17. Maricón #4
—¿Qué pasa? —susurré—. No tenemos mucho tiempo, sólo he pagado por quince minutos.
—Lo siento, no lo sabía, no me di cuenta… —balbuceó—. Es que nunca he hecho esto.
—Ya suponía yo que era tu primera vez en el cuarto oscuro…
—No, no es eso —musitó—, es que es la primera vez que hago esto.
Quizás tardé un momento más del necesario en entender lo que decía. A lo mejor sí que estaba un poco borracho.
—¿Nunca has estado con un tío? —Me dedicó una elocuente mirada—. ¿Eres virgen?
— Shh , no lo digas tan alto. Además, no soy virgen, lo he hecho unas cuantas veces con una chica, aunque supongo que eso no cuenta, y una vez se la chupé a un chico de mi instituto, pero tampoco estoy seguro de que eso cuente demasiado…
—Sonreí, no por malicia, sino porque de repente comprendí que toda su descarada actitud no era más que un disfraz para su evidente inexperiencia—. Y ahora, ¿qué? ¿Qué hacemos?
—No lo sé, dímelo tú.
—No quiero que me desvirguen en un sitio así.
Me apoyé en la camilla, no sin antes comprobar que su superficie estuviera limpia y desinfectada, y me di cuenta de que tenía razón.
A pesar de los sentimientos contradictorios que David me inspiraba, aún guardaba celosamente el recuerdo de nuestra primera noche juntos.
El cuarto oscuro solo servía para polvos apresurados que preferías olvidar.
—¿Tienes algún lugar al que podamos ir?
—No. ¿Y tú?
Negué con la cabeza.
—¿Entonces?
Me encogí de hombros, ya bastante más frío que antes.
—Cuando no se puede, no se puede…
—Ya, pero yo no quiero decirte que no.
—No lo estás haciendo. —Le sonreí para tranquilizarlo y él me correspondió—. Salgamos de aquí.
Le cogí de la mano y salimos juntos del cubículo. El chico al que había pagado nos lanzó una inquisitiva mirada antes de consultar su reloj. Yo no necesitaba hacerlo para saber que no habíamos gastado los quince minutos contratados, pero ni falta que hacía.
Salimos del cuarto oscuro, pero yo seguí tirando de él y no dejé de hacerlo hasta que estuvimos en la calle. Aspiré el fresco aire de la noche y le miré. Samuel respondía a mi mirada, desconcertado.
—¿Y ahora?
—Lo siento, necesitaba salir de ahí. —Hice un vago gesto en dirección a la puerta del Sodoma, que estaba a mis espaldas—. No estoy teniendo una buena noche.
Me incliné y apoyé mis manos en las rodillas, como si estuviera cansado después de una larga carrera.
—¿Estás bien?
—Más o menos —dije sin levantar la mirada de la punta de mis zapatos.
—¿Necesitas hablar? Ya sé que tú y yo no somos muy buenos amigos, pero…
—Pero acabamos de coger confianza, ¿eh? —Esta vez sí levanté la cabeza, para sonreírle con picardía.
—Sí, algo así.
—No te preocupes —contesté elusivo. No me apetecía contarle mis cuitas amorosas a él—. Se me pasará.
Volví a erguirme y empecé a caminar calle abajo. Como antes, Samuel me siguió sin decir nada, dándome a entender que le parecería bien cualquier sitio al que quisiera llevarle, y yo lo agradecí, pues en aquel momento no tenía ganas de explicarme.
Llegamos a un 24 horas que había un par de calles más abajo.
Era uno de esos sitios que a determinada hora cierran, y tienes que comprar a través de una ventanilla en la puerta, para seguridad del dependiente.
Cuando toqué el timbre, vi venir a una chica que reprimía un bostezo.
Abrió la ventanilla y me miró expectante al otro lado del cristal.
—¿Qué quieres beber? —le pregunté a Samuel, que seguía a mi lado sin decir nada.
—Una cerveza.
—Pues que sean cuatro latas —dije mirando a la chica.
—Carnets —dijo en tono monocorde.
Ambos sacamos los DNI y se los enseñamos a través del cristal. Ella asintió y se metió hacia el interior de la tienda para coger las latas.
—¿Crees que los otros nos estarán buscando?
—No lo sé. —Yo llevaba un rato preguntándome si Darío me estaría buscando a mí, aunque no tenía muchas esperanzas al respecto—. Supongo que pensarán que nos estamos enrollando. No creo que entren en el cuarto oscuro para buscarnos.
—No. —Ambos reímos. La dependienta volvió en ese momento con las latas y le pagué—. Qué mosca, ¿no? O sea, ¿no te da vergüenza que ellos piensen que tú y yo…?
—No lo sé —contesté, alejándome de la tienda—. Un poco, creo.
Giré en la siguiente esquina y me dirigí a una pequeña plazoleta que había al final de la calle.
Estaba bastante desierta, si descontamos a un par de prostitutas que se paseaban por allí, y una parejita que se hacía arrumacos sentada en un banco.
Las prostitutas nos prestaron solo la atención suficiente para averiguar que éramos gays, luego nos dieron la espalda y siguieron haciendo su silenciosa ronda.
Samuel miraba a su alrededor con la misma cautelosa expresión que tenía al entrar en el cuarto oscuro por primera vez, y supe que aquel chico nunca se había sentado en un banco a beber.
Les echó un vistazo a las chicas que se prostituían, como si se estuviera preguntando si realmente se dedicaban a lo que él suponía.
—Parece que no hubieras visto una puta en tu vida —le dije sentándome en un banco al otro lado de la plaza, donde no había nadie.
—Pobres chicas —susurró mirándolas—, con el frío que hace…
—No creo que se preocupen por eso —dije abriendo mi cerveza—, no será lo peor que tienen que soportar.
Lo dije para intentar tranquilizarlo, pero por la mirada alarmada que me echó supe que había metido la pata.
De repente, toda esa química que había sentido por él en el Sodoma se estaba desintegrando, y volví a ver al chico estridente y flacucho que siempre intentaba ligar conmigo en clase, aunque eso no disminuyó ni un ápice la simpatía que sentía por él en ese momento.
—Supongo que tienes razón, pero aun así me dan pena. Son como nosotros, ¿sabes?
—¿A qué te refieres?
—A que lo peor que puede ser una mujer es una puta, lo peor que puede ser un hombre es un maricón. Esos dos son los peores insultos que existen. —Le observé mientras pensaba en ello. Él suspiró—. Somos lo peor de lo peor. Fuiste muy valiente al salir del armario como lo hiciste, ¿sabes?
—¿Quién, yo? —Señalé mi pecho con incredulidad y negué con la cabeza—. No, qué va… Y además, mira quién habla. Por lo que yo sé, tú siempre has estado fuera.