A través del sexo. La saga completa 13. Encuentros y desencuentros #3
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13. Encuentros y desencuentros #3

Desvié la mirada, incómodo, mientras la mano de Clara me guiaba por el recinto a través de la marea de cuerpos.

Ella, acostumbrada ya a ese tipo de ambientes, se movía como pez en el agua: fuerte, segura, con el retumbar de sus tacones y la rotunda ondulación de sus caderas al caminar, mirando siempre al frente.

Con el tiempo había llegado a entender por qué a Clara le gustaba tanto estar rodeada de gays: era tan condenadamente guapa, tan apetecible con ese cuerpo menudo y manejable que tenía y esa carita de muñeca, que cualquier hombre con ojos en la cara y cierto interés por el sexo opuesto querría ligar con ella.

Por lo tanto, para Clara salir de marcha significaba tener que estar espantando moscones que se le acercaban continuamente y que no la dejaban bailar, que era lo que en realidad le gustaba.

En cambio, en el Sodoma nadie parecía impresionado por su belleza y ella podía contonearse en la pista de baile y sentirse sexi sin tener que estar apartando manos de su culo.

Además, el Sodoma le había dado también la oportunidad de especializarse en un tipo concreto de presa: el desvalido amigo heterosexual.

Inevitablemente, siempre había algún chico así en alguna parte del local, el hermano o el amigo de un gay, un compañero de trabajo o un conocido del gimnasio que aceptaba entrar para demostrar que no tenía prejuicios, antes de verse abrumado por unos cuantos mariquitas que intentaban ligar con él.

Era entonces cuando veían a Clara, como salida de una fantasía erótica con humo ambiental y música dance, semejante a la reina del Nilo, con su corto y reluciente cabello negro y su mirada llena de misterio.

Me guio hasta el fondo del local, su lugar favorito para bailar. Con mi mano aún entre las suyas, comenzó a contonearse, marcando con sus caderas el ritmo de la música.

—Me encanta esta canción —sonrió mientras tarareaba la letra.

Era «Shut up (and sleep with me) » , una canción un tanto hortera, pero no pude evitar ponerme de mejor humor.

Me uní a ella en el baile, sacudiéndome la melancolía y contagiándome de su ritmo.

Cogí su cintura desde atrás y acompasé mi movimiento al suyo, acoplando nuestras caderas en un baile que solo era una parodia de sensualidad, ya que por mucho que nuestros cuerpos se unieran, ninguno de los dos sentiría nada.

Clara sonreía contenta, aparentemente complacida por la atención que yo le prestaba.

Ambos nos sentíamos seguros juntos, en una relación que, por muy íntima que se volviera, nunca tendría un cariz sexual, aunque los que nos miraban no parecían ser conscientes de ello.

No tardé mucho en darme cuenta de que estábamos atrayendo la atención de unos cuantos chicos, pero ninguno de los dos quiso aflojar el ritmo.

Incluso Pablo nos miraba con una pervertida sonrisita mientras bailábamos como si quisiéramos poner en práctica la letra de la canción.

Paseé mis manos por su cuerpo como si la deseara mientras ella descargaba su espalda y sus glúteos contra mí a la vez que nos movíamos en una especie de coito vertical.

Empecé a sentirme como un calientapollas en aquella circunstancia, viendo un corrillo de caras a nuestro alrededor que nos miraba con un interés cargado de esa expectativa sensual que tantas veces había visto en el cuarto oscuro, pero también descubrí que eso me importaba bien poco.

Al final, Pablo se unió a nosotros, poniéndose detrás de mí, como si quisiera formar una especie de ménage à trois vertical, dejándome a mí en el medio, acompasando el movimiento de nuestros cuerpos en una excitante cadencia.

Cuando terminó la canción, Clara, acalorada, rehusó bailar con un chico que se lo pidió y me dijo que quería una copa.

Tras pedir las bebidas, encontramos un sillón libre muy cerca de la entrada al cuarto oscuro. A nuestro lado, dos chicas se comían la boca mutuamente. Cada vez era más usual ver lesbianas en el Sodoma. Pablo hizo una mueca de asco al verlas.

—Si un coño me resulta desagradable, imagínate dos juntos. No lo digo por ti —puntualizó dirigiéndose a Clara.

Ella rio.

—Tranquilo, tu misoginia nunca me ha impresionado.

Me senté a su lado mientras Pablo permanecía de pie, valorando a los chicos que había a su alrededor con cara de cazador y señalándome a todo aquel que le parecía interesante.

—Pablo —le dije al fin—, si quieres ir al cuarto oscuro, por mí no te cortes.

Negó con la cabeza, pero con la mirada fija en la puerta negra, en actitud melancólica. Era evidente que estaba deseando ligar, pero por alguna razón, parecía reacio a hacerlo. Luego se sentó junto a mí y posó una mano en mi muslo.

—Te dije que estaríamos juntos, cariño —respondió—, he decidido hacer voto de castidad esta noche en solidaridad contigo.

—¿Voto de castidad? —inquirió Clara sorprendida—. ¿De qué va todo esto?

Pablo parecía aún más asombrado.

—¿Pero es que no se lo has contado? —me preguntó, señalándola con el pulgar.

—¿Contarme el qué? —dijo ella.

