A través del sexo. La saga completa 17. Maricón
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17. Maricón

MARICÓN

L os primeros listados de notas empezaron a publicarse la semana siguiente, pero yo no necesité verlos para saber que mi nota media distaba bastante del mínimo exigido para mantener la beca.

Los exámenes de la primera semana habían salido sobre ruedas, pero fueron los de la segunda semana los que rompieron mi promedio de notas.

A finales de la segunda semana de febrero y con el boletín de notas en la mano, tuve que enfrentarme a una conversación que nunca había tenido que afrontar en casa.

—No seas tan dura con el chico —intervino mi padre, al tiempo que yo agachaba la cabeza ante mi primera bronca por una mala nota—. La carrera es muy exigente y un siete y pico sigue siendo una buena media.

—No sería tan dura con él si le hubiese visto estudiar a fondo, pero él sabe que se podía haber aplicado más.

—Aunque era con mi padre con quien hablaba, no apartaba sus ojos de mí—.

Pero en cambio ha salido casi cada fin de semana, ha pasado una multitud de noches fuera en casa de ese tal Pablo, y está todo el día revoloteando alrededor de esa compañera de clase que tiene.

—Clara —apostillé—, se llama Clara.

—Como sea.

Levanté la mirada para ver cómo mi padre me guiñaba un ojo a escondidas, pensando sin duda que yo debía de tener mis buenas razones para estar tan a menudo con Clara.

—Pero, mujer, solo tiene dieciocho años, tiene que divertirse.

—No, lo que tiene que hacer es labrarse un futuro.

—Pero…

—No, papá —intervine—, mamá tiene razón. Me he dispersado un poco últimamente.

—¿Lo ves? —dijo mi madre triunfal—. Hasta él lo admite. Te darías cuenta si lo vieras cada día, como yo.

—Bueno, ahora no vayas a aprovechar la oportunidad para recriminarme nuestro divorcio.

Mi madre resopló furiosa y volcó todo su enfado en mí:

—¿Y ahora, qué? ¿Puedes remontar esto?

Respiré hondo, dispuesto a soltar el discurso que había preparado:

—He hablado con mis profesores, y como no he suspendido ninguna materia, no puedo presentarme a las recuperaciones para intentar subir nota, pero he hecho cálculos y…

si mi nota media en el segundo cuatrimestre es de 8,8 o superior, tendré una media de 8, que es lo que me piden para mantener la beca —concluí.

—Para tener una media de 8.8 deberás sacar sobresalientes en casi todas las asignaturas —me dijo mi padre con preocupación en la voz—. ¿Te ves preparado para eso?

Pensé en Clara, en mis profesores, en las instalaciones y recursos de la UF7, en el contrato de cinco años que me esperaba al final de la carrera; pensé en mis padres y en lo decepcionados que estarían si no conseguía licenciarme en esa universidad; pero, sobre todo, pensé en Gonzalo y en la cara de petulante satisfacción que pondría si me viera matricularme en la pública al año siguiente.

—Sí —respondí—, sé que puedo conseguirlo si me aplico a fondo.

Supe que había dado la respuesta correcta cuando vi la mirada orgullosa que me dedicó mi padre.

—Bueno, tampoco es el fin del mundo —decía Clara al día siguiente en un débil intento de consolarme—. Si puedes remontar tu nota media, pues bien, y si no…, ¿tan terrible sería estudiar en una universidad pública?

—No, terrible no… —dije recordando que hasta hacía unos meses esa había sido mi única opción—, sería humillante.

Habíamos retomado las clases esa semana, y salvo microbiología, que era la única anual, todas las demás asignaturas eran nuevas, por lo que me sentía otra vez como empezando de cero.

Clara había llegado ese lunes a clase con cuadernos para estrenar, como si realmente fuera principio de curso.

El olor a nuevo de los libros de texto que no había usado hasta entonces contribuía notablemente a esa sensación.

—Bueno, ¿y qué vas a hacer?

—Estudiar —dije—, y dejarme de tonterías.

—Lo dices como si no hubieras estudiado hasta ahora.

—No. Lo que pasa es que me he despistado un poco últimamente.

—Lo sé. —Me miró con una mezcla de preocupación e indecisión, abrió la boca y volvió a cerrarla. Al final, pareció decidirse a preguntar—: ¿Qué tal con Pablo? ¿Mejor?

—Sí. —Me encogí de hombros—. Supongo que sí.

—¿Qué tal le va con su novio?

Le eché una lúgubre mirada. Apenas le había contado nada acerca de la misteriosa relación de Pablo, porque yo tampoco sabía mucho al respecto. Lo que no le había confesado eran los sentimientos que eso me generaba.

—Bien, por lo que sé —contesté evasivo.

—¿Y a ti con el tuyo? —aventuró.

—Bien.

Ella debió de notar mi falta de entusiasmo, pero hizo como si no fuera así.

—¿Qué vas a hacer esta noche? Hoy es viernes —recitó cantarina, como si necesitara que me lo recordasen.

—Lo sé.

—¿Salimos? A lo mejor Pablo está disponible…

—En realidad —dije—, había pensado quedar con Darío.

Él termina los exámenes hoy y yo creo que puedo darme un fin de semana libre antes de meterme de lleno en el segundo cuatrimestre.

