13. Encuentros y desencuentros #2
—Lo que te pasa es que tú eres uno de esos que lo que necesita es tener un novio —me dijo Pablo cuando le confié mis pensamientos.
Estábamos en una tienda de discos y Pablo miraba las novedades con evidente desinterés, mientras yo buscaba el último disco de Guns N’ Roses para regalárselo a Aarón.
—¿Y tú no quieres lo mismo?
Se encogió de hombros.
—A mí lo que me gusta es follar. Si tengo novio de vez en cuando está bien, pero no es algo que necesite —dijo remarcando esa palabra.
—Yo no necesito tener novio —respondí enfurruñado.
—¿Ah, no? —Me abrazó y me susurró al oído—: Eres un mimoso, te encanta que te abracen, que te digan cosas bonitas y que te acaricien el pelo cuando te estás quedando dormido.
—Me desembaracé de él, tan molesto por esa muestra de cariño en público como por que todo lo que decía era verdad, y seguí rebuscando entre los CD’s—.
A mí no me importa hacer eso de vez en cuando, cariño —me dijo con una sonrisa divertida—, pero yo soy sólo un amigo y lo que tú necesitas es un novio.
—No quiero volver a enamorarme en la vida.
Pablo me sorprendió riéndose a carcajadas. De repente, todo el mundo en la tienda nos miraba.
—Pero qué típico…
—¿Qué típico el qué?
—Tú, diciendo esas cosas. —Bajó un poco el tono de voz acercándose a mí—. No puedes decir que no vayas a volver a enamorarte sólo porque la primera vez te salió mal.
—Aquí está. —Cogí el disco que había estado buscando y fui a la caja para pagar, intentando ignorarle.
Se mantuvo callado y pensé que había dejado el tema, pero la tregua duró solo hasta que estuvimos en la calle.
—De hecho, creo que te vendría muy bien enamorarte de nuevo.
—Déjalo ya, ¿quieres? —dije al tiempo que me abrochaba la chaqueta.
—Deberías buscarte un chico guapo, alto y cariñoso que te haga olvidar a David. Dicen que un clavo saca a otro clavo.
—Sí, y con esos dos clavos yo podría sacarte los ojos. Pablo, déjame tranquilito.
Empecé a caminar rápido para dejarle atrás pero no lo conseguí. Corrió hasta mí y me abrazó por detrás.
—Venga, no te enfades, sólo estoy intentando ayudarte…
—Un hombre mayor y canoso pasó a nuestro lado, mirándonos con desagrado—.
¿Y tú qué miras, viejo? —El hombre siguió de largo avergonzado y Pablo volvió a la carga, adoptando de nuevo un tono dulce—.
Si te digo esto es por tu bien, no me gusta verte tan triste.
—Ya lo sé, pero es que…
—Pero es que nada. Estamos en Navidad y tú estás tan apagado… ¡Ni siquiera quieres venir al Sodoma conmigo!
—No me apetece ligar —musité.
—¿Cuándo vuelve Clara?
Lo pensé un momento.
—Pasado mañana, ¿por qué?
—¿Y si organizamos una salida para darle la bienvenida? Nada de ligar, solo nos tomamos unas copas y bailamos un rato, ¿qué te parece?
Me encogí de hombros.
—Hablaré con Clara cuando vuelva, si a ella le apetece, por mí está bien.
Pablo tenía razón: en cuanto Clara volvió, parecía más que dispuesta a salir por ahí.
—Feliz Año Nuevo —me gritó por teléfono cuando me llamó para anunciarme su llegada—. ¿Qué tal las fiestas?
—Bien, en familia —respondí sin mucho entusiasmo—. ¿Y las tuyas?
—Pues igual. De hecho, he estado bastante ocupada, visitando a mis amigos y eso. ¿Qué tal el Sodoma? ¿Te has divertido mucho sin mí?
—La verdad es que no. No he salido de marcha en todas las Navidades.
—¿Y eso?
Me encogí de hombros, como si ella pudiera verme a través del teléfono.
—No me apetecía.
—¿Qué te ocurre?
—¿Cómo?
—A ti te pasa algo. ¿Estás bien?
Aún poco acostumbrado a la intuición sobrenatural de Pablo, empezaba a descubrir con cierta turbación que Clara parecía tenerla también.
—No me pasa nada…, son cosas mías.
—¿Quieres que hablemos? —Su voz sonaba alarmantemente maternal.
—No, estoy bien, en serio. De hecho —añadí para desviar su atención—, estaba pensando en invitarte a tomar una copa por ahí. Pablo y yo queremos darte la bienvenida.
—Yo también quiero que nos veamos; además, aún no te he dado tu regalo de cumpleaños, sé que llega un poco tarde, pero…
—No tenías que molestarte.
Empezó a reírse.
—Pablo tiene razón, a veces eres muy formal.
La noche siguiente era la víspera de Reyes y quedamos a medianoche en la puerta del Sodoma.
Yo seguía sin tener muchas ganas de fiesta, pero intentaba disimularlo.
Además, el hecho de que saliéramos para darle la bienvenida a Clara hacía que, por un lado, fuera un plan inofensivo y, por el otro, ineludible.
