15. Tentando la suerte
TENTANDO LA SUERTE
M e desperté bien entrada la mañana del martes en una habitación que me fue ajena durante los segundos que tardé en recordar dónde y con quién había pasado la noche, pero me encontraba solo en la cama.
Oí un ruido de agua correr y supuse que mi nuevo amante se estaría dando una ducha.
Me levanté, desnudo como estaba, y me dirigí hacia el baño.
—Buenos días —dije con voz cantarina antes de darme cuenta de mi error.
El chico que estaba en la ducha también era muy musculoso y casi de la misma estatura que Darío, pero no era él.
Supuse enseguida que debía de ser el tal Jorge, pero me quedé petrificado al encontrarme cara a cara con un completo desconocido y me reproché en silencio mi torpeza por haber olvidado que Darío tenía un compañero de habitación.
—Buenos días —respondió con total desparpajo, como si no se diera cuenta de lo violento de la situación.
Recorrió mi cuerpo con su mirada, haciéndome recordar de golpe que estaba en pelotas, y aunque tuve la suficiente presencia de ánimo como para no taparme los genitales con las manos, porque habría sido una estupidez, no tuve la entereza necesaria como para encontrar una respuesta adecuada.
—Darío no quiso despertarte —continuó mientras se enjabonaba el pelo, sin mostrar ningún atisbo de pudor por el hecho de que yo le estuviera mirando—, fue a comprar algo para el desayuno. ¿Te apetece darte una ducha?
—La verdad es que sí, cuando tú termines…
—No hace falta que esperes, puedes ducharte conmigo si quieres.
Había un tono en su voz que no dejaba dudas acerca de sus intenciones.
— Emmh …, no, gracias —respondí, cogiendo mi ropa del suelo a la vez que hacía un rápido mutis.
Fui de nuevo hasta la cama, recordando con pesar que mis calzoncillos debían de seguir dentro de la ducha, y que estarían completamente mojados.
Siempre he odiado ponerme vaqueros sin ropa interior, pero esa vez no tuve opción, no solo porque ponerse unos empapados debe de ser más incómodo que no ponerse ninguno, sino porque tampoco tenía ganas de volver a entrar al baño, no fuera que el chicarrón de la ducha pensara que había cambiado de idea en cuanto a lo de compartir aseo con él.
Me estaba poniendo los vaqueros cuando Darío entró en la habitación con tres vasos de plástico, presumiblemente llenos de café, y una bolsa con cruasanes.
—Buenos días.
—Buenos días. —Cogí mi camiseta y me la puse.
—¿Ya te vas?
—Sí —respondí, aún incómodo y un poco enfadado al pensar que me había dejado dormido y a solas con otro tipo.
—Te he traído el desayuno.
—Gracias, pero de verdad que tengo que irme.
Soltó los bultos sobre la mesa y avanzó hacia mí.
—¿Hay algún problema? Porque creo que anoche te lo hice pasar muy bien.
—No es eso, claro que lo pasé bien, pero…
Antes de poder decir nada más, ya estaba contra la pared, con su cuerpo pegado al mío y su boca devorando trozos de mi piel.
—¿Cuándo puedo volver a verte? —susurró con voz ronca sobre mi oído.
—No lo sé.
Volvió a besarme, apremiante y posesivo, metiendo sus manos por dentro de mi camiseta.
—¿Puedo invitarte a tomar un café o algo así un día de estos? —Asentí bajo sus besos—. ¿Y luego me dejarás volver a follarte?
—Sí —gemí. Él siguió besándome, pero pude oír cómo el grifo de la ducha se cerraba, y temiendo que Jorge saliera del baño y se montara una escenita, intenté zafarme de él—. Para Darío, que me tengo que ir.
—Un último beso —jadeó contra mis labios antes de volver a atraparlos entre los suyos.
Me dejé llevar por el delicioso beso unos segundos más.
—Para ya, en serio —supliqué—, me estoy empalmando y no llevo ropa interior.
Rio bajito.
—Es verdad, tus calzoncillos deben de estar aún mojados —dijo entre besos—. ¿Me los puedo quedar como trofeo?
—Si quieres… —respondí ruborizándome un tanto.
—Entonces, ¿volveremos a vernos?
—Sí.
—¿Conoces la cervecería de la esquina de la calle Rivera, la que está junto al teatro?
—Claro.
—Allí, el sábado a las ocho, ¿te parece?
—No lo sé, la semana que viene me empiezan los exámenes.
—Ya, y a mí, pero quiero verte aunque sea un rato.
Algo nervioso, decidí que ese no era el momento para discutir.
—De acuerdo —prometí desembarazándome de él al fin.
Salí de la habitación a la vez que oía cómo se abría la puerta del baño. «Justo a tiempo», pensé con una sonrisa antes de darme cuenta de que tenía una cita. Mi sonrisa se ensanchó aún más.
A medida que avanzaba la semana y tras varios días pasados en la biblioteca bebiendo café de máquina, estudiando, intercambiando apuntes con compañeros y rompiéndome la cabeza con fórmulas y datos, cada vez me parecía mejor idea quedar con Darío para echar un polvo y relajarme.
