A través del sexo. La saga completa 18. Amor… o algo parecido #4
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18. Amor… o algo parecido #4

—¡Vamos! ¿Quieres hacer lo mismo de siempre? A mí me tienes cada vez que quieras, pero estos tíos solo están disponibles esta noche. No se puede desaprovechar una oportunidad así.

Puse los ojos en blanco.

—Hay que ver…

—No te enfades. —Me abrazó por detrás y me besó en el cuello—. Yo sé lo que a ti te gusta. ¿Por qué no hacemos una cosa?

—¿El qué? —pregunté sin mucho entusiasmo.

—Busca a un tío que te guste, y te follamos entre los dos.

Giré la cabeza para mirarle.

—Siempre pensando en lo mismo.

—Tú también sabes lo que a mí me gusta —me susurró al oído—. Mira —añadió refiriéndose a los hombres que bailaban—, ¿qué te parece ese?

Miré al tío que señalaba, un musculitos que me recordó a Jorge. Quizás Darío pensaba que de verdad a mí me gustaban los tíos así. Negué con la cabeza.

—¡Vamos! No me digas que no te gusta, ¿no te enrollarías con él?

—No —dije. Ni siquiera estaba decidido a hacer lo que él me pedía.

—¿Y qué tal ese?

Esta vez era un chico joven y de cabello castaño largo y rizado, bastante guapo y con un cuerpo delgado y elástico. Seguro que ese era del tipo de Darío.

—Tampoco.

—Pues yo creo que está bueno. ¿Y ese de ahí?

Negué de nuevo con la cabeza. Entonces, al girar la cara de nuevo hacia Darío, le vi.

David estaba borracho, pero eso solo le hacía parecer vulnerable y disponible.

Contoneaba las caderas con procacidad al ritmo de «It feels so good» y parecía contento con el hecho de seducir a todos los que estaban a su alrededor.

Tenía un botellín de cerveza en la mano derecha y los tres primeros botones de su camisa abiertos, dejando ver su sudoroso torso.

Su pelo estaba alborotado y algo más largo que la última vez que le había visto, y su expresión lujuriosa no variaba, independientemente de con quién estuviera bailando.

Los hombres que estaban cerca de él parecían a punto de rifárselo, y más de uno aprovechaba la proximidad del baile para meterle mano sin que él hiciera nada por evitarlo.

—¿Te gusta ese? —preguntó Darío al notar que mis ojos no se apartaban de él—. No está nada mal, ¿nos lo quedamos?

Negué con la cabeza.

—No es eso. Es que yo conozco a ese tío.

—¿Ah, sí?

—Sí. Ese es David.

Noté cómo detrás de mí su cuerpo se tensaba.

—¿El del tatuaje?

—El mismo —me giré para mirarle a la cara—. ¿Aún quieres que nos lo quedemos? —pregunté con sorna.

—No te irás a enrollar con tu ex…

Miré dentro de sus ojos y encontré un profundo desasosiego. Por primera vez supe qué era lo único que podía hacer que Darío se pusiera celoso, y saberlo me llenó de perversa satisfacción.

—¡Vamos! —exclamé imitándolo—. ¿Qué tiene de malo? Hemos venido a divertirnos, ¿no? Y además, tienes razón, a ti te tengo siempre, pero a él hacía tiempo que no le veía.

Dije todo esto para echarme un farol y enfadarle.

Darío estaba lívido, y yo iba a decirle que sólo estaba de coña cuando vi que David me miraba.

Aun a través del humo y la gente, vi que sonreía y yo me reí.

Luego me señaló y me hizo un gesto con la mano para que me acercara. Asentí y me alejé de Darío.

Sé que me dijo algo, pero no le hice el menor caso. Todos mis sentidos se habían volcado en David. Él me recibió con los brazos abiertos y olor a cerveza.

—¡Noah! —me dijo cuando llegué a él. Volví a reírme, él era así cuando se emborrachaba: extrovertido e inusualmente simpático—. ¿Bailas conmigo?

Como toda respuesta, cogí su cintura y acompasé el movimiento de mi cuerpo al suyo.

—¿Qué haces aquí? —le pregunté.

—Buscar a alguien a quien llevarme a la cama. Necesito un polvo desesperadamente. —Le dio un largo sorbo a su cerveza—. ¿Estás interesado?

—Quizás —respondí juguetón. Le lamí el cuello y él gimió.

—Te pondré en la lista —bromeó—, pero no prometo nada —añadió señalando a algunos tíos que aún andaban por ahí, y que parecían no haber perdido la esperanza.

—Y yo pensando que el Sodoma no te gustaba…

—Sí que me gusta, pero resulta que mi hermana se pasa media vida aquí, así que lo tengo vedado —me reprochó.

—Ya veo… ¿Estás celebrando que Clara se fue esta mañana?

—Algo así.

Volví a sonreír. Tener a David entre mis brazos había disuelto toda la confusión de esa noche.

Para entonces Darío ya se había acercado lo suficiente como para poder cogerme de la cintura, pero cuando David lo vio, apartó su mano.

