A través del sexo. La saga completa 19. Renacimiento
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19. Renacimiento

RENACIMIENTO

El primer tema del bloque de Historia era el Renacimiento, para continuar donde lo habíamos dejado el curso anterior, justo al fin de la Edad Media, y tras tanta decadencia y oscurantismo, el nuevo movimiento me fascinó: la revisión de los clásicos, el antropocentrismo, el nuevo entendimiento de la filosofía del carpe diem , la devoción por la belleza del cuerpo humano, el nacimiento de la ciencia moderna y la diversidad de temas artísticos, que ya no eran necesariamente sacros.

Incluso sin el entusiasmo de nuestro profesor, don Mariano, era fácil prendarse de un periodo como ese y desde entonces, el Renacimiento ha sido mi época favorita.

Pero no es esa la única razón por la que recuerdo ese libro, sino también porque gracias a él había descubierto que era gay.

Podía pasar horas mirando fijamente esa imagen, recorriendo con mis todavía demasiado inocentes ojos aquel cuerpo que se me antojaba cálido y lleno de fuerza.

Cuando me imaginaba a mí mismo en la Galería de la Academia, tocándole, una pequeña burbuja estallaba en mi vientre, extendiendo una ardiente sensación, al hacerme imaginar cosas que aún no sabía que fueran posibles.

Por aquel entonces, poco sabía yo de la homosexualidad o de las diversas maneras en las que los hombres pueden amarse, y aun así, no podía evitar que ese David y la ciudad que lo custodiaba ocuparan todas mis infantiles e inespecíficas fantasías sexuales.

Supongo que fue en parte gracias a él que desarrollé una verdadera obsesión por el arte renacentista y la escultura neoclásica, que mi padre espoleó, viendo en mí a un humanista en ciernes.

Aunque al final me convertí en un hombre de ciencia, mi padre no se había equivocado.

Siempre he odiado esa injusta elección que se nos obliga a hacer a los estudiantes: ¿por qué he de renunciar al arte para dedicarme a la biología?

¿Por qué abandonar la literatura para estudiar matemáticas?

Yo hubiese preferido una educación más global, haber podido saber de todo un poco, porque ¿no era ese el ideal renacentista?

Puede que ya cumplidos los dieciocho y con dos relaciones fallidas a mis espaldas, esa pueril obsesión pareciera ya muy lejana, pero cuando mi padre me preguntó qué quería como regalo por mis buenas notas, no lo dudé ni un instante:

—Quiero ir a Florencia —exclamé.

—¿Quieres un viaje como regalo?

—Sí.

—¿Pero a Florencia? —preguntó con extrañeza.

—Sí —repetí—, ¿qué tiene de malo?

—Nada, es solo que pensé que preferirías viajar a un sitio más divertido, como Nueva York, o Londres, o…

—No, prefiero ir a Florencia. Es que quiero ver el David —añadí por lo bajini.

—Eres digno hijo de tu padre —dijo revolviéndome el pelo.

—¿Por qué? ¿El David es también tu escultura favorita?

—No. Pero hasta que no fui al museo Rodin a ver Las puertas del Infierno no me quedé tranquilo, así que te entiendo. Podemos hacer un recorrido por Italia.

Me encogí de hombros.

—Con tal de que pasemos por Florencia…

—Que sí, pero podemos ir también a Roma, el Vaticano, Venecia…

—No, Venecia no, eso es para parejitas —dije con una mueca.

—Está bien, Roma y Florencia. ¿Tú y yo solos?

Asentí con entusiasmo, no sólo porque el plan fuera atrayente, sino porque ansiaba pasar más tiempo a solas con mi padre. Por primera vez me alegré de que mis hermanos odiaran los viajes culturales.

—De todas maneras —añadí—, creo que mamá pensaba ir a Lugo, a ver a la tía Claudia.

—Y así tú te libras de ir, ¿eh, gañán?

Ni mi padre ni yo soportábamos a la tía Claudia. Me encogí de hombros.

—La verdad es que sí.

Decidimos ir la segunda semana de julio, no solo para evitar las aglomeraciones de agosto, sino para hacerlo coincidir en el tiempo con el viaje de mi madre y librarme del feroz sarcasmo de mi tía.

Mi padre se contentó con dejarme hacer y organizarlo todo mientras él se dedicaba a hacer números y estudiar presupuestos.

Durante las semanas previas compré varias guías sobre la ciudad, me aprendí de memoria recorridos y lugares de visita obligada, y les hablé a Pablo y Clara sin descanso acerca de todos los sitios que pensaba ver.

Pablo, que compartía conmigo el sueño de ver Florencia, ciudad que según él «todo artista que se precie debe conocer», me envidiaba con variables grados de disimulo, mientras Clara, que había visitado algunas ciudades italianas unos años atrás, me hizo varias recomendaciones, muchas de las cuales obvié por no corresponderse con nuestra política de austeridad, a pesar de que por primera vez en mucho tiempo disponíamos de cierta holgura.

Mi beca no solo había servido para costear mis estudios, sino que había sido una gran ayuda económica para mis padres, que gracias a ella pudieron terminar de pagar el coche de mi padre y adelantar algo de la hipoteca del piso en el que vivíamos.