Pablo había sido bastante listo al usarla como excusa, no solo porque eso me obligaría a salir, sino también porque él sabía muy bien que estando con ella yo me sentiría más seguro: lo que no me apetecía era salir de ligoteo, pero estando con Clara eso no era lo esencial.
Mi intención esa noche era beber, bailar y reírme un rato, nada más.
Como siempre, fui primero a casa de Pablo a vestirme.
Mi creciente colección de camisetas estrechas y sexis estaba íntegramente en su armario, porque no se me ocurría tenerlas en casa y permitir que mi madre las viera en el cesto de la ropa sucia.
Pablo se quejaba constantemente de que no saliera del armario por completo de una vez y fuera sincero con mi familia, pero creo que lo que en realidad le molestaba era tener que hacerme la colada.
—Ponte esta hoy. —Me tendió una de las camisetas más discretas que tenía, blanca y estrecha, pero lo suficientemente larga como para metérmela por debajo de los vaqueros y no llevar el ombligo al aire—. No vas a ligar esta noche, ¿no?
Me la puse bajo una chaqueta negra.
—Tampoco tengo ganas de pasar frío.
—Dentro del Sodoma te calentarás. —Le eché una mirada asesina—.
Cuando empieces a bailar —añadió con tono conciliador.
Me abrazó la espalda y apoyó su mentón en mi hombro—.
De todas maneras, cariño, no entiendo por qué te obstinas en no querer tener sexo con nadie sólo porque hace dos semanas que te acostaste con David.
—No es por eso —exclamé no muy convencido.
—¿Ah, no?
—No —insistí mirándole por encima de mi hombro.
—Si tú lo dices… —replicó dándose por vencido, aunque supe que solo era para evitar discutir conmigo.
—Lo que pasa es que… —Intenté explicar con palabras lo que sentía, aunque ni yo mismo lo sabía muy bien—. No me apetece volver a follar con un tío que no conozco de nada. Un polvo y ya está, ¿qué sentido tiene eso?
—Ya te lo dije —respondió con una expresión de autosuficiencia—.
Lo que te hace falta es tener un novio. Pero mientras tanto, esos polvos te sirven para desahogarte y no partirte la mano a pajas.
Ese es el único sentido que tienen. —Se encogió de hombros, como si estuviera explicándome algo muy obvio.
—Ojalá pudiera ser tan pragmático como tú —me quejé.
Me guiñó un ojo mientras salíamos de la habitación.
—Sigue saliendo conmigo y ya aprenderás.
Tuvimos que esperar un rato en la puerta del local a que Clara llegara, y hacía bastante frío. Me arrebujé todo lo que pude dentro de mi chaqueta sin conseguir entrar en calor.
—Espero que no tarde mucho, me estoy congelando —dije. Pablo me abrazó y enterró su nariz en la cálida piel de mi cuello—. Tienes la nariz helada —me reí cogiéndole por la cara y frotando mi nariz con la suya.
Pablo sonrió agradecido y apoyó su frente en la mía. Iba a decirme algo cuando oímos un sonoro suspiro a nuestro lado. Nos giramos para encontrarnos con Clara, que nos miraba con las manos entrelazadas y los ojitos brillantes.
—¡Qué bonito! Un beso de narices.
—Un beso esquimal, no de narices —rio Pablo.
—¿De esquimal?
—Sí, tontona.
—Bueno, da igual. —Se giró hacia mí—. Y para mí, ¿no hay ningún besito?
La cogí por la cintura, le di un piquito en los labios y, al apartarme de ella, rocé brevemente mi nariz con la suya.
—Feliz Año Nuevo, preciosa —le dije.
Clara abrió su bolsito de fiesta y sacó una pequeña bolsa de regalo.
—Es una tontería —dijo tendiéndomelo—. Una fruslería que te compré en un mercadillo en Berlín. Pero pensé que te gustaría, es muy gay —añadió con una sonrisita.
Abrí la bolsa para ver que dentro había un brazalete de cuero con unos apliques en plata.
Era muy ancho, como de ocho o nueve centímetros, y tenía ciertas reminiscencias de la estética BDSM, razón por la cual Clara parecía creer que era adecuado para mí.
Aun así, era un brazalete muy chulo y, al ponérmelo, me gustó aún más.
—Me encanta, gracias.
—Se lo compré a un artesano del cuero que era un poco… —Hizo un gesto amanerado con su mano—. Dijo que te gustaría.
—Pues tenía razón.
Ella sonrió complacida. Luego besó a Pablo y se colgó de nuestros brazos, uno por cada lado.
—¿Entramos? Me estoy pelando.
Aún no había mucha gente dentro del local.
Generalmente, la cosa empezaba a animarse de verdad a partir de las dos o las tres de la madrugada, pero ya había bastantes chicos bailando por doquier, caldeando el ambiente con el movimiento de sus cuerpos.
La música era estridente y la luz incierta dejaba entrever la multitud de actividades que allí se llevaban a cabo.
Muy cerca de la entrada del local, sobre uno de los sillones, tres chicos se toqueteaban en una orgía improvisada.
Con una culpable punzada en mi entrepierna, me di cuenta de que, por mucho que mi mente siguiera mostrándose reticente, mi cuerpo se hallaba a pleno rendimiento y que las pulsiones sensuales no se acababan por tener el corazón roto.