A través del sexo. La saga completa 13. Encuentros y desencuentros #4
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13. Encuentros y desencuentros #4

Sus manos encontraron el camino hasta el interior de mi camiseta y me acarició los pezones a la vez que empezó a chuparme la piel detrás de la oreja.

Más satisfecho conmigo mismo de lo que había estado en toda mi vida, presioné mis nalgas contra su regazo, encontrando su erección encubierta tras la tela de sus pantalones.

Sus dedos bajaron reptando por mi piel y desabrocharon mi bragueta, introduciéndose dentro de mis calzoncillos y acariciando mis genitales.

Gemí entrecortadamente y oí cómo unos chicos fuera del cubículo reían y bromeaban acerca de lo que estaría pasando dentro de él.

No pude evitar recordar la vergüenza que pasé aquella vez que David había amenazado con hacerme el amor dentro de unos probadores, pero ese tipo de pudores había desaparecido y no me importaba tener sexo en público ni lo que esos chicos pudieran pensar.

De hecho, me dije con una sonrisa, quizá alguno de ellos había sido uno de mis anónimos ligues del cuarto oscuro.

Pero David no me dio tiempo a seguir pensando en eso: bajó mi ropa dejando al descubierto mi piel y acto seguido noté cómo maniobraba con sus pantalones para dejar salir su erección y frotarla contra mis nalgas.

Atiné a meter la mano dentro de sus vaqueros y, tal y como esperaba, encontré un condón en su bolsillo derecho.

Dejando de lado el hecho de que David era un hombre de costumbres, sufrí otro incomprensible ataque de celos al darme cuenta de que venía preparado para ligar.

Me quitó el preservativo de la mano y oí cómo se lo ponía.

Cerré los ojos con fuerza, consolándome con la idea de que al menos esa noche lo usaría conmigo.

—Pídemelo —jadeó, mientras se posicionaba para penetrarme.

—Fóllame… —susurré como respuesta.

Un intenso dolor me tomó cuando David me penetró más bruscamente que nunca. La mano de David se cerró sobre mis labios para acallar mis gemidos.

— Shh , tranquilo. —Se quedó quieto en mi interior, dándome tiempo a acostumbrarme a la intrusión.

Había pasado ya algún tiempo desde que el inicio del sexo había dejado de ser tan doloroso, pero esa vez lo fue.

Podía oír la agitada respiración de David resonando en mis oídos—.

¿Puedo seguir ya? —preguntó con la voz embargada de deseo.

Asentí levemente y él comenzó a embestirme con intensidad, haciendo que mi cuerpo se presionara dolorosamente contra la pared.

Sentía la dura y fría superficie de metal contra mi piel, y con cada embestida, mi polla se frotaba contra ella, produciéndome un electrizante placer.

David no había quitado la mano de mi boca, amordazándome y aplacando mis gemidos.

Él mismo acallaba los suyos propios presionando sus labios contra mi cuello, de manera que sólo yo podía oírle.

Todo fue mucho más rápido que de costumbre y David eyaculó antes que yo, en medio del ritmo frenético que él mismo había impuesto.

Intenté controlar mi respiración, convencido de que David había terminado, pero me sorprendió tirando de mí y apoyándome en la pared contraria.

Se arrodilló frente a mí y empezó a hacerme una intensa felación, succionando y mordiendo mi piel con ferocidad.

Yo estaba completamente excitado y no pude evitar moverme, penetrando su boca una y otra vez hasta que me corrí dentro de ella, intentando amortiguar mis gemidos hundiendo los labios en el hueco de mis manos.

Se incorporó y apoyó su frente contra mi hombro, dejándome sentir su aliento, aún acelerado.

—Joder… —le oí mascullar.

Enredé mis dedos en su pelo, arruinando su pulcro peinado, y acaricié la base de su nuca mientras él repartía un camino de besos a lo largo de mi clavícula. No importaba lo que pasara entre nosotros, David siempre se ponía cariñoso después de hacerme el amor.

—Está bien, me iré —consentí al fin, intentando inventar una excusa con la que sacar a Pablo y a Clara del Sodoma tan temprano.

—No, me iré yo —me contestó, elevando la mirada—, ya no tengo humor para más fiestas. —Se alejó de mí y se quitó el condón, apoyándose en la pared contraria y tirándolo a la papelera—. Estoy siendo demasiado protector, ¿verdad?

