16. Ménage à trois #3
—Pues yo no tengo problemas en tirarme al mío. En realidad, llevo tiempo queriéndote proponer que nos liemos con Jorge, pero como te cae mal…
—Jorge no me cae mal.
—¿Eso significa que sí quieres? —Le miré con expresión seria y salí de la ducha—. Venga, hombre —me dijo asomándose por la cortinilla—, no me digas que te vas a mosquear otra vez…
—No estoy mosqueado —mentí. Empecé a vestirme apresuradamente y aún a medio secar—. Es que me tengo que ir ya, o llegaré tarde. Nos veremos el fin de semana.
—¿Lo pensarás? —me dijo mientras me iba.
Asentí, sabiendo que en realidad no iba a poder dejar de hacerlo.
El examen de química orgánica era el último del cuatrimestre, quizás por eso, mientras lo hacía, me sentía exhausto.
Mi mente no quería reaccionar e invocar esas fórmulas y reglas que yo conocía tan bien.
Lo hice de manera torpe y lenta, intentando convencerme a mí mismo de que estaba cansado por tantas horas de estudio y por no haber descansado bien las últimas noches, aunque la verdad era que no podía apartar molestos pensamientos que nada tenían que ver con la materia que trataba.
Clara me lanzó una inquisitiva mirada cuando terminó y entregó su examen, porque sabía que algo debía de estar yéndome mal en una prueba que podría haber hecho con los ojos cerrados.
Al final, el timbre que marcaba la hora de terminar me pilló intentando resolver sin éxito un último problema.
Lo dejé por imposible, entregué el examen y salí.
Clara me esperaba fuera, a pesar de que ella había terminado hacía algo más de media hora. Cuando salí del aula, se acercó a mí.
—¿Qué te pasa? ¿Te encuentras mal? —Puso el dorso de su mano sobre mi frente y luego en la suya propia, comparando temperaturas con la expresión de una madre preocupada—. No estarás enfermo, ¿no?
—No creo —dije empezando a avanzar.
—¿Entonces, qué te pasa? Llevas toda la semana fatal.
Suspiré recordando los otros dos exámenes de esa semana, pensando en que tampoco me había ido especialmente bien en ellos.
—Nada. —Me encogí de hombros—. Es que no he dormido bien y el examen me ha salido mal, eso es todo.
—Pero si química orgánica siempre ha sido tu asignatura favorita…
—Ya lo sé, pero no podía concentrarme.
Clara se colgó de mi brazo mientras seguíamos caminando y apoyó su cabecita sobre mi hombro.
—¿No crees que ya es hora de que te reconcilies con Pablo?
Me puse rígido al instante.
—Yo no estoy enfadado con Pablo.
—¿Estás seguro? —insistió ella—. Sé que pasa algo entre vosotros, aunque no quieras decírmelo. No os habréis enrollado, ¿verdad?
—No —sonreí—, no es eso. Es… complicado —dije, porque ni yo mismo sabía qué era lo que pasaba entre nosotros.
—Entonces, ¿por qué no vas a su casa y hablas con él?
Asentí.
—Sí —dije, como si me percatara de esa posibilidad por primera vez—, ¿por qué no?
Esa tarde me dirigí a casa de Pablo preguntándome qué era lo que me ponía tan nervioso. Al fin y al cabo, él era mi mejor y mi más íntimo amigo, no tenía por qué sentirme intimidado. ¿O sí?
En el fondo tenía que admitir que me había dolido saber que Pablo y Darío se habían enrollado, pero no por las razones correctas: había descubierto con una pizca de sorpresa que quizá Pablo no estuviera celoso porque yo le gustara, sino porque quizá quien le gustaba era Darío.
«¿Y qué si Pablo no está enamorado de mí?
», me decía esa tarde yendo para su casa.
Al fin y al cabo, era lo mejor, Pablo era sólo mi amigo y yo no quería nada con él.
¿O sí lo quería? Si bien me la traía floja con quién se acostara Darío, los celos me corroían sólo de imaginármelos juntos.
Para cuando llegué al piso, estaba hecho un lío. Toqué el timbre y fue Eva quien me abrió la puerta.
—¿Y Pablo? —pregunté.
—Está en su habitación.
Ella no se movió del sitio, ni me hizo ningún gesto para dejarme pasar.
—¿Puedo entrar? —pregunté al final de unos incómodos segundos de silencio.
—Si de verdad es lo que quieres… —Se encogió de hombros mientras se hacía a un lado.
Al pasar junto a ella, le eché una miradita de «no eres más rara porque no lo intentas», antes de dirigirme a la habitación de Pablo.
Di dos rápidos golpes en la puerta de madera y abrí sin esperar contestación, para quedarme luego de piedra en el umbral, arrepintiéndome de haber ido con tantas prisas.
Tardé unos segundos en darme cuenta de que el amasijo de brazos y muslos que había sobre la cama eran Pablo, Josep y Álvaro, y que tres pares de ojos me miraban muy abiertos, mientras toda esa carne expuesta se quedaba estática por mi intromisión.
Un enfado que tenía mucho que ver con los celos subió desde mi abdomen hasta mi garganta.
—¿Pero qué le pasa a todo el mundo con los tríos? —grité, exasperado, antes de abandonar la habitación en dirección a la salida.
En mi camino me crucé con Eva, que susurró algo así como «ya sabía yo que no ibas a querer entrar».
Cuando mi mano alcanzó el pomo de la puerta, Pablo me aferró por la muñeca.
Me había seguido desde su habitación, sin permitirse un momento para vestirse siquiera.
