A través del sexo. La saga completa 18. Amor… o algo parecido #3
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18. Amor… o algo parecido #3

Faltaban cuatro horas para empezar oficialmente las vacaciones de Semana Santa y estábamos a punto de terminar una semana intensa con un par de parciales y una montaña de trabajos que presentar.

Quizás por eso, la universidad ya tenía ese característico aroma a asueto.

La zona arbolada que se escondía tras el edificio principal se había convertido ese día en un hervidero de gente que, aprovechando los ratos libres entre clases y el buen tiempo, se tiraban allí a charlar sobre sus planes para las vacaciones o a hacer cualquier cosa que les resultara agradable.

Justo delante de mí tenía a una pareja que se morreaba sin ningún pudor.

Él apoyaba su espalda contra uno de los flamboyanos mientras que ella se recostaba sobre su pecho.

En los diez minutos que yo llevaba allí, no habían separado sus labios en ningún momento.

No había nada que me resultara erótico en la manera en la que se besaban, pero no podía evitar mirarlos, admirando la adoración mutua que se leía en cada uno de sus movimientos.

—Noah, ¿me estás escuchando?

Me giré para mirar a Clara, que me lanzaba una miraba enfadada, y supe que me había perdido algo.

—¿Qué?

—¿Cómo que qué? —se quejó—. Ay, este está fatal.

Samuel, que estaba sentado a su lado, asintió comprensivo.

—¿Te pasa algo? —me preguntó—. Se te ve muy despistado.

—No… —dije, aunque la verdad era que no tenía ni idea de qué estarían hablando.

Lo último que había oído eran los planes que tenía Clara para celebrar la Pascua con su familia, en Alemania.

Para cuando Samuel empezó a relatar su próximo viaje a Londres, yo ya había desconectado.

Me tendí en la hierba y resistí la tentación de mirar a aquella pareja de nuevo—. No me pasa nada.

—¿Es la misma «nada» que te pasaba durante los exámenes cuatrimestrales? — Clara frunció los labios en ese gesto que siempre me hacía recordar tanto a David. Mientras, Samuel nos miraba a ambos como si se estuviera perdiendo algo—. Porque si es ese tipo de «nada», voy a empezar a preocuparme.

No respondí, sino que cerré los ojos y disfruté de la picazón del sol sobre mi piel.

—Al menos dime que sea lo que sea lo que te pasa, has hablado con Pablo acerca de ello —insistió.

—No he hablado mucho con él últimamente.

—¿Estáis enfadados?

—No, pero está liado con las clases y con su novio. Al parecer, es muy absorbente.

Noté que Samuel se tumbaba a mi lado.

—No pareces muy contento.

—Porque no lo estoy —confesé.

—O sea, que sí que te pasa algo —oí que Clara decía.

Abrí los ojos para ver cómo ambos intercambiaban miradas de preocupación.

—Estoy bien, tíos, en serio. Es sólo que… ¡Bah! Es una tontería, no me hagáis caso.

Clara se tumbó también, y los tres observamos el mosaico de cielo que podíamos ver a través de las hojas rojas del árbol bajo el que estábamos. Luego ella se giró sobre su costado para mirarme.

—Sabes que puedes contarme cualquier cosa —me dijo con voz maternal.

—Lo sé.

—Y a Samuel también, somos tus amigos, solo queremos ayudarte.

Sonreí.

—Eso también lo sé.

—Entonces, ¿cuándo te vas a tomar en serio mi amistad y confiar en mí?

—Yo confío en ti… —empecé a decir, aunque luego me di cuenta de por qué ella pensaba que no era así. La verdad era que nunca le contaba nada.

—¿Es por tu novio? ¿No te va bien con él? —me preguntó Samuel.

Le miré. Él sabía, o intuía, que Darío y yo teníamos una relación por lo menos atípica.

—No lo sé —dije al fin—. Es que es complicado —suspiré, decidido a abrirme con ellos—. Darío me gusta un montón y sé que yo también le gusto, pero a veces tengo la sensación de que él no me quiere como debería quererme… No lo sé. El caso es que el amor con él no es como yo creo que debería ser.

—¿Y cómo crees que debería ser el amor? —preguntó Clara con esa voz de inocentona que ponía cada vez que quería hacerme ver que en realidad yo no tenía ni idea de lo que estaba hablando.

—Pues no lo sé. El amor debería ser bonito, ¿no?

—¿Bonito? —dijo ella, justo antes de empezar a desternillarse de risa—. ¡Bonito! Ay, madre, qué cursi eres.

—¿Qué? Lo digo en serio —dije ofendido, sólo consiguiendo sacarle nuevas carcajadas. Miré a Samuel en busca de apoyo, pero él parecía tan perplejo como yo—. Joder, Clara, si te vas a reír de mí…

—¿Cómo quieres que no me ría? —La miré enfadado y ella tuvo la decencia de intentar a disimular su risa—. Vale, vale, ya paro. —Suspiró para ayudar a su diafragma a relajarse y me miró—. Ahora explícanos eso, anda.

—Lo que quería decir es que… ¿Recuerdas a aquel tío del que te habló Pablo? —pregunté, temiendo meterme en un tema espinoso—. ¿El que fue el primero para mí?

—¿El tal David? ¿Qué pasa con él?

—Pues que, aunque al final rompimos y yo lo pasé mal, cuando estuve con él todo fue muy…

—¿Bonito? —Una nueva carcajada me interrumpió y no supe si enfadarme o echarme a reír yo también.

—¡Clara! —me quejé, medio sonriendo.

