18. Amor… o algo parecido #6
—Ni siquiera sabes lo que ha pasado.
—No lo necesito, no tiene ningún derecho a pegarte.
Le miré con mayor detenimiento. Tenía hematomas más pequeños en la mejilla y el mentón, y había un pequeño rasguño en su mejilla izquierda, pero nada que sugiriera un daño grave.
—Que yo recuerde —me dijo con fingida solemnidad—, tú le partiste la boca a David.
—Eso fue diferente… —balbuceé confuso.
—¿Por qué es diferente? ¿Porque lo hiciste tú?
Hubo un incómodo silencio, en el que no supe qué decir ni cómo justificarme, hasta que Pablo hundió el rostro en las manos y le oí sollozar.
—Soy patético —gimió—. Mírame, aún le estoy defendiendo.
—No eres patético —respondí sintiéndome muy torpe de repente. Rodeé su cabeza con mis brazos, dejando que la apoyara contra mi abdomen—. No lo eres.
—No quería que me vieras así —dijo—, me da tanta vergüenza…
—¿Qué ha pasado?
—Nada. —Parecía ya más tranquilo. Se incorporó un poco y se secó los ojos con las mangas del pijama—. Anoche vino aquí y me peleé con él.
—¿Por qué?
—Porque le dije que iba a dejarle. No se lo tomó muy bien.
—¿Por eso te pegó?
—No fue nada, es solo que los chicos se asustaron y me llevaron a urgencias. Me hicieron un montón de pruebas y…
—¿A urgencias? ¿Por un hematoma? —pregunté con escepticismo.
Pablo volvió a encogerse de hombros.
—Al parecer perdí el conocimiento durante unos minutos.
—¿Cómo?
—Estoy bien, estoy bien. Me hicieron de todo anoche, y los médicos dicen que estoy bien. Sólo estoy cansado. Quiero dormir una semana entera.
Dijo esto mientras abría la cama y se metía bajo las sábanas. Me senté a su lado mirándole con preocupación.
—¿Ibas a dejarle? —Asintió—. ¿Por qué?
Pablo suspiró.
—Porque me he dado cuenta de una cosa. Mira eso.
—Me señaló hacia una esquina de su dormitorio, en la que descansaba un caballete con un lienzo tapado bajo una sábana blanca.
Apenas le había prestado atención, porque Pablo siempre tenía algún lienzo medio escondido por ahí, y nunca me dejaba mirarlos.
Dudando de si me estaba invitando a mirar su cuadro, caminé hacia él y volví a mirarle al tocar la sábana. Él asintió y yo lo destapé, lleno de curiosidad.
Supongo que en un principio me decepcionó el cuadro.
En él sólo se veía una habitación, con una cama de matrimonio, dos mesitas de noche y un armario.
La madera de los muebles era oscura, y la luz, lúgubre.
Toda la iluminación venía de una ventana abuhardillada que había sobre la cabecera de la cama, pero incluso esa era una luz grisácea y triste.
El aspecto general transmitía angustia y desesperanza, pero supongo que yo esperaba algo más impresionante.
—¿Qué es esto?
—Es la tarea de la que te hablé. Ese sitio es lo que más miedo me da en el mundo.
—Ya, pero… ¿Qué sitio es este?
—El dormitorio de Alejandro.
Le miré, anonadado.
—Alejandro es un sádico —me explicó mientras yo volvía mis ojos hacia el cuadro una vez más, apreciándolo como si fuera la primera vez—. Y no lo digo en sentido figurado —aclaró—, es uno de esos tíos a los que les va todo ese rollo de las máscaras de cuero y los látigos.
—¿Y tú hacías eso con él?
—Bueno, más bien él hacía eso conmigo.
—Pensaba que esas cosas no te gustaban…
—Y no me gustan. —Me miró muy serio—. Yo no tengo alma de masoquista, Noah. No me gusta que me peguen o que me humillen. Sin embargo, a él le dejo hacerlo.
—¿Por qué?
—Porque le quiero —dijo, como si eso fuera una explicación totalmente válida—.
¿Recuerdas lo que me dijiste una vez acerca de David, que cuando estabas con él eras suyo por completo?
Pues a mí me pasa igual. Dejo que Alejandro haga lo que quiera conmigo, aunque sean cosas que a mí no me gusten.
Lo hago porque sé que mi dolor le produce placer, y yo estoy programado para complacerle.
—¿Cómo que programado?
—Alcánzame mi cajita, anda.
—¿Te vas a fumar un porro ahora?
—Estoy nervioso y cansado, no te metas conmigo.
—Asentí e hice lo que me pedía—. ¿Sabes a qué edad perdí la virginidad?
—dijo abriéndola y valorando su contenido—.
A los catorce. ¿Sabes con quién? Con él.
—Me quedé a su lado en silencio, sabiendo que él necesitaba contarle eso a alguien.
Empezó a liarse el porro y se concentró en ello, como si su pequeño ritual le ayudara a evadirse de lo que estaba contando—.
Él era vecino de mi bloque, donde vivíamos antes, y tenía fama de rarito, pero a mí siempre me llamó la atención.
Supongo que se podía decir que me atraía sexualmente, pero yo sólo era un crío y además no quería pensar en eso.
—¿Por qué no?
—Porque desde siempre los otros niños me llamaban mariquita.
Es lógico que lo hicieran, no hay más que verme —dijo con resignación—, pero yo no lo entendía.
