A través del sexo. La saga completa 19. Renacimiento #6
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19. Renacimiento #6

—No, no lo hagas —reconoció—. Lo siento.

Volvió a sentarse, con expresión derrotada.

—Esto que te voy a decir es muy políticamente incorrecto, pero acabas de darme un disgusto.

—Ya lo sé.

—No por las razones que tú crees… No es que me moleste que… — Chasqueó la lengua—. Ese camino que escoges no es el más fácil del mundo, no quiero verte sufrir.

—Estás siendo injusto conmigo, no deberías decirme algo así —dije en tono beligerante—. Si te molesta tener un hijo marica, sólo dilo, ¿vale?

Guardó silencio un momento, y luego esbozó una débil sonrisa.

—¿Sabes qué? No sé por qué, pero no me extraña.

—¿Cómo?

Se encogió de hombros.

—Siempre has sido… diferente. Más sensible, más sensitivo que tus hermanos.

—Eso es solo un cliché —respondí enfadado.

—Es posible, pero… ¿Sabes eso que dicen de que los niños se enamoran de sus madres y las niñas de sus padres? Llegada cierta edad, tú sólo querías bañarte conmigo y mostrabas mucha curiosidad por mi cuerpo, pero tus hermanos nunca fueron así. Ahora ya sé por qué.

Me ruboricé con violencia.

—Yo no me acuerdo de eso…

—Claro que no, eras sólo un crío. —Hizo una pausa—. No te estoy juzgando. En Londres vi e hice cosas que me abrieron la mente.

—¿Ah, sí?

—Sí, ya sabes. —Se encogió de hombros—. Era la época del glam, y todos deseábamos a Ziggy Stardust… Ahora ya sabes por qué me gusta tanto David Bowie.

Miré de nuevo a mi padre, sopesando la posibilidad de que él hubiera tenido algún escarceo no heterosexual en su juventud, pero no dijo nada más y yo sentí demasiado pudor para preguntar.

—Y yo pensando que era solo por su música… —resoplé en un intento de aligerar el ambiente.

—Tienes que decírselo a tu madre.

—No. —Le miré con un ruego en los ojos—. No, a mamá no…

—Y a tus hermanos. Tienen derecho a conocer la verdad.

—Joder…

—Y tú tienes derecho a que te respeten tal y como eres.

—Sabes que no lo van a hacer.

—No puedes seguir mintiendo a tu propia familia.

—¿Y si no lo aceptan? ¿Y si mamá no lo acepta?

—Yo sé que tu madre es muy chapada a la antigua para algunas cosas, pero eres su hijo y te quiere. Lo aceptará.

—Papá…

—¿Qué?

—Y tú… ¿Lo aceptas?

Hubo un momento de silencio. Creo que nunca había tenido tanto miedo en toda mi vida.

—Ven aquí —dijo al fin, abrazándome—. Esto va a ser difícil, pero siempre os he enseñado a ti y a tus hermanos a respetar a los demás, y ahora tengo que enseñarte que no eran palabras vacías.

—Papá, ¿y si…? ¿Y si me voy a vivir contigo? —pregunté, verbalizando un pensamiento que llevaba un tiempo rondándome por la cabeza.

—¿Qué? —Me apartó, manteniéndome por los hombros para mirarme a la cara.

—Es que… Es algo que hace tiempo que quería decirte. Ya tengo dieciocho, soy mayor de edad, así que mamá ya no tiene mi custodia y… Y tengo ganas de vivir contigo de nuevo, y además, si mamá no acepta que yo sea gay…

—Ya te he dicho que no vas a tener ese problema.

—¿Eso es que no quieres que viva contigo?

—Noah… Yo también tengo algo que confesarte —dijo—. La verdad es que estoy saliendo con alguien.

—¿Qué? —pregunté atónito. Me levanté de un salto y le miré—. ¿Por qué no me lo habías dicho? ¿Cómo que estás saliendo con alguien?

—Se llama Lola —dijo manteniendo la compostura—, es periodista en una agencia de noticias y… Bueno, llevamos juntos un tiempo, la verdad, pero no os quería decir nada hasta que la cosa fuera más seria. Quería hablar contigo y con tus hermanos cuando volviéramos de Florencia.

—¿Por qué? ¿La cosa ya es más seria?

—Sí, estamos pensando en vivir juntos.

—Ah —dije, entendiéndolo todo de repente.

—No es que no te quiera tener conmigo, Noah, es que…

—No, lo entiendo. Tranquilo. —Me senté de nuevo a su lado, resistiendo la tentación de caminar en círculos como un león enjaulado.

—¿Qué te parece si hoy nos tomamos el día libre?

—¿Qué?

—Es nuestro último día en Italia, y después de lo que ha pasado… creo que nos vendrá bien estar un rato solos y charlar. ¿Pasamos de la excursión?

Asentí con vehemencia.

Se acercó al teléfono y marcó el número de la recepción.

—Hola —dijo—, ¿podría hacerme un favor? Dígale a Arno, el guía, que no nos espere. Mi hijo y yo no vamos a la excursión de hoy.

Colgó el teléfono y me miró como si de repente se le hubiera ocurrido algo.

—¿Estás enamorado de él?

—No, qué va. Es sólo un rollo.

Suspiró.

—Me lo temía.

En realidad, apenas hablamos el resto del día.

Ambos teníamos la sensación de haber dicho ya todo lo necesario, pero el tiempo pasado a solas nos vino bien.

Paseamos por Florencia sin horarios, sin guías, sin ninguna preocupación.

Visitamos el museo del Palacio Vecchio, cuyo interior no estaba incluido en el tour , y terminamos almorzando juntos en una tasca, compartiendo unas porciones de pizza.

Por la tarde, callejeamos por zonas menos turísticas y volvimos al hotel a la hora de la cena, para reunirnos con los demás.

Mi padre puso como excusa un inexistente dolor de cabeza, pero Arno me miró con preguntas en los ojos al vernos llegar a la mesa. Asentí en silencio en su dirección, para indicarle que todo estaba bien, y nos concentramos en cenar y en organizar la salida del día siguiente hacia el aeropuerto.

Por la noche, Arno tocó en nuestra habitación y hablé con él en el umbral de la puerta, no queriendo dejar solo a mi padre.

—¿Cómo estás? —me susurró.

—Bien. Ha ido mejor de lo que me esperaba.

—Lo siento.

—Lo sé, no estoy enfadado contigo. Siento haberte gritado.

—Da igual. —Acarició mi barbilla—. Me queda mal sabor de boca por despedirme de ti de esta manera.

—No, está bien así. El polvo de esta mañana estuvo bien. Me vale como despedida.

—De acuerdo —esbozó su franca sonrisa y se inclinó para darme un pico en los labios—. Nos vemos mañana.

—Nos vemos mañana.

El vuelo se me hizo largo y pesado, quizás por el madrugón que nos tuvimos que pegar.

Vimos amanecer sobre el Mediterráneo y luego dormitamos un rato en los incómodos asientos.

Mi padre, privado del entretenimiento de buscarme ligue, también parecía aburrido y taciturno, pero me sonreía cuando notaba que yo le miraba, como si me quisiera decir sin palabras que todo estaba bien entre nosotros.