A través del sexo. La saga completa 18. Amor… o algo parecido #2
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18. Amor… o algo parecido #2

—No digo eso porque esté celoso —dije, y era verdad, o eso quería yo creer, pero el hecho de que tampoco hubiera negado estarlo no pasó desapercibido para Pablo—. Bueno —continué tras un incómodo silencio—, ¿y cómo vas a pagar tus gastos?

—Tengo algo de dinero ahorrado, lo suficiente para mantenerme un par de meses, hasta que me surja algo. Mientras tanto, el tiempo libre me va a venir bien, estoy bastante liado con varios proyectos de clase, y la inspiración no acompaña últimamente —terminó en un susurro.

Su afirmación me sorprendió no sólo porque Josep y Álvaro siempre decían que Pablo era el pintor más prolífico de la clase, sino porque el propio Pablo nunca hablaba conmigo sobre esas cosas.

Para ser un artista con aspiraciones, era extremadamente celoso de sus creaciones, hasta el punto de que yo nunca había visto nada que él hubiese dibujado.

—¿Y eso?

—Las musas, que son veleidosas —afirmó. Yo no dije nada por miedo a acabar con su repentino interés por compartir eso conmigo—. Sobre todo, hay un proyecto que me trae de cabeza.

—¿Cuál?

—Tenemos que… —Chasqueó la lengua—. Es un proyecto para clase, ¿sabes?

El caso es que nuestro profesor quiere que pintemos un cuadro que represente lo que más nos aterrorice, la parte más oscura de nuestra alma —terminó en un tono de voz que indudablemente parecía ser una imitación del profesor en cuestión.

—¿Y estás pintando el tuyo?

Asintió con la cabeza.

—Sí, pero es muy difícil.

—¿Por qué?

—Porque, en primer lugar, no es tan fácil saber qué es lo que más miedo te da en el mundo, y en segundo lugar, porque no todos somos capaces de enfrentarnos a ello, ni mostrárselo a los demás. Me parece un proyecto demasiado ambicioso para alumnos de segundo curso.

—¿Y de qué va el tuyo?

—¿Cómo que de qué va? —preguntó con antipatía—. No va de nada. Estoy pintando un cuadro, no escribiendo una novela.

—Los cuadros cuentan historias —alegué para defenderme.

—No —respondió taxativo—, los cuadros muestran imágenes, la historia la crea el espectador al mirarlo.

Hizo un gesto al camarero para que nos atendiera y pidió dos cortados. Yo aproveché el momento para respirar hondo y suprimir las ganas que tenía de darle dos gritos a Pablo. Fuera lo que fuese lo que le estuviera pasando, lo último que necesitaba era que su mejor amigo se enfadara con él.

—Bueno, ¿y qué imagen muestra tu cuadro? —Por mucho que lo intenté no conseguí eliminar ese matiz irónico de mi voz, y a Pablo no le pasó desapercibido.

—No te lo voy a decir —afirmó tajante—, es demasiado íntimo. De hecho, no estoy seguro de querer presentarlo en clase.

—Pensaba que tú y yo no teníamos secretos…

—Vamos, Noah… —de nuevo ese tono condescendiente—, es imposible no tener secretos con alguien. Esa promesa que hicimos es idealista e irrealizable.

Asentí, dándole la razón. Yo sabía que eso era cierto, igual que lo sabía él, pero nunca pensé que Pablo pudiera decirlo en voz alta.

Pablo tenía razón en una cosa, y era en suponer que yo había salido ganando al enemistarme con Jorge. Parecía que hubiese ganado una batalla que no sabía que se estaba librando, pero en todo caso, después de que Darío se acostumbrara a la nueva situación, nuestra relación no hizo más que mejorar.

Las tardes de los sábados era el momento de la semana reservado a Darío, y yo me inclinaba a pensar que él se estaba empezando a aficionar a la idea de tener un novio de verdad.

Solíamos salir por ahí a hacer todas esas gilipolleces que las parejas normales hacen, pero que yo nunca había hecho con nadie: íbamos al cine o a cenar juntos, a ver un partido de fútbol o a pasear cogidos de la mano por calles en las que sabíamos que eso no le molestaría a nadie.

Por mi parte, yo no tenía ninguna queja, Darío era considerado y relativamente cariñoso, y nuestras conversaciones —discusiones más bien— eran agradablemente estimulantes.

La verdad es que diferíamos en casi todo: seguíamos a equipos de fútbol que eran rivales entre sí, no nos gustaban las mismas películas ni coincidíamos en gustos musicales más allá de la música de baile.

A mí me encantaba el arte, pero él parecía sufrir urticaria si le intentaba meter en un museo; yo adoro leer, y él sólo hojeaba la prensa deportiva de tanto en tanto.

Creo que ya he dicho antes que el fuerte de Darío era el físico, pero a mí con eso me bastaba, sobre todo desde que esos asuntos los resolvíamos entre dos y no entre tres.

No me había dado cuenta de lo inmiscuido que había estado Jorge en nuestra relación hasta que dejó de estarlo.

Durante un tiempo, no salimos ni follamos sin él.

