16. Ménage à trois
MÉNAGE À TROIS
L a biblioteca estaba llena de gente, pero apenas se oía un murmullo. En plena semana de exámenes, parecía que ninguno de los estudiantes tenía otro lugar al que acudir.
Me estiré silenciosamente en mi silla, arqueando la espalda y elevando con pereza los brazos por encima de mi cabeza. Ahogué un bostezo y miré a Clara, que se frotaba la nuca con aspecto de estar cansada. Levantó la mirada de su libro y me miró a su vez.
—Tengo hambre —leí en el leve movimiento de sus labios.
Mis tripas rugieron en respuesta. Después del examen de Biodiversidad habíamos acordado aprovechar el resto de la jornada para estudiar, pero ya eran casi las dos del mediodía y mi cuerpo pedía a gritos grasas saturadas e hidratos de carbono después del apresurado y frugal desayuno de aquella mañana: había estado tan nervioso que casi no pude probar bocado.
Sin decir nada más, ambos nos levantamos para ir a comer y empezamos a recoger nuestras cosas. Metí todos mis bártulos en la mochila mientras pensaba en un bocata de pollo y una ración extragrande de patatas fritas, pero Clara me sacó de mis ensoñaciones culinarias:
—Si no dejas nada en la mesa, habrás perdido el sitio cuando vuelvas.
Me encogí de hombros y cerré la cremallera.
—No voy a volver luego.
—¿Y dónde vas a estudiar?
—En ninguna parte, creo que me tomaré el resto del día libre.
— Shh . —Un chico que estudiaba en una mesa cercana nos miró malhumorado, levantando los ojos de un enorme volumen de anatomía aplicada.
—¿Cómo que no vas a estudiar más hoy? —me preguntó en tono de reproche.
—Joder, Clara, es que estoy agotado, necesito desconectar un poco. No tendremos otro examen hasta dentro de dos días.
—Aun así…
—¡ Shh !
Clara miró al chico con antipatía antes de inclinarse hacia mí y hablar en susurros:
—Es un coñazo estudiar aquí, no se puede ni abrir la boca.
—¿Dónde quieres que estudiemos, si no? —pregunté mientras nos dirigíamos a la salida.
—Ya te lo he dicho, podemos estudiar en mi casa…
—Y yo ya te he dicho que prefiero estudiar aquí.
Esa había sido una discusión recurrente entre ambos desde la semana anterior.
Mi último encuentro con David me había dejado con pocas ganas de aparecerme por su casa en un tiempo, a pesar de toda mi altanería.
Así que, por mucho que a mí también me desagradase estudiar en un recinto rodeado de gente nerviosa y bebiendo café de máquina, me esforzaba en fingir que ese ambiente me ayudaba a concentrarme, aunque la verdad era que oír los ansiosos susurros de mis compañeros y tener que lidiar con aquellos que estaban aún más nerviosos que yo llegaba a ser agobiante.
Sobre todo si, además, tenía que evadir continuamente a un mariquita con polos de Lacoste que quería ligar conmigo.
—¿Qué tal te va para el examen de física, Noah?
Nos cruzamos con Samuel a la salida de la biblioteca, pero a pesar de mi aparente falta de interés por pararme a charlar, él me lanzó una mirada llena de ganas.
Parecía incapaz de captar las indirectas que le lanzaba y no pillaba que no estaba interesado en él; por mucho que mi opinión de Samuel hubiera cambiado en los últimos meses, seguía sin resultarme atractivo desde un punto de vista sexual.
En parte sentía pena por él, porque era notorio lo mucho que yo le gustaba, pero no quería mostrarlo, no fuera que la empatía pudiera interpretarse como interés.
—Bien, ¿y a ti? —pregunté con fingido desdén, no queriendo darle más coba de la necesaria.
—No me quejo, pero hay algunas cosas que no entiendo, a lo mejor tú me las podrías explicar…
Clara rio bajito, disimulando la risa al fingir que tosía. Le dediqué una mirada asesina y ella se apartó un poco de nosotros.
—No sé, Samuel —contesté, todo lo evasivo que pude—, la verdad es que ahora no tengo mucho tiempo libre, ya sabes.
Di un par de pasos más en dirección a la salida, dándole a entender que por mí la conversación había terminado.
—Vaya, es una pena que un chico como tú no tenga tiempo de divertirse…
Esta vez la risita de Clara fue imposible de disimular.
—Ahora nadie tiene mucho tiempo para divertirse…
—Pero aun así es una pena —dijo él, dándome para mi estupor una palmada en las nalgas—, que no me entere yo de que este culito pasa hambre.
Y se fue tan tranquilo.
Durante un momento, Clara se agitó violentamente intentando controlar la risa. Tiré de su brazo para sacarla de la biblioteca, y una vez fuera estalló en carcajadas.
—No tiene gracia —dije con aspereza, consiguiendo sólo que se riera aún más.
Se limpió las lágrimas con las mangas.
—¿Lo ves? Esto te pasa por no querer estudiar en mi casa.
Tirado en la cama de Darío esa misma tarde, pensaba en cómo era capaz de encontrar tiempo libre cuando me interesaba. Quizás había sido algo hipócrita con Samuel, pero la verdad era que, estando con un hombre como el que me acompañaba en la cama, poco me podía interesar a mí nada o nadie más.
Me giré dándole la espalda y apreté mis glúteos contra él.
Me sentía satisfecho, en ese incierto estado en el que la excitación ha cedido, dejando tu cuerpo dócil y laxo.
