A través del sexo. La saga completa 14. Carpe Diem #5
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14. Carpe Diem #5

Pablo me miró ceñudo y yo me di la vuelta, haciéndole ver que quería concentrarme de nuevo en el espectáculo que se desplegaba sobre el escenario y que, entre nosotros, ya estaba todo dicho.

Darío vivía en una residencia universitaria cerca del casco antiguo de la ciudad.

Se suponía que no se podía entrar y salir tan tarde, pero en su caso era inevitable, puesto que eran sus horarios de trabajo.

También estaba prohibido llevar a las habitaciones compañía del sexo opuesto.

Esa es una de las grandes ventajas de ser gay, porque cuando íbamos entrando en el edificio, el guardia de seguridad, que estaba medio dormido en su silla, apenas nos echó un aburrido vistazo antes de volver a inclinar su gorra sobre los ojos y seguir descansando.

Riendo, empezamos a toquetearnos en el ascensor y por todo el pasillo camino a su habitación, por el que fuimos dando tumbos de pared en pared, besándonos con abandono.

— Shh —dijo divertido, llevándose un dedo a los labios—, no hagas tanto ruido, que nos van a echar.

—Pues que nos echen —exclamé yo, medio borracho tras adquirir cierta afición por las margaritas.

—Que te calles —me susurró, empujándome contra una puerta y cubriendo mi boca con la suya, para impedir que siguiera gritando.

Cuando consiguió doblegarme bajo sus besos y dejarme calladito, sacó unas llaves del bolsillo y, a tientas, las introdujo en la cerradura de la puerta que tenía detrás de mí.

Al abrirla, casi caigo de espaldas al perder mi punto de apoyo, pero él me agarró, atrayéndome hacia su cuerpo.

Me cogió sobre su hombro, cargándome como un saco de patatas, y me tiró sobre su cama, mientras yo reía sin parar.

Cerró la puerta y se giró hacia mí.

—Estás borracho —me reprochó.

—Ni lo niego ni lo afirmo —respondí con un tono altivo mientras intentaba incorporarme en la cama. La cabeza me dio vueltas y me volví a tumbar. Darío cubrió mi cuerpo con el suyo y volvió a besarme.

—Déjame adivinar qué has estado bebiendo.

—Lamió mi labio superior y dijo—: Sabes a tequila.

—Luego lamió el inferior—. Y a Cointreau.

—Volvió a besarme, llevando su lengua hasta el fondo de mi boca, tomándola por completo—.

Y también a lima. Usted está borracho de margaritas, caballero — concluyó riéndose.

—Me has pillado —admití hipando entre risas—, creo que me bebí tres. No, cuatro. No, espera. —Por ese entonces Darío me estaba explorando el ombligo y levantó la mirada, expectante—. Cinco, definitivamente fueron cinco.

—¿Ah, sí? —susurró Darío volviendo su atención a mi ombligo. Me hizo cosquillas con la lengua y me reí—. Qué niño tan malo, bebiendo de más.

Arqueé la espalda y moví mis caderas debajo de él.

—Vas a tener que castigarme —dije. Me removí lo suficiente como para quedar boca abajo y me bajé la cintura del vaquero, dejándole ver el principio de mi culo—. Lo que tienes que hacer es por aquí…

Darío se puso de rodillas sobre la cama y me miró riendo.

—No, lo que tengo que hacer es quitarte esa borrachera.

Se levantó y me cargó de nuevo sobre su hombro. Encendió la luz y me llevó hasta el baño.

—¿Qué hacemos aquí? —Miré a mi alrededor—. No hay ninguna cama.

—O te quitas la ropa, o te ducho con ella —advirtió.

—Ah, conque eso es lo que quieres, que me desnude… —Empecé a quitarme la camiseta—. Haberlo dicho antes.

Me quité los pantalones también y me quedé en ropa interior.

—¿No te falta algo? —preguntó señalando mis calzoncillos.

Levanté el dedo índice en actitud pedante.

—Pídemelo por favor.

Antes de darme cuenta, ya estaba dentro de la ducha, debajo de un chorro de agua fría y empapado hasta los huesos. Darío se desnudó y se unió a mí. Luego me tironeó de los calzoncillos, ahora mojados por completo.

—Por favor —dijo sonriendo.

Para ese entonces, el agua fría me había aclarado las ideas lo suficiente como para darme cuenta de que estaba dentro de la ducha del tío más bueno que me había echado a la cara en mucho tiempo, y que ese tío bueno tenía toda la pinta de querer follarme.

Me desembaracé de la ropa interior y le abracé, atrayéndolo hacia mí para que se mojara conmigo.

