A través del sexo. La saga completa 18. Amor… o algo parecido #5
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18. Amor… o algo parecido #5

Me tumbé sobre él, entre sus piernas, y le besé el cuello mientras me lo follaba, despacio y profundo.

David se contentaba con estar tumbado y recibirme, demasiado atontando por el alcohol como para hacer ninguna otra cosa.

Le susurré al oído todas las tonterías cariñosas que se me ocurrieron y él me sonreía y musitaba palabras que me resultaban incomprensibles, pero al menos no se quedó dormido, como yo temía.

Disfruté de él con deliberada intensidad, regodeándome en su pasividad y su belleza.

El interior de su cuerpo estaba caliente y su estrecha acogida me proporcionaba un placer indescriptible.

Sus labios buscaban mi piel con ansiedad y yo lamía la suya con deleite.

Puede que lo que había entre David y yo no fuera amor, pero se le parecía bastante; hubiera querido estar así toda la noche, meneándome lentamente en su interior, conteniendo un orgasmo que hubiera significado el final, pero me dejé ir cuando noté que se corría.

Salí de él tan despacio como había entrado y le oí suspirar.

—He manchado el sofá…

—No te preocupes por eso ahora —le dije.

Me quité el condón y me limpié con unos pañuelos que siempre llevaba en el bolsillo del vaquero, en previsión de situaciones como esa. Cuando me giré hacia él, ya estaba roncando con suavidad.

—David, no te quedes dormido aquí, cariño —le susurré al oído—. Vamos a la cama.

Gruñó malhumorado.

—No… Déjame aquí.

—Pues al menos levántate y quítate las lentillas.

—Mierda, es verdad… Pero no puedo levantarme.

—Dime qué necesitas y yo te lo traigo.

— Mmhh . En el baño, sobre la encimera. Trae el estuche…

—Ok. —Fui al baño y cogí lo que me pidió. Luego fui al dormitorio y cogí dos almohadas y una manta. Cuando volví al salón, David se había quedado dormido de nuevo—. David, despiértate. —Le sacudí suavemente por el hombro y abrió los ojos—. Quítate las lentillas, anda.

Se incorporó con un nuevo gruñido y se quitó las lentillas mientras yo me sentaba a su lado y acomodaba las almohadas para dormir.

—Recuérdame que no vuelva a pasarme con las copas. Estoy muy perjudicado.

Se acercó a mí y apoyó su cabeza en mi regazo. Empecé a acariciarle el pelo y ronroneó como un gatito satisfecho.

—¿Quieres que me quede a dormir? —Se encogió de hombros—. ¿Eso es un sí o un no?

—Sólo si me vas a seguir acariciando el pelo…

—Qué mimoso te pones —dije con ternura. Me tumbé a su lado y seguí acariciándole—. Voy a tener que emborracharte más a menudo.

No dije nada más y su respiración se fue normalizando. Cubrí nuestros cuerpos con la manta y cuando pensaba que ya debería estar dormido, susurró:

—Así que ese era Darío…

—Sí. ¿Clara te ha hablado de él?

Asintió sin separar la cara de la almohada.

—Lo que no sé —dijo con voz somnolienta—, es qué haces aquí conmigo. ¿No te va bien con él?

—No, no es eso. Es que Darío y yo tenemos una relación abierta, y hacemos este tipo de cosas.

—Y una mierda, a mí no me engañas. —Incorporó la cabeza y me miró con los ojos entrecerrados—. Tú eres demasiado celoso para algo así.

—¿Tú crees? —Asintió mientras volvía a apoyar la cabeza—. Va a ser que tienes razón, estoy empezando a darme cuenta de que las relaciones abiertas no son lo mío.

David elevó el dedo pulgar, como queriendo felicitarme por haberme dado cuenta de algo que a él le resultaba tan obvio.

—Oye, David…

—Estoy intentando dormir…

—¿Has hecho un trío alguna vez?

—¿No recuerdas que te dije que estuve viviendo en París con una pareja? — preguntó con hastío.

—Sí —respondí, recordando esa conversación—, y me dijiste que te acostabas con los dos, pero… —Me callé, al darme cuenta de algo—. No me dijiste que te acostaras con los dos al mismo tiempo .

—Culpa tuya, por no haberlo supuesto.

—Pero eran un chico y una chica, ¿no? Yo me refería a un trío gay…

—Lo dices como si hubiera mucha diferencia.

—Entonces, ¿sí que lo has hecho con dos tíos a la vez?

—Que sí, pesado…

—¿David?

Chasqueó la lengua.

—¿Quéee?

—Cuando tú y yo estábamos juntos —dudé un momento antes de continuar—, ¿habrías querido hacer uno conmigo y algún otro chico?

—Ni de coña —dijo mientras abrazaba mi cintura y hundía su cara en mi pecho—. No te compartiría con nadie ni loco.

Sonreí mientras un escalofrío de placer recorría mi espina dorsal.

—Suponía que dirías algo así. —Hice una pausa—.

Ya sé que me vas a decir que tú nunca me quisiste de verdad y que yo soy sólo un chico al que te gusta tirarte de vez en cuando, pero…

—Cerré los ojos, avergonzado por lo que estaba a punto de decir—.

Pero nunca me he sentido tan querido como cuando estuve contigo.

Ningún otro hombre me ha hecho sentir algo así.

—Incliné el rostro para mirarle—. ¿Te parece una tontería?

Pero no hubo respuesta. Se había quedado dormido y casi me alegré de que no me hubiera oído.

Sonreí mientras seguía acariciándole y mirándole con adoración.

Estaba despeinado, ojeroso y respiraba a través de la boca, entreabierta.

A la mañana siguiente tendría una resaca terrible y restos de saliva sobre la almohada, pero deseaba seguir allí para poder verlo.

