19. Renacimiento #4
Ese primer día en la ciudad dimos un paseo por la parte más antigua, como habíamos hecho en Roma.
Caminamos desde el hotel hasta la Plaza Michelangelo, donde se encuentra el más famoso mirador de Florencia.
La plaza se elevaba sobre una colina al sur de la ciudad, y pude distinguir algunos edificios emblemáticos, gracias a las guías que casi había memorizado.
En el centro de la plaza se alzaba una reproducción en bronce del David , custodiada por otras pequeñas esculturas.
Mientras Arno nos explicaba un poco de la historia de la plaza y su construcción, yo me asomé al mirador para apreciar las vistas de la ciudad por primera vez.
—Aquella es la Catedral —dijo Arno poniéndose a mi lado, mientras el resto del grupo le seguía y sacaba fotos—, y ese de allí el Palacio Vecchio.
También se puede apreciar el curso del río Arno y el valle a su alrededor.
—Me miró con una sonrisa pícara y añadió sólo para mí—: Por allí fue por donde mis padres se revolcaron.
—Ya —respondí un tanto cortante.
—Aprovechen estos minutos para sacar las fotos que quieran —dijo separándose de mí, sin más comentarios—. Enseguida iniciaremos el descenso para ir hacia la Catedral y el casco antiguo.
—Vamos a sacarnos una foto. —Mi padre apareció entusiasmado con su vieja Canon al cuello y se la tendió a otro de los turistas para que nos inmortalizara junto al mirador—. Ya estás en Florencia, ¿contento? —preguntó mientras recuperaba la cámara para fotografiar las vistas de la ciudad.
—Sí.
—¿Has visto el itinerario? Mañana vamos a la Galería de la Academia — canturreó.
—Ya lo sé.
—¿Quieres sacarte una foto con ese David ? —preguntó señalando la reproducción en bronce.
Negué con la cabeza.
—Me reservo para el verdadero.
Por la tarde paseamos por la ciudad siguiendo el valle del Arno, pero nuestro guía no volvió a hacer ninguna broma al respecto, al menos no conmigo.
Luego recorrimos el centro de la ciudad, la parte más antigua, llena de edificios medievales y renacentistas, como el Palacio Vecchio, delante del cual se hallaba otra reproducción del David , esta vez en mármol y a tamaño real.
Reproducción o no, captó mi mirada sin remedio.
Detrás de mí, podía escuchar a Arno contar parte de la historia de la plaza de la Señoría y de los edificios circundantes, así como de las estatuas que estaban frente a mí, muchas de las cuales eran reproducciones de las que originalmente habían ocupado ese lugar, para preservar las verdaderas de las condiciones climáticas.
Pero como esa parte de la historia, así como cualquier otra que estuviera mínimamente relacionada con el David , ya me la sabía, me entretuve en vagabundear libremente por la plaza y fantasear con perderme en Florencia yo solo, alejado del grupo y del insistente sonido de las cámaras fotográficas.
Primero recorrí el centro de la plaza, hasta dar con la placa conmemorativa de la ejecución de Savonarola, y seguí hasta el extremo oeste de la plaza.
Luego volví sobre mis pasos, hasta el Palacio Vecchio, y poniéndome junto al David , elevé la mirada para apreciar la altura de la torre Foraboschi.
Rodeé el edificio en todo su perímetro, teniendo que salir de la plaza y callejear por los alrededores para poder hacerlo, y volví a la plaza al dar una vuelta completa, quedando de nuevo junto al David .
Justo a mi izquierda estaba la Loggia della Signoria, y me paseé entre sus columnas para apreciar cómo el Perseo de Cellini y el David casi parecían estar mirándose.
—¡Ah! Estás aquí…
No había escuchado a Arno llegar hasta que casi lo tuve encima. Estaba agitado y tenía las mejillas arreboladas.
—¿Qué pasa?
—Te hemos estado buscando. Salimos de la plaza y luego nos dimos cuenta de que no estabas… Tuvimos que volver para… ¿No dije que no os separaseis del grupo?
—Ya, lo siento…
—¿Lo sientes? Vaya susto que nos has dado.
—Ya será para menos —contesté.
—No, es en serio. Como se me pierda un turista, me la cargo.
Me sonrió, pero le ignoré. Era obvio que estaba intentando bromear, pero no me había hecho ninguna gracia.
Escaneé la plaza con la mirada hasta dar con el grupo, que estaba junto al café Rivoire.
Vi a mi padre aproximándose a ellos desde el otro extremo y gesticulando.
Decidí encaminarme hacia allí, para no darle más motivos de preocupación.
—Espera. —Arno me cogió del brazo, pero tras la mirada que le eché me soltó de repente—. ¿Estás enfadado conmigo?
—¿Enfadado? ¿Yo? —Negué con la cabeza—. No.
—¿Seguro?
—Sí, claro. —Aunque me daba cuenta de que estaba comportándome como si realmente estuviera enfadado, no pude evitar añadir—: ¿Por qué iba a estarlo?
—No lo sé. Es que ayer en el Vaticano… A lo mejor tenía que haberte dicho algo.
—¿Decirme algo?
—Sí, ya sabes. —De repente parecía más agitado y arrebolado que cuando llegó—. A lo mejor tú esperabas que yo te dijera algo en concreto…
—¿Algo en concreto? —pregunté perplejo, pero él no me contestó—. ¿Algo en lo que no se puede pensar en un recinto sagrado? —aventuré.