Lo siento —añadí al ver su cara de decepción—.

Además, no creo que Pablo pueda, ya sabes…

—Apenas había hablado con él desde que nos viéramos por última vez en su casa, pero por lo poco que me había contado, había dejado de salir a ligar por ahí y se estaba tomando su relación con Alejandro bastante en serio.

—No pasa nada, podemos salir otro día.

—Es que… he decidido dejar las marchas por un tiempo, le he prometido a mi madre que esta sería la última noche que saldría hasta las vacaciones de Semana Santa.

—¿Te lo vas a tomar en serio, eh?

—No me queda más remedio.

Entramos en clase seguidos por unos cuantos alumnos más.

Saludé a un par de personas e hice mi esfuerzo diario por evitar la mirada de otras.

Clara y yo nos sentamos en nuestro sitio favorito en el centro de la clase, junto a Samuel y nuestros compañeros habituales.

Oí a Clara hacer planes para esa noche con algunos de ellos y escuché que Samuel bromeaba con ella sobre llevar a ese grupo de heteros al Sodoma.

Entre la algarabía de risas y ruidos de mochilas al abrirse, pude discernir el comentario jocoso de dos chicos que se burlaban de esa posibilidad en términos no muy amigables para con Samuel y conmigo mismo.

Me estaba planteando si girarme y encararme con ellos cuando el profesor de microbiología entró en el aula.

Saqué mi libro de texto y mi cuaderno como casi todos mis compañeros, pero al vernos, el profesor negó con la cabeza.

—No saquen los libros, por favor, hoy no voy a dar temario. Ya que ayer se publicaron las notas, he pensado que podemos repasar el examen del primer cuatrimestre. —Sacó un fajo de folios de una cartera y se los tendió a un chico en la primera fila—. Vayan pasándoselos, por favor.

El tocho de hojas fue pasando de mano en mano y reduciéndose de tamaño al coger cada alumno su examen. Cuando llegó a mí, rebusqué el mío en el montón y lo encontré en último lugar. En el margen superior izquierdo, junto a mi nombre, había unas letras garabateadas en lápiz:

«Maricón»

Le pasé los exámenes a Clara y aproveché el momento en el que ella buscaba el suyo para borrar apresuradamente el insulto. Miré a las personas que se sentaban en las filas frontales y que habían tenido acceso a mi examen antes que yo, pero no vi nada que me ayudara a saber quién lo había escrito.

—Bien —empezó a decir el profesor cuando vio que la mayoría de los estudiantes ya tenían su examen—. Vamos a ir comentando las preguntas una por una entre todos, mirando los fallos más frecuentes. Por favor, aprovechen este momento para consultar sus dudas.

Me concentré de nuevo en el examen y miré las preguntas y mis apresuradas respuestas.

Ahora que las leía, me daba cuenta de que no era tan difícil y que podría haberlas contestado bien si hubiese tenido la cabeza en mi sitio al hacerlo.

Luego miré la nota del examen, un 5.2, y me sorprendí de haberme liado tanto al contestar.

Casi al mismo tiempo me percaté de que tres chicos y una chica se giraban para mirarme de soslayo.

Dos de ellos habían sido testigos de mi exabrupto en la terraza de Clara unos meses antes.

Devolví mi vista al examen y suspiré desanimado. Tenía mucho trabajo por delante.

Lo bueno del horario del nuevo cuatrimestre era que los viernes salíamos un poco más temprano, y yo aproveché para ir a buscar a Darío a la universidad. Ese día era su último examen y sabía que querría celebrarlo, así que planeé invitarle a almorzar y pasar la tarde con él.

La Universidad Internacional de la Defensa había estado veinte años atrás en las afueras de la ciudad, pero ahora, con el crecimiento de esta, se encontraba en la nueva periferia.

Era un extenso complejo formado por varios edificios, tres cafeterías, un polideportivo y una cancha de fútbol donde jugaba sus partidos el equipo Universidad de la Defensa, que era de segunda división B.

Mientras caminaba, disfruté del ambiente tan universitario y liberal que se respiraba allí; si había una cosa que echaba de menos en la UF7, era ese ambiente, de gente menos estirada y conservadora.

Una vez que entré en el edificio de Arquitectura, di un par de vueltas en su laberíntica estructura antes de dar con el aula 15, donde Darío estaba haciendo su último examen.

Me asomé por la puerta para verificar que esa era la clase adecuada y vi a Darío en una de las últimas filas, inclinado sobre su pupitre y con cara de concentración. Tuve que esperarle más de media hora.

—Hola —dijo con una sonrisa al verme allí plantado en la puerta—. ¿Qué haces aquí?

Me encogí de hombros.

—Pasaba por la zona y se me ocurrió venir a buscarte.

— Mmhh , me has dado una buena sorpresa. —A pesar de que sus compañeros de clase estaban por los alrededores, se inclinó para darme un beso, pero fue tan rápido que no me dio ni tiempo de protestar. Miré a mi alrededor algo nervioso y vi que algunas personas nos dedicaban una mirada, pero nada más.

—¿No te molesta que sepan que eres gay? —pregunté mientras caminábamos hacia la salida.

—No, ¿por?

—¿No se meten contigo?