¿Cómo podía haber dudado de lo que sentía por él?

¿Cómo podía haberme sorprendido de que Darío no me inspirara nada remotamente parecido?

Abrazado al cuerpo de David, me quedé al final dormido, con la extraña sensación de que nunca había dejado de ser mío.

Al principio no reconocí el sonido que me había despertado.

Era un tintineo, como una musiquilla molesta.

Entreabrí los ojos y la luz proveniente de los ventanales me cegó, así que me cubrí la cabeza con la manta, pero el sonido seguía allí, pitando en algún lugar entre mis oídos y mi cerebro. No supe qué era hasta que David gruñó:

—Apaga ese móvil, ¿quieres?

—Mi móvil… —Abrí los ojos y me escabullí fuera del sofá, buscando mis pantalones entre el amasijo de ropa que había en el suelo.

Al final los encontré, pero para entonces el móvil ya había dejado de sonar.

Estaba a punto de apagarlo cuando empezó a sonar otra vez.

El nombre de Pablo brillaba en la pantalla.

—¿Sí?

—¿Noah? —Tardé un segundo en reconocer la voz. Era Eva, la compañera de piso de Pablo.

—Sí, ¿qué pasa? ¿Pablo está bien? —pregunté súbitamente preocupado.

David sacó su cabeza de debajo de la manta y me miró con ojos legañosos e inquisitivos.

—Sí, pero sería mejor que te pasaras por aquí —me dijo ella.

—¿Pero qué pasa? ¿Está Pablo bien? —insistí.

—Está bien, en serio. Está conmigo… Mejor que te lo cuente él cuando vengas.

—Pásame con él.

—Ahora no…, está un poco alterado… Espera. —Noté que Eva tapaba el auricular con la mano, pero aun así pude escuchar la voz de Pablo de fondo, aunque no conseguí entender qué decía—. ¿Vas a venir?

—Sí, sí, claro. Voy para allá.

Colgué el móvil y empecé a coger mi ropa. David se había levantado, poniéndose la manta sobre los hombros como si fuera un jefe indio, y me miraba con cara de preocupación. Entre eso y su resaca, tenía un aspecto horrible.

—¿Pasa algo malo?

—No lo sé —respondí—. Es Pablo, pero no sé qué le pasa, así que me voy a su casa. ¿Dónde estarán mis calzoncillos?

—Aquí —dijo David tendiéndomelos—. ¿Quieres tomar algo antes de irte?

—No, será mejor que me vaya ya. —Empecé a vestirme, aunque aún sentía la mirada de David sobre mí—. Pero gracias —añadí al darme cuenta de que estaba siendo un maleducado. David sonrió, sin dejar de mirarme—. ¿Qué?

—Estaba pensando que por cuántas personas te irías tan rápido de mi cama.

—De tu sillón, querrás decir. Además, te lo tienes un poco creído, ¿no?

—Tal vez —contestó encogiéndose de hombros—, pero se nota que ese tío te importa.

—Pablo es mi segundo gran amor —contesté distraído, terminando de vestirme.

—¿Y quién es el primero?

—Me tengo que ir —dije, dispuesto a no contestarle. Me acerqué para darle un último beso—. Gracias por el polvo.

Aunque tenía la cabeza embotada y la sensación de no haber dormido nada, eran casi las once de la mañana cuando me había llamado Eva.

Cogí un taxi hasta la casa de Pablo, para no retrasarme mucho, y subí los escalones de su zaguán de dos en dos.

Para cuando toqué en la puerta estaba jadeante y nervioso, a causa de cientos de lúgubres posibilidades que se me iban ocurriendo.

Fue Álvaro quien me abrió la puerta.

—Menos mal que ya estás aquí.

—¿Qué le pasa?

—Mejor que te lo cuente él…

—¿Por qué todos me decís lo mismo? —pregunté exasperado—. ¿Dónde está?

—En su cuarto. —Se apartó para dejarme entrar, pero cuando pasé a su lado me retuvo, agarrándome por el brazo—. Pero sé amable con él.

—¿Que sea amable? ¿Pero qué coño pasa? —Sólo obtuve como respuesta un obstinado silencio. Con un gruñido de disgusto, me dirigí a su habitación.

Eva estaba allí con él, ofreciéndole una taza humeante que Pablo parecía empeñado en rechazar. Al principio, el cuerpo de Eva me tapaba la visión, pero cuando se levantó pude por fin verle la cara a Pablo, y el enorme hematoma que tenía en la sien derecha.

—¿Qué te ha pasado? —exclamé nada más verle.

—Noah. —Me lanzó una mirada avergonzada—. No hacía falta que vinieras. Eva, te dije que no hacía falta que viniera —se quejó.

Se encogió de hombros como si la cosa no fuera con ella y salió de la habitación.

—Pero, ¿qué te ha pasado? —repetí. Me acerqué a la cama y me senté a su lado. Llevaba uno de sus viejos pijamas, pero tenía pinta de no haber dormido en toda la noche. De hecho, sus amigos tampoco parecían haber dormido.

—No tiene importancia.

—¿Cómo que no tiene importancia? —Le cogí de la barbilla y le obligué a mirarme—. ¿Quién te ha hecho esto? —Sus ojos me rehuyeron y supe que estaba haciendo un esfuerzo por no llorar. Una desagradable sospecha se aposentó en mis tripas—. Fue Alejandro, ¿verdad?

—Noah…

—¡Será hijo de puta! —Me levanté exasperado—. Como le coja, le voy a meter sus puños por el…

—Noah, por favor, tranquilízate.

—¿Que me tranquilice? ¿Cómo quieres que me tranquilice? —exclamé—. Ese cabrón te ha pegado.