No me sentía tan estresado desde la época previa a la selectividad, pero ahora la presión era en cierta medida mayor: si no obtenía buenas notas, tendría que decir adiós a la beca íCaro y a la maravillosa UF7, y pasarme a una universidad pública, lo cual no me apetecía después de probar las delicias de una educación de élite.
El resto de la semana pasó sin mayores incidencias que tener que contarle a Clara que al parecer me estaba viendo con alguien.
Después de describirle centímetro a centímetro el cuerpo de Darío y las cosas que me dijo, omitiendo por descontado las partes pornográficas, ella pareció dar su visto bueno, como si yo lo necesitara.
Luego me dijo que ya era hora de que tuviera novio, dando por sentado que también necesitaba su opinión.
—¿Y qué dice Pablo de todo esto?
Estábamos en la biblioteca de la facultad, recogiendo los bártulos para ir a tomarnos el descanso para el almuerzo. La miré serio.
—Pablo no dice nada —mentí.
Aún recordaba la mirada que me había dedicado la noche que salí del local con Darío en vez de con él. En ella había habido resentimiento, de eso estaba seguro, pero… ¿No había también una pizca de celos?
Metí los libros en la mochila haciendo todo lo que pude para evitar los suspicaces ojos de Clara, seguro de que si su mirada se encontraba con la mía, iba a saber que yo temía que Pablo no se lo tomaría bien.
—¿Seguro que no te dijo nada? —Clara y su intuición sobrenatural. Negué con la cabeza y ella entrecerró los ojitos—. Con las ganas que él tenía de que te ennoviaras…
Decidí no responder. ¿Cómo explicarle que creía que Pablo estaba celoso? Porque en algún momento había decidido que definitivamente su mirada era de celos. Una burbujeante sensación subió por mi abdomen e intenté disimularla contraatacando:
—¿Y tú? ¿Cuándo te vas a echar novio?
—¿Y yo para qué quiero un novio? —me respondió como si esa fuera una idea peregrina.
—Pues para lo mismo que yo…
Ella se rio.
—Pero tú eres diferente. Se te nota a la legua que te hace falta estar con alguien; en cambio, yo prefiero estar libre, como un pajarito.
La miré con una pizca de asombro, pues no esperaba esa respuesta de una chica. De repente me sentí como si la chica fuera yo.
—El mundo al revés —mascullé.
—¿Qué? —me miró como si no me hubiera oído.
—Nada, cosas mías.
Pensé que la cita del sábado por la tarde sería puro trámite: un café, una charla ligera y a su cama a follar. Me equivoqué de pleno.
Llegué antes que él a la cervecería y me senté en una de las mesas del fondo, cerca de una vidriera, a través de cuyos cristales de colores se veía la calle con formas y tonos psicodélicos, pero no tuve que esperar mucho rato.
Distinguí su figura acercándose aún a pesar del efecto distorsionador del cristal y le vi entrar y pararse en el umbral, barriendo el local con la mirada hasta dar conmigo.
Cuando sus ojos se posaron en mí, sonrió y avanzó hacia mi mesa con paso resuelto y una expresión ladina en el rostro.
Se sentó a mi lado en la estrecha mesa, rozando mi rodilla con la suya al hacerlo.
Atrajo la atención del camarero y pidió dos cervezas.
En un televisor colgado de la pared retransmitían un partido de fútbol, Real Atlético Juventud contra el Universidad de la Defensa.
Le echó un vistazo, igual que había hecho yo al entrar para ver el marcador, y luego volcó toda su atención en mí.
—Tenía ganas de verte —dijo a bocajarro, estudiando mi rostro.
—¿Ah, sí? —Mi corazón comenzó a latir desbocado, pero el camarero llegó, trayendo las cervezas. Le di un largo sorbo a la mía, agradecido por esa oportuna interrupción.
—Sí —respondió él, llevándose su propia jarra a los labios y relamiendo el borde del cristal, manchado de espuma. Al verle hacer eso, otra imagen se apoderó de mi mente y tosí incómodo, intentando disimular mi sonrojo—. No he dejado de pensar en ti en toda la semana.
Esta vez mi sonrojo fue imposible de disimular. Él se rio.
—No te había tomado por un chico tímido. —Se reclinó contra el respaldo de la silla y me estudió con detenimiento—. ¿Voy a tener que emborracharte para poder llevarte a la cama?
—No —sonreí—, no es que sea tímido, es que…
—¿Es que qué? —preguntó apremiante, mientras volvía a inclinarse sobre mí.
—No lo sé, me parece que me pones nervioso.
En ese momento noté una mano deslizándose por el interior de mi muslo hacia mi entrepierna. Miré a Darío, quien sonreía con tranquilidad, sin dejar traslucir en su expresión lo que ocurría por debajo de la mesa.
—Me parece a mí que lo que hago es ponerte cachondo —susurró.
—Sí, eso también.
Aun por debajo de la mesa, cogió mi mano y la llevó a su propia erección.
—Y tú a mí. Me he empalmado nada más verte.
Nos miramos a los ojos y empezamos a reírnos.
—¿Te parece si pedimos algo de comer? —preguntó.
—Sí. —Di otro sorbo a mi cerveza—. Con algo voy a tener que acompañar esto.
—Vale. —Levantó la mano para llamar de nuevo al camarero—. Invito yo.