Su otra mano intentaba sin mucho éxito cubrir su erección, demostrando que Pablo tenía pudor, aunque parecía reservarlo sólo si había mujeres presentes.
—¿Pero qué demonios te pasa?
—¿Pero qué demonios te pasa a ti? —grité, soltándome de su agarre—.
Faltas al trabajo, dices que estás enfermo, no das señales de vida más que para ponerte borde conmigo, y encima, cuando vengo a verte, te pillo pasándotelo en grande con esos dos.
—Señalé a Josep y Álvaro, que habían tenido la decencia de ponerse los pantalones antes de asomarse a la puerta.
—Veo venir una ruptura de cojones… —dijo Eva por lo bajini.
—Y tú, cállate —exploté—, entrometida de mierda…
—Oye, relájate, que yo no tengo la culpa de que tu novio moje el pincel en otro cuadro. Los celos no los pagues conmigo.
—Pablo no es mi novio, ¡y no estoy celoso!
—Eh —dijo Pablo intercediendo entre ambos—, haya paz. —Le miré desafiante, pero él se limitó a poner una tranquilizadora mano sobre mi hombro—. Anda, ven conmigo.
Lancé una última mirada a Eva mientras Pablo me cogía de la muñeca y me llevaba a su habitación, de la que los otros dos ya habían hecho un discreto mutis. Sin embargo, la cama seguía revuelta y en el cuarto persistía ese inconfundible olor a culos y semen tan característico de cualquier orgía gay.
Me quedé tieso junto a la puerta, mientras Pablo se vestía y recogía un poco la cama, mostrándose un tanto azorado al hacerlo.
Luego prendió una varita de incienso y abrió la ventana.
Yo seguía de pie, preguntándome por qué me estaba comportando como un novio celoso, hasta que me di cuenta de que tenía verdaderas razones para sentirme así.
—Siéntate, por favor. —Me señaló la cama, ya adecentada. Durante un momento me sentí reticente a sentarme allí, pero luego pensé que era una tontería y lo hice.
Pablo me miraba desconcertado y yo decidí atacar:
—¿No tienes nada que decirme? —pregunté elevando las cejas.
Me miró de nuevo con cierta cautela, sin darse cuenta aún de por dónde iban los tiros.
—¿Acerca de qué? —tanteó.
—Acerca de mi novio.
—Ah, eso. —Se sentó a mi lado en la cama—. ¿Te lo ha dicho él? —Asentí—. Pues podría haberse cortado un poco.
—¿Qué pasa? ¿Ahora es culpa suya?
—Tampoco es culpa mía —respondió poniéndose a la defensiva.
—No, yo no he dicho eso, pero hubiera preferido enterarme por ti.
—Lo sé, pero no es algo agradable de decir, y nunca encontré el momento para hacerlo. Además —añadió acercándose a mí con cautela, como si pensara que yo rehuiría su contacto—, pensé que quizás lo habías supuesto ya, y que no te importaba.
—La verdad es que nunca te pregunté porque no quería oírlo —confesé—. Y no estoy enfadado contigo, ni con él… Es que… —Le miré a los ojos por primera vez desde que había llegado—. Quiere que nos montemos un trío.
—¿Tú, yo y él? —preguntó con asombro—. Esta sí que es buena. ¿Y qué le dijiste?
—Que tenía que pensarlo y hablarlo contigo.
—¿Tú quieres hacerlo?
—¿Es que tú sí quieres? —dije, poniéndome esta vez yo a la defensiva.
—Bueno, no lo sé —contestó en un alarde de sinceridad—, nunca antes me habías ofrecido con tanta concreción que tuviera sexo contigo.
—¿Entonces sí quieres? —Pablo se encogió de hombros—. Pero, ¿es por mí o por Darío? —insistí.
—Noah —dijo muy despacito—, yo no tengo ningún interés en follarme a tu novio.
—¿Ah, no?
—No, cuando me lo tiraba no era tu novio, yo nunca te haría algo así. —Se inclinó hacia mí y me apartó el pelo de la cara con dulzura—. Sabes que se acuesta con otros, ¿verdad? —Asentí—. Pero no conmigo, no desde que sales con él.
Intenté hacer como que no me importaba, pero no lo conseguí.
—¡Joder! —exclamé levantándome de un salto—.
Siempre me pasa igual —añadí caminando en círculos por la habitación—.
Siempre me pongo celoso por cosas que no deberían importarme, con David también me pasó.
—Me paré delante de él—. Cuando me hablaba de otros amantes, cuando me enteré de que fue Hugo quien le desvirgó, cuando conocí a Mariam…
y a Ricardo —añadí abatido, sentándome de nuevo a su lado—.
Sé que no debería ponerme celoso por cosas así, pero no puedo evitarlo.
Y ahora me está pasando de nuevo, pero no de la manera que tú crees.
—¿Qué quieres decir?
—Que lo que me pone celoso no es que Darío se acueste con otros, o que se acostara contigo. —Le miré—. Sino que tú te acostaras con Darío. Me molesta pensar que él te conoce mejor que yo.
—¿Me estás diciendo eso en serio? —preguntó esbozando una sonrisa. Asentí—. Nadie me conoce mejor que tú, Noah. Nadie sabe tanto sobre mí.
—Ya, pero…
—¿Pero qué?
—Que a veces pienso que lo único que nos falta es hacer… eso.
Pablo me miró serio un momento, acariciándose la barbilla con actitud pensativa. Luego, en un gesto inesperado, se abalanzó sobre mí.
—¿Me quieres? —preguntó socarrón, aplastándome bajo el peso de su cuerpo.