15. Tentando la suerte #2
Salimos de allí unas horas más tarde, con la barriga llena y la cabeza embotada después de un par de cervezas.
Caminamos hasta la avenida junto al muelle y hablamos mirando al mar.
La luna estaba llena esa noche y su reflejo titilaba en las brumosas aguas.
Hacía frío y nuestro aliento se arremolinaba frente a nuestras bocas al exhalar el aire.
No recuerdo muy bien la conversación que tuvimos, en todo caso, el fuerte de Darío no era la oratoria, y sin embargo se me hizo bastante obvio que estaba intentando impresionarme.
Era como si, después de haber iniciado nuestra relación desde un punto de vista sexual, él quisiera demostrarme que no era eso lo único que estaba dispuesto a ofrecerme.
También yo había decidido por mi cuenta que Darío no iba a ser uno más en mi lista de acompañantes anónimos y efímeros.
En un momento dado, nuestras manos se encontraron y por la expresión entre ansiosa y esperanzada que vi en sus ojos, supe que el movimiento lo había iniciado él. Entrelacé mis dedos con los suyos y llevé el dorso de su mano hasta mis labios.
Se acercó a mí más de lo que nunca había dejado a otro chico hacerlo en plena calle, y su aliento se confundió con el mío mientras hablaba, a centímetros de mi boca.
—¿Puedo llevarte ya a mi habitación?
Sonreí, sintiendo que entraba de nuevo en terreno conocido.
—Pensaba que no me lo ibas a pedir nunca.
Nos dirigimos paseando hacia la residencia universitaria, así que para cuando llegamos, tanto mi estómago como mi cabeza se sentían más ligeros. A esa hora había muchos chicos entrando y saliendo, y nadie reparó en nosotros cuando entramos en su habitación. Para mi alivio, estábamos solos.
—¿Y tu compañero?
—¿Qué pasa con él?
—Que no va a interrumpirnos, ¿no?
—No —se acercó—, él es muy enrollado y nunca interrumpe.
—¿Qué haces? ¿Pones una señal en la puerta o algo así?
Se encogió de hombros mientras empezaba a desabrochar la hebilla de mi cinturón.
—No hace falta.
No tardamos mucho en estar enredados de nuevo entre sus sábanas. Darío era muy dominante, por lo que disfrutaba de mi fingida resistencia. A mí no me costaba nada entrar en ese juego, que también resultaba excitante para mí.
—¿Qué? ¿Qué pasa? —me preguntó justo después de hacerme el amor, porque yo no dejaba de mirarle poniendo ojitos.
—Nada —susurré, acariciando su pecho en círculos con la yema del dedo índice. Estaba tumbado boca abajo, con mi costado izquierdo pegado al suyo, notando su corazón latiendo muy fuerte junto al mío.
—¿No te estarás colgando de mí, verdad?
—¿Sería un problema si así fuera? —dije, ni confirmándolo ni negándolo.
—No, porque yo también estoy empezando a colgarme mucho de ti. Me traes loco. —Reptó sobre mi cuerpo, poniéndose sobre mi espalda—. Además, no está de más que estés colado por mí, porque eres mío. —Puso la palma de su mano sobre mi tatuaje—. ¿Ves? Lo dice aquí: «D» de Darío.
—En realidad…
Me volteó, dejándome boca arriba, y tapó mis labios con los suyos, no queriendo oír mis explicaciones.
—«D» de Darío —repitió cuando se separó de mí.
—Como tú digas —musité entregado de nuevo.
Bajó por mi pecho, mordiendo la piel de mi abdomen hasta hacerme reír. Me removí debajo de él, intentando que parara.
—Estate quieto —ordenó, cogiendo mis manos entre las suyas.
Viendo venir una nueva oportunidad de juego me revolví otra vez, a sabiendas de que era inútil, porque él era mucho más fuerte que yo—.
Niño malo, voy a tener que atarte a la cama —mientras decía eso, sacó de su mesa de noche una pequeña cuerda y ató mis muñecas con ella a la cabecera de metal forjado.
Hice un débil intento de soltarme, a lo que él respondió atándome con más fuerza.
—Te gusta jugar duro, ¿eh? —preguntó con evidente deleite.
—A veces —respondí con picardía.
Se sentó de rodillas entre mis piernas, apoyando mis muslos sobre los suyos y acariciándolos, mientras nuestras erecciones se rozaban ligeramente.
Arqueé mi espalda y elevé mis caderas, convirtiendo el roce en una agradable fricción.
Con un rictus de deseo, Darío se inclinó sobre mi cuerpo y empezó a lamer mi abdomen y mis ingles, electrificando mi piel a su paso.
Cerré los ojos, disfrutando de los suaves momentos preliminares en los que era tan dulce, antes de convertirse en la bestia salvaje que era cuando me penetraba.
—Darío… —susurré.
Subió de nuevo y me besó en la boca.
—¿Qué?
—Estoy empezando a colgarme de ti.
—Ya lo sé —respondió.
—¿En serio? ¿Tanto se nota?
Asintió despacio, volviendo a tomar mis labios entre los suyos, mordisqueándolos con suavidad.
Me encontraba por fin en ese nebuloso estado de levitación, justo cuando empiezas a sentirte en las dulces alas del amor.
«Qué extraño», pensé mientras Darío me seguía besando, dándome cuenta de que era la primera vez que me sentía así con alguien que no fuera David, y que era maravilloso y liberador.
—Oye… —susurré.
—¿ Mmmh ? —respondió él con la boca ocupada en mi ombligo.
—¿De verdad no puedes cerrar la puerta, o trancarla o algo?
Me miró, algo hastiado.
—¿Por qué?
