18. Amor… o algo parecido
AMOR… O ALGO PARECIDO
Y a estábamos entrando en abril, y la incipiente primavera se notaba tanto por la mejoría del clima como por la longitud, cada vez menor, de las faldas de Clara.
A medida que los días se volvían más largos y soleados, empezaba a apetecer dar largos paseos por la orilla del mar, pero, como nos había pasado al final del otoño, tras unas pocas semanas de clase estábamos tan ocupados haciendo trabajos e investigando en la biblioteca para las nuevas asignaturas, que apenas nos había dado el sol.
Supongo que debería decir que el poco tiempo libre que tenía lo dedicaba a ver a Darío, aunque eso no era del todo cierto.
Dedicaba a Darío parte del tiempo libre que tenía, el resto lo pasaba quedándome más de lo necesario en la facultad para charlar, durante horas, con Clara y Samuel.
Después de aquella noche tan rara que terminamos pasando juntos, Samuel y yo descubrimos que podíamos ser buenos amigos.
Yo había dejado de menospreciarle, y él parecía haber superado ya aquel ridículo enamoramiento que tenía por mí.
Quizás, pensaba sin saber si sentirme insultado o no, al conocerme mejor había descubierto que yo no era su tipo.
En cualquier caso, en la clase se daba por supuesto que Samuel y yo éramos algo así como novios, dado que nuestro salvaje beso en el Sodoma había sido la noticia más comentada del año.
El hecho de que luego nos vieran yendo hacia el cuarto oscuro no hacía más que subir la temperatura de las conjeturas de los demás.
Nosotros nos reíamos de eso, diciendo que si tenían que elucubrar sobre las actividades sexuales de dos maricones, es que sus vidas debían de ser muy tristes.
La única a la que le dijimos lo que en realidad había ocurrido entre nosotros fue a Clara.
Le contamos una versión abreviada y algo más cómica acerca de por qué solo nos habíamos besado, y ella pareció satisfecha con la explicación, aunque quizá fue únicamente por el hecho de que se alegraba de que por fin fuéramos amigos.
Sin embargo, mi nueva amistad con Samuel no fue la única consecuencia de aquella noche en el Sodoma.
Si bien Darío y yo habíamos omitido hábilmente hablar acerca de ello, para no tener que confesar que en realidad estábamos molestos por la actitud del otro, Jorge me miró con verdadera antipatía la siguiente vez que le vi, y comprendí que el sentimiento era mutuo.
Entre nosotros se estableció una tácita pero fiera enemistad y nos lanzábamos pullas constantemente.
Darío, que sabía que yo había rechazado aquella noche a su mejor amigo, se burlaba un poco de él, ignorando quizás el hecho de que Jorge no estaba mosqueado, sino verdaderamente furioso, y sólo empeoraba la situación.
Ese fue, también, el final de nuestro acuerdo a tres, y aunque compartir cama con los dos amigos era más satisfactorio y excitante de lo que me sentía capaz de admitir, volver a tener a Darío para mí sólo era, en cierto sentido, más placentero.
—Así que al final te has salido con la tuya… —me comentó Pablo cuando le conté todo esto.
—¿Cómo que me he salido con la mía?
—Oh, bueno…, has conseguido librarte de Jorge.
Estábamos almorzando en la pizzería frente a la Facultad de Humanidades y Pablo se concentraba en cortar un pedazo de pan de ajo con cuchillo y tenedor, en vez de arrancarlo con las manos, como habitualmente hacía.
Había una formalidad y una rigidez en su comportamiento que yo no le había visto jamás y empezaba a sospechar que quizá había estado demasiado tiempo sin quedar con él.
—No me he librado de él, al fin y al cabo, sigue viviendo con Darío. Y además, eso no era lo que yo pretendía.
—Pues lo parece. ¿Qué dice Darío de todo eso?
Me encogí de hombros mientras me servía una porción de la pizza que compartíamos.
—No dice mucho. Al principio se lo tomaba a guasa, pensando que solo estamos un poco enfadados, pero que ya se nos pasaría. —Cogí el trozo de pizza con los dedos y le di un buen mordisco—. Me parece a mí que después de un par de semanas se ha dado cuenta de que Jorge no me quiere volver a ver.
—Así que nada de tríos por el momento… —No fue una pregunta, sino una afirmación realizada con un tono inquisitivo.
—Por supuesto que no. A ver si te vas a creer que le puedo chupar la polla a un tío que me mira como si quisiera matarme. Además, este último mes nos ha unido más a Darío y a mí —alardeé—. Creo que está empezando a ver las ventajas de estar sólo con un chico.
—¿Lo ves? Te has salido con la tuya.
Pablo se encogió de hombros y yo me quedé mirando para él con actitud crítica, valorando pequeños detalles en los que cualquiera no se fijaría. Pero yo no era cualquiera.
—Vuestro enfado no tiene nada que ver con lo que pasó aquella noche — continuó hablando él, como si fuera una autoridad en el tema—, creo que eso fue solo la gota que colmó el vaso, pero ya os la teníais jurada vosotros dos.
—¿Por qué dices eso?
—Vamos, Noah, es obvio —siguió pontificando—. Estáis celosos el uno del otro.