Darío, sin embargo, parecía no estar tan saciado.
Rodeó mi cintura con sus manazas y me apretó contra sí.
Besó mi cuello con lujuria y yo sonreí soñoliento.
—¿Quieres seguir jugando, semental?
—¿Quieres tú? —preguntó a su vez.
— Mmmh . —Lo consideré un momento, estudiando las necesidades de mi cuerpo y las posibilidades que tenía en ese momento de excitarme de nuevo. Al final negué con la cabeza—. Tal vez luego, ahora estoy bien así.
Cerré los ojos y dejé caer la cabeza sobre su brazo, permitiendo que me besara.
—¿Seguro? —preguntó.
Asentí de nuevo, pero aun así no hice nada para detener sus avances.
Sus manos tocaban mi piel con deliberada lentitud y su lengua se entretenía dibujando formas imposibles en mi nuca.
Con un gruñido de placer, me revolví entre sus brazos buscando una postura más cómoda y sintiéndome agradablemente relajado.
Quizá entendiendo que mis energías sexuales estaban bajo mínimos en ese momento, sus caricias perdieron su habitual lascivia y se volvieron cada vez más cariñosas. Besó mis hombros y me susurró un par de gilipolleces románticas al oído, pero aún podía sentir su erección entre las nalgas.
El sexo nos había venido bien a los dos.
Darío también estaba en plena vorágine de exámenes y, entre eso y su trabajo, andaba algo estresado.
Jorge y él estudiaban segundo de Arquitectura, aunque Darío tenía veintiséis y ya era un tanto mayor para seguir estudiando.
Cuando le había preguntado acerca de ello, me explicó que había dejado el instituto a los dieciséis para empezar a trabajar en la construcción con su padre, pero que decidió volver a estudiar a los veintiuno, después de sufrir un accidente laboral.
—¿Ves esta pierna? —me había dicho una rato antes esa misma tarde, sacando su pierna derecha de debajo de las mantas en las que estábamos enrollados—. Me la rompí por cuatro sitios diferentes. Además, me partí tres costillas y tuve una leve conmoción cerebral.
—Pobrecito… —había susurrado yo, acariciando su pecho en círculos.
—No te creas, fui bastante afortunado. Me caí desde un andamio a diez metros de altura, pudo haber sido mucho peor.
—¿Y por qué elegiste Arquitectura?
—Para poder darle por culo a mis antiguos jefes.
— Mmh —respondí yo en todo lascivo—, estoy seguro de que eso lo harías muy bien.
—Sí. —En ese momento me dio la vuelta y presionó su cuerpo contra mí—. Pero nunca está de más seguir practicando.
Recordando esa conversación y su placentero epílogo, casi me quedo dormido, hasta que Darío comenzó a hablar de nuevo.
—¿Qué tal te ha ido en los exámenes? —preguntó.
—Bastante bien —contesté somnoliento, sin querer entrar en detalles en ese preciso instante—. ¿Y a ti?
—Más o menos —bufó—, el de tipologías estructurales me salió fatal, lo dejé casi todo en blanco.
— Mmmh , ¿no me digas?
—No pude estudiar mucho, la verdad. Ese fin de semana tuve que hacer más turnos en el curro de los que me tocaban.
—¿Y eso por qué? —dije, aún algo amodorrado.
—Porque Pablo no apareció.
—¿Ah, no? —pregunté poniéndome en alerta.
—No, no fue a trabajar. ¿Sabes si está enfermo o algo?
—No que yo sepa…
La verdad era que no había tenido noticias de Pablo en toda la semana, cuando por lo general hablábamos por teléfono casi a diario. Quizás me habría dado cuenta de eso antes si no fuera por los exámenes, pero con tanto lío no había ni pensado en él.
Me incliné para coger mi mochila del suelo y rebusqué en su interior hasta dar con el teléfono móvil.
—¿Qué haces?
—Voy a llamar a Pablo, por si acaso.
—¿Ahora?
—Sí, me has dejado preocupado. ¿Y si le pasa algo?
—No seas tonto, ¿qué le va a pasar? —dijo, volviendo a abrazarme—. Anda, ven aquí.
—Espera, déjame al menos mandarle un mensaje.
Tecleé a toda prisa un SMS mientras empezaba a tantearme de nuevo. Notando que esta vez mi cuerpo sí que parecía responder, le di a enviar justo antes de enredarme de nuevo con Darío.
Le eché un vistazo a la pantalla del móvil por enésima vez esa mañana bajo la suspicaz mirada de Clara.
—¿Qué pasa? —siseó, inclinándose hacia mi mesa. El chico de anatomía aplicada había vuelto a coger el mismo sitio del día anterior, y chistaba con antipatía a todo aquel que osara respirar.
—Nada.
—Y entonces, ¿por qué no dejas de mirar el teléfono?
El futuro médico nos miró con desagrado y Clara le hizo un leve gesto de disculpa. Arranqué una hoja de mi libreta, ganándome al hacerlo otra mirada asesina, y escribí en ella:
—Es que no he sabido nada de Pablo en toda la semana. Ayer le mandé un SMS y no me ha llamado.
Se la pasé a Clara, que leyó el mensaje antes de dejar el suyo propio:
—Pues llámale tú, que pareces tonto.
—Ya —insistí por papel—, pero es que estoy preocupado por él. Darío me dijo que no fue a trabajar el fin de semana.
—¡Ah! —dijo ladina—, conque eso fue lo que hiciste ayer, quedar con tu novio…