A través del sexo. La saga completa 19. Renacimiento #3
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19. Renacimiento #3

—Pues a mí me parece una gran idea. ¿Te imaginas criarte en una ciudad así?

—¿No crees que tienes demasiadas expectativas de Florencia? ¿Y si no te gusta?

Chasqueé la lengua.

—¿Cómo no me va a gustar? Arno dice que es preciosa, que me va a encantar.

—¿Y Roma, qué te parece?

—Está muy bien —respondí con cierta condescendencia, saliendo de la ducha—, el Coliseo es más grande de lo que yo pensaba. —Mi padre no me contestó, pero me miraba a través del espejo con cara muy seria—. ¿Qué? ¿Qué pasa?

—Joder —me dijo—, no te veía desnudo desde que eras un crío. —Bajó la mirada, como si de repente se hubiese dado cuenta de que su comentario nos había azorado a los dos—. A veces no me acuerdo de que mis hijos son ya hombres hechos y derechos.

Sonreí con timidez mientras me tapaba de nuevo con la toalla, algo preocupado de repente porque mi padre pudiese atisbar mi tatuaje.

—Bueno —me puse a su lado en el lavabo para empezar a afeitarme yo también—, como me empieces a contar historias de cuando me cambiabas los pañales, me voy.

—No estaba pensando en eso. —Se lavó la cara y se la secó con una toalla—. Sino que esa tal Clara tiene razones para estar contenta.

—¡Papá!

—¿Qué? Es que tienes a quién salir.

—Serás marrano y presumido… —dije por lo bajini.

Al día siguiente tuvimos que madrugar para coger el autobús que nos llevaría a Nápoles y Pompeya.

Yo me puse de antieméticos hasta las cejas y Arno volvió a dejar que me sentara en la parte delantera, aprovechando cada rato que no tenía que darle discursitos al resto del grupo para charlar conmigo, así que entre el dopaje y la compañía, el viaje se me hizo bastante soportable.

Se me hacía obvio que él disfrutaba de mi compañía y que le caía bien.

Yo no tenía quejas al respecto, no sólo porque me parecía guapísimo e interesante, sino porque tampoco tenía ganas de socializar con el resto del grupo, tal y como hacía mi padre: las parejas eran demasiado mayores para mí, la menor de las hermanas era casi de mi edad, pero tenía que fingir desinterés delante de mi padre, y la cohorte de adolescentes que venía con nosotros era en realidad una manada de chicos insufribles y acnéicos, que se burlaban de todo lo que veían y que obviamente se sentirían más a gusto haciendo botellón que visitando un museo.

La excursión duró todo el día, y llegamos al hotel casi de noche y totalmente reventados. No hicimos nada que cualquier turista normal no hiciera, y sin embargo aquel día fue remarcable por algo: por la extraña sensación de que Arno y yo habíamos estado flirteando.

Era solo una impresión, por supuesto, porque en realidad no habíamos hablado de nada inapropiado, y ni siquiera estaba seguro de que fuera algo bilateral o únicamente imaginaciones mías.

Pero lo que en un principio interpreté sólo como simpatía empezó a parecerme algo más en algún momento inespecífico de ese día.

Llegado cierto punto, en el que Arno y yo bromeábamos a solas o me comentaba a mí cosas que quizá hubieran sido de interés general, como si pensara que yo sería el único en disfrutarlas de verdad, no sólo empecé a darme cuenta de que él estaba empezando a gustarme, sino también de que quizás yo le estaba empezando a gustar a él.

Aun así, me mostré cauteloso en extremo, no sólo porque no me parecía conveniente liarme con un tío delante de las narices de mi padre, sino porque ni siquiera estaba muy seguro de que Arno fuera gay.

No fue esa la primera vez que eché de menos a Samuel y su proverbial sexto sentido.

El tercer día nos tocaba visitar el Vaticano, pero yo me había propuesto estar más alerta a posibles insinuaciones que la víspera, y a aprovechar la oportunidad de besarle, si se me prestaba, cada vez más convencido de que podía tener un lío con él sin que mi padre se enterara.

Sin embargo, ese día él parecía haberse propuesto todo lo contrario, o al menos me dio la impresión de que estaba evitándome: apenas me miró, y mucho menos habló conmigo directamente.

Confuso y algo enfadado, tuve que ver cómo las esperanzadoras fantasías que me había montado la noche anterior, imaginando cómo sería el sexo con él, se iban al traste cuando Arno empezó a ignorarme de manera tan alarmante.

No solo era una cuestión de sentimientos heridos y orgullo machacado, sino el temor de que quizás él hubiera notado que me lo intentaba ligar, pero que no fuera gay.

Eso me ponía en la hipotética pero difícil situación de tener que lidiar con un latin lover que quizás se sentía herido en su hombría.

Lo de menos era que me partiera la cara o me echara la bronca, al menos, siempre y cuando no lo hiciera delante de mi padre.

Así que me dediqué a evitarle yo también, tanto como me fuera posible, y a evadir estar cerca de él en las visitas o en lugares apartados de los demás, restándole la posibilidad de hablar a solas conmigo, por si acaso.

