A través del sexo. La saga completa 18. Amor… o algo parecido #7
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18. Amor… o algo parecido #7

Permanecí a su lado hasta que se quedó dormido. Luego me levanté y me fui. Justo cuando salía de la habitación de Pablo, me encontré con Eva, que sentada en el sillón del salón me miraba con cara de pocos amigos.

—Espero que sepas aceptar las responsabilidades de tus actos —dijo—. Esto no hubiera pasado nunca si no hubieras cortado con él.

Abrí la boca para protestar, pero me lo pensé mejor. Respiré hondo y meneé la cabeza, recordando cómo había estado demasiado concentrado en mis problemas para apreciar los de Pablo.

—Tienes razón.

Supongo que no hace falta que explique por qué decidí dejar a Darío.

Después de lo ocurrido con David y con Pablo, y tras haber aclarado por fin mis sentimientos, sabía que lo nuestro no había sido nunca posible.

Había descubierto por fin que no estaba enamorado de Darío, sino que sólo sentía por él deseo y necesidad.

Tampoco sentía ya confusión acerca de lo que Pablo me inspiraba, que ahora interpretaba como cariño mal entendido y una buena porción de desconcierto.

Aunque estaba decidido a cortar con Darío, tardé un par de días en llamarle para quedar y romper con él.

A quien sí había querido llamar era a David.

Durante los días siguientes me sentí terriblemente tentado de hacerlo y hablar con él, preguntarle si acaso me dejaría volver a verle, pero no lo hice porque sabía cuál habría sido la respuesta.

Yo seguía siendo el mismo niño tonto al que él había dejado no hacía ni un año, y en cuanto acabara la Semana Santa, Clara regresaría a España y todo volvería a ser como siempre.

Quedé con Darío en la misma cervecería en la que habíamos acordado iniciar nuestra relación, con la sensación de tener que cerrar un perverso círculo.

Suponía que él ya sabía lo que yo iba a decirle, y de hecho, ya que él tampoco me había llamado a mí, pensé que también tenía la intención de cortar.

Por eso me sorprendí cuando se lo tomó a mal.

—¿Vas a dejarme? —me preguntó cuando empecé a balbucear acerca de lo que no funcionaba en nuestra relación.

—Darío, lo siento —me excusé intentando mantener las distancias entre los dos en la estrecha mesa en la que estábamos sentados—. He intentado entenderte, de verdad, y hacer las cosas a tu manera, pero no puedo… Yo no sirvo para esto, no puedo querer a alguien y tener que compartirle.

—Tu problema —me dijo con voz enfadada— es que no sabes distinguir el amor del sexo.

—Y tu problema es que los confundes —le contesté—. Mira, Darío, de verdad que me gustas, pero esto no va a funcionar.

—¿Vas a dejarme por ese tío? ¿Por David?

—No.

—Pero le quieres.

Le miré a los ojos con el firme propósito de no mentirle.

—Sí. Pero eso no tiene nada que ver con lo que pasa entre nosotros.

Se acercó a mí, desplazando su silla para estar casi pegada a la mía, y me susurró:

—¿Y si lo intentamos a tu manera?

Su ofrecimiento me sorprendió, y he de confesar que lo pensé durante un momento, pero al final negué con la cabeza.

—No, lo nuestro está ya demasiado roto. Lo siento.

Sin una palabra más, se levantó y se fue. Yo me terminé un café que había pedido, pagué la cuenta y salí de allí unos minutos más tarde que él, sintiéndome triste pero, al mismo tiempo, sabiendo que me había quitado un peso de encima.

Ya no me quedaban ni excusas ni segundas oportunidades, si quería mantener la beca tenía que estudiar y concentrarme. Y lo hice.

Fue como volver a ser el viejo Noah, estudioso y responsable, que sólo pensaba en el sexo cuando necesitaba una paja para relajarse entre examen y examen.

Casi me sentí de nuevo como ese chico virgen que se masturbaba pensando en lo que creía que era el sexo.

La diferencia era que ahora sí lo sabía. Y esa era una gran diferencia.