Ahora ambos tenían por primera vez la posibilidad de guardar algo y mi padre estaba convencido de gastarse sus pocos ahorros en mí.

Sin embargo, a la hora de la verdad, se negó a que fuéramos por nuestra cuenta y contrató un viaje organizado.

—Un viaje enlatado, querrás decir —le respondí con hastío cuando vino a darme la noticia.

—Pero bueno, ¿qué tienes tú en contra de los viajes organizados? —preguntó, enarbolando folletos y billetes delante de mis narices.

—Que son un coñazo. Nos vamos a pasar la semana saltando de autobús en autobús —dije, sintiendo que sólo de pensarlo mi estómago empezaba a rebelarse.

—¿Es que tú te crees que tu padre no ha pensado en eso?

Mira. —Abrió uno de los folletos para enseñármelo—.

He contratado excursiones a pie, tanto en Roma como en Florencia, que no quiero que vayas vomitando todo el rato.

Solo tendremos que coger autobuses para movernos entre ciudades.

Y, además —añadió al ver mi cara ante la mera mención de un autobús—, al ir con grupos, nos libraremos de las colas en los museos.

—Sí, ¿pero de qué nos sirve eso? Solo podremos estar en los museos un rato, mientras dure la visita, no podremos recrearnos en nada.

—No, no, no, you’re wrong again —dijo mi padre pasando al inglés sólo para molestarme—.

Las visitas duran una hora y media, pero luego te dan varias horas para que te quedes dentro del museo y vagabundees por donde quieras.

—Eso era una agradable variación, pero yo seguía sin estar convencido y debía notarse en mi cara—. ¿Qué más pegas tienes?

—Es que eso de ir con un guía que recita discursos de memoria y con gente que no conocemos de nada…

—Bueno, así tienes posibilidades de conocer a alguna chica.

Puse los ojos en blanco ante la inesperada posibilidad de que mi padre confiara que yo me pusiera a ligar en el viaje.

—Yo lo único que quiero es ver el David —contesté con fingida timidez.

Mi padre se encogió de hombros con picardía, en un gesto que reconocí como si me viera en un espejo.

—Pues eso mismo.

Llegamos al aeropuerto de Fiumicino a primera hora de la tarde, tras un poco más de dos horas de vuelo.

Como habíamos cogido el avión de las once y media y el retraso había sido razonable, casi no habíamos llegado tarde.

Se suponía que el servicio que mi padre se había empeñado en contratar se iniciaba allí, y que el guía nos recogería en el aeropuerto para llevarnos, a nosotros dos y a los otros miembros del grupo, hasta nuestro hotel.

Durante el vuelo habíamos elucubrado sobre cuáles de los demás pasajeros estarían con nosotros en las excursiones, y mi padre parecía especialmente interesado en incluir en nuestro hipotético grupo a cualquier chica medianamente guapa que hubiese en el avión.

—¿Qué? ¿Esa tampoco te gusta? —me preguntó en cuanto mostré desinterés por la cuarta o la quinta que me señalaba—. ¿O es que Clara se puede enfadar contigo si la miras?

—¿Por qué iba Clara a enfadarse conmigo? —le dije, haciéndome el tonto.

—No lo sé… —respondió, haciendo lo propio—. ¿No era tu novia?

—Clara es solo una amiga —mascullé con la intención de no ser demasiado convincente. Lo bueno de ser un gay en el armario es que aprendes a mentir tan bien que incluso puedes hacerlo diciendo la verdad.

—Bueno, entonces no te pasará nada si miras a esa chica tan guapa. Te está poniendo ojitos.

La miré sólo para que me dejara tranquilo, pero no era verdad que me pusiera ojitos, más bien parecía estar teniendo problemas con sus lentillas. Luego se giró hacia el chico que tenía al lado y empezaron a hacerse arrumacos. Mi padre, que también lo había visto, me miró y se encogió de hombros.

—Pues parece que tendremos que seguir buscando.

Cuando llegamos a la terminal, tuvimos que esperar un rato sorprendentemente largo junto a las cintas transportadoras para poder recoger nuestro equipaje, tanto que incluso empezamos a temer que quizás lo hubiéramos perdido.

Al final nos hicimos sin problemas con nuestras maletas, decidiendo que el personal del aeropuerto era competente, pero demasiado lento.

Una vez que nos dirigimos a la puerta de salida, nos encontramos con una marea de italoparlantes, entre la que destacaban varios carteles mantenidos en alto por guías turísticos y chóferes.

Uno de los carteles, que su portador giraba para mostrar alternativamente el anverso y el reverso, rezaba «Grupo español» por delante, junto al logo de nuestra compañía de viajes, y por detrás decía: «Rodríguez, Suárez, Estévez, Perdomo, Del Toro».

—Ese es el nuestro.

Al acercarnos, vimos que el cartel lo llevaba un chico moreno y que alrededor de él ya se arremolinaban unas cuantas personas. El grupo estaba formado por una pareja joven, dos parejas de jubilados y un matrimonio con una cohorte de hijos en diversos estadios de pubertad.