A través del sexo. La saga completa 16. Ménage à trois #5
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16. Ménage à trois #5

Pensé en Darío y lo que me pedía y me di cuenta de que si entre él y yo no existiera una relación sentimental, lo habría hecho sin pensarlo dos veces. ¿Tan coartado me sentía por esa regla no escrita que exige exclusividad a las parejas?

No pude evitar recordar una conversación mantenida el verano anterior con mi padre, en la que él intentaba explicarme que la fidelidad y el amor no necesariamente van de la mano.

«Cuando dos personas están juntas, deben ser siempre sinceras.

» Aunque en aquel momento hablábamos de la infidelidad y las mentiras de David, sentí que aquello también era aplicable a mi relación actual.

«No me gustan las relaciones convencionales», me había dicho Darío. Aunque en un principio me había molestado, luego convine con él en que eso sería lo mejor. Darío no me había mentido, ni creó en mí expectativas que sabía que no se cumplirían, sino que había sido aplastantemente sincero.

Volví a verme a mí mismo diciéndole que no era un novio convencional lo que yo necesitaba, y sintiendo que lo decía sinceramente.

Si era verdad eso de que cada pareja tiene el derecho a decidir sus propias reglas, como me había dicho mi padre, y que en realidad yo no quería una relación exclusiva, ¿por qué me aferraba a ese concepto?

—Me estoy comportando como un mojigato otra vez, ¿verdad?

—Sí —dijo Pablo—. Y yo me estoy comportando como un putón.

—Aplastó el porro ya consumido contra el cenicero, para apagar su llama, y me miró—.

Yo también debería afrontar mis deseos, y lo que quiero en realidad es estar con Alejandro, no follando con esos dos.

—Se encogió de hombros—. Pero supongo que es normal que cada uno actúe según su naturaleza.

—Entonces, ¿qué vas a hacer? ¿Volver con él?

—Prácticamente ya lo hemos hecho. Por mucho que finja lo contrario, no puedo decirle que no.

—Lo dices como si no tuvieras otra opción.

—Desde que me encontré con él el fin de semana pasado, me siento como si así fuera, pero por otro lado, sé que eso es lo que quiero.

—¿Fue él la razón de que no fueras a trabajar?

La expresión de Pablo pasó de la sorpresa a la melancolía.

—En parte, sí. Él puede ser obsesivo e intoxicante. No me mires así, Noah —me reprochó—, por la manera en la que me hablabas de David pensé que lo entenderías.

Recordé lo que le había dicho una vez a Pablo acerca de David. También recordé su enigmática respuesta, que de repente se mostraba diáfana a mi entendimiento. Sonreí al sentir un nuevo ramalazo de empatía.

—Por supuesto que lo entiendo, pero… —Me levanté con la intención de irme—. Pero en realidad no es algo que eche de menos.

—¿A dónde vas ahora?

Me paré en el umbral de la puerta para lanzarle una sonrisa llena de confianza.

—A afrontar mis deseos.

Aún no era de noche cuando salí de casa de Pablo, pero la tarde estaba oscura a causa de unas nubes encapotadas que amenazaban lluvia.

Cogí el metro, en vez de arriesgarme a un paseo pasado por agua, y salí por la estación más cercana a la residencia de Darío.

Allí lloviznaba débilmente, y apreté el paso, intentando convencerme a mí mismo de que era más por el temor a mojarme que por la impaciencia que me embargaba.

Mientras caminaba, saqué el móvil del bolsillo trasero de los vaqueros, donde me había acostumbrado a llevarlo, y llamé a Darío para asegurarme de que me estuviera esperando.

—Hola, Noah —dijo al descolgar—. ¿Me llamas para quedar esta noche?

—En realidad voy de camino para la residencia, ¿estás ahí?

—Sí. ¿Quieres que te espere?

—Sí. —Respiré hondo antes de seguir hablando—. Estaba pensando que, ya que he terminado los exámenes esta semana, podríamos hacer algo para celebrarlo.

—¿Ah, sí? ¿En qué estás pensando?

—¿Está Jorge contigo?

—Sí, ¿por qué? —había cierto recelo en su voz.

—Porque quiero que él también me espere.

Colgué el teléfono inmediatamente para no oír su respuesta y sintiendo el corazón latiéndome en la garganta, casi incapaz de creer que al fin lo hubiera dicho.

Un par de minutos más tarde, entré en la residencia y subí de dos en dos los escalones hasta la tercera planta, así que cuando toqué en la puerta de Darío, mi respiración estaba acelerada.

Pero no fue él quien me abrió la puerta.

—Vaya, vaya… —dijo Jorge con cierto tono burlón mientras me franqueaba el paso—. Parece que has cambiado de opinión.

Entré en la habitación con paso resuelto y me quité la chaqueta. Vi a Darío avanzar hacia mí, pero decidí encararme con Jorge, que cerraba la puerta.

—Darío siempre me dice que eres un buen tío, aunque yo no sepa apreciarlo. —Le miré directamente a los ojos—. No me hagas arrepentirme de mi decisión.

Un leve rubor se insinuó en sus morenas mejillas, y bajó la mirada avergonzado. Darío me abrazó desde atrás y me susurró al oído:

—Se portará bien. Te lo prometo.

—Más le vale —afirmé con resolución mientras me apartaba de mi novio y me acercaba a él. A un paso de su cuerpo, cogí su nuca y atraje sus labios a los míos—. Más te vale —dije antes de besarle.