me llegó una carta a mi casa para citarme de nuevo en las oficinas de la Fundación ÍCaro y aclarar todo lo relativo a dichas prácticas.

Me hacía bastante ilusión meterme en un laboratorio de verdad y estaba ansioso por empezar, aunque no me incorporaría allí hasta el segundo cuatrimestre.

—Mira esto —le dije a Clara al día siguiente, enseñándole la carta.

Había esperado a salir de clase, para que no pareciera que estaba presumiendo de mi ventaja sobre los demás, pero con Clara tenía la suficiente confianza como para que ella no pensara eso de mí.

Sin embargo, quien se llevó la sorpresa fui yo.

Se limitó a devolverme la carta con un leve encogimiento de hombros.

—Sí, ya sabía yo que por tener la beca esa ibas a hacer las prácticas conmigo.

—¿Cómo que contigo? ¿Tú también vas a hacer prácticas en BioKerck?

—Ah, ¿no lo sabías? —me preguntó como si yo no me hubiera dado cuenta de algo muy obvio.

—No. ¿Por qué las vas a hacer? No me digas que tú tienes la misma beca…

—No, qué va, tonto, ¿pero no crees que sería un poco raro que no me fuera familiarizando con el trabajo?

—¿Trabajo? Lo dices como si supieras de antemano dónde vas a trabajar…

—Bueno, aún no lo sé de seguro. En todo caso, aunque al final no sea investigando, sino como directiva, mi familia opina que debo conocer el trabajo que se hace allí.

—Espera… —le dije parándola por el brazo cuando estábamos llegando a su coche—. Explícame eso mejor.

—Es lo más lógico: si me estoy formando para incorporarme como directiva del Grupo Van Kerckhoven, debo conocer la labor de investigación que hacemos en él.

—¿Esos laboratorios pertenecen a la empresa de tu familia?

—Qué tonto eres —rio—, ¿acaso no sabías que a lo mejor termino siendo tu jefa?

—¿Cómo?

—¿De dónde te crees que viene el «Kerck» de BioKerck? De Van Kerckhoven, claro.

—Soy gilipollas —me dije, entendiendo un montón de cosas de golpe.

—Bueno, hombre, tampoco es para tanto. No es como si yo fuera divulgándolo mucho por ahí. ¡Eh! ¿A dónde vas?

Me había alejado de ella y caminaba a grandes trancos en dirección contraria.

—Tengo que ir a un sitio —respondí, dejándola plantada.

Nunca me había preocupado por saber dónde trabajaba David hasta ese momento, ni siquiera cuando salíamos juntos, pero una punzada de intuición me llevó hasta el edificio en el que estaban las oficinas de la Fundación ÍCaro.

Allí estaba, justo en la puerta: una placa de metal con el membrete y el símbolo del Grupo Van Kerckhoven, que reconocí sin ninguna duda después de haberlo visto varias veces en el ático de David y en la tarjeta de visita con la que Hugo había intentado amedrentarme.

Bajo ella se acumulaba una decena de placas con los títulos de las otras oficinas albergadas allí, probablemente de organismos o empresas afiliadas al grupo Van Kerckhoven.

Quizás por eso no la había visto la primera vez que entrara allí, o quizás porque ni siquiera me había parado a mirar con detenimiento.

Pero así y todo, me maldecí mil veces por ser tan idiota.

Ni siquiera sabía si iba a encontrarme a David allí, en todo caso, estaba seguro de que él también prefería que no fuera a buscarlo a su casa. Además, yo sentía que era mejor dejar a Clara fuera de todo eso.

Me acerqué a la recepción de la entrada, y reconocí vagamente a la chica delgaducha y de grandes gafas vintage que la atendía y tecleaba rápidamente en un ordenador.

—Hola —saludé, no sabiendo muy bien qué preguntarle.

Si le decía que quería hablar con David Van Kerckhoven, seguramente se reiría de mí.

Levantó un segundo el dedo índice del teclado para indicarme que esperara y siguió tecleando un momento, que yo intenté aprovechar para pensar en algo ingenioso que decirle y poder colarme en la oficina, como hacían en las películas, pero para cuando ella volvió sus ojos hacia mí, no se me había ocurrido nada—.

