14. Carpe Diem #4
— ¡Aah! El caballego quiegue probag mi spécialité —dijo con una pasable imitación del acento francés.
— Oui —contesté riendo.
Pablo me guiñó un ojo mientras empezaba a mezclar licores y zumos en una coctelera al tiempo que comenzaba a instruirme en el fino arte de crear cócteles.
—Generalmente se sirven de aperitivo y tú ya has cenado, pero podemos hacer una excepción.
La margarita se hace con tequila, un triple sec, que puede ser Cointreau o Grand Marnier o el que quieras, y zumo de lima, aunque también se puede usar zumo de limón.
Se sirve en copa de Martini, fría y con el borde escarchado en sal.
—Tal y como me decía, me sirvió una copa ancha y transparente llena de un líquido amarillento, con el borde cubierto de sal y una rodaja de lima—. Ten cuidado, que es afrodisíaco.
—¿En serio? —Puse los ojos en blanco, pensando en mi apretada erección—. Pues vas a tener que dejarme entrar en ese almacén.
—No sé por qué, creo que vas a conseguir acceso tú solito.
En ese momento, otro de los camareros entró tras la barra y descubrí que era el chico que hasta hacía un momento había estado apoyado de cara contra la mesa del hombre que se lo estaba follando. Era moreno y muy guapo, con la mandíbula afilada y desafiantes ojos verdes.
—Ahora quiere un Martini —le resopló a Pablo mientras empezaba a agitar la coctelera—, por lo visto follar le da sed.
Me quedé pasmado mirando para él, por la naturalidad con la que hablaba del sexo que acababa de tener con un cliente.
Pablo le dijo algo al oído que debía de ser gracioso, porque ambos se rieron.
Me estaba preguntando si ese era uno de los compañeros a los que Pablo se follaba cuando me di cuenta de que ambos me miraban.
—Este chico es amigo mío —le decía Pablo al otro—, se llama Noah.
—Hola, Noah. —Se inclinó sobre la barra ofreciéndome su mano mientras me estudiaba con la mirada; la tomé gustoso haciendo lo mismo—. Me llamo Enric.
—Encantado.
—La verdad es que aún no le he presentado al resto de los chicos —dijo Pablo—.
Somos cuatro camareros —me explicó—, solemos ser cinco por turno, pero uno ha fallado esta noche.
Mira, ese de ahí es Darío. —Me señaló a un chico alto y de porte atlético, ideal para dar una clase de anatomía con su cuerpo, por la perfección con la que se marcaba cada músculo.
Llevaba el pelo muy corto y la barba como de tres días, que hacía resaltar aún más el hoyuelo de su barbilla.
Debía de estar en medio de la veintena—.
Y aquel de allí es Abel —dijo refiriéndose a un chico menudo que se dirigía hacia nosotros.
El tal Abel tenía unos enormes ojos azules y un ensortijado cabello del color de la paja que le hacían parecer una especie de dios griego.
Estoy seguro de que debía de tener al menos dieciocho, pues si no, no estaría trabajando allí, pero aparentaba menos, podría pasar por un chico de dieciséis sin ningún esfuerzo.
Su piel era aceitunada y su cuerpo semidesnudo parecía jugoso.
Fue entonces cuando me di cuenta de que Pablo era el menos atractivo de todos, lo cual me hizo pensar que quizá no consiguiera el trabajo por su físico, sino por su carácter abiertamente sexual.
También me di cuenta de que no podía apartar mis ojos de Abel.
Quizá él era fascinante para mí como yo lo debía de ser para hombres mayores que yo: tenía un aura de total vulnerabilidad y una belleza tan pura que hacía querer beber de ella.
Dejó una comanda de la cocina y llegó a la barra.
Se puso a mi lado mientras le pedía a Pablo varias bebidas, que mi amigo le preparó diligentemente en una enorme bandeja.
Mientras esperaba, Abel se giró hacia mí, notando que yo le miraba.
—Hola —dijo con total naturalidad—, ¿eres nuevo, verdad? Nunca te había visto por aquí.
Quizá sus palabras parezcan inofensivas, pero su tono no lo fue en absoluto. Si hasta ese momento pensaba que estaba excitado, lo que sentí entonces superó todas mis expectativas. Pude sentir un torrente de hormonas correr por mi sangre y dirigirla hacia mi pujante entrepierna.
—Soy amigo de Pablo —contesté con un hilo de voz, la mirada clavada en sus gruesos labios.
—¿En serio? ¡Pablo! —Se giró hacia él y puso pucheros—. ¿Tienes un amigo tan guapo y te lo reservas para ti solo? Qué malo eres.
Pablo se encogió de hombros mientras terminaba de llenar la bandeja de vasos y botellines de cerveza.
—A mí no me culpes, es que Noah a veces es un poco tímido. —Me guiñó un ojo mientras echaba el anzuelo—. Quizá luego puedas enseñarle el resto del local, como hoy me encargo yo de la barra…
—Encantado —dijo el otro mordiendo el sedal con entusiasmo, al tiempo que cogía la bandeja con una increíble habilidad y la cargaba con una mano por encima de la cabeza—, en cuanto tenga un momento libre vendré a ocuparme de ti.
No dudé ni un instante que eso era una promesa sexual, por lo que mi polla palpitó aún más insistentemente.
