20. íCaro
ÍCARO
E l nuevo curso llegó con muchas novedades, no solo por el inevitable cambio de asignaturas y profesores, ni porque ese año empezaría las prácticas en los laboratorios, sino también porque ahora vivía en casa de mi padre, aunque a efectos prácticos eso solo influía en qué línea de metro tenía que coger para llegar a la facultad.
Los últimos dos meses habían sido bastante difíciles.
Mi padre se negaba a aceptar que el resto de la familia me hubiera repudiado e intentó infinidad de acercamientos entre mi madre, mis hermanos y yo, que nunca se produjeron.
He de admitir que yo tampoco ponía mucho de mi parte, y no sólo porque me había resignado a ser un paria, sino porque era demasiado orgulloso como para perdonar el rechazo sufrido, así que, por aquel entonces, fingía que no tenía ningún interés por reencontrarme con ellos.
También tuve que dar de baja en el gimnasio, por miedo a encontrarme con Moisés.
De todas maneras, tampoco era que el fitness fuera mucho conmigo, así que al final me dediqué a salir a correr por las tardes por un pequeño parque que había cerca del piso de mi padre.
Pasé el resto del verano en casa con él, para ir acostumbrándonos a estar juntos y limar las asperezas de la convivencia antes de que llegara Lola.
Mi padre me la presentó un par de semanas después de volver de nuestro viaje, y el hecho de que se lo dijera también a mis hermanos y lo hiciera oficial no hizo más que encolerizar a mi madre, que se empecinó aún más en su particular cruzada contra mí y mi padre.
Lola era una mujer de mediana edad, quizás un par de años mayor que mi padre, pero con ese característico encanto de las mujeres que han sido guapas de jóvenes.
No tenía una actitud maternal en absoluto, ni siquiera tenía hijos.
Era dinámica, muy segura de sí misma y decidida, y enseguida entendí por qué le gustaba a mi padre.
Llevaba el cabello rubio con mechas, pero su base natural era más oscura, aunque así hacía buena pareja con él, y conmigo también.
Más de una vez, estando en la calle, daban por sentado que éramos madre e hijo, pero ella se reía a carcajadas ante la mera idea de haber parido a una criatura.
No sé si realmente era que no tenía prejuicios contra los gays o que se los guardaba para ganarse al hijo de su novio, pero, en todo caso, siempre fue muy agradable conmigo.
Hicimos buenas migas desde el principio, y para cuando empezó el curso, ya estábamos preparando la casa para recibirla.
Otro que empezó a integrarse en casa fue Pablo.
Después de haber confesado mi homosexualidad, me sentía ridículo por mantenerlo casi en secreto.
Hasta ese momento mis padres solo sabían de él su nombre y que era mi compañero de marchas favorito.
Cuando los presenté, ambos se trataron con bastantes reservas, aunque lo que le conté a Pablo acerca de cómo se había portado mi padre conmigo hacía que a priori sintiera cierto respeto por él, y las cosas se fueron suavizando.
Incluso le celebramos a Pablo su cumpleaños con una pequeña fiesta familiar y una de las tartas caseras de Lola.
Con el tiempo aprendieron a llevarse bastante bien, aunque a mi padre siempre le molestó un poco la explícita sexualidad de mi mejor amigo, y nunca dejó de sospechar que entre Pablo y yo había algo que no era puramente platónico. Y no se equivocaba del todo.
Por lo demás, Pablo también parecía sentir un renovado respeto por mí.
Ahora que ya estaba más que oficialmente fuera del armario y que había sufrido un rechazo familiar como él, se sentía más identificado conmigo y teníamos nuevas cosas de las que hablar, cosas de las que nunca habíamos hablado antes porque Pablo no creyó que yo le entendería.
—¿Te sientes culpable? —me preguntó una de esas tardes de verano que pasamos aclimatándonos a mi nuevo dormitorio y colocando mis cosas, que mi padre traía por mí desde mi antigua casa. Yo tenía vetado el derecho de entrada.
—¿Culpable por qué?
—Por haber roto tu familia y toda esa mierda.
—No lo sé —dudé un instante—. ¿Debería?
Pablo se encogió de hombros.
—Si le preguntas a tu padre, seguro que te dice que no, es un buen tío.
Esa respuesta tenía doble sentido.
—Pues la verdad es que en parte sí —admití al final—. Sé que no es culpa mía, al menos no voluntariamente, pero en el fondo no puedo evitar pensar que si yo no fuera gay…
—Eso mismo quería decir yo.
—¿Y tú? ¿Te sientes culpable de algo?
—No es que me sienta culpable, es que lo soy.
—¿Por qué dices eso?
—Nunca te he contado lo de mi madre, ¿verdad que no?
Negué con la cabeza. Pablo no tenía madre, al menos no me había hablado de ella, y yo hacía tiempo que suponía que debía de estar muerta. Pero nunca le pregunté.
—Resulta que mi madre nos abandonó cuando yo era pequeño.
—¿Qué?
—Como lo oyes. Mis padres se casaron de penalti, ya sabes.
Mi madre era muy joven, por lo visto, y no pudo terminar sus estudios.