—Sí, algo así.
—¿Y por qué iba a esperar yo que tú me dijeras algo así? ¿Es que querías que yo te dijera algo a ti?
—¿Es que tú sí querías? —contraatacó.
—Oh, por favor…
«Vaya conversación más estúpida», me dije.
Ese estaba siendo el flirteo más largo y pueril que había tenido en mi vida, pero era un flirteo al fin y al cabo.
La situación se estaba volviendo ridícula.
Harto de tanto juego, le empujé contra una de las columnatas y estampé mis labios sobre los suyos.
El beso duró solo un segundo. En seguida me separé de él.
—¡Eh! —me gritó cuando empecé a caminar hacia el resto del grupo.
—No te quejes —le contesté sobre mi hombro—. Que al menos no te he besado en una iglesia.
Mi primera preocupación fue pensar que a lo mejor había metido la pata.
Aún no estaba muy seguro de que Arno quisiera rollo y ni siquiera había respondido a mi beso, pero a lo largo de la tarde él buscó varias veces mi mirada y me sonrió con franqueza, así que poco a poco empecé a convencerme de que había hecho bien.
La segunda fue empezar a planear un sitio para enrollarme con él: yo compartía mi habitación con mi padre y él con otros guías que trabajaban en la ciudad, pero a la larga empecé a pensar que ese tipo de cosas suelen solucionarse por sí mismas.
Esa noche la pasamos juntos. Salimos después de la cena y me dio la posibilidad de conocer Florencia de noche.
Nos dedicamos a pasear por el centro de la ciudad.
Hablamos poco, pero Arno se lanzaba a besarme fugazmente en cada callejuela desierta que encontrábamos.
Al final nos volvimos más atrevidos y ya no solo nos besábamos, pero, aun así, alargamos el paseo todo lo que pudimos antes de tener que afrontar que no teníamos un lugar donde estar a solas.
Para cuando pasamos por el Puente Viejo, la temperatura entre nosotros estaba bastante alta.
—¿Y ahora qué hacemos? —pregunté, parándome a mitad del puente para contemplar el curso del río.
—No lo sé —me dijo—. ¿Quieres seguir paseando?
—No, más bien me gustaría otra cosa.
—¿Sí? —preguntó esbozando una pícara sonrisa—. ¿Cuál?
—Esa cosa que no hay ni que pensar cuando se está en un lugar sagrado — bromeé—. Eres bastante anticuado, ¿sabes?
—¿Tú crees? Mi novia dice lo mismo.
—¿Tu qué? —le pregunté, abriendo mucho los ojos.
—Mi novia.
—¿Tienes novia? —pregunté. Asintió enérgicamente—. ¿En serio?
—Sí, igual que tú —replicó. Le miré algo confundido y él aprovechó para acercarse a mí—. Tu padre me lo dijo.
—No, no, no. —Le miré a los ojos—. Yo dejo que mi padre crea que tengo novia, porque él no sabe que soy gay. Pero Clara es solo una amiga.
—¿De verdad? —preguntó casi esperanzado.
—De verdad. Pero tú sí que tienes —dije poniendo una mano sobre su pecho para impedir un acercamiento que él estaba iniciando.
Se encogió de hombros con picardía.
—¿Y a ti qué más te da? Ahora estoy aquí, contigo.
Me acerqué de nuevo a la barandilla y me asomé hacia el río.
—¿Y qué haces tú con una chica si eres gay?
—¿Quién te ha dicho que soy gay?
—Ah, vale. —Sonreí con ironía—. Entonces yo tampoco lo soy.
—¿A ti te gustan las chicas? —Negué con la cabeza—. Entonces creo que sí que lo eres.
—Y a ti sí que te gustan, ¿no?
—Claro, por eso tengo novia.
—Y yo creyendo que era por aparentar…
—Eso también —admitió—. ¿Tan mal te parece?
—No —contesté—. Yo también he hecho lo mismo. Pero hace mucho tiempo de eso.
Me sorprendió acariciando mi barbilla con lentitud. Me giré hacia él.
—Eres muy guapo.
Aproveché que el puente estaba casi vacío a aquellas horas y le besé.
—¿Entonces? —inquirí.
—Ven, quiero llevarte a un sitio.
Atravesamos el puente y volvimos a la Plaza de la Señoría.
Cerca de allí estaba la discoteca Tabasco, que tenía fama de ser la primera disco gay de Italia.
Por primera vez nos encontramos en un sitio en el que teníamos libertad para besarnos y tocarnos sin miedo a las opiniones de los demás.
Pasamos el resto de la noche allí, porque aquel parecía ser el único sitio de Florencia para nosotros.
Al final terminamos enrollándonos en uno de los baños, masturbándonos el uno al otro mientras manteníamos los labios unidos y las miradas clavadas.
Puede que parezca poco, pero con eso nos bastó para romper la tensión sexual y para sentirnos lo suficientemente libres como para salir de allí en plena madrugada cogidos de la mano.
Aquel día iba a suponer el clímax de nuestro viaje, al menos para mí.
Habíamos quedado a las diez y media de la mañana para visitar la Galería de la Academia y ver el David de Miguel Ángel, y a pesar de que había trasnochado, me desperté bastante temprano con maripositas bailándome en el estómago.
Mi padre ya no estaba en la habitación y salí a buscarlo al restaurante del hotel.
Estaba allí, compartiendo mesa con Arno y varios de los demás compañeros del tour .