Lo único que sabía era que los maricas son esos a los que les gustan otros hombres, y que eso era terriblemente malo, así que me esforzaba para no fijarme en otros chicos, sin darme cuenta de que sólo el esfuerzo de evitar fijarme ya me convertía en gay.
En cualquier caso, supongo que Alejandro fue el primer tío que me interesó de verdad en ese sentido.
—Prendió el porro que había estado liando y me lo ofreció, pero yo negué con la cabeza.
Dio una calada antes de continuar—: Él a veces hablaba conmigo cuando nos cruzábamos en la escalera, y me miraba como si quisiera comerme, el muy cabrón, solo que de eso no me daba cuenta entonces.
Otras veces me invitaba a merendar a su casa, y yo iba a escondidas de mi padre, para que no se enterara de que iba a casa del rarito.
Hablábamos durante horas. —Se apoyó contra el cabecero de la cama—.
Él fue la primera persona que me habló como si yo fuera adulto, y eso me hacía sentirme terriblemente halagado.
Le enseñé mis dibujos, y le dije que quería ser artista.
— Bufó exhalando el humo del porro—. Paradójicamente, fue el único en apoyarme cuando dije que quería estudiar Bellas Artes.
Bueno, para no aburrirte, el caso es que una de esas tardes me folló.
Su lenguaje rudo no pudo engañarme, y leí entre líneas la amargura que había detrás.
—¿Él te…?
—¿Que si me violó? —Asentí enérgicamente, agradecido por no tener que preguntárselo—.
No lo sé, Noah. Yo no le di nunca mi consentimiento explícito, pero tampoco me negué.
En todo caso, estoy seguro de que él sabía que yo lo deseaba, y lo deseaba.
—Me miró—. Y lo disfruté. De hecho, al día siguiente fui a su casa a por más.
Así que difícilmente se me puede clasificar como una víctima.
Pero aun así, no creo que estuviera preparado para el sexo y Alejandro nunca ha sido un amante… considerado.
—Pero si sólo tenías catorce años…
—Legalmente la edad necesaria. Y me temo que yo era algo precoz.
—Aun así…
—Fue casi pederastia, lo sé. Y ahora lo pienso y me escandaliza.
Pero él nunca me forzó, sólo me sedujo, y no creo que haya forzado a ningún otro.
¿Sabes por qué le dejé la primera vez? Porque le pillé en la cama con un crío.
Yo ya tenía dieciocho y verle con un niño que debía de tener la misma cara de curiosidad y de vicio y de miedo que tuve yo la primera vez que estuve con él…
No lo sé, creo que se me rompió algo por dentro.
Esta vez he decidido dejarle porque sé que no puedo estar con alguien que me provoca terror —dijo señalando el cuadro—.
Antes no me importaba, porque estaba enamorado de él, pero ahora tengo la sensación de que eso no es suficiente.
—¿Y él… te quiere?
—A su personal y retorcida manera, pero sí, me quiere. —Hizo una pausa—. O eso dice.
—¿Y de verdad tú aún le quieres?
—Durante un tiempo creí que no, que le había superado, pero cuando nos reencontramos… Supongo que hay cosas que nunca se superan del todo.
—¿Eso es un sí?
—Eso es que no quiero volver a pasar por ahí. Alejandro no es bueno para mí. Odio reconocerlo, pero es verdad. Es como una droga. —Agitó el canuto en el aire para reforzar la analogía—. Sabes que no debes, pero… la tentación es demasiado fuerte, y el placer obtenido es enorme.
—Pero si acabas de decir que no te gusta el sexo con él…
—Yo no he dicho eso, claro que me gusta. Lo que quería decir es que yo nunca dejaría que ningún otro me tratara así, porque sé que con ningún otro me gustaría. Pero ese no es el problema. Alejandro no es malo para mí porque sea un sádico, eso no me importa.
—¿Entonces cuál es el problema?
—Que el sadismo de Alejandro no se limita al sexo.
Le gusta hacerme daño, en todos los sentidos, y eso es lo que me molesta.
A veces me dice cosas sólo para joderme, y es tan cabrón que una palabra suya me puede doler más que una bofetada.
Me insulta y me menosprecia, y humillarme así le proporciona placer.
Y sigo sin hablar de sexo. Aquella vez, cuando se lo montó con aquel crío, sé que lo hizo para molestarme, justo cuando sabía que yo lo vería, y para darme a entender que quizás yo ya estaba algo mayor para gustarle…
No lo sé. El caso es que creo que él nunca pensó que le dejaría por eso.
De hecho, creo que él no pensaba que yo fuera capaz de dejarle, pero ya van dos veces.
—Pues bien por ti —dije sin mucho entusiasmo—. ¿Qué vas a hacer ahora?
—¿Dormir? —Apagó el canuto contra un cenicero—. Eso estaría bien.
—Lo siento, te estoy entreteniendo.
—No, no importa. Necesitaba contarte esto, no me gusta tener secretos contigo. Hicimos una promesa, ¿recuerdas?
Asentí, bastante más conmovido de lo que me sentía capaz de expresar.
—Claro que sí.
—No vas a… dejar de quererme por esto, ¿verdad?
—No, ahora te quiero mucho más. —Me incliné sobre él y le besé en los labios. Me aceptó con ternura y nos separamos con una sonrisa. Pero no sentí nada más que afecto y camaradería.