Cuando yo tenía cinco o seis años, ella debió de cansarse de todo, y se fue sin decir ni adiós.
Un buen día desapareció sin dejar rastro, ni siquiera se llevó sus cosas. Solo dejó una nota.
—¿Y qué decía?
—La verdad es que no lo sé, pero me imagino que lo típico: que estaría harta, que no nos quería y que nunca se hubiese casado de no haberse quedado preñada de mí. En todo caso, no hemos vuelto a saber de ella. Así que yo tengo la culpa de que mis padres se separaran.
—Bueno…, técnicamente, de lo que tienes la culpa es de que se casaran. — Pablo me echó una mirada asesina—. Pero entiendo lo que quieres decir.
—¿Nunca te has preguntado por qué mi viejo es un amargado? Pues ya sabes por qué.
—Eso no tiene nada que ver contigo, ni con que seas gay.
—No lo sé. Cuando era pequeño y mi padre me decía que yo era una nenaza y una vergüenza, ¿crees que nunca pensé que si yo hubiera sido un niño normal, a lo mejor mi madre me hubiera querido lo suficiente como para no abandonarme?
Entiendo que quisiera dejar a mi viejo, pero siempre me he preguntado por qué me dejó a mí también.
Quise decirle unas palabras de consuelo, intentar hacerle creer que su madre nunca le abandonaría voluntariamente, ¿pero cómo iba a decir cosas en las que ni yo mismo creía?
Clara volvió de Alemania un par de semanas antes de que empezara el curso.
Por supuesto, ella estaba más o menos al tanto de todas mis novedades, pero no es lo mismo contar ciertas cosas por mail o por teléfono que en persona, y cuando nos vimos por fin, me hizo repetirle toda la historia de pe a pa.
Quedamos los cuatro en una cafetería: Clara, Pablo, Samuel y yo hablamos largo y tendido de lo que me había pasado, y en general de las salidas del armario frente a la familia: de las nuestras, de nuestros amigos, historias conocidas de oídas o la de algún personaje gay de película, de libro o de serie de televisión.
Al final convenimos en que nunca era fácil, y casi siempre bastante desagradable.
Por otro lado, Samuel y Pablo estaban en una situación algo divergente de la mía, en tanto en cuanto ninguno de los dos había estado nunca dentro de un armario del que salir: ambos eran tan amanerados y tan explícitamente gays que sus padres siempre lo habían sabido de una manera o de otra, pero ellos entendían mejor que yo ese sentimiento de rechazo que estaba empezando a experimentar; al fin y al cabo, los dos habían tenido que enfrentarse a ello desde la infancia.
—No le des más importancia de la que tiene —me dijo Pablo mientras Samuel asentía—, al final te das cuenta de que lo que importa es la gente que te acepta y que te quiere, y que esa gente se convierte en tu verdadera familia.
¿Que jode? Pues claro que sí, pero hay que pasar página y seguir adelante.
—Sí, además eres bastante afortunado —intervino Samuel—, al menos tienes a tu padre y no has tenido que buscarte la vida tú solo, como Pablo y tantos otros.
Ambos se miraron y sonrieron. De alguna extraña manera, esos dos se estaban haciendo amigos, aunque eran tan diferentes que nunca pensé que se llevarían bien. De hecho, la idea de juntarlos había sido de Clara, no mía.
—Pero es que… es muy duro que tu familia te diga según qué cosas.
Ahora todo el mundo está enfadado conmigo, y con mi padre también, por apoyarme.
Y no solo mi madre y los gemelos. El otro día un hombre llamó por teléfono a casa para insultar.
Fue mi padre el que lo cogió, y jura que era la voz de mi tío Antonio.
Total que ahora parece que toda la familia de mi madre está en nuestra contra.
Y mi padre no tiene más familia aquí. Su hermano Juan vive en Londres y sus padres murieron hace tiempo.
Me da miedo que ahora se sienta solo por mi culpa.
—Bueno, tiene a su novia, ¿no? —intervino Clara—. Y te tiene a ti. Me parece que debe de sentirse menos solo que antes.
— Buf , ese es otro problema, que ahora está demasiado bien acompañado.
Tres son multitud, ¿sabes? Mi padre no quería que yo viviera con él por Lola.
Yo se lo pedí antes de saber cómo iba a reaccionar mi madre, y me dijo que no.
Al final sólo me llevó con él porque vio que la situación se puso muy chunga, pero él en realidad no quería, y ahora yo voy a estar de carabina en casa.
No creo que sea la mejor situación para iniciar una convivencia.
—Pues vente a vivir conmigo —ofreció Pablo con celeridad y no por primera vez—, podemos compartir mi cama.
—No es buena idea, los muelles de tu colchón se me clavan en la espalda —dije, sabiendo muy bien que estaba de coña.
Quizás me lo hubiese pensado si alguna de esas proposiciones hubiera ido en serio—.
Supongo que tarde o temprano también tendré que irme de casa de mi padre, pero por el momento me quedaré, demasiados cambios en tan poco tiempo.
Creo que esperaré una proposición más interesante que la tuya.