19. Renacimiento #5
— Bonjorno ! —me saludó con jocosidad, luego miró a Arno en busca de aprobación—. ¿Lo he pronunciado bien esta vez?
—Casi perfecto —concedió él. Se giró hacia mí—. Buongiorno , Noah.
Hice un esfuerzo por no ruborizarme; el italiano nunca me había parecido un idioma tan sexi.
—Buenos días —dije sentándome.
Los demás me saludaron también y mi padre me sirvió un café y me tendió un plato lleno de cruasanes y bollos.
—Desayuna fuerte, que hoy es un gran día.
—Sí —dijo Arno, dándome un golpecito en la espalda. Él ya estaba al tanto de mis obsesiones artísticas—. Por fin vas a ver al David , ¿eh?
—Estoy nervioso —confesé con una sonrisita.
—Te va a encantar. El tour dura una hora y media —dijo como si yo necesitara que me lo recordase—, pero luego tienes otra hora libre para hacer lo que quieras. Podrás quedarte embelesado mirando al David hasta la hora del almuerzo.
—Qué bien. —Elevé las cejas con picardía—. Es lo que siempre había querido.
Eran casi las once y media cuando vi el David por primera vez, al fondo de una de las salas y bajo un arco.
Su considerable altura lo hacía perfectamente visible, a pesar de la pequeña multitud que había a sus pies, la misma que dificultaba el poder acercarse demasiado.
Me contenté con mirarlo desde lejos un momento mientras esperaba a que ese grupo se despejara.
Luego me acerqué, oyendo a medias a la guía de La Galería, que nos contaba las historias de las diferentes obras de arte que veíamos, con monotonía mal disimulada.
Ese día llevaba yo la cámara al cuello, en vez de mi padre, para poder despacharme a gusto con el David , pero antes de sacar ninguna fotografía, di la vuelta alrededor de él y me puse a su espalda.
—¿Qué haces? —Arno, que nos acompañaba en la visita como un mero espectador, se puso a mi lado mientras me veía encender la cámara y prepararla para fotografiar—. No puedes sacar fotos aquí —siseó.
Señalé con mi cabeza a la estatua.
—Le voy a fotografiar el culo.
—¿El culo?
—Sí, ya sabes…, el trasero —aclaré.
—¿Por qué?
—Porque todas las fotos que hay por ahí son de frente. Nunca le había visto por detrás.
—¿Y te gusta?
— Mmh , sí —contesté con picardía—, tiene un culo bonito. —Como me esperaba, era tan perfecto y hermoso por detrás como por delante—. Vigila que nadie me vea —le pedí mientras sacaba la instantánea.
—¿Crees que podremos estar a solas un rato? —susurró cuando terminé.
—¿Cuándo? —pregunté, todavía concentrado en el David .
—Hoy. ¿Salimos esta noche?
Mi padre se acercó en ese momento a nosotros y nos mantuvimos en silencio, aunque aún tuve tiempo de asentir con la cabeza.
A la mañana siguiente me sentía flotando en una nube.
No sólo había visto el David y otras esculturas de Miguel Ángel y tenido la oportunidad de contemplarlas durante un largo rato, sino que había vuelto a enrollarme con Arno, una vez durante la visita de la tarde, en un baño medio escondido de la Galería Uffizi, y otra vez la noche anterior, en medio de la eufórica oscuridad de la Florencia gay.
—Levántate ya, gandul —me dijo mi padre, pensando que estaba aún dormido en mi cama, en vez de soñando despierto como estaba.
—Sí, sí —ronroneé.
La excursión de ese día no me apetecía mucho.
Teníamos que ir a Pisa, y de nuevo nos tocaba autobús de ida y vuelta, solo para ver una torre mal construida y un par de cosas más.
Hubiera preferido pasarme el día retozando con Arno en la cama del hotel, pero eso era imposible: aunque yo me escaqueara de la excursión, él no podía hacerlo.
—Voy a bajar a desayunar —me dijo mi padre—. Te espero abajo. Dúchate y no tardes, ¿eh? Que yo no tengo culpa de que te dediques a salir por ahí. Haberte acostado a tu hora…
—Que síii .
Me revolvió el pelo y salió de la habitación, dejando dentro el aroma a recién afeitado.
Me levanté al fin y fui a ducharme y afeitarme. Luego, con el albornoz puesto, volví a la habitación para empezar a vestirme, cuando oí que tocaban a la puerta. Abrí para ver qué era Arno.
—¿Qué haces aquí?
Esbozó esa sonrisa tan franca que le caracterizaba y se encogió de hombros.
—Tu padre está desayunando y de tertulia, y decía que se te estaban pegando las sábanas. He pensado que a lo mejor te podía ayudar.
—Qué amable de tu parte —dije con ironía, viendo venir sus intenciones.
—¿Puedo pasar?
Miré dubitativo hacia el pasillo. No había nadie.
—Claro. Pero sólo un momento —le advertí.
Nada más entrar se abalanzó sobre mí y me desabrochó el albornoz. Me dejé besar por él, calculando mentalmente cuánto tiempo teníamos para enrollarnos antes de que mi padre empezara a considerar que estaba tardando más de la cuenta.
—Tenemos que hacerlo rápido —aclaré entre besos.
—No hay problema. —Quizás consciente de que eso había sonado mal, intentó corregirse—. Quiero decir que…
—Tranquilo —le dije—, sé lo que quieres decir.
Nos tumbamos en la cama, yo con el albornoz abierto y colgando de mis brazos, él con la ropa a medio quitar. Forcejeamos amistosamente antes de decidir qué postura tomar, aunque al final, y por ser terreno conocido para ambos, nos encontramos masturbándonos mutuamente, con los labios aún enredados.