Eeeh … ¿Las oficinas del Grupo Van Kerckhoven?

Ella levantó sus cejas y me dedicó una mirada inquisitiva por encima del marco de sus gafas.

—Concreta, por favor.

—¿Cómo?

—Esto está lleno de oficinas del Grupo VK, así que, por favor, sé más específico.

— Mmmh , es que en realidad no sé muy bien… —balbuceé; entonces por fin se me ocurrió la idea que había estado esperando, no muy brillante quizás, pero efectiva. Saqué la carta donde se me citaba para concretar mis prácticas y se la enseñé.

— Aaah , esto es de la Fundación ÍCaro, haber empezado por ahí —dijo mientras la leía—, pero espera —añadió volviendo su vista a mí—. La cita no es hoy.

—Ese es el problema, es que ese día no voy a poder venir, y necesito cambiarla.

—Pues entonces habla con la secretaria del Sr. Molina. Sube a la décima planta, es el primer mostrador que te encuentres.

—Gracias —le dije, recuperando la carta.

Me dirigí al ascensor y esperé pacientemente a que llegara, no sabiendo muy bien a dónde debía dirigirme.

Escruté las indicaciones del panel informativo que había en la pared, sin conseguir entenderlas del todo.

Un guarda de seguridad que estaba apostado junto al ascensor me miraba con curiosidad mientras yo intentaba dilucidar en cuál de esas oficinas de nombres tan complicados encontraría a David.

Mis ojos se perdieron entre los nombres de departamentos como Recursos Humanos, Márketing o Administración, así como de empresas y organizaciones como la propia Fundación ÍCaro, BioKerck, Kerck Industries…

Al final creí haber encontrado lo que estaba buscando, al ver que en el piso veinticinco se encontraban las oficinas de dirección, presidencia y vicepresidencia.

Varias personas entraron y salieron del ascensor a lo largo del recorrido, y a medida que nos acercábamos a los pisos superiores, cada vez se subía más gente.

A la altura del piso veintitrés, varias personas se apearon y entró una sola: un treintañero trajeado con un marcado hoyuelo en la barbilla.

Él apenas había lanzado una mirada superficial a los ocupantes del ascensor antes de esbozar un parco saludo de cortesía, así que aún no había reparado en mí.

Una vez se cerraron las puertas, miré de nuevo su perfil, recordando lo rudo que podía ser Hugo cuando quería y rogando para que no me viera.

Él, quizás sintiendo mi mirada, giró la cabeza y clavó sus ojos en mí, que se llenaron de malestar y reconocimiento.

—¿Qué haces tú aquí? —preguntó a bocajarro.

—Tengo que hablar con David —le respondí.

Sus ojos se demoraron en mí un poco más de lo estrictamente necesario antes de volver a girar el rostro, gruñendo audiblemente al hacerlo.

Las puertas se abrieron de nuevo en el piso veinticuatro, y casi todos los ocupantes del ascensor salieron. En el incómodo trayecto hasta el piso veinticinco sólo quedaban dos personas aparte de Hugo y de mí mismo. Cuando se abrieron las puertas, salieron antes que nosotros.

—Ven conmigo —dijo en cuanto nos quedamos a solas y parando las puertas para que no volvieran a cerrarse.

Al salir tras él, me vi ante un amplio y diáfano vestíbulo.

Un largo mostrador ocupaba la pared a nuestra derecha, bajo el enorme logo del Grupo Van Kerckhoven.

A nuestra izquierda, tras una pared acristalada, se podía ver una sala de reuniones, que se encontraba vacía en ese momento.

Dejando atrás el mostrador, nos adentramos en la planta.

No tardé mucho en estar ante una mesa de cerezo, en la que una secretaria cincuentona atendía el teléfono con diligencia. Al vernos llegar, tapó el auricular con la palma de la mano y nos miró con expectación.

—¿Señor Goikoetxea?

—¿Está David?

—No, señor, está en…

—Pues dígale que venga a su despacho —gruñó.