—¿No ves que está bailando conmigo? —le espetó.

—Es mi novio, capullo —le respondió Darío.

David me miró y sonrió con sorna, luego se inclinó hacia mí.

—Este fulano dice que es tu novio.

—Es que es verdad.

Estábamos hablando lo suficientemente bajo como para que Darío no pudiera escucharnos a causa de la música, aunque nos miraba intensamente. Yo le hice un gesto para hacerle ver que todo iba bien. David lo volvió a mirar y yo recordé que odiaba a los tíos como él.

—¿Me dejas que me lo vacile? —me preguntó, enarbolando su sonrisa más pícara.

Respondí a su sonrisa con una de mi propia cosecha, sabiendo por primera vez esa noche qué era lo que deseaba de verdad.

—Sólo si me pones el primero de tu lista.

—Eso pensaba hacerlo de todas maneras.

Dejándome con una sonrisa tonta en los labios se acercó a Darío lo suficiente para decirle algo al oído. Nunca supe qué fue lo que le dijo, pero Darío palideció visiblemente, y yo sentí una extraña satisfacción al verlo.

—Vamos, pequeño —me dijo.

Me disponía a seguirle cuando Darío me cogió por la muñeca.

—¿Te vas con él?

—Sí, ¿te molesta? —pregunté con malicia.

Vi en su cara que así era, pero no tuvo el valor de admitirlo. Le acaricié la barbilla con los labios antes de alejarme.

—Te llamaré. Búscate a un chico guapo, seguro que lo pasas bien sin mí.

Sintiéndome satisfecho conmigo mismo por primera vez en mucho tiempo, me fui detrás de David.

David había jurado y perjurado que estaba bien para conducir, pero logré arrastrarle hasta un taxi.

Estuvimos todo el trayecto mirándonos con ganas y acariciándonos a escondidas del taxista.

Él seguía mostrándose efervescente y al final lo convirtió casi en un juego, como una especie de «soldadito inglés» en el que nos metíamos mano hasta que el pobre hombre nos miraba por el espejo retrovisor y nosotros teníamos que quedarnos muy quietos, pero sin poder evitar reírnos.

Yo casi no había bebido nada esa noche, pero el entusiasmo de David era contagioso.

No empezamos a besarnos hasta que nos metimos en el ascensor.

El minuto escaso que tardó en subir hasta el piso 15 fue más que suficiente para encendernos del todo.

No nos dijimos nada, no hacía falta. Ambos respirábamos el mismo aire húmedo y lleno de gemidos, tragando cada uno la saliva del otro en un intercambio lento y laborioso.

Cuando las puertas se abrieron, estaba más feliz y excitado de lo que recordaba haberme sentido en todo el año.

Caímos en el sofá nada más entrar, enredados en las ropas a medio quitar.

Reímos juntos cuando David se mostró demasiado descoordinado para desabrocharse los botones de la bragueta y tuvo que pedirme ayuda.

Yo no me hice de rogar, y se los desabroché con los dientes.

Sus gemidos me incitaron a seguir y le saboreé con satisfacción.

Tenía los ojos cerrados, estaba entregado, hermoso, vulnerable.

Me estremecí con anticipación y repté por su cuerpo hasta llegar a sus labios.

—Estás borracho —le recriminé mientras se los mordía, dejándole probar de mis labios el sabor de su sexo.

— Mmhh …

—¿Sabes lo que hacemos los chicos malos con los tíos borrachos?

—¿ Mmnh …?

—Nos aprovechamos de ellos —le dije con picardía.

—Oye, si estás intentando insinuar que…

No le dejé terminar; le cogí por las piernas y lo volteé, dejándolo boca abajo.

—Ni se te ocurra, Noah —gimió con la cara escondida entre los cojines.

Me reí.

—Lo dices como si no quisieras. Hace mucho que no me dejas hacértelo.

—Es que no sé si quiero… —dijo, pero su voz pastosa y jadeante le restaba credibilidad.

Como toda contestación, empecé a besarle la espalda, acariciando su dragón con mis labios y mi lengua y bajando cada vez más. Le mordisqueé las nalgas y las separé con mis manos, abriéndome camino hacia su ano.

—Oh, por favor… —masculló.

—¿Quieres que pare?

—No, joder.

Sonreí antes de empezar a comerme su culo con todas las ganas que le pude poner.

Y eran muchas ganas. David me recompensó agitando las caderas y gimiendo entrecortadamente, pero sin dejar de quejarse en ningún momento.

Cuando sentí que no podría aguantar más busqué un condón en mis pantalones y me lo puse, mientras empezaba a prepararle con mis dedos.

No estaba en disposición de ir a buscar un lubricante, así que pensé que con mi saliva tendría que bastar.

Me adentré en él muy despacio. Conociéndolo como le conocía, podía hacer mucho tiempo desde que dejara que alguien le hiciera eso por última vez, pero él no se quejó más.

Jugueteé con mi polla en su entrada, moviéndome en círculos y entrando y saliendo con suavidad, hasta que tuve la sensación de que sus músculos permitirían una intrusión más intensa.