Esa vez, sin embargo, disponíamos de algo más de comodidad y poco a poco unas ansias muy conocidas empezaron a tomar cuerpo.
—¿Te la chupo? —pregunté con cierta ansiedad.
—Sí… —gimió contra mis labios.
No me hice de rogar, apenas teníamos tiempo. Me esforcé por mamársela a conciencia. Me la metí todo lo que pude en la boca y la frotaba con fuerza entre mi lengua y mi paladar mientras restregaba mi polla contra sus piernas.
—Noah, para, voy a…
No le dejé terminar. Subí de nuevo hasta sus labios y los sellé con un beso mientras me sentaba a horcajadas sobre él, dejando juntas nuestras erecciones.
Arno tenía la expresión del que está a punto de correrse y yo me sentía también así.
Cogí nuestras pollas con una mano mientras le seguía besando, masturbándolas a la misma vez, la una contra la otra.
En un par de sacudidas, ambos nos derramamos sobre su abdomen.
Nos dimos un segundo para mirarnos a los ojos y luego nos levantamos entre risas. Miré el reloj de la mesita de noche; no habían pasado ni diez minutos.
— Ufff —resoplé con la respiración aún entrecortada—. Nos estamos especializando en el sexo exprés.
—Y que lo digas.
Yo me había vuelto a cerrar el albornoz, pero no llegué a hacer el nudo. Arno me atrajo hacia sí y volvió a meter sus manos por debajo de la tela, acariciando mi cintura.
—Tienes que irte ya —le dije en cuanto vi que sus ojos se enturbiaban de nuevo—. No tenemos tiempo para una segunda ronda.
Mientras lo decía, me aparté lo suficiente de él como para cerrarle la bragueta, pero sus manos seguían recorriendo mis caderas.
—Lo sé, ya me voy. Nos vemos abajo en media hora.
—Sí, claro. Voy a empezar a vestirme y a desayunar. Aún tengo tiempo.
Me volvió a besar, como despedida. Me rendí un momento y rodeé su cuello con mis brazos. Justo entonces se abrió la puerta.
Mi padre contemplaba desde el umbral una escena que difícilmente se podía malinterpretar. Los tres nos quedamos estáticos un segundo, antes de que mi padre reaccionara:
—Perdón —balbuceó, antes de irse y cerrar la puerta tras de sí.
Arno me miró con los ojos muy abiertos y sólo entonces me di cuenta de que yo debía de tener una expresión parecida. Me aparté de él de un salto, como si su contacto me quemara.
—¡Mierda! —exclamé—. ¡Joder!
—Noah, lo siento…
—¡Me cago en la puta madre que me parió! —grité ignorándole. Me encogí sobre mí mismo y me agarré las tripas; de repente, me sentía tan mareado como en un autobús.
—¿Estás bien?
—Mi padre no tenía que enterarse así. ¡Mi padre no tenía que enterarse!
—Lo siento —repitió.
Negué con la cabeza. Era consciente de que Arno no tenía nada de lo que disculparse, pero en ese momento necesitaba canalizar mi furia hacia alguien.
—Vete —le grité.
—Noah…
—Por favor, vete.
Me senté en la cama y metí la cabeza entre las rodillas para calmar las náuseas mientras oía cómo Arno salía de la habitación. A pesar del hecho de que aún estaba en ayunas, me sentía capaz de vomitar algo. No me moví hasta que oí cómo la puerta volvía a abrirse unos minutos más tarde.
Levanté la mirada para ver a mi padre, pero sólo al notar que mi borrosa visión no podía distinguir su silueta, me di cuenta de que estaba llorando.
—Noah —me dijo. Gemí al oír su voz y volví a hundir la cabeza—. Tenemos que hablar.
Gemí de nuevo. Estaba a punto de tener una de las conversaciones más trascendentales de mi vida y no podía sentir otra cosa más que pánico.
—Lo que acabo de ver… —continuó mi padre mientras se sentaba a mi lado en la cama—, era lo que parecía, ¿verdad?
—Sí.
—Noah, por favor, mírame. —Saqué la cabeza de entre las piernas para hacer lo que me pedía. Mi padre estaba muy serio y tenso. Sudaba—. ¿Eres homosexual?
—Sí.
Cerró los ojos un momento, mortificado. Luego los abrió de nuevo.
—¿Desde siempre?
—Sí —repetí.
—¿Y Clara?
—Ya te dije que Clara solo era una amiga…
—¿Y aquella chica…? ¿Amanda?
—Amanda era una chica a medias…, ya me entiendes.
Abrió la boca para preguntar, pero la volvió a cerrar mientras la comprensión se pintaba en su rostro.
—¿Y Davinia, aquella por la que lloraste tanto? ¿También era solo una amiga?
Inspiré muy profundamente antes de soltar la bomba:
—En realidad se llamaba David, y fue mi primer amor.
—¿Otra chica a medias?
—No, David es un hombre, en el más completo sentido de la palabra. Bastante mayor que yo, por cierto.
—¿Cómo de mayor?
—Cumplirá treinta dentro de poco.
—Joder…
—Lo siento.
—¿Lo sientes? Dice que lo siente —musitó para sí—. Me has mentido.
—¿Y qué querías que hiciera?
—¿Decir la verdad no es una opción?
—No —aseveré—. No, cuando es una verdad que nadie quiere oír.
—Joder —repitió. Se levantó y empezó a caminar por la habitación de la misma manera nerviosa en que yo lo hacía—. ¿Estás seguro de que eres gay?
—¿Estás seguro de que quieres que te conteste a esa pregunta? —pregunté con rabia mal contenida.