—Le has gustado —me dijo Pablo mientras preparaba otro cóctel, por si yo no me había dado cuenta.
—Eso parece. ¿Así es como uno se gana la entrada al almacén?
Él asintió.
—Empiezas a comprender.
Estuve un buen rato esperando, mientras me bebía una segunda Margarita, que esta vez tuve que pagar, y viendo el espectáculo, que consistía en una variedad de porno, desde el más duro hasta actuaciones medio cómicas y con una picardía sexual que te hacían reír y te excitaban al mismo tiempo.
Casi todos los actores eran muy atractivos, pero en realidad había para todos los gustos: chicos pequeños y de estructura delicada, hombres de cuerpos cincelados a base de interminables horas de gimnasio e incluso un par de tipos peludos como osos, uno de ellos con una barriga considerable, pero incluso él tenía su público.
Al final, descubrí que no era tanto el físico, sino la actitud sexual, lo que contaba, la capacidad de excitar y de no sentir vergüenza al hacerlo.
Me estaba riendo con los chistes picantes de una preciosa drag queen cuando sentí una mano recorriendo mi muslo.
Me giré, esperando encontrarme de pleno con los enormes ojos de Abel, pero vi unos pequeños y ladinos ojos negros que me observaban con interés.
Era Darío, el camarero alto y musculoso, pero en aquellos momentos parecía un halcón al acecho.
—Antes oí que Abel te ofreció enseñarte el local, pero está bastante liado. Yo tengo un rato libre. ¿Qué me dices de un paseo por los rincones más oscuros?
No hay que ser muy listo para darse cuenta de lo que pretendía. De hecho, como luego descubrí, Darío no sólo no conocía el significado de la palabra sutileza, sino que tampoco le importaba averiguarlo.
Sintiendo que en cierto sentido estaba siendo desleal, al haberme «comprometido» ya con el otro chico, busqué a Abel con la mirada, sólo para verlo entre los brazos de un cliente que le manoseaba y le susurraba al oído.
Dejando mis escrúpulos de lado, subí mi mirada por el cuerpo del hombre que tenía frente a mí: su estilizado abdomen, sus abultados pectorales, su hoyuelo en la barbilla y sus ojos, negros y clavados en mí.
Sintiéndome como un idiota por haber esperado algo de aquel chico, asentí y me levanté de mi asiento, dejando que cogiera mi mano.
Como esperaba, no me dio ningún paseo, sino que se limitó a hacerme entrar en el almacén de detrás de la barra.
Pablo arqueó una ceja al vernos entrar, pero no dijo nada.
Darío cerró la puerta detrás de sí y me apoyó contra la pared.
—He estado deseando hacer esto desde que te vi por primera vez —susurró.
Usó sus manos para asir mi nuca y acercar mis labios a los suyos, dándome un beso hambriento y posesivo, y el mundo dejó de girar.
Su boca, plena y jugosa, tomó la mía con su lengua de manera imperiosa, y su cuerpo se presionó contra el mío, inmovilizándome contra la pared y haciéndome sentir dominado.
Mis manos subieron hasta sus poderosos brazos que, rodeando mi cintura, me elevaron hasta que mis pies se separaron del suelo.
Abracé sus caderas con mis piernas y, enredados aún en un interminable beso, dejé que nuestras pollas se restregaran a través de la ropa.
Inmovilizado bajo el agarre de Darío, me sentía a punto de explotar. Buscando aún más contacto, presioné mis caderas contra las suyas, pero él me soltó, y volvió a ponerme en el suelo.
—¿Qué pasa? —gruñí insatisfecho.
—Tengo que volver a la sala.
Se inclinó para besarme de nuevo y sentí un nuevo rapto de sensualidad; mi cuerpo parecía querer recordarme que estaba muy lejos de sentirme satisfecho.
—El local cierra a las tres —me dijo bajito, su voz grave resonaba contra mi oído—, y esta noche te quiero en mi cama.
—Ni siquiera me has preguntado si quiero ir contigo —me atreví a decir.
—No lo necesito. Sé que quieres.
Se apartó de mí y salió del almacén, dejándome solo. Me quedé donde estaba un momento, intentando coger algo de aire antes de salir de allí y volver a tomar mi lugar en la barra.
—¿No te dije yo que ibas a entrar en el almacén? —De repente Pablo estaba junto a mí, fingiendo que limpiaba la barra para justificar nuestra cercanía—. Y con Darío, nada menos.
—¿Por qué lo dices?
—Oh, por nada en especial…
Noté una nota desagradable en su voz.
—¿No te cae bien?
—¿Quién? ¿Darío? —Asentí—. No es que no me caiga bien…
—Entonces, ¿qué?
—Que no pensé que te gustaría.
—Pues me gusta —admití—, nos hemos enrollado y me ha pedido que me vaya con él esta noche.
—¿Y qué le has dicho?
—Nada, pero él sabe que yo quiero ir.
—Pensaba que hoy dormirías en mi casa. —Noté un pequeño matiz de celos en su voz que intenté ignorar, pensando que quizá por eso parecía molesto por la idea de que yo estuviera con Darío—. Pero supongo que no quieres desaprovechar la oportunidad.
—No, no quiero.