A través del sexo. La saga completa 19. Renacimiento #7
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19. Renacimiento #7

Me había despedido de Arno en el aeropuerto como un turista más, con un cordial apretón de manos, bajo la atenta mirada de mi padre, que fingía que no nos estaba mirando.

En realidad, a mí también se me había quedado una sensación agridulce, pero no quise admitirlo delante de él.

Habíamos intercambiado los correos electrónicos y la promesa de mantener el contacto, que ninguno de los dos pensaba cumplir.

En el fondo, eso era más que suficiente.

Mi madre nos recogió en el aeropuerto y, al verla, mi padre me lanzó una significativa mirada.

Me había hecho prometer que hablaría con ella nada más llegar a casa, y yo le había hecho prometer a él que estaría conmigo para apoyarme, así que insistió en venir con nosotros.

Para cuando llegamos a casa, mi corazón iba a mil por hora.

Saludé a mis hermanos y dejé mi maleta en el dormitorio. Cuando volví al salón, todos me miraron expectantes y supe que el espectáculo había comenzado sin mí.

—¿Qué pasa? —pregunté con un nudo en la garganta.

Mi madre me miraba preocupada.

—Tu padre dice que tienes algo que decirnos.

—Anda, siéntate aquí —dijo mi padre, señalando el sofá en el que él estaba apoyado.

Me senté, quedando frente a mi madre y mis hermanos.

—¿Pasó algo durante el viaje? ¿Estás bien?

—Estoy bien, mamá, no es eso.

—¿Has dejado preñada a tu novia? —preguntó Moisés.

—No, tampoco es eso. Y no tengo novia. —Era el momento de empezar a dejar ciertas cosas muy claras y dejar las ambigüedades para otro momento.

—¿Entonces qué, hijo? Me tienes preocupada.

Sentí cómo mi padre me daba un apretón en el hombro para darme ánimos y me di cuenta de que era mejor acabar de una vez.

—Soy gay.

Mi madre me miró como si le hubiera dicho que venía del espacio exterior y preguntó muy despacito:

—¿Qué?

—Que soy homosexual —dije, por si la palabra «gay» se le escapaba.

—Que es marica, mamá —intervino Moisés, mirándome fijamente.

Miré a Aarón en busca de una respuesta más propicia, pero él había bajado la cabeza y negaba, como si lo que estaba pasando fuera más allá de su entendimiento.

—Eso no puede ser. ¿Cómo vas a ser marica? —me dijo mi madre.

—Pues muy fácil. —Ya me había dado cuenta de que mis peores temores se habían confirmado, ahora sólo me quedaba hacerme el durito, para que no se me notara lo mucho que me jodía—. Me bajo los pantalones, me agacho y…

—¡Noah! —me amonestó mi padre.

—¿Qué? Es la verdad —me defendí—. Una verdad que ellos no pueden aceptar. Ya te lo dije.

—No, solo están conmocionados. Herminia, a mí también me chocó al principio, pero es su decisión y…

—¿Su decisión? ¿Llamas a eso una decisión? Mira lo que acaba de decir. ¿Tu hijo admite delante de ti que es un sodomita y tú tan tranquilo?

—Sodomita —bufé, escandalizado por ese lenguaje tan arcaico. Esas eran las cosas que le enseñaban a mi madre en la iglesia.

—Él es como es, no podemos rechazarle porque sea… diferente. Es tu hijo, y vuestro hermano —añadió señalando a los gemelos.

Moisés se puso en pie y salió del salón, mientras Aarón seguía con la mirada clavada en la punta de sus zapatillas.

—¡Esto no está bien! —exclamó mi madre.

—¿Según quién? Yo creo que está perfectamente bien, si eso es lo que él quiere.

—Tú eres un adúltero, ¿cómo vas a saber tú lo que está bien?

—Claro —dijo mi padre con ironía—, ahora aprovecha para echarme en cara por enésima vez que te engañara con otra.

—Esto es culpa tuya. Si no te hubieras ido… Dejaste a Noah sin padre cuando era muy niño. Esto es lo que pasa por no tener un modelo masculino en casa.

—Lo que hay que oír… —dije, levantándome—. Esto es el colmo.

Me fui en dirección a mi dormitorio, mientras mis padres seguían enzarzados en una fiera discusión, trayendo del pasado todos esos problemas que habían propiciado su divorcio, y, como entonces, sólo tuve ganas de encerrarme en mi cuarto y llorar, pero Moisés se interpuso en mi camino, en mitad del pasillo.

—Eres una vergüenza —dijo con rabia, pero pude ver lágrimas en sus ojos. Ver a mi hermano así sólo aumentó mi desdicha—. Eso, échate a llorar, maricón de mierda.

—Déjame pasar, Moi —rogué con infinito cansancio, haciendo un esfuerzo por no romper a llorar delante de él.

—¿Y si no, qué?

No le contesté, pero hice un débil intento de apartarle con mi mano.

Él se alejó de mí, como si mi contacto le asqueara, y me empujó en dirección a mi cuarto.

Caí de espaldas contra la pared del fondo y debí gritar, porque oí cómo la discusión de mis padres se interrumpía de golpe y se precipitaban hacia nosotros.

Me incorporé rápidamente y huí de Moisés, que tenía cara de querer pegarme.

Me encerré en mi habitación y oí gritos y voces enfadadas a mi puerta.

—Noah, abre —vociferó mi padre desde fuera. Dudé un momento, pero al final lo hice. Todos estaban ahí, mirándome. De repente se había hecho el silencio—. Coge tus cosas —dijo—, te vienes conmigo.

Tomando la maleta sin deshacer, salí de mi cuarto en pos de mi padre, sin saber si volvería a mi casa algún día.