—¿Cómo que por qué? —sonreí. El pensamiento de que Jorge podría entrar en cualquier momento no me dejaba disfrutar al máximo—.
¿Eres tonto? Es que me da mucho palo que entre tu compañero.
Pasa la llave o pon una señal, y luego te dejo hacerme todo lo que quieras.
—Me removí bajo su cuerpo y rocé mis caderas con las suyas, dándole a entender el tipo de cosas que me iba a dejar hacer—.
No lo hagas sólo por mí. Tu pobre amigo va a flipar si nos pilla en la cama.
—¿Quién? ¿Jorge? —De repente se echó a reír, dejándome un poco descolocado—. Jorge no lo fliparía, más bien se pondría bastante cachondo y querría unirse a la fiesta.
—Razón de más para que cierres la puerta —respondí algo escandalizado—. Ya sé que Jorge es gay, pero…
—¿Pero?
—Que no bromees con eso. El otro día intentó entrarme y no creo que…
—No me extraña, estás muy bueno. Y, además, Jorge y yo compartimos gustos en cuanto a chicos se refiere, siempre nos gustan los mismos.
—¿Y no te molesta que tu amigo me tire los trastos?
—¿Por qué iba a molestarme? Somos muy, muy buenos amigos y lo compartimos todo.
—¿Cómo que todo?
—¿No te gustaría? —preguntó a su vez.
—¿El qué? —respondí, poniéndome en alerta.
Darío volvió a acostarse sobre mí y me lamió los labios antes de contestar:
—Que Jorge entrara por esa puerta y se nos uniera.
—No estás hablando en serio, ¿verdad?
—Me acabas de decir que te gusta jugar duro…
—No era eso a lo que me refería.
—¿No te gustan los tríos?
—No lo sé —titubeé—, nunca he hecho ninguno…
—¿Y nunca lo has deseado? —Le miré, incapaz de contestar.
Él se rio—. ¿Lo ves? No hay fantasía que no puedas cumplir conmigo, incluso la más retorcida u oculta.
—Volvió a lamerme los labios, en actitud lasciva—.
Haré cualquier cosa que tú me pidas, si tú haces lo que yo te pido.
No me gustan las relaciones convencionales.
—¿Qué significa que no te gustan las relaciones convencionales?
—Bueno, ya sabes…
—Quieres decir que piensas seguir acostándote con quien te dé la gana, ¿no?
—Más o menos.
Apreté la mandíbula, sintiéndome extrañamente estafado.
—Darío, desátame.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Porque quiero irme. Desátame.
—Vamos, Noah, no te irás a enfadar…
—Darío… —advertí.
—Está bien —contestó obedeciéndome.
Me levanté dispuesto a marcharme y empecé a vestirme.
—Jorge y tú habéis hecho mucho eso, ¿verdad? —pregunté sin mirarle.
—¿Compartir a otros chicos, quieres decir? —Asentí—. Sí, a veces…
—¿Y eso dónde me deja a mí? —dije, sintiéndome ultrajado.
—Donde tú quieras. No te voy a obligar a hacer nada.
—Pensaba que teníamos algo especial…
—Y lo tenemos —me aseguró él, buscando mi mirada—, lo que siento por ti no tiene nada que ver con Jorge. Hace un rato te estaba diciendo que estoy loco por ti, y tú me dijiste lo mismo.
—Pensaba que querías que saliéramos.
—Y es verdad.
—No te entiendo. ¿Qué quieres que sea? ¿Uno de esos chicos que compartes con tu amigo?
—¿Eso es lo que quieres tú? —Como toda respuesta terminé de vestirme y me encaminé a la puerta—. No te vayas así, quédate a dormir y hablamos…
—No quiero. Además, le dije a Pablo que estaría con él esta noche —mentí.
—¿Voy a volver a verte?
No le miré mientras contestaba:
—Te llamaré.
En realidad, la mentira que le dije a Darío pareció salir de la repentina necesidad que tuve de ver a Pablo, olvidando mis recelos de esa semana con respecto a él.
Le llamé cuando ya iba de camino a su casa y le convencí para que me esperara allí en vez de salir, lo que me costó bastante, porque según sus propias palabras ya estaba vestido «para triunfar».
Cuando me abrió la puerta, aún llevaba su ropa de guerra: vaqueros muy ajustados y una camiseta de manga hueca con la frase: «Tengo un tercer ojo, ¿te lo enseño?
». Le seguí hasta su habitación y, una vez allí, se la quitó y sacó de no sé dónde una ristra de condones que, por lo visto, había tenido intención de usar.
—Espero que sea importante, que esta noche tengo ganas de follar. ¿O vienes a ofrecerte?
Obviando su insinuación, abrí su armario y me puse uno de sus pijamas. Se apoyó contra el escritorio y empezó a liarse un porro.
—Aún no me has dicho qué te pasa.
Me metí en su cama y me tapé con el edredón hasta las orejas.
—No me pasa nada, es que tengo sueño.
—No me vengas con milongas, que aún no son ni las doce de la noche. ¿Qué te pasa?
Le oí dar una calada a la vez que el olor de la maría asaltaba mi nariz.
—¿Te importaría abrazarme?
Suspiró con pesar y se metió entre las mantas conmigo.
—¿Has vuelto a ver a Darío? —tanteó, pasándome el porro.
Le miré, buscando algún resquicio de celos en su expresión, antes de tener tiempo de reprenderme a mí mismo por ello.
—Sí —di una calada y se lo devolví.
—¿Y qué tal?
—Bien. Me ha pedido que salga con él.
Se abrazó a mi espalda y apoyó el mentón en mi hombro, mirándome.
—No pareces muy emocionado.