A través del sexo. La saga completa 15. Tentando la suerte #3
23%

15. Tentando la suerte #3

—Tú tampoco, teniendo en cuenta que no hace ni un mes andabas loco para que me buscara un novio.

—¿Y qué le vas a decir?

—Aún no lo sé.

—¿Te gusta?

—Sí.

—¿Entonces?

Le robé de nuevo el canuto y di otra calada, pensando en cuánta información quería darle.

—¿Alguna vez has pensado en hacer algo muy sucio? —pregunté al fin.

—A veces estoy tan cansado al salir del curro que pienso en meterme en la cama sin haberme duchado, pero es una guarrada porque huelo fatal.

Resoplé, sonriendo a mi pesar.

—No era eso lo que quería decir.

—¿Dices desde un punto de vista sexual?

—¿Alguna vez has querido hacer algo muy fuerte?

— Uff , sí —rio—, un montón de veces, y casi siempre termino haciéndolo, sobre todo estando borracho. —Se inclinó sobre mí y me miró con una sonrisa peligrosa—. ¿Darío te pidió que hicieras algo muy fuerte? —Asentí enérgicamente—. ¿Lo hiciste?

—No.

—Pero… ¿querías hacerlo?

—No lo sé —confesé.

—¿No me vas a dar detalles escabrosos? —preguntó con ojos pícaros.

—Pablo, no empecemos —advertí.

—Vale —se rindió—, no estamos de humor. ¿Y es por esa cosa tan sucia que te pidió que hicieras por lo que ahora dudas si seguir saliendo con él o no?

Me giré y le miré sorprendido.

—¿Cómo lo sabes?

—¿No te dije que Darío era del tipo que a ti no te gustaba? Ya sabía yo que esto iba a pasar…

—No sé qué hacer —susurré compungido—. Es dulce, está muy bueno y besa superbien, pero luego… me pide cosas que ningún otro me ha pedido nunca.

—¿Y desde cuándo eso es algo malo? No voy a decirte que debas o que no debas salir con él, pero si te gusta y te hace disfrutar en la cama, no veo cuál es el problema solo porque te pida que hagas cosas «sucias» de las que tú también vas a disfrutar.

Consideré la cuestión un momento, maravillado por la capacidad de Pablo de verlo todo tan sencillo.

—Supongo que tienes razón.

—¿Entonces vas a salir con él?

—Creo que sí.

— Mmhh . —Se abrazó a mí más fuerte—. ¿Y vas a dejar de venir a dormir a mi casa cuando estés con tu novio supersucio?

—No —le prometí apretando su mano—, tú siempre vas a ser mi amigo especial, pase lo que pase.

Se giró sobre mí y me dio un beso en los labios: largo, lento y con lengua. Luego me miró y acarició mi pelo.

—Lo mismo te digo.

A la mañana siguiente las cosas me parecían en parte más claras, aunque no tanto como a Pablo, pero me esforzaba en pensar que quizás él tuviera razón y yo estaba comportándome de nuevo como un mojigato. ¿Y qué si a Darío le iban los tríos? ¿Acaso era eso algo malo?

Rememoré lo que pasó la noche anterior, recordando lo bien que me había sentido estando en sus brazos, lo apacible que había sido todo hasta que él me hiciera esa proposición.

¿Había reaccionado exageradamente al enfadarme por eso?

Recordé con un placer culpable la visión del cuerpo desnudo de Jorge, húmedo de jabón en la ducha.

No me había permitido a mí mismo recrearme en esa escena hasta entonces, pensando que él era terreno vedado, pero ahora…

Me imaginé a mí mismo entre esos dos hombres, con sus esculpidos cuerpos rodeándome, sometiéndome y poseyéndome a la vez, y sentí una explosión de sensualidad en el vientre.

La idea me atraía. Tenía que ser sincero conmigo mismo y confesar que montarme un trío era una de esas fantasías ocultas que Darío se había ofrecido muy diligentemente a realizar.

Entonces, ¿por qué había reaccionado así y había huido? ¿Por qué me sentía tan sucio?

Mi vocecita insidiosa, esa que siempre tenía la razón, empezó a hacerse camino en mi cabeza. Intenté acallarla, pero al final se hizo oír: «Porque estás enamorándote de él».

