A través del sexo. La saga completa 17. Maricón #5
26%

17. Maricón #5

—Tampoco es que me quedara más remedio. —Se encogió de hombros y abrió su lata—.

¿Crees que alguien me creería si dijera que soy hetero?

Siempre he sido un mariconazo de cuidado, desde que era pequeño.

Estoy tan acostumbrado a que me llamen marica que creo que ya ni lo escucho.

—Dio un largo sorbo—. Pero si hubiera tenido opción…

—Volvió a suspirar—. No quiero decir que si pudiera elegir, sería hetero, pero si se me notara tan poco como a ti, a lo mejor estaría calentito y cómodo dentro de un armario enorme.

Siempre he envidiado a los que pueden elegir.

—Oye, hablando de eso… Hay algo que siempre he querido preguntarte. — Bebí de mi lata mientras dejaba que me mirara intrigado—. ¿Cómo supiste que yo era gay?

Samuel rio.

—¿Tú no notas cuando otro chico es marica?

—Bueno, a veces sí, pero luego hay otros que me sorprenden, no sé…

—Pues yo sí que lo sé siempre, no importa el aspecto o la actitud que tenga ese tío, yo siempre sé si es bujarrón o no. En tu caso no sé por qué fue, quizás algo en tu lenguaje corporal, o esas pequeñas maneras que tienes…

—Yo no soy amanerado —me quejé.

—Sí que lo eres, muy poquito —añadió al ver que yo iba a protestar de nuevo—.

Por lo general, apenas se te nota, pero en ocasiones mueves la mano un poco así —dijo agitando la mano en el aire en un gesto lleno de feminidad—, y tu voz a veces tiene una leve inflexión…

No lo sé. Supongo que la gente que no piensa que seas gay no se da cuenta, pero yo me fijo en esas cosas.

Le di otro sorbo a mi cerveza para que me ayudara a pasar el trago.

—Y yo pensando que era muy macho…

Samuel volvió a reír.

— Mmhh , tienes una agradable mezcla. Por eso creo que me gustas tanto. ¿Sabes que al principio me caíste fatal?

—¿En serio? ¿Por qué? —pregunté, convencido de que Samuel pretendía derruir mi ego en una noche.

—Porque supe que eras gay nada más verte, y pensé que ibas a ser uno de esos hipócritas que no salen del armario ni a la de tres. Odio a esos tíos.

—Pero si acabas de decir que te gustaría ser uno de ellos…

—Sí, y que les tengo envidia. Por eso los odio. Pero cuando saliste del armario, yo…

—No, no te equivoques conmigo, no soy ningún héroe gay —dije, negando con la cabeza—. Esa noche estaba un poco bebido y bastante enfadado, si no, nunca lo hubiera dicho. De hecho, en mi casa aún no lo saben. —Me miró con sorpresa, como si eso no se lo esperara—. ¿Lo ves? No soy tan valiente.

—Mis padres sí que lo saben, pero hacen como si no. No sé qué es peor.

—Lo siento…

—No te disculpes, tú no tienes la culpa de eso.

—Ya, pero tú a mí también me caías mal, y por razones equivocadas. Te prejuzgué, y siento haberlo hecho.

—Bueno, no te culpo. Con estos pantalones, ¿quién va a tomarme en serio?

No entendí si Samuel me estaba gastando una broma o hablaba en serio, así que no dije nada, por si acaso.

—¿Se meten mucho contigo? —pregunté con cautela.

—Bah, no tanto —dijo, fingiendo indiferencia—. Ahora, en la universidad, es un poco mejor que antes, la gente va más a su bola, pero en el instituto…

—¿Tan malo fue?

— Pse . —Se encogió de hombros—. Me insultaban bastante a menudo. Me tiraban adrede las pelotas a la cara en clase de gimnasia, y luego fingían que había sido un accidente. No tenía muchos amigos y una vez un tío me dio una paliza. —Señaló su nariz larga y asimétrica—. Me la partió, ¿ves?

—¿Por qué te pegó?

—Porque le chupé la polla. —Le miré sin comprender—. Por lo visto luego le dio miedo que se lo contara a alguien.

—¿Era gay?

—No. Pero hay heteros a los que les da curiosidad o algo…

—¿Y esa chica…?

—¿… con la que me acostaba? —terminó mi pregunta—. Era una amiga mía. Sabía que yo era gay, pero a ella los chicos le daban como miedo o algo así, todos menos yo. Nos enrollábamos por curiosidad, y porque nos parecía un coñazo ser vírgenes, pero yo sé que las mujeres no son lo mío.

—Yo también lo sabía, tuve un par de novias en el instituto. Nunca me acosté con ninguna —aclaré—, pero cuando me enrollaba con ellas no sentía nada. Cuando un hombre me besó por primera vez yo supe que había nacido para eso.

Samuel se acercó a mí y volvió a besarme. No quise rechazarle, pero cuando nos separamos me pareció apropiado aclararle algo:

—No me gustas en ese sentido. Lo que pasó en el Sodoma…

—… se queda en el Sodoma. Lo sé —me respondió como si nada—. Pero es que resulta que tú eres el primer hombre que me besa, y sé que cuando termine esta noche no lo vas a volver a hacer.

Miré mi reloj, aún quedaban un par de horas para el amanecer. Le miré de nuevo, y debería decir que en ese momento sentí algo más que lástima por él, pero no sé si es verdad.

—Pues entonces deberíamos aprovechar mientras podamos.

Me senté más cerca de él y abracé su cintura con la misma mano con la que sostenía la lata.

—Espera, que me vas a manchar el polo de cerveza…

«¡Pijos!», pensé, pero por una vez no me quejé, sino que cambié la cerveza de mano y me incliné para besarle. No dejamos de hacerlo hasta que vimos salir los primeros rayos de sol.