Comprendí que se refería a Clara. Intenté arreglar mi ropa mientras pensaba qué contestarle.

—Sí —dije, decidiendo ser sincero—, Clara ya es mayor para decidir dónde quiere estar. Y, además —añadí—, no es tan inocente como tú crees.

David esbozó su media sonrisa de nuevo.

—Eso estaba empezando a sospecharlo.

Le miré mientras subía sus pantalones y se colocaba la camisa.

—Ella siente cierta… fascinación por los gays. ¿De eso también te habías dado cuenta? —Me miró muy serio, como si lo que le estaba diciendo le sorprendiera—. No creo que se lo tomara mal si fueras sincero con ella y…

Negó con la cabeza.

—No dudo que quizá tengas razón, pero esa decisión no me corresponde tomarla a mí.

Recordé que una vez David me contó que su padre le había prohibido contarle a su familia que era gay. ¿Seguía vigente esa prohibición?

—¿Es por tu padre? —aventuré—. Porque si es así…

—Eso no es asunto tuyo. —No lo dijo de manera cortante, sino como si estuviera infinitamente cansado—. Hazme un favor, ¿quieres? Asegúrate de que Clara no me vea salir de aquí.

—Están sentados en los sillones del fondo, muy lejos de la entrada. No te preocupes, no te verá.

Asintió despacio.

—Muy bien. —Abrió la puerta del cubículo, pero antes de salir volvió a girarse hacia mí—. ¿La cuidarás por mí, verdad? Sé que es una estupidez, pero…

—Tranquilo —le aseguré—, no dejaré que haga ninguna tontería.

Me sonrió de nuevo, un destello blanco en medio de la semipenumbra. Luego se giró y salió del baño caminando a grandes zancadas.

Me tomé unos segundos para calmarme antes de salir.

Volví hacia el lavabo y estudié mi imagen en el espejo, en busca de signos que pudieran delatar lo que había estado haciendo.

Tenía el rostro arrebolado, los ojos brillantes y una sonrisa de estúpida felicidad en el rostro que no podía dejar de esbozar.

Giré la cabeza y comprobé que tenía un chupetón en el lateral del cuello, justo por debajo de la oreja.

Me lavé la cara de nuevo, intentando acabar con el acaloramiento que sentía, y confiando en que mi cabello tapara el chupetón, salí de allí y me dirigí hacia donde estaban Clara y Pablo, inventando por el camino alguna excusa que explicara mi tardanza.

Cuando llegué a su lado, tenía una plausible historia en mente acerca de un amigo con el que me había encontrado, pero justo antes de poder soltarla, Pablo me miró y dijo:

—Tú has follado.

—¿Qué? —preguntamos Clara y yo al unísono, ambos asombrados, aunque por razones bien distintas.

Pablo se puso en pie y me miró más de cerca con estudiosa actitud. Luego me olisqueó.

—Eres un capullo —me recriminó, medio divertido—, has estado follando.

—¿En serio? —Clara daba saltitos en su asiento. Aún no sé cómo se pueden dar saltitos estando sentado, pero ella lo hizo—. ¿Con quién?

—Con nadie —aseguré fingiendo estar ofendido. Los miré a ambos, pero ninguno parecía creerme.

—Noah —me susurró Pablo con condescendencia—, que nos conocemos. Te he visto en demasiadas situaciones comprometidas como para no saber cómo luces después de follar.

—¿Situaciones comprometidas? —Clara parecía cada vez más excitada.

—Pablo, en serio que no… —empecé, pero él cruzó los brazos sobre su pecho y frunció los labios, dándome a entender que dijera lo que dijese, no me creería.

—¿Con quién ha sido? ¿Es alguien que conozco?

Bajé la mirada y creo que me ruboricé.

—No, no le conoces.

Pablo se llevó las manos a la boca ahogando una exclamación.

—¿Ha sido con él ? —preguntó.

—¿Quién es él ? —exclamó Clara ya casi en medio del éxtasis.

—Nadie —me apresuré a contestar—. De verdad, Pablo, que no…

—¿Has vuelto a follar con David?

—¿Quién es David? —Clara no lo pudo soportar más y se puso de pie a nuestro lado, mirándome con ojos de fan emocionada y las manos entrecruzadas delante de la cara.

—¿Es que eso tampoco se lo has contado? —Pablo nos miró a ambos, atónito—. ¿Nunca te ha hablado de David? —dijo dirigiéndose a Clara, pero señalándome con su dedo pulgar.