A través del sexo. La saga completa 16. Ménage à trois #4
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16. Ménage à trois #4

—Tú sabes que sí —respondí con calma—, pero no sé si de esa manera.

Se inclinó sobre mí y me besó en el cuello, produciéndome un escalofrío de placer.

—¿Me deseas? —susurró contra mi oído.

No le respondí, demasiado confundido por mis propios sentimientos. Al cabo de unos instantes, Pablo se incorporó y volvió a sentarse.

—Dile a tu chico que no lo vamos a hacer.

—¿No? —pregunté sentándome a mi vez—, ¿ya no quieres?

—No —contestó—, y te voy a dar dos razones.

Una es porque no quiero que pienses que entre tu novio y yo hay algo que no hay; y la segunda es porque si algún día hacemos el amor —dijo dulcificando su tono de voz—, y descubrimos que hay algo entre nosotros, no quiero que eso pase con un novio tuyo de por medio.

—Pablo…

—Pero tampoco es que sea algo que tengamos que decidir ahora mismo —rio, recuperando su tono habitual—. Tú tienes a Darío, y yo también me estoy viendo con alguien.

—¿En serio? —pregunté con un nuevo acceso de celos—. ¿Con quién? — Guardó silencio—. ¿Y cuándo pensabas decírmelo?

Se había levantado y dado un par de pasos en dirección a la ventana, así que no pude ver su rostro cuando contestó:

—La cosa está muy verde…

—¿Dónde le conociste?

—Lo importante no es el dónde —dijo levantando un dedo con cierta pedantería y mirándome por encima de su hombro—, sino el cuándo.

—¿El cuándo?

—Es alguien de mi pasado, Noah. Es complicado.

—¿Alguien de tu pasado? —pregunté, dándome cuenta de que, aunque Pablo dijera que yo le conocía mejor que nadie, no tenía ni idea de su vida sentimental.

—Yo también tengo a mi David particular —dijo enigmático. Sonrió sin alegría y volvió a mirar por la ventana—. Sólo estoy intentando que esta vez las cosas salgan mejor.

Me levanté y me puse a su lado. La tarde estaba cayendo y hacía frío, pero aun así podían verse todavía algunos niños jugando en la calle.

Seguí con la mirada a un crío que jugaba a caminar sólo sobre las baldosas negras hasta que se perdió tras una esquina.

Apoyé la cabeza en el hombro de Pablo y él rodeó mi espalda, distraído.

—¿No me vas a contar nada más de él? —No me contestó—. Recuerda que prometiste no guardarme secretos.

Pablo suspiró.

—En mala hora hice esa promesa —bromeó—. Se llama Alejandro, es mayor que yo y supongo que se puede decir que fue mi primer amor.

—¿Y qué pasó?

Se encogió de hombros.

—Que las cosas salieron mal.

—¿Como a mí con David? —pregunté, sintiendo una repentina empatía. Bajó la mirada hacia mí.

—Algo parecido.

—¿Te dejó?

—No. Le dejé yo a él.

—¿Por qué?

Caminó hasta la cómoda y abrió un cajón. Supe por su actitud algo ansiosa que iba a liarse un porro, antes de ver cómo sacaba su «cajita mágica».

Se sentó de nuevo en la cama, con la caja en el regazo. No dije nada, sino que me quedé de pie frente a él, observándole en su pequeño ritual. Al final prendió el canuto y le dio una calada, llevándoselo a los labios con manos algo temblorosas.

—Porque se portó mal conmigo —dijo al fin, como si no hubiera habido una interrupción en nuestra charla.

Me senté a su lado y cogí el porro de sus manos, dando una calada a mi vez bajo su atenta mirada.

—Y entonces, ¿por qué vuelves ahora con él?

—Porque aún le quiero —susurró en medio de los efluvios de la maría.

—¿Y no pasará lo mismo de la otra vez?

—Espero que no —sonrió—. Si no, no me lo plantearía. Pero supongo que entenderás que por eso prefiero ir despacio con él y tomarme mi tiempo.

—¿Por eso te estabas montando ese trío? —pregunté, aun a sabiendas de que no tenía derecho a hacerlo.

—Supongo que sí. No quiero comprometerme con él de momento, sólo porque me lo haya pedido.

—¿Él te quiere?

—Eso dice. Vamos a ver.

Ambos quedamos en silencio otra vez, pero mi mente seguía siendo un torbellino de preguntas.

—No sabía que te fueran los tríos —dije por lo bajini.

—Y yo no sabía que te fueran a ti —replicó.

—A mí no me van…

—Pues me acabas de ofrecer hacer uno.

—Ya, pero… —Volví a quitarle el porro—. Eso es lo que intentaba explicarte, no es que me vayan, lo que pasa es que… Supongo que necesitaba tu consejo al respecto.

—Porque a tu novio sí que le van.

—Sí —admití—. ¡Joder, estoy hecho un lío!

—¿Como aquella noche que Darío te pidió que hicieras «algo muy sucio»?

—Asentí mientras daba una calada—. No me digas que fue eso lo que te pidió…

—preguntó con una media sonrisa. Asentí de nuevo—.

Noah, de verdad, pero qué mojigato eres, un trío no es algo tan sucio.

Yo me estaba imaginando algo mucho peor.

—¿Ah, sí? —dije, algo escaldado por su condescendencia—. ¿Como qué?

— Mmh , no sé… —Por su pícara expresión supe que estaba a punto de lanzarme una broma—. Una noche extrafuerte de sado, o una orgía sin condones. Eso es muy sucio —aclaró al ver mi cara—. O una sesión de coprofagia.

—¿ Coproqué ? —pregunté, a la vez que pillaba el significado de la palabra—. ¡Qué asco! ¿De verdad hay gente que hace eso?

— Sip , pero no te imagino a ti haciéndolo.

—Vaya, gracias por el voto de confianza.

—¿Y aún no lo has hecho?

—¿El qué? —reí—. ¿La sesión de coprofagia?

—El trío, Noah —aclaró—. ¿Te lo pidió hace dos semanas y aún no te has decidido?

—No, ya te dije que estoy hecho un lío.

—¿Y quién iba a ser el tercer hombre?

—Su compañero de habitación.

—¿Está bueno?

No necesité considerarlo mucho tiempo.

—Sí.

—¿Entonces?

Chasqueé la lengua.

—¿Es que eso es lo único que cuenta?

—No —me dijo poniéndose serio de nuevo—, lo único que cuenta es si tú quieres hacerlo o no. Y si no quisieras, no le estarías dando tantas vueltas.

Gemí apesadumbrado mientras escondía mi rostro entre las manos. ¿Tenía Pablo razón? ¿Acaso quería yo hacerlo? Podía admitirlo en voz alta o no, pero el mero pensamiento de hacer algo así me excitaba. Entonces, ¿por qué me sentía tan reticente?