—Venga, va, ya paro. Fue bonito —dijo ella, haciendo evidentes esfuerzos por no reírse—. ¿En qué sentido?

—En que él me trataba bien, y era cariñoso… Yo estaba loco por él, no sabes la de locuras que hice para demostrárselo.

—¿Como qué? —preguntó Samuel.

— Ufff —rememoré—, pues mentí a mis padres de todas las maneras que se me ocurrieron para poder estar a solas con él.

Un día les dije que estaba saliendo con una chica y que sus padres me habían invitado a pasar el fin de semana con ellos, cuando en realidad iba a estar en su casa. Le dejaba hacerme lo que quisiera…

—¿En la cama? —preguntó con cara de morboso.

—Sí. —Creo que me ruboricé—. Y además, me hice esto. —Me incorporé hasta quedar sentado y bajé un poco el pantalón para dejarles ver mi tatuaje.

—Una «D»… —susurró Samuel, inclinándose sobre mí para apreciarlo.

—Sí. Lo hice cuando hicimos seis meses juntos, para demostrarle que le iba a querer para siempre.

Clara me miró muy seria.

—Eso es muy bonito —dijo, sin el más leve deje de burla en su voz.

—Sí, bueno… Menos de dos semanas más tarde habíamos roto.

—¿En serio?

Me encogí de hombros, para restarle importancia.

—Lo que quiero decir, es que sé que quiero a Darío… en cierta manera, pero él no hace que yo me sienta como me sentía con David.

—¿Darío no te trata bien?

—Sí, claro que me trata bien, no es eso. En parte, creo que todo esto es por culpa de David, por crearme demasiadas expectativas acerca de cómo debe ser el amor. Supongo que tenía una idea un tanto idealizada.

—Las comparaciones son muy malas —observó Samuel.

—Lo sé, pero no lo puedo evitar. Además, ni siquiera estoy seguro de haberle superado…

—¿Qué quieres decir?

—Que a veces pienso que aún estoy enamorado de David, cada vez que le veo se me aflojan las rodillas. —Me giré hacia Samuel—. ¿Tú crees que se puede querer a tres hombres al mismo tiempo?

—¿Cómo que a tres? —dijo Clara, exaltada—. ¿Quién es el tercero?

—Pablo —gemí.

—¿Es que sientes algo por él?

—Sí, eso creo… Pero tampoco sé si estoy tan colgado de él como para querer que salgamos. En todo caso, sé que si me enrollara con él la cosa no saldría bien. Además, Pablo tiene a su novio…

—¿Y eso te pone celoso?

—Un poco, pero no es solo eso… No tienes ni idea de lo complicada que se ha puesto la situación.

—Pues cuéntamelo.

Suspiré.

—Pablo no está bien —les confesé—, y sé que tiene que ver con el tío con el que está saliendo.

No sé mucho de él, sólo que es mayor y que hace años Pablo le dejó porque se portó mal con él.

Pero ahora han vuelto y desde entonces Pablo está raro…

No es que esté celoso, Clara, es que tengo miedo de que Pablo esté con un tío que no le merece o que le vaya a hacer daño.

—Pues díselo —sugirió Samuel.

—No puedo. Pablo sabe que siento algo por él —les expliqué—, y tengo miedo de que si le digo algo sobre su novio piense que sólo se lo digo porque estoy celoso y que quiero separarlos, cuando eso no es así.

Pero es que me da la impresión de que ese hombre…

le manipula en cierto sentido, como si le absorbiera, no lo sé.

Es sólo una impresión que tengo, apenas nos vemos últimamente —terminé en un susurro.

—¿Y qué vas a hacer? —preguntó Clara con cierta alarma.

—Nada —me encogí de hombros—. Esperar y ver. Ojalá esté equivocado.

—No me gusta nada tener que dejarte solo, ahora que Samuel y yo nos vamos de viaje —musitó ella.

Sonreí.

—No me vas a dejar solo. Voy a estar con Darío, y como tenemos vacaciones seguro que Pablo y yo nos veremos —dije sin mucho convencimiento.

—Si quieres cancelo el vuelo…

—No seas tonta. Si hace un rato me estabas volviendo loco con los conejitos de Pascua…

Pásatelo bien, nos veremos dentro de diez días.

Por lo pronto, mañana por la noche voy a salir de marcha con Darío, hace tiempo que no salgo a bailar.

—Sonreí de nuevo cuando vi a Clara poner pucheros—.

Estoy bien, en serio. No pongas esa cara.

—No es eso…, es que vas a ir al Sodoma sin mí.

Negué con la cabeza, sonriendo a mi pesar.

—Eres incorregible.

Ahora que miro para atrás, me doy cuenta de que en realidad no fue esa noche cuando descubrí que lo mío con Darío no funcionaba, pero sí que fue cuando, por primera vez, me permití pensar en ello conscientemente.

Íbamos cogidos de la mano cuando entramos en el Sodoma, y reíamos por tonterías.

Darío estaba cariñoso y risueño, y durante un momento pensé que estaba así por estar allí conmigo.

También creía que como Jorge no estaba con nosotros, no pasaría lo mismo de la otra vez.

Estuvimos bailando un rato, bebiendo y besándonos, pero al final no pude dejar de notar que Darío miraba alrededor, como si buscara a alguna presa.

—¿Ves algo que te guste? —le pregunté con acritud al cabo de un rato. Pero quizás por la música tan alta, él no percibió mi tono de voz.

—Sí —respondió sonriendo—, ¿tú no?

—Es que como vengo contigo, no creía que tuviera que buscar plan.

Darío se rio. Si notó que yo estaba empezando a molestarme, no lo hizo ver.