Volví a besarle, esta vez más consciente de lo que estaba haciendo, y más excitado, una vez que la bruma etílica se había disipado un tanto.

Él me correspondió como a mí me gustaba: tomando el control de la situación.

Me volteó, dejándome de cara a los azulejos, y empezó a explorar mi espalda y mis glúteos con sus labios y sus manos.

—¿Ya estamos más lúcidos? —preguntó.

—Sí.

Se arrodilló detrás de mí y empezó a lamerme el culo.

—¿Vas a ser un niño bueno y dejar que te folle?

—No. Me parece a mí que vas a tener que obligarme.

No sé por qué, tuve la sensación de que Darío era de esos a los que les iba ese rollo de dominación. Y no me equivoqué. En unos segundos me llevó en volandas de nuevo a su cama y me encontré debajo de él, con su erección apretándose contra mí.

Fue entonces cuando vi por primera vez que había otra cama en el cuarto.

—¿Compartes habitación? —le pregunté, preocupado de repente.

Darío me miró curioso mientras se inclinaba sobre mí para meter su mano en la mesita de noche y sacar un condón y un bote de lubricante.

—Sí, claro.

Echó lubricante en sus dedos y empezó a adentrarlos en mi interior. Él era de esos chicos que disfrutaban del ritual de la preparación, aunque yo nunca he sido de los que necesitan de ese tipo de cosas. Aun así, era placentero y gemí entrecortadamente.

—¿Y si llega tu compañero?

Darío rio mientras intensificaba su intrusión, haciéndome gemir más fuerte.

—No te preocupes por Jorge —musitó mientras empezaba a ponerse el condón—, sale tarde del trabajo. No llegará hasta las ocho o las nueve de la mañana.

—Pero… —Me incorporé un poco para intentar protestar.

Una de sus manos me agarró la nuca, presionando mi cabeza contra el colchón e inmovilizándome mientras la otra amordazaba mis labios, impidiéndome hablar.

Se hizo camino entre mis piernas, separando mis rodillas con las suyas, y se adentró en mí sin más preámbulos, disfrutando de mi aparente resistencia.

Al principio me asusté un poco por su brutalidad y forcejeé inútilmente bajo su fuerte agarre, sintiéndome subyugado y profanado.

Pero luego me di cuenta de que yo mismo le había pedido que me obligara, y que para él todo eso debía de formar parte del juego.

Me esforcé en relajarme y en disfrutar de sus embestidas.

Sus manos habían avanzado hasta las mías, sujetándolas contra la cama a ambos lados de mi cabeza, impidiéndome escapar, mientras seguía profundizando más y más en mi interior.

—¿Te gusta?

—Sí…

Eso debió de ser la señal que él esperaba para convertir el suave vaivén de nuestras caderas en una intensa follada, dura y violenta.

Jadeé bajo su cuerpo, inmóvil y pasivo, mientras cada acometida encontraba mis puntos de placer.

No tardé en encontrarme gritando, pidiendo por más, mientras Darío se esforzaba por hacerlo cada vez más rápido y más profundo.

El orgasmo llegó tan intenso que me hizo salpicar las sábanas de Darío de semen y lágrimas.

Me quedé allí tumbado, sintiéndole moverse aún dentro de mí, usándome para buscar su propia satisfacción, que llegó unos minutos más tarde.

Cuando terminó, lo hizo con un apagado suspiro junto a mi oído, antes de quedarse quieto y callado, reteniéndome entre sus brazos mientras su polla se deslizaba fuera de mi cuerpo.

Rodó sobre mí hasta quedar acostado a mi lado en la cama. Se quitó el condón y lo tiró despreocupadamente al suelo. Apoyé mi cabeza sobre su hombro y rodeé su pecho con mis manos, acariciando sus pezones.

—¿No me digas que eres de esos mimosos?

Me ruboricé como una colegiala virgen.

—Lo siento. —Me aparté de él con brusquedad—. No quería molestarte, es que…

Sus enormes brazos me rodearon, atrayéndome de nuevo hacia su cuerpo.

—No me importa —dijo—, es solo que me pilla por sorpresa. No pensaba que fueras así.

—¿Eso qué significa?

—Significa que si quieres quedarte a dormir, a eso de las ocho de la mañana tendremos compañía. ¿Te molesta?

—¿Sabe tu compañero que eres…?

—Oh, sí que lo sabe —respondió frunciendo el ceño.

—Entonces no me molesta.

Intensifiqué el abrazo y me acurruqué contra él. Darío comenzó a acariciarme el pelo, y yo me quedé dormido, con la sensación de estar, por fin, en el sitio correcto.