A través del sexo. La saga completa 17. Maricón #3
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17. Maricón #3

Recosté mi cabeza sobre su hombro, exponiendo la sudorosa línea de mi garganta, y seguí moviendo mis caderas, haciendo con ellas de nexo de unión entre los dos.

Entreabrí los ojos para ver la reacción de Darío, y vi que me miraba con los ojos turbios, no sé si por la cerveza, el humo o el deseo, disfrutando como siempre al verme en brazos de su mejor amigo.

Noté que Jorge buscaba con sus labios hasta dar con los míos y cerré los ojos de nuevo cuando los encontró, a la vez que Darío lamía mi cuello y mi clavícula.

De repente, fui levemente consciente de que estaba siendo parte de uno de esos improvisados espectáculos eróticos que se daban a veces en la pista del Sodoma; los cuerpos de Darío y Jorge se apretaban tanto contra mí que me dejaban sin aliento y abrí los ojos para ver que se besaban por encima de mi hombro.

Reprimiendo un inoportuno acceso de celos, metí la lengua entre sus labios, consiguiendo que me aceptaran en ese beso y dejando que ambos besaran y chuparan mis labios, como si estuvieran disputándose una presa que al final acordaran compartir.

Jorge metió sus manos por debajo de mi camiseta para acariciarme la cintura y vi que a nuestro alrededor muchos nos miraban, pero eso solo espoleó más mi excitación.

Hacía tiempo que habíamos dejado de fingir que estábamos bailando y ahora los únicos movimientos de nuestros cuerpos eran los necesarios para aliviar nuestra tensión y aumentarla al mismo tiempo.

Apenas tenía ya noción alguna de pudor o vergüenza, lo único en lo que pensaba era en descargarme, así que tampoco me opuse a una intensificación de las caricias de Jorge.

Me giré hacia él y seguí besándole, dejándole acariciar mi cuerpo, pensando en cómo debía de estar poniéndose Darío, bastante aficionado a ese tipo de espectáculos.

Noté que Jorge daba unos pasos, haciéndome caminar de espaldas, hasta que quedé apoyado contra una pared.

Seguimos besándonos, cada vez más intensamente, y agradecí que Jorge empezara a meterme mano y aliviara mi torturada erección.

Se inclinó para besarme las orejas y aproveché para mirar en derredor y buscar a Darío con la mirada.

Estuviera donde estuviese, a esas alturas, después de haber estado mirándonos tanto tiempo, ya debía de tener ganas de unirse a nosotros.

Pero Darío no estaba. Volví a barrer todo el local con la mirada, pero sólo un hombre nos observaba, acariciándose la polla por encima del pantalón. Cuando vio que le miraba, me hizo un gesto obsceno con la lengua. Retiré la mirada, asqueado.

—¿Sabes dónde está Darío?

Jorge se encogió de hombros antes de levantarme por debajo de los muslos. Supe que intentaba que rodeara su cintura con mis piernas para que nuestros restregones fueran más efectivos, pero forcejeé hasta tener de nuevo mis pies en el suelo.

—¿Qué pasa? ¿Quieres ir ya al cuarto oscuro? —preguntó, hundiéndose de nuevo en mi cuello.

Volví a mirar a mi alrededor y el hombre aprovechó para hacerme un nuevo gesto.

—No. —Puse las manos sobre sus pectorales para alejarle de mí—. Es que no veo a Darío.

Jorge se irguió y miró por encima de la multitud.

—Mira —dijo señalando hacia la barra—, está allí.

Evidentemente, él podía verlo porque era más alto, pero a mí la turba me tapaba la visión.

—No lo veo.

—Allí —repitió, mientras me cogía por la cintura y me elevaba para que pudiera ver. Apoyé mis rodillas sobre sus caderas y miré.

Darío estaba cerca de la barra y junto a él había un chico moreno. No pude verle la cara, pues estaba de espaldas a mí, y apenas pude distinguir su complexión o cómo iba vestido. Lo único que pude ver fue que estaban enrollándose.

Le di un golpecito a Jorge en el hombro para que me bajara. Ya había visto suficiente.

—Será cabrón…

—¿Y ahora qué te pasa?

—¿Viste lo que estaba haciendo Darío? —pregunté, algo dolido.

—No, pero me lo imagino. Ya te advertí sobre eso… —replicó Jorge con un soniquete en la voz.

—Ya, pero… No me molesta que esté con otros, no es eso —me apresuré a aclarar—, pero es que ahora está conmigo, podría cortarse un poco…

—Bueno, tú te estabas enrollando conmigo delante de él.

—Pero no es lo mismo —le dije.

—¿Ah, no?

—No. —Estuve a punto de explicarme, de decirle que sólo le estaba besando para darle a Darío un bonito espectáculo, no porque deseara hacerlo. Pero no lo hice al darme cuenta de que sonaría insultante para él—. No importa. —Negué con la cabeza—. Sólo necesito otra copa.

Fuimos hasta la barra, aunque estábamos convenientemente lejos de Darío y su ligue.

Aun así, no pude evitar mirar en la dirección en la que debían de estar, pero no pude verlos, bien porque quizá otras personas los tapaban, bien porque hubieran decidido ir a otro lugar. «Como el cuarto oscuro», pensé.

—Dos cervezas. —Oí que Jorge pedía, pero yo seguía ensimismado. Ni siquiera cuando me puso la botella delante de la mano parecía dispuesto a reaccionar.

