A través del sexo. La saga completa 13. Encuentros y desencuentros
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13. Encuentros y desencuentros

ENCUENTROS Y DESENCUENTROS

A l despertarme a la mañana siguiente, los ojos me escocían a causa del llanto y la marihuana.

La luz que provenía de la ventana era plomiza y el aire olía a lluvia y cosas mojadas.

Pablo ya no estaba en la cama, pero oía un murmullo de voces fuera de la habitación.

Me quedé donde estaba un rato más, con la mirada perdida en el techo y las manos bajo mi nuca, pensando en David.

Hubiera sido muy fácil echarle la culpa de todo, decir que él era un desgraciado que me había seducido y corrompido, y que yo no era más que una víctima inocente.

Pero la cruda verdad era que yo le había conocido en un local gay al que había acudido en busca de sexo, harto de machacármela en mi cama por las noches.

Me fui con él a su casa para follar, sabiendo desde el principio que nuestra relación era puramente sexual.

De hecho, esa noche ni siquiera me pidió mi número de teléfono, él no quería volver a verme, sino que fui yo quien volvió a su casa como una gata en celo, para pedirle que volviera a follarme.

Fue mi culpa si no supe controlar mis sentimientos, si no supe evitar enamorarme de él.

La noche anterior también había buscado sexo, le había seducido, descubriendo con cierta alegría que si bien David clamaba no quererme, al menos seguía deseándome.

«¿Solo sexo?», me había preguntado. Podría haber sido sincero, podría haberle dicho que le quería, que desesperaba por él.

En cambio, había jugado a ser el niño lascivo que entraba cada sábado por la noche en el cuarto oscuro del Sodoma, fingiendo ante David que para mí él no tenía más importancia que cualquier otro que conociera allí.

¿Podía culparle por follarme, cuando yo mismo le había hecho desearme?

¿Podía enfadarme con él si yo mismo había sido quien le buscó y le mentí deliberadamente acerca de mis sentimientos?

No importaba lo que Pablo me dijera, que intentara convencerme de que David era un indeseable que no merecía ni ponerme los ojos encima, porque aunque tuviera razón, también era el hombre al que yo quería, y aquella noche, por primera vez en mucho tiempo, me había sentido genuinamente feliz.

De repente, me di cuenta de por qué David había asumido que me había acercado a Clara por interés, y era por la sencilla razón de que yo podía sacar provecho de esa amistad: averiguar cosas sobre él, tener una excusa para acercarme y volver a verle y extorsionarle con contárselo todo a su hermana, cosa que él temía, pero que a mí ni se me había pasado por la cabeza hasta que sacó el tema a colación.

Pero por supuesto que no iba a hacer algo así, no usaría a Clara para hacerle daño, ni le diría a ella algo que les perjudicara, porque la realidad era que a ambos los quería demasiado como para hacerles eso, pero también era verdad que no pensaba desperdiciar la oportunidad que mi amistad con su hermana me brindaba.

«¿Solo sexo?» A lo mejor para él tampoco tenía ninguna importancia, quizá yo seguía siendo ese niño guapo al que le gustaba tirarse de tanto en tanto.

«Sería un inconveniente que estuvieras enamorado de mí», me había dicho.

¿Significaba eso que si no le amaba, yo ya no era un problema?

¿Significaba entonces que me dejaría acercarme a él? Solo había una manera de averiguarlo.

Salí de la habitación y me dirigí hacia las voces, que me guiaron hasta la cocina.

Cuando abrí la puerta, me encontré con Pablo, Álvaro y Josep, que me miraron con la cara del que ha sido pillado in fraganti y en completo silencio, como si hubiesen decidido tácitamente dejar su conversación para luego nada más verme entrar.

Eso y las consoladoras sonrisas que me dedicaron me convencieron de que habían estado hablando de mí y mi desafortunado affaire de la noche anterior. Decidí fingir que no me daba cuenta.

—Buenos días.

Aún me sentía avergonzado por mi abrupta llegada al piso y por haberme derrumbado delante de ellos.

Además, los restos a medio recoger de la frustrada fiesta me seguían recordando mi metida de pata.

Si bien sabía que Pablo me había perdonado, no estaba tan seguro de que los otros dos lo hubiesen hecho, después de haberse tomado tantas molestias por organizar el cumpleaños de un chico que al final les había dado plantón.

—Buenos días —me dijo Pablo viniendo hacia mí.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó Josep con cautela.

Avergonzado, salí por la tangente:

—¿Os importa si uso la ducha?

—Ve —me dijo Pablo—, deja la puerta abierta, te llevaré una toalla.

Me escabullí hasta el baño, con el orgullo maltrecho a causa de las miradas de lástima que me echaron.

El hecho de suponer que Pablo les hubiera contado a sus amigos por qué no había acudido a la fiesta me hacía sentir aún más avergonzado que antes.

Ya me sentía suficientemente humillado por haberme echado a llorar delante de ellos como para que encima supieran el porqué.

Me desnudé y me metí debajo del chorro de la ducha, dejando que el agua se llevara mis recuerdos de la noche, arrastrando con ella el maravilloso olor de David, que seguía impregnado en la capa más profunda de mi piel, como un veneno. «¿Solo sexo?»