Gemí con frustración y me acurruqué aún más entre las sábanas.

¿Qué tenía que ver el amor en todo eso? Darío me había dicho que quería algo más que sexo entre nosotros, y si íbamos a ser novios, lo lógico sería que yo le satisficiera en la cama como a él le gustaba.

Entonces, ¿qué era lo que me molestaba tanto?

«Que no es como David», volvió la voz incordio.

«Te molesta porque David nunca te hubiera compartido».

Me di unos minutos para pensar en él: su carácter posesivo, su afán de dominarme, su necesidad de hacerme entender que yo era sólo suyo. Un escalofrío de placer me recorrió al recordar cómo me susurraba esas cosas mientras me hacía el amor. En cambio, Darío nunca iba a decírmelas.

Volví a girarme en la cama mortificado, pegándome esta vez al cuerpo de Pablo, que aún seguía dormido. ¿Por qué estaba ahora pensando en David?

—Ey. —Pablo se despertó sonriendo—. ¿Qué haces tan cerquita?

—Estoy hecho un lío.

—¿No me digas? —dijo, más preocupado por morderme el cuello y meterme mano por dentro de la camiseta que por mis tribulaciones sentimentales—. Oye, ahora que estás a punto de perder tu soltería, quizá esta sea la última oportunidad que tengamos para enrollarnos. ¿Te apuntas?

Me reí porque sabía que estaba de broma.

—Aparta, que estás cachondo.

—Y tú también —respondió haciéndome ver que había notado mi erección. Nos abrazamos entre risas, pero no pude evitar preguntarme por qué estaba excitado. ¿Era porque había estado pensando en Darío? «No», volvió la vocecita. «Es porque estabas pensando en David».

Llamé a Darío esa tarde y le pedí que volviéramos a quedar. Nos vimos en la misma cervecería del día anterior, porque yo prefería verle en terreno neutral y hablar con él en un lugar en el que supiera que no iba a estar su amigo.

Cuando llegué, ya estaba esperando por mí, leyendo la prensa deportiva en su mesa. En cuanto me vio llegar, bajó el periódico. No supe cómo saludarle, así que me limité a musitar un «hola» y sentarme junto a él.

—¿Cómo estás? —me preguntó. Había genuina preocupación en su voz.

—Bien, ¿y tú?

—Acojonado, pensando que me vas a mandar a la mierda.

Bajé la mirada.

—Me gustas un montón.

—Pero…

Le miré de nuevo.

—No hay ningún pero.

Me dedicó una sonrisa deslumbrante.

—¿En serio?

Asentí.

—Como tú dijiste, es algo raro, y aún no lo entiendo muy bien, pero quiero estar contigo.

—Pensaba que no querrías volver a verme.

—Al principio yo también lo pensé —admití.

—Noah, si salimos, no voy a ser uno de esos novios convencionales.

—Eso ya lo sé.

—Ni voy a hacerte ninguna promesa.

Pensé en todas las promesas que le había hecho a David: que sería siempre suyo, que no habría nunca nadie más, que le querría siempre, pasara lo que pasase; las había roto todas. ¿De qué serviría formular otras nuevas?

—Yo a ti tampoco.

—¿No te importa? —Mi respuesta pareció sorprenderle—. Pensaba que eras de esos chicos mimosos.

—Y lo soy —admití—, pero no quiero… —Le miré de nuevo—. No es un novio convencional lo que necesito ahora mismo.

Se acercó a mí lo suficiente como para poder susurrarme al oído:

—Duerme conmigo esta noche.

—No puedo. Vamos a empezar la época de exámenes y tengo que estudiar un montón. Mi madre se enfadará si paso de nuevo la noche fuera.

—De acuerdo, pero ven al menos un rato. Estoy loco de ganas por follarte otra vez.

Me estremecí violentamente.

—De acuerdo.

No me atreví a preguntarle por Jorge, no queriendo tentar mi suerte, convencido de que Darío tampoco tentaría la suya.

No al menos esa noche. Cogió mi cara entre sus manos y me besó.

Sentí la mirada de los demás clientes sobre nosotros: observando, juzgando, condenando.

«Qué más da». Me entregué al beso olvidando al resto del mundo.

Tenía a alguien a mi lado, eso era lo que importaba.