—Ey, tío, ¿estás borracho ya? —me dijo Jorge con una sonrisa burlona.

Sacudí la cabeza para despejarme un poco y asentí. Mentir era mejor que admitir la verdad, al menos delante de Jorge. No quería que él pensara que yo era uno de esos chicos que no entendían a Darío, pero cuando Jorge intentó un nuevo acercamiento cariñoso, me desembaracé de él.

—¿Y ahora qué te pasa?

—Nada.

—¿Me pones caliente y ahora no quieres?

—Búscate a otro —dije, dando un sorbo de mi cerveza.

Me lanzó una mirada de enfado.

—¿Se puede saber por qué?

—Porque una cosa es que me enrolle contigo para satisfacer a Darío y otra es que lo haga para satisfacerte a ti.

—Vete a la mierda —dijo justo antes de perderse entre la gente.

Me quedé sentado, bebiéndome mi cerveza con tranquilidad.

Un tío se sentó a mi lado e intentó entablar conversación, pero pasé de él.

Luego me sentí estúpido por haberlo hecho, el tío estaba bueno y yo estaba solo, pero ya no había vuelta atrás.

Justo cuando estaba pensando en irme, sentí unos brazos que rodeaban mi cuello y una voz estridente que estallaba en mis tímpanos.

—¡Noah!

No necesité girarme para ver que era Clara la que gritaba, ni siquiera para saber que estaba borracha, pero aun así, me alegré sinceramente de verla. Me giré en mi butaca para rodearla entre mis brazos, y su cuerpecito tibio y familiar cerca del mío me calmó.

—¿Qué haces aquí? —pregunté, pero a la vez miré por encima de su hombro y vi a algunos chicos de la clase con ella. También estaba Samuel. Les sonreí mientras soltaba a Clara.

—¡Pero bueno! —exclamé divertido—, ¿es que ahora sois todos gays?

Hubo un par de risitas a mi alrededor, y algunas sonrisas tontas y llenas de dientes.

Al parecer Clara no era la única que estaba borracha.

Como para demostrármelo, iniciaron una improvisada y ridícula danza de grupo, que al parecer llevaban toda la noche ensayando.

Samuel y yo nos quedamos mirando y dando palmas, mientras ellos desgranaban sus pasos con cautela.

Clara trastabilló y todos los chicos fueron a sujetarla, con diversos grados de disimulo.

Entre una cosa y otra parecieron olvidarse de nosotros.

—Así que al final conseguiste traer a este atajo de estirados al Sodoma… —le dije a Samuel.

Le miré de arriba abajo, preguntándome cómo se podía ser tan gay y al mismo tiempo parecer tan fuera de lugar en ese sitio. Llevaba unos vaqueros ceñidos y de color rosa fucsia y un polo de punto de color blanco, con el logo de la marca reluciendo alegre sobre su pectoral izquierdo.

—Si no llega a ser por Clara, no vienen —me dijo él en tono de confidencia—. A mí no me hacen ni caso, pero a donde ella va, van todos los tíos. Ya me gustaría a mí tener ese poder de convicción —terminó en tono compungido.

Se había acercado mucho a mí para hacerse oír y su grave voz de barítono, que siempre me había parecido incongruente con su físico, retumbó en mi pecho al mismo tempo que la música que había a nuestro alrededor.

Hasta mis fosas nasales llegaron su perfume a niño pijo y el olor de su sudor, apenas disimulado, al mismo tiempo que las puntas de su cabello me hicieron cosquillas en la nariz.

La fruncí para evitar el impulso de estornudar, pues de repente me di cuenta de que no quería que se apartara de mí.

—Lo tienes —le susurré al oído, humedeciendo su lóbulo con mis labios.

Samuel sólo tuvo un momento para mirarme sorprendido a través de sus gafas antes de que empezara a comerle la boca.

Fue un fiero y único beso, pero cuando nos separamos ya no había asombro en sus ojos, sino una latente lujuria que yo llevaba meses fingiendo no ver. Para mí, el beso había significado el resurgir de mi erección y no me lo pensé dos veces antes de lanzarme al agua:

—¿Nos enrollamos?

Asintió con demasiado entusiasmo y yo sonreí con la alegría del que sabe que va a follar. En aquel momento, cualquiera me valía para que se encargara de mi polla y acallara mi enfado.

Le cogí de la mano y tiré de él resueltamente hacia el cuarto oscuro, ignorando las miradas inquisitivas que recibimos de Clara y los demás. Éramos gays, estábamos en el Sodoma. «Nuestro mundo, nuestras reglas», pensé mientras nos perdíamos en la marea humana.

Quizá él esperaba algún tipo de prolegómeno al entrar, pero yo me dirigí hacia uno de los encargados y pagué las mil pesetas sin chistar. No solo estaba ansioso y cachondo, sino que no quería estar en el vestíbulo más tiempo del necesario, por miedo a encontrarme con Darío.

Entré en el estrecho cubículo y cerré la puerta.

Samuel me había seguido sin pronunciar palabra y componía una cautelosa expresión en su rostro, como si no quisiera mostrar lo que sentía realmente.

Cuando nos miramos, él asintió y yo volví a besarle.

Le apoyé contra la camilla y empecé a subirle aquel ridículo polo que llevaba puesto.

Al principio se dejó hacer, pero en cuanto forcejeé con su cinturón, reculó un poco y se apartó de mí.

—Espera —gimió.