A través del sexo. La saga completa 17. Maricón #2
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17. Maricón #2

Darío me miró, adoptando una expresión muy seria de repente.

—¿Contigo sí? —dijo, dando en el clavo.

—No mucho —contesté algo evasivo—, no es que me peguen ni nada por el estilo, pero a veces me hacen el vacío, o me insultan…

—¿Quién te insulta?

—No lo sé. Hoy alguien me escribió una nota insultante, pero no sé quién fue.

Nos dirigimos hacia la boca de metro y bajamos al subterráneo.

—¿Sabes lo que pasa? —continuó mientras llegábamos a nuestro andén—. Que en mi clase la gente sabe que no debe meterse conmigo.

—Eso es porque eres muy fuerte, yo tampoco me metería contigo —Darío esbozó una sonrisa de satisfacción ante lo que consideraba un halago—. De todas maneras, las peleas no son lo mío, la verdad.

—¿Nunca le has pegado a nadie?

—Sí, claro. Una vez en el colegio, le di una patada a un niño… —Darío me echó una mirada condescendiente, como dándome a entender que eso no contaba —… y le partí la boca a mi primer novio —dije, sintiéndome mal de repente por alardear de ello.

—¿Ah, sí? —sonrió—. ¿Debo preocuparme por eso?

—No —dije—, no creo que me enfadara contigo por una cosa así.

—¿Es algo que yo no haría?

—Es algo que sé que haces, pero no me importa.

Darío asintió, entendiendo lo que yo había querido insinuar, pero no había dicho. El metro llegó precedido por un chirrido metálico y subimos al vagón de cola.

—Así que tu novio convencional no lo era tanto… —Le miré algo asombrado, pero él se encogió de hombros como si lo que decía fuera de dominio público—. Me parecía a mí que todo ese rollo venía porque te habían engañado.

—Por eso me gusta estar contigo. —Me agarré a una barra cuando el tren se puso en marcha. A pesar de que había asientos libres, prefería mantenerme de pie después de haber pasado sentado toda la mañana en clase—. Tú al menos dices las cosas a la cara. David era un mentiroso.

—¿David? —preguntó frunciendo el ceño, y supe que estaba recordando mi tatuaje. Me dio la impresión de que se enfadó y me sorprendí por eso.

—No puede ser que pensaras realmente que esa «D» era por ti —le dije divertido. Darío gruñó. Le miré sorprendido, reconociendo su expresión—. ¿Estás celoso?

—No seas tonto.

—Sí que lo estás.

—Estás equivocado.

—De verdad, no pensé que eso te molestaría —contesté con deleite.

—Que no me molesta, pesado.

No volví a insistir, pero me reí por lo bajo de él. Dejé de hacerlo en cuanto vi que me miraba malhumorado.

—Bueno —dijo al cabo de un rato de silencio y con la clara intención de cambiar de tema—, ¿cuál es el plan?

— Mmhhh . Había pensado en que podíamos salir de marcha. Tú acabas de terminar los exámenes, y esta será mi última noche de asueto en un tiempo.

Nos bajamos en nuestra parada y salimos a la calle.

—Pensaba que lo que querías era pasar la tarde conmigo.

—Y eso quiero. Ahora vamos a tu habitación, almorzamos y nos echamos una siesta juntos. —Elevé las cejas varias veces, para darle a entender mi concepto de «siesta»—. Y luego salimos.

Llegamos a la residencia y subimos hasta su habitación. Al llegar, eché una rápida ojeada para asegurarme de que Jorge no estaba.

—Bueno, ¿quieres comer algo de lo que tengo aquí o salimos a comer fuera?

—Yo estoy viendo aquí algo que me apetece comerme. —Sonreí lujurioso. Me miró entre molesto y divertido.

—Joder, tío, que tengo hambre.

—Y yo también. —Le mordí el cuello—. Mmhh , creo que vas a ser una comida muy nutritiva.

—Eres un salido.

—¿Quién, yo?

Dije esto mientras me quitaba la ropa, con la esperanza de que eso le ayudara a olvidarse de la comida. He de decir en mi favor que, al mirar mi entrepierna, sus ojos se oscurecieron de deseo.

—Así que quieres comerme —dijo entrando en mi juego. Me atrajo por la cintura y besó mi cuello y yo empecé a pensar que la cuestión se había resuelto. Se desabrochó el cinturón y me empujó suavemente hacia abajo para indicarme lo que quería—. Será mejor que empieces por aquí.

—Y luego el salido soy yo…

Me arrodillé sin decir nada más a la vez que él se sacaba la polla del pantalón y la dejaba a la altura de mis ojos.

La miré con detenimiento y me propuse hacerle olvidarse de su estómago y todo lo que tuviera que ver con él.

Acerqué mi boca y lamí toda su extensión mientras elevaba la mirada hacia él, adoptando esa actitud entre lasciva y sumisa que yo sabía que le gustaba.

Darío metió sus manos en mi pelo y me instó a seguir, y yo no me hice de rogar.

Seguí lamiéndole y besándole hasta hacerle endurecer por completo, para luego rodear el glande con mis labios e introducirlo lentamente en mi boca.

Para entonces no era Darío el único en estar completamente excitado, yo también me sentía arder: el lujurioso paladeo de esa carne palpitante contra mi lengua, los dedos crispados sobre mi cabeza, tirándome del pelo, los sordos gemidos de Darío y la irresistible necesidad de tenerle dentro de mí.

