A través del sexo. La saga completa 14. Carpe Diem #3
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14. Carpe Diem #3

—Eso mismo dijiste la primera vez que te llevé al Sodoma, y mira la que liaste después.

No vas a ver nada que no hayas visto ya en el cuarto oscuro, solo que allí es todo más bonito.

Los tíos están todos muy buenos. No pierdes nada por ir a ver, encima que te voy a colar gratis.

No es tan sórdido como tú te lo imaginas.

Solo son actores porno haciendo su trabajo en un escenario, con camareros medio desnudos que sirven las mesas y los clientes, que se la machacan por debajo de los manteles mientras miran el espectáculo.

—¿Y eso no es sórdido?

—No —respondió mordiéndose el labio inferior—, es jodidamente excitante.

No tardé en darme cuenta de que Pablo tenía razón.

El local tenía un aura de exuberante decadencia que era atrayente desde un punto de vista sexual, aunque el exterior no lo hacía presagiar.

La entrada no era ostentosa, no había luces de neón o carteles como en el Sodoma o en los locales de porno show que había a las afueras de la ciudad.

Estaba en una calle más bien céntrica en la parte antigua de la ciudad, en un edificio de aspecto industrial, con una fachada de ladrillos rojos, cuyo portal solo se diferenciaba de los demás porque había dos matones frente a él.

Rodeamos el edificio para entrar por la puerta de servicio, que estaba en un lateral, y me encontré en la trastienda de una cocina, donde unos orientales atareados hablaban en su propio idioma. Ninguno me prestó la menor atención.

—Espérame aquí —me dijo Pablo—, tengo que ir a ponerme el uniforme. Estate quieto y no digas nada. —Echó una miradita para atrás—. No te creas ni por un instante que esos coreanos no entienden el español.

Se fue antes de que pudiera contestarle y me quedé pegado a una esquina, intentando hacerme invisible.

Por lo visto, no lo conseguí muy bien. Un instante después entró en la cocina un hombre alto y calvo, de aspecto serio y acostumbrado a mandar.

Gritó un par de cosas en un torpe coreano antes de volver sus ojillos hacia mí.

—¿Qué haces aquí, chaval? ¿Vienes a hacer la prueba? —Sus ojos me recorrieron el cuerpo, provocando un escalofrío a su paso.

—Bueno, en realidad…

—Sí, te lo habrán dicho, el plazo está cerrado, ya no estoy buscando a nadie. Pero a lo mejor a ti te podemos buscar alguna utilidad.

Casi con desesperada alegría vi venir a Pablo hacia nosotros, vestido ya con su uniforme. Aunque estaba compuesto nada más que por un corto delantal rojo, nunca me había sentido tan feliz de verle.

—Pepe —dijo cogiendo al calvo por el antebrazo—, este chico es amigo mío. No pensé que te molestaría…

El tal Pepe volvió a valorarme.

—Así que vienes a mirar gratis, ¿eh? —Asentí—. Pues es una pena. ¿De verdad no necesitas trabajo?

De repente me di cuenta de que ese hombre me quería ver con el «uniforme» puesto.

—No, gracias.

Se giró hacia Pablo.

—Una consumición —le advirtió señalándole con el dedo índice—. Si quiere beber más, que lo pague.

Y con eso, se alejó de nosotros gritando a los coreanos otra vez.

—¿Ves? —me dijo Pablo—. Te dije que no pondría pegas.

—¿Ese es tu uniforme? —pregunté divertido, señalando el escueto delantal. Se dio la vuelta con los brazos en cruz para que pudiera apreciarle.

Prácticamente, el delantal actuaba de taparrabos, y descubrí divertido que era verdad que llevaba el culo al aire.

—¿Te gusta?

Asentí sonriendo.

—Estás sexi, dan ganas de pellizcarte.

— Uff … —Puso los ojos en blanco—. No veas la de propinas que me gano así.

—¿En serio no llevarás puesto nada más?

Se miró un momento antes de acordarse de algo:

—Ah, sí, se me olvidaba. —Del bolsillo del delantal sacó una pajarita del mismo color rojo oscuro, y se la puso—. Ahora ya estoy listo.

—Joder, Pablo, lo único que no se te ven son los genitales…

Empezó a reírse a carcajadas.

—Espera a que entremos en la sala y me empalme. El delantal es tan corto que me verán hasta las pelotas…

Cogió mi muñeca y me condujo hacia la salida de la cocina que daba al local. Antes de que pudiera preguntarle por qué se iba a empalmar en el trabajo, supe la razón.

El local no era como lo imaginaba. Mi imagen mental estaba bastante influenciada por los locales de striptease que había visto en las películas: sitios semioscuros con luces intermitentes y barras de metal, por las que se deslizaban bailarinas medio desnudas que aceptaban propinas en su escasa ropa interior por parte de patrones de ojos lujuriosos, así que pensaba que me encontraría algo similar, pero en versión gay.

Por eso me sorprendí tanto al encontrarme en un recinto más parecido a un local de variedades: un escenario iluminado por un potente foco ante un anfiteatro en el que el público se sentaba en torno a unas mesitas redondas y podía comer y beber mientras veían el espectáculo.

La única diferencia era que sobre el escenario no había un cómico gordo, sino tres chicos muy musculosos que se lo montaban sobre una estructura giratoria, enlazándose en una complicada coreografía sexual.