Y de repente, los dos me miraron expectantes. Como siempre que me veía en una situación incómoda, resolví postergar la cuestión y esperar que todo se olvidara.

—Tengo que ir a mear —dije levantándome.

—Pero… —Clara se levantó dispuesta a seguirme.

—Ahora vengo y te lo cuento —prometí.

Me di la vuelta y escapé en dirección a los servicios.

¿Qué demonios se suponía que iba a decirle a Clara?

¿Que estaba depre porque me había tirado a su hermano y él había vuelto a portarse como un cabrón?

«Mierda», pensé mientras entraba en el baño.

Y encima, Pablo seguía sin saber nada acerca de la relación que existía entre David y Clara.

Nunca había encontrado el momento adecuado para decírselo.

Bueno, en realidad, tuve que admitir que ningún momento parece el adecuado para decir algo que no quieres decir.

Fui hasta el lavabo y me incliné sobre él, ignorando a dos chicos que a mi lado esnifaban sendas rayas de coca, y me lavé la cara con agua fresca, esperando que eso me aclarara las ideas.

Me sequé con una toalla de papel desechable y me miré en el espejo, pero lo que vi en él hizo que casi me diera un infarto: durante un momento el rostro de David se reflejó detrás del mío, y me miraba con una expresión muy parecida al enfado.

Me giré para enfrentarme a él mientras avanzaba hacia mí.

—¿Se puede saber qué ha sido ese espectáculo de la pista?

—¿Qué? —No podía estar más confuso.

Me cogió de los brazos y me empujó sin ninguna delicadeza hacia el interior de uno de los cubículos. Cerró la puerta tras nosotros y se encaró conmigo.

—¿Te estás tirando a mi hermana?

De repente entendí a qué venía todo eso.

—¿Eso te pareció? —respondí con malicia.

—¿Te estás tirando a mi hermana? —repitió con un tono lento y autoritario.

—¿Estás celoso? —Esbocé una irónica sonrisa.

David dio un golpe en la pared, justo al lado de mi cabeza, borrando mi sonrisa de golpe.

—De verdad, Noah, nunca te creí capaz de hacer algo tan retorcido. —Había verdadero desprecio en su voz, sus enormes ojos grises llenos de recriminaciones.

—Por supuesto que no me estoy acostando con ella. —Mi voz dejó entrever un poco del miedo que sentía en aquel momento.

—Entonces, ¿qué ha sido eso?

—Solo estábamos bailando —me justifiqué, aunque por la manera en la que lo hicimos no me extrañaba que él pudiera pensar que había algo íntimo entre nosotros.

—¿Y por qué traes a mi hermana a un sitio así?

—¿Cómo?

—¿Qué hace mi hermana en el Sodoma, Noah? ¿Es que no sabes qué clase de sitio es este?

—Tu hermana ya es mayorcita para decidir dónde quiere estar, y a ella le gusta…

—¿Le gusta? —David arqueó las cejas—. ¿Te das cuenta de que me pones en evidencia trayéndola a un local gay?

Caí en la cuenta de que tenía razón: si Clara veía a David ligando en un sitio así, sabría la verdad sobre él. Luego me imaginé a David metiéndose en el cuarto oscuro para follarse a algún chico más guapo que yo y, con ese acceso de celos en mente, decidí que ese no era mi problema.

—Pues ya sabes —le dije altivo—: no vengas más al Sodoma.

—Llévate a mi hermana de aquí —ordenó.

—No.

—Noah, no te lo voy a volver a decir: vete de aquí y llévate a mi hermana contigo. —Pronunció las palabras muy despacio, como si yo fuera tonto y no le hubiese entendido bien la primera vez.

—No —contesté—, no me pienso ir del Sodoma, la noche acaba de empezar.

—No me gustaba nada su tono despótico, como si se creyera con el derecho a decirme qué debía hacer, y tuve ganas de mandarle a la mierda.

Pero estaba tan guapo, con el cabello negro peinado hacia atrás y los dos primeros botones de su camisa desabrochados, dejando entrever ese cuerpo que yo conocía tan bien…

Aún sentía ganas de provocarle, de averiguar si mis suposiciones eran ciertas o no, de saber si podía volver a seducirle.

Me apoyé contra la pared y ondulé mis caderas—.

He venido aquí para follar, y no me iré hasta que lo consiga.

Le lancé una desafiante mirada.

Dio un paso hacia atrás y me miró, mientras su media sonrisa iba dibujándose en sus finos labios.

—Con que esas tenemos, ¿eh? —Se apoyó en la pared contraria y cruzó los brazos sobre el pecho, como si estuviese decidiendo qué debía hacer a continuación.

Llevé mi insinuación un paso más adelante y me quité la chaqueta, dejándole ver mi cuerpo bajo la marcada camiseta blanca.

De repente, no me arrepentía de haberme puesto algo sexi.

Sus ojos se pasearon con deliberada lentitud por mi cuerpo y me di cuenta de que era el momento adecuado para echarme un farol.

—Si no tienes nada más que decirme, hay un montón de tíos buenos ahí fuera esperando por mí. —Hice el amago de abrir la puerta, pero él inmovilizó mi mano, parando el movimiento y, para mi inmenso deleite, me volteó dejándome de cara contra la pared, presionando su cuerpo contra mí.

—Luego no me digas que no te lo has buscado.