Entre eso y el asco que me da una iglesia que predica la humildad y la pobreza y que tiene la desfachatez de mostrar tanta opulencia, mi visita al Vaticano fue un tanto descorazonadora, y ni siquiera los maravillosos frescos de la Capilla Sixtina pudieron sacudirme la melancolía que se instaló en mí ese día.

Sin embargo, nadie más que yo parecía molesto por algo, de hecho, el resto del grupo parecía devoto y enfervorizado.

Incluso mi padre, ateo y anticlerical como era, mostró un inusitado respeto por todo lo que veía, aunque luego me dijo que en realidad había estado haciendo un esfuerzo por contener su lengua de comunista, que desató nada más sentarnos a cenar aquella tarde.

—¿Sabes lo que creo? —me susurró—. Que lo que necesitan todos esos curas y cardenales son dos cosas: trabajo duro y una buena mujer para cada uno. ¿Te fijaste en el código de vestimenta para los turistas? —bufó—. Tanta abstinencia y tanta gilipollez no pueden ser buenas.

Me reí por lo bajini, contento por el hecho de compartir opiniones al respecto con mi padre, pero una voz a mis espaldas me cortó la risa de golpe.

—Yo de usted tendría cuidado de decir esas cosas. —Arno, aparecido de no sé dónde con un plato en la mano, miraba a mi padre desde su altura con una actitud que mezclaba el reproche y la vergüenza.

—¿Perdón?

—No quería ofenderle —se apresuró a aclarar mientras se sentaba a nuestro lado—, pero la verdad es que los italianos no solemos tomarnos muy bien ese tipo de comentarios.

—Sólo estaba expresando mi opinión, y lo hacía con mi hijo. Creo que he tenido bastante deferencia al tragarme mis comentarios cuando estábamos dentro del Vaticano.

Si Arno notó que mi padre le hizo un no muy velado reproche por haber oído una conversación privada, no lo dejó ver.

—Y se lo agradezco. No quiero que se lo tome como algo personal. Sólo le estoy advirtiendo.

—¿Advirtiendo? —exclamó mi padre.

—Sí, por si acaso. Esta vez le he oído yo, y estoy acostumbrado a este tipo de comentarios, aparte de que yo mismo tengo mis más y mis menos con la Iglesia, pero aquí… —No se atrevió a terminar la frase—. No quiero que tenga usted un problema.

—¿Estás intentando hacerme creer que todos los italianos, excepto tú, son cristianos integristas?

—No, claro que no. Pero no está bien visto opinar ciertas cosas de la Iglesia católica. Comprenda que, teniendo el Vaticano tan cerca, parece una provocación.

—¿Tanta o más provocación que una turista en minifalda? —contraatacó mi padre.

—¿Tan mal le parece que se pida un poco de recato para entrar en un recinto sagrado?

Para aquel entonces, yo me estaba esforzando seriamente por hacerme invisible. Que mi padre y Arno discutieran sobre moral sexual no me parecía lo más adecuado, dadas las circunstancias.

—El pecado está en los ojos del que mira, no en el cuerpo del que enseña — recitó mi padre—. No me parece más que un signo más de que el celibato impide a los sacerdotes pensar en algo que no sea sexo.

Arno se atragantó visiblemente con la bebida que estaba tomando en ese momento y me apresuré a darle unas palmadas en la espalda mientras tosía.

—¿Estás bien? —pregunté, olvidando por un momento que se suponía que estaba intentando evitarle.

—Tu padre no se corta, ¿eh? —dijo recuperando su voz al fin.

—No mucho —admití.

—Bueno —siguió, dirigiéndose a mi padre de nuevo—.

Yo también creo a veces que la Curia Vaticana está alejada de la sociedad, y que sus miembros no se dan cuenta de que ahora las cosas son diferentes.

Ya que hablamos de esto, no creo que las familias o que el amor o que…

el sexo tengan que ser solo como dicen ellos.

Creo que deberían dejar que la gente se sintiera más libre para expresarse y para amar.

Pero si le digo la verdad, sigue sin parecerme mal que se impongan normas de vestimenta dentro del Vaticano, porque los lugares sagrados deben ser respetados.

—Aunque seguía hablando con mi padre, me miró a mí, casi como si me estuviera dando explicaciones por algo—.

Hay cosas en las que uno no debe pensar cuando entra en un lugar así.

No pude evitar sentirme aludido.

—Lo tendré en cuenta.

Esa mañana había que levantarse muy temprano para coger el bus que nos llevaría a Florencia.

Antes de las cinco ya estábamos todos en el recibidor del hotel, esperando el autobús con diversos grados de malhumor matutino.

Me pasé la mayoría del trayecto dormitando en mi asiento, mientras oía en mi discman el último CD de Madonna en repetición continua e ignorando olímpicamente los tímidos intentos de Arno por iniciar una conversación.

Para cuando estaba escuchando Frozen por tercera o cuarta vez, ya estábamos llegando a Florencia.

—Tenéis un rato para descansar y colocar las cosas en vuestras habitaciones —recitaba Arno nada más entrar en el hotel, mientras hacíamos cola para pasar por recepción—, pero recordad que a las once y cuarto debemos estar todos aquí para iniciar el recorrido de hoy.