El escenario era lo suficientemente bajo como para que el público pudiera ver lo que pasaba en él, aunque los actores, si era así como había que llamarlos, estuvieran tumbados en el suelo.

En este caso, los chicos se dedicaban a sus actividades en una posición semiincorporada, manteniéndose de rodillas mientras jugaban entre ellos o consigo mismos, con sus manos o con los más variados instrumentos.

Los tres se besaban, se tocaban y jadeaban en estéreo, sus cuerpos brillantes de aceite y sudor se arqueaban bajo la ardiente luz de los focos.

En un momento dado, uno de ellos se colocó a cuatro patas, regalando al público la vista de su dilatada abertura cuando la estructura giratoria le dejó de nalgas al anfiteatro, antes de que uno de sus compañeros se pusiera tras él, tapando la visión de su ano, y comenzara a embestirle.

Mi propia entrepierna pulsaba insistentemente dentro de mis pantalones, queriendo ponerse en el lugar de aquel que profanaba ese delicioso culo.

Fue entonces cuando me di cuenta de que lo que Pablo decía era verdad: algunos de los clientes se masturbaban con diferentes grados de disimulo bajo las mesas, incluso pude ver que al fondo del anfiteatro uno de ellos había sentado a un camarero en su regazo y se movía frenéticamente bajo sus nalgas desnudas.

También me di cuenta de que el delantal de Pablo se había levantado considerablemente bajo su erección.

—¿Lo ves? —remarcó él cómicamente señalando su entrepierna—. Me pego toda la noche empalmado por culpa de esos —dijo señalando a los chicos del escenario—, menos mal que a veces uno consigue un desahogo.

—¿Como ese camarero? —respondí señalando con la barbilla en dirección al que estaba siendo follado. Ahora el cliente estaba de pie y había apoyado al chico contra la mesa, embistiéndole mientras mantenía la mirada clavada en el escenario.

—Sí, a veces —respondió Pablo encogiéndose de hombros—, cualquier cosa por una buena propina.

—Pero, ¿eso no es prostitución? —pregunté bajito.

Él me miró como sopesando lo que le decía, rascándose la incipiente barba de sus mejillas con inusitada seriedad.

—Según por dónde lo mires. Esto no es un burdel, aquí la prostitución no está permitida, pero bueno, no puedes impedir que un cliente y un empleado tengan relaciones si ellos quieren. Si luego el cliente le da una generosa propina, es asunto suyo.

—Pero sigue siendo prostitución —insistí.

—Técnicamente, sí, si nos ponemos puristas.

Un camarero consigue buenas propinas por dejar al cliente satisfecho, y mientras más satisfecho esté el cliente, mejor será la propina —dijo, usando esas palabras como eufemismos—.

Pero nadie te obliga a nada, eso no está en el contrato y nuestro jefe no es un chulo, él no nos pide, ni siquiera nos insinúa —remarcó— que tengamos relaciones con los clientes.

A él sólo le importan las propinas, porque se queda con un 10 % de ellas, pero le da igual cómo las consigas.

En realidad, es algo que surge, Noah: si estás trabajando aquí, medio desnudo, viendo porno en vivo durante seis horas seguidas y estás más salido que el palo de un cepillo, bueno…

—Un nuevo encogimiento de hombros—. Puede ser que haya un cliente apetecible que quiera pasar un rato contigo, y tú estés demasiado cachondo para decir que no.

Si luego te da un billete, pues nada, lo metes en el bote de las propinas y ya está.

Si tú también lo disfrutas y nadie te obliga, ¿qué hay de malo en ello?

—Pero, Pablo…

—De todas formas, señorito puritano —me interrumpió acariciando la punta de mi nariz—, no me refería a ese tipo de desahogo. Generalmente, prefiero montármelo con alguno de mis compañeros; si no, no hay quien aguante.

—¿Todos aquí son gays? —pregunté mirando a mi alrededor y pensando no solo en la clientela, sino en los camareros, los porteros, los cocineros…

—Los que trabajan de cara al público, sí. —Enarcó las cejas—. ¿Conoces a algún hetero que trabajaría con el culo al aire en un sitio lleno de mariquitas? —Negué con la cabeza—. Pues yo tampoco.

Todo esto me lo dijo guiándome hasta la barra y metiéndose detrás de ella. Me acomodé en un taburete mientras él volvía su atención hacia mí.

—Así que te lo montas con tus compañeros…

—¿Ves esa puerta de ahí? —continuó señalando una puerta tras la barra—. Es el almacén, pero casi siempre hay gente follando ahí dentro, a escondidas del jefe —aclaró.

—¿En serio? —pregunté estirando el cuello, intentando ver si pasaba algo interesante allí dentro.

—¿Tienes porno en vivo en un escenario detrás de ti e intentas ver a dos camareros montándoselo en un almacén cutre?

Me encogí de hombros.

—Al menos sería auténtico.

—¿Pero quién quiere algo auténtico cuando tiene porno? —Meneó la cabeza, como si yo fuera incorregible—. Bueno, ya oíste lo que dijo Pepe: te puedo invitar a una copa. ¿Qué quieres tomar?

—¿No me dijiste algo acerca de las mejores margaritas de la ciudad?