Cogí mi polla y empecé a masturbarme, haciendo un esfuerzo por reprimir un ridículo acceso de vergüenza que me tomó en ese momento, al suponer que quizás Darío me estuviera mirando.

Elevé los ojos de nuevo para ver cómo me miraba y su febril escrutinio, lleno de deseo, solo me espoleó para continuar aumentando el ritmo.

Yo fui el primero en correrme, enfervorizado por las múltiples sensaciones a las que me veía sometido y atrapado en medio de la fantasía de sumisión que yo mismo había impuesto; aun así, no dejé de comerle, consciente de que su propio final no estaba muy lejano.

Su sexo latía insistentemente dentro de mi boca y la presioné con fuerza entre mi lengua y mi paladar, succionando para llevarla todo lo dentro que podía.

Los espasmos finales me avisaron a tiempo, y la saqué de mi boca justo antes de que se corriera, consiguiendo degustar sólo el principio de la corrida y dejando que el resto se derramara, como una libación tibia, sobre mi piel.

Apoyé mi frente sudorosa en su abdomen y lamí su ombligo hasta que conseguí hacerle reír.

—¿Sabes qué? —me dijo, acariciándome el pelo y mirándome desde su altura—. Me hace ilusión salir contigo de marcha. Nunca he bailado contigo, y un pajarito me ha dicho que lo haces muy bien…

—¿Ah, sí?

—Sí, el mismo pajarito que me ha asegurado que cuando vas al Sodoma te desatas.

—No digas chorradas —dije, ruborizándome un tanto. Me puse de pie y acaricié su pecho desnudo—, sólo hago lo que todo el mundo. No le hagas caso a Pablo.

—¿Quién ha dicho nada sobre Pablo?

—Sé que ha sido él. No sabes mentir, así que no lo intentes —me reí.

—¿No era eso lo que me diferenciaba del tal David?

De nuevo ese incongruente sonido en su voz.

—Eso no es asunto tuyo, así que déjalo —respondí, más secamente de lo que pretendía—. Si lo que te molesta es lo del tatuaje —continué pasando a un tono jocoso y sensual—, eso tiene arreglo: sólo tienes que reclamarlo hasta hacerlo tuyo.

—¿Y eso cómo se hace?

Decidí fingir por un momento que ese dibujo sobre mi piel no tenía ninguna importancia. Sonreí mientras me separaba de él y me acostaba en la cama.

—Muy fácil. ¿Te has fijado en el rabito inferior de la «D», hacia dónde señala?

—Es difícil no fijarse en eso —dijo levantando una ceja.

Me puse boca abajo para facilitarle la visión.

—Pues no es casualidad.

Era viernes en el Sodoma, y eso prometía diversión.

La música estaba alta y era buena, los gogós deslumbraban, hermosos y terribles, bajo las cambiantes e inciertas luces que recorrían sus cuerpos y marcaban la sinuosidad de sus movimientos, y cientos de hombres se dedicaban a bailar, beber y restregarse unos con otros; pero yo no podía dejar de pensar que era la primera vez que iba allí sin Pablo.

Aun así, necesitaba divertirme. Y Darío y Jorge también, quizás por parecidas razones. Entramos allí bien pasada la medianoche y miramos a nuestro alrededor como lobos hambrientos.

—¿Qué te apetece hacer? —me preguntó Darío al oído nada más entrar—. ¿Quieres bailar, o…?

—Quiero tomarme una cerveza. —Le sonreí—. Luego ya veremos.

Darío asintió y se acercó a Jorge para preguntarle algo. Luego se dirigió a la barra a por las bebidas.

—Me encanta este sitio —me dijo Jorge, acercándose un poco para hacerse oír.

—Y a mí. Hubo un tiempo en que venía cada fin de semana.

—Pues vamos a tener que volver a acostumbrarnos. Yo también echaba de menos las marchas después de tanto examen.

Asentí para hacerle ver que le entendía mientras veía a Darío volver hacia nosotros.

Empezó a bailar mientras avanzaba, consiguiendo mantener las copas en un precario equilibrio al hacerlo.

No esperé a que llegara hasta nosotros, sino que avancé hasta él y me uní a su cuerpo en el baile.

Cogí una de las botellas para liberarle una mano, que usó para rodear mi cintura y apretarme contra sí.

Luego deslizó esa mano hacia abajo, dejándola descansar sobre la hendidura de entre mis nalgas.

No parecía importarle haber pasado toda la sobremesa reclamando mi tatuaje, pues parecía que quería seguir haciéndolo.

En medio del baile, noté la proximidad de Jorge, así como la de otros cuerpos que se acercaban intentando pillar cacho, pero yo me concentré en mantener mis caderas bien pegadas a las de Darío.

Seguimos bailando así un rato, el que se tarda en beberse tres cervezas con relativa calma, y para entonces yo ya había perdido toda noción del tiempo.

Había descubierto que la música de baile me hacía entrar en una especie de trance, durante el cual sólo deseaba moverme, a la vez que mantenía los ojos cerrados casi todo el rato, para maximizar esa sensación de estar flotando.

Eso hacía pensar a muchos tíos que iba colocado y aprovechaban para intentar algo conmigo, pero esa noche iba tan bien acompañado que ninguno se molestó siquiera en intentarlo.

Quizás por eso, o por las tres cervezas que ya me había tomado, cuando Jorge hizo un decidido acercamiento trasero no me alejé, sino que dejé descansar mi espalda contra su pecho y permití que sus manos me recorrieran.