—Vaya… —Pablo entró en el baño y se me quedó mirando con interés a través de la mampara semitransparente de la ducha—. El David ese no se anda con chiquitas. —Cerró la puerta tras de sí y dejó una toalla en el colgador junto a la ducha—. Tienes un moretón en el culo.

Miré por encima de mi hombro para ver mis nalgas y me encogí de hombros.

—A David le gusta morder —contesté lacónico.

—A mí también me gustaría morder ese culito —contestó con una pícara sonrisa mientras empezaba a desnudarse.

—¿Qué haces, Pablo?

Se metió en la ducha bajo mi atónita mirada y me abrazó.

—Me parece a mí que alguien necesita que le achuchen.

Acepté el abrazo agradecido.

—Vale, pero no vayas a empalmarte.

—Lo intentaré. Y entonces, cuéntame, ¿cómo la tiene?

—¿Qué? —Rompí el abrazo para mirarle a los ojos. El agua que caía sobre su rostro no podía ocultar su traviesa mirada.

—¿Así de grande? —Separó muchísimo las manos.

—¿No me digas que acabas de pescar una trucha? —bromeé mientras me enjabonaba el pelo—. Ninguna polla en el mundo es tan grande.

—¿Cómo que no? Una vez vi una peli porno en la que el prota la tenía así, o más grande. ¡Cuando estaba de pie le llegaba hasta las rodillas!

—Me tomas el pelo —dije riendo.

—Que no, es en serio. —Juntó un poco más las manos, pero aún en una medida exagerada—. ¿Así?

Negué con la cabeza. Las juntó un poco más.

—¿Así?

—Que no, pesado.

Unió sus dedos pulgar e índice como si estuviera sosteniendo una pulga entre ellos.

—¿Así?

Me reí de nuevo.

—¿Cómo la va a tener así de pequeña? No seas tonto. No te voy a decir cómo la tiene David.

—¿Por qué no?

—Porque es algo íntimo.

—¿La tiene como yo o más grande? —insistió.

Le miré de nuevo. El muy capullo estaba empalmado.

—¿Estás cachondo?

—Claro, estamos hablando de pollas. —Se encogió de hombros como si eso lo explicara todo.

Volví a observar su entrepierna, sopesándola con la mirada.

—Un poco más pequeña —admití al fin.

—¿En serio? —Sonrió triunfal—. Así que la tengo más grande que tu David.

—Pablo, tú la tienes más grande que la mayoría. —Y era verdad: desnudo, mojado y con esa enorme erección entre las piernas parecía un sátiro—. Además —añadí haciéndome el interesante—, ¿cuándo aprenderás que el tamaño no es lo más importante?

—O sea, que David sabe moverse.

Cerré los ojos recordándole dentro de mí.

—Sí, pero no es solo eso, es su actitud, como si…

—Le miré buscando las palabras—. Es tan dominante, tan…

—saboreé las letras al pronunciarlas—, perentorio.

—Cerré los ojos y me apoyé contra los azulejos, dejando que el contacto del agua caliente trajera recuerdos, palabras, roces—.

Cuando estoy con él, soy suyo y no quiero dejar de serlo nunca.

—Volví a abrir los ojos, con la seguridad de que el agua de la ducha escondería mi expresión—.

Me convierto en un instrumento en sus manos, y el saber que él me usa de esa manera me hace sentirme más feliz de lo que nunca creí que fuera posible.

Pablo me miraba muy serio. Cerró el grifo y salió de la ducha. Se secó y me pasó la toalla con una actitud melancólica y pensativa que nunca había visto en él.

—Hace mucho tiempo yo también me sentí así, pero no es algo que eche de menos.

Se puso los pantalones y salió del baño con el ensortijado pelo chorreando sobre los hombros, dejándome a solas de nuevo con mis pensamientos. Mientras me secaba, llevé mis manos al hematoma que tenía en la nalga derecha. Dolía. ¿De verdad era solo sexo?

Las primeras semanas de las vacaciones de Navidad me las tomé como un relativo descanso.

A pesar de que tenía que seguir estudiando para los exámenes de finales de enero, el no tener que ir a clase era liberador y pude concentrarme en el placer de tener algo de tiempo libre.

Ordené mi habitación y leí unos libros que tenía pendientes, salí de compras con mi padre e hice copias de seguridad de todos mis archivos por si eso del «efecto 2000» era verdad.

Y sobre todo, tuve tiempo para pensar. Durante esos días también me di a mí mismo un descanso del Sodoma, sintiendo que no tenía ganas de diversión ni de sexo, al menos por un tiempo.

El encuentro con David había sacudido algo en el interior de mi alma y una intensa melancolía se apoderó de mí.

El hecho de que fuera Navidad tampoco ayudaba: las luces de colores, el frío, las parejas paseando o tomando chocolate caliente en las cafeterías…

, todo eso hacía que añorara lo que nunca tuve: alguien a quien abrazar junto al árbol de Navidad.

Justo después de Nochevieja, tras descubrir que no se iba a acabar el mundo por el cambio de dígitos, empecé a ultimar las compras para el Día de Reyes, sintiendo aun así que el Año Nuevo no me había traído ninguna alegría.