Ahora habíamos vuelto a ser dos, como al principio, con la ventaja de que había dejado de recibir incómodas proposiciones por parte de Darío.

Tampoco es que yo fuera imbécil: sabía que seguía acostándose con otros chicos, y que yo seguía teniendo libertad para hacerlo, pero eso no me preocupaba en lo más mínimo.

Darío había dejado de esperar que yo tuviera ligues por ahí, y había comprendido que podía hacer lo que quisiera y con quien quisiera, siempre y cuando no me obligara a mí a ser ni espectador ni parte de ello.

Yo aprendí al poco tiempo que eso era lo más cercano a lo convencional que Darío sería jamás, pero ambos parecíamos satisfechos con ese nuevo pacto.

El último sábado antes de las vacaciones de Semana Santa me planté frente a su puerta, como había estado haciendo desde las últimas semanas, con la intención de pasar un rato con él antes de meterme en una semana académicamente estresante.

Justo cuando iba a tocar en la puerta, ésta se abrió para dejar salir a alguien que, en su apresuramiento, casi choca conmigo.

Era un chico, quizás un par de años mayor que yo y más o menos igual de alto.

Sus delgadas mejillas estaban arreboladas y olía a sudor fresco.

—Perdón —dijo antes de alejarse hacia la salida del pasillo.

Agarré la puerta antes de que se cerrara y volví a mirar en la dirección en la que se iba. Sus andares ondulantes encendieron todas mis alarmas y no necesité el sexto sentido de Samuel para saber que era gay.

—Noah, ¿qué haces ahí plantado? —Darío me observaba desde el vano de la puerta, pero yo seguía en el pasillo, sin decidirme a entrar—. Anda, pasa.

—¿Quién era ese? —Señalé con mi pulgar en la dirección en la que se había ido.

—Un ligue de Jorge —dijo mientras me franqueaba el paso—. ¿Por qué lo preguntas?

Notando que mis sospechas se afianzaban con cada paso que daba hacia el interior de la habitación, hice un rápido escáner de mi entorno mientras me quitaba la chaqueta.

Las ventanas estaban cerradas y la habitación olía a sexo reciente.

La cama de Jorge estaba deshecha y revuelta y el sonido de agua que provenía del baño desvelaba que alguien —presumiblemente él mismo— estaba duchándose.

Me valía la explicación de que Jorge había estado follando con un ligue, pero ¿qué había estado haciendo Darío mientras tanto?

—Porque me sonaba su cara… —mentí. Dándome cuenta de que estaba en medio de una de esas situaciones que no deberían molestarme, pero que me molestaban, respiré hondo y compuse una expresión neutra—. ¿Está Jorge aquí?

—Sí, se está duchando. Ahora mismo se va y nos dejará solos. ¿O prefieres salir?

Me encogí de hombros mientras abría la ventana para ventilar el ambiente.

—¿Qué te pasa? —Darío me abrazó por la espalda—. Estás muy serio y ni siquiera me has saludado.

Me giré hacia él y le besé en los labios.

—Sí, lo siento. Es sólo que… No importa. —Más confundido que nunca, a causa del sabor que percibí en su boca, cogí de nuevo mi chaqueta y me la puse—. Creo que prefiero salir, si no te importa.

Sin esperar una respuesta, salí de la habitación y me dispuse a esperarle en el rellano. Unos minutos después salió con las llaves en la mano.

—Pero, ¿qué te pasa?

—Nada, es que… —Empecé a caminar hacia el final del pasillo ignorando a los que pasaban por ahí—. No lo sé.

—No me digas que estás así por Jorge.

Nos encaminamos hacia las escaleras y empezamos a bajarlas.

—Supongo que en parte me molesta que tengas sexo precisamente con él —confesé.

—Oye, el hecho de que tú estés enfadado con él no quiere decir que yo tenga que estarlo.

—Yo no estoy enfadado con él —me defendí—, es él quien está enfad…

—Déjalo, ¿quieres? —me interrumpió con voz cansada—.

Me estoy empezando a hartar de oír eso. Y no lo digo sólo por ti —añadió cuando vio que yo iba a protestar—.

Jorge también me tiene hasta los cojones con este tema.

Eres mi novio —dijo, parándose en mitad de la escalera y poniéndose frente a mí—, pero él es mi mejor amigo.

No esperes que yo me meta en medio. —Me cogió por los brazos y acercó mucho su cara a la mía, mirándome con intensidad—. No me obligues a elegir.

Justo entonces aparecieron unos chicos por el recodo de la escalera, que al ver a dos gays que parecían estar en plena escena dramática pusieron cara de circunstancia.

Nos pegamos a la pared para dejarlos pasar y ellos siguieron su camino, no sin antes echarnos una última mirada. Tras cruzar el siguiente recodo, oímos que uno decía:

—¿Lo ves? Ya te había dicho yo que ese tío del tercer piso era marica.

Darío y yo nos miramos un instante, abriendo mucho los ojos, justo antes de echarnos a reír.

—Bueno —dijo él al fin—, ¿nos dejamos de dramas? No quiero estar enfadado contigo por esto.

—Yo tampoco —respondí, pasando mi brazo alrededor de su cintura—. Demos un paseo.