No importaba cuánto intentara negármelo a mí mismo, por mucho que me esforzara en imaginar a un amante inespecífico, a medida que mi fantasía avanzaba ese cuerpo anónimo se iba haciendo delgado y fibroso y su rostro tomaba formas elegantes y angulosas, con una burlona sonrisa y unos enormes ojos grises.

Así que incluso sin quererlo, en mis momentos más íntimos seguía siendo de David.

Aparte de mis tribulaciones masturbatorias, lo único en lo que pensaba era en los exámenes, cada vez más cercanos.

Los dos últimos meses de curso me enclaustré en mí mismo y me sometí a sesiones maratonianas de estudio en la biblioteca de la facultad, en parte para estudiar, y en parte para no pensar en otras cosas.

Mi madre, que antes siempre se quejaba de que pasara poco tiempo en casa, ya no me decía nada, porque esta vez sabía que era para algo bueno.

Incluso Clara, acostumbrada a verme estudiar con ahínco, se sorprendía del empeño renovado que le ponía, y me observaba en silencio, porque sabía que conservarme como compañero de clase dependía de mis notas.

Así que las semanas pasaron entre aulas, bibliotecas y salas de estudio.

No salí de marcha y apenas quedé con Pablo un par de veces para tomar café.

Aún sentía que había cosas sin hablar entre nosotros, pero en ese momento no me veía capaz de entrar en ese tema, no fuera que mi concentración volviera a volar, cuando más la necesitaba.

Con el mes de junio llegaron el fin de las clases y el inicio de los exámenes finales, y me sometí a ellos con infinita esperanza. Cuando a mediados de mes supe las notas me apresuré a calcular mi nota media: 8.1. Por los pelos.

Lo primero que decidí fue que quería celebrarlo. Luego me di cuenta de que necesitaba un polvo desesperadamente. No había que enunciar un silogismo para darme cuenta de que tenía que llamar a Pablo.

El Sodoma no había cambiado mucho en mis meses de obligada ausencia. Había un par de gogós nuevos, y luego supe que uno de mis camareros favoritos había cambiado de empleo. Por lo demás, todo seguía igual, pero a mí me pareció renovado, maravilloso.

Entré allí de la mano de Pablo, como en los viejos tiempos, convencido de que quizá volver a salir juntos terminara de poner las cosas en su sitio entre nosotros. Por las sonrisas que me lanzó nada más entrar, supe que sería así.

—Vamos a bailar —me dijo, arrastrándome y cogiendo mi cintura.

Dejé que me rodeara y aspiré su olor. Luego grité eufórico:

—¡Cómo lo había echado de menos!

Pablo se unió a mi euforia, gritando conmigo. Al fin y al cabo, para él también había acabado un curso muy estresante.

Llegamos bailando hasta la barra y pedimos dos cervezas.

Con nuestros botellines en alto, volvimos a nuestra zona favorita para bailar, y seguimos moviéndonos juntos, casi abrazados, dejando que el calor de nuestros cuerpos unidos nos ayudara a recordar por qué éramos amigos.

Como aquella primera vez que bailamos, Pablo me besó en el cuello con cautela, tanteándome, pero a diferencia de esa otra vez, fui yo quien unió nuestros labios.

—Te quiero —susurré, ya sin ninguna confusión al respecto.

Sus manos reptaron por mi espalda, rodeándome. Le devolví el abrazo y cerré los ojos. Nos quedamos quietos, unidos en medio de la nada nebulosa que era la pista de baile, dejándonos mecer por el movimiento de los demás.

—Yo también te quiero —dijo al fin—, aunque no tengo ni idea de por qué.

Sonreí, dando la bienvenida al viejo Pablo.

—¿Quieres seguir bailando?

—En realidad, creo que ahora preferiría follar.

Nos reímos juntos, como si de un chiste recurrente se tratara, internándonos en el cuarto oscuro. Antes de separarnos para buscar quien nos saciara le volví a abrazar, agradecido.

—Es bueno tenerte de vuelta.