—No digas chorradas. —Mordí una nueva porción de pizza con innecesaria fuerza—.
¿Por qué iba yo a estar celoso de Jorge?
—Pablo me miró como queriéndome decir que eso también era obvio—.
Y más importante —añadí, enarbolando el trozo aún sin terminar en el aire—, ¿por qué iba a estar Jorge celoso de mí?
—Bueno, al fin y al cabo, tú eres el novio de Darío, pero él sólo se lo puede follar cuando hay otro chico en medio. Lo que quiero decir es que probablemente Jorge sienta algo por él.
—¿Tú crees? —pregunté con repentina preocupación.
—Piénsalo, Noah —me dijo con hastío, como si estuviera aleccionando a un niño tonto—.
Darío es liberal hasta para mí, y tú me dijiste que Jorge y él salieron durante un tiempo, pero que la cosa no salió bien.
¿No es lógico pensar que Jorge aprovecha los gustos de Darío para poder seguir estando con él?
—¿Estás insinuando que Jorge está enamorado de Darío y por eso accede a montarse tríos con sus ligues, para poder estar con él?
—Ajá.
—Pues yo creo que eso es mucho suponer. Jorge también disfruta de los tríos, en eso los dos son igual de…
—¿Sucios? —sugirió.
Solté mi vaso de bebida con fuerza sobre la mesa y le miré, estupefacto.
—¿Te estás burlando de mí?
—No, no me estoy burlando, es solo que hablas de esos tríos como si los hubieras hecho por obligación. Eres un tanto hipócrita por no saber aceptar que tú también disfrutabas.
—Yo no soy hipócrita —me defendí—, y nunca he negado que disfrutara, pero es verdad que en parte me sentía un poco… coaccionado a hacerlo.
—Pues entonces no haberlo hecho. Alejandro dice que en cuestiones sexuales nadie te obliga salvo que te pongan una pistola en el pecho, pero que luego, una vez en frío, nos justificamos a nosotros mismos por haber hecho algo que en el fondo consideramos amoral.
A lo mejor esta es tu manera de justificarte.
Le miré de hito en hito.
—¿Has hablado de esto con tu novio?
—No concretamente de esto, pero aun así creo que tiene razón. Tu problema es que te dejas influenciar mucho por los convencionalismos, y por eso te cuesta admitir que te gustan las mismas cosas que a ellos. Pero así y todo, no entiendo tu actitud de víctima en toda esa historia.
Si no hubiese estado observando a Pablo con detenimiento durante los últimos minutos, y si no le conociera tan bien, posiblemente le habría contestado con el mismo tono antipático y condescendiente que él usaba conmigo en ese momento, y habríamos terminado discutiendo agriamente, pero la leve tensión de sus hombros, el rictus amargo de la comisura de sus labios y las tenues ojeras que ensombrecían sus preciosos ojos me hicieron morderme la lengua.
—Quizás tengas razón —contesté conciliador—. Quiero decir que quizás Alejandro la tenga… Por cierto, ¿qué tal te va con él? —Lo pregunté con cierta cautela, rezando para que él no notara el súbito cambio de tema.
—Bien —musitó sin demasiado entusiasmo, mordisqueando su trozo de pan.
—¿Sólo bien?
—Bueno… Alejandro es una persona un tanto difícil. Supongo que aún nos estamos adaptando el uno al otro.
—¿Cuánto tiempo lleváis juntos? ¿Dos meses?
—Casi tres, ¿por?
—No, por nada. Curiosidad. —Intentando aún averiguar la razón de su mala cara, seguí tanteando—. ¿Y qué tal te va en el curro?
—¿Darío no te lo ha contado?
—No quiero enterarme por Darío de las novedades de mi mejor amigo. Me gusta que tus cosas me las cuentes tú.
—Pues he presentado mi renuncia. Lo dejo a finales de mes.
—¿Y eso? —pregunté con genuina sorpresa.
—Es que estoy harto de que me toquen el culo un atajo de viejos verdes.
—Nunca me ha parecido que eso te molestara…
—Al principio no, pero ya estoy empezando a cansarme. Además, ahora que tengo novio, hay cosas que no me parece correcto hacer.
Otra vez esa actitud tan estirada e impropia de él.
—¿No te parece correcto a ti o a Alejandro? —No pude evitar que mi comentario sonara suspicaz, y Pablo se mostró muy ofendido.
—Si crees que yo baso mis decisiones en lo que Alejandro dice o deja de decir estás muy equivocado —exclamó con actitud altanera—. Es verdad que a Alejandro no le gusta que trabaje allí —confesó, rebajando un poco su altivez—, pero la decisión la he tomado yo solo.
—Lo siento —dije en un nuevo intento de evitar una discusión con él—, no pretendía insinuar que…
—Sí que lo pretendías. —Los ojos de Pablo relampaguearon un momento antes de suavizarse—.
Pero, en realidad, te entiendo. Entiendo por qué no te fías de él, porque estás celoso —añadió, consiguiendo que me ruborizara.
Ese tema era precisamente el que yo no quería tocar.
Aún me sentía confuso, no sólo por el hecho de haber aceptado ante mí mismo tener sentimientos románticos por Pablo, sino también porque él lo supiera.