12. Cumpleaños #5
—¿Con él? —Al comprender de quién le estaba hablando, abrió mucho los ojos—. ¿Con David?
Asentí.
—Me estaba esperando a la salida de clase —conseguí decir entre sollozos—. Quería hablar conmigo.
—Y te fuiste con él. —Noté amargura en su voz.
—Sí. Y nos acostamos, y luego…
—Te mandó a la mierda.
Volví a llorar y escondí mi rostro contra el pecho de Pablo.
—Soy un idiota.
—¿No me digas?
Le miré directamente a la cara.
—Le quiero tanto…, y quiero estar con él, pero no me quiere. —Dejé que Pablo me abrazara y me acurruqué contra él, agradecido—. ¿Por qué no me quiere?
—Porque probablemente él es aún más idiota que tú. —Me miró con dulzura—. ¿Cómo puede alguien no quererte?
—Perdóname, Pablo, por favor. Yo no pretendía…
—¿No pretendías, qué? —Levantó una ceja escéptico—. ¿Dejarme tirado para echar un polvo?
—Yo nunca te dejaría tirado sólo por un polvo. Pero pensé que con David sería diferente. Me siento tan mal por no haber venido a la fiesta, si lo llego a saber… Yo nunca… Nunca… Te he fallado por culpa suya y debí haber estado aquí, pero él… Me siento tan culpable…
—Bueno, eso no importa ahora. —Me volvió a abrazar y por fin parecí calmarme un poco. Me acarició el pelo y me dejé arrullar por él.
—Entonces, ¿me perdonas?
—Sí… —susurró cerca de mi oído—. Pero no seas tan tonto y no vuelvas nunca, nunca —dijo remarcando esa última palabra— a dejarme tirado por él, porque yo te quiero muchísimo más.
—Eso ya lo sé. Estoy tan arrepentido…
—Más te vale. —Se apartó un poco de mí y me miró a los ojos—. ¿Tienes hambre?
Asentí.
—Espera aquí.
Salió del dormitorio y le oí intercambiar unas palabras con los otros chicos. Luego volvió a entrar, llevando dos platos con tarta de cumpleaños. En uno de ellos estaba también la polla de chocolate.
—Toma —me dijo tendiéndomela.
—Cómetela tú si quieres, a mí no me va mucho el chocolate.
—Pues entonces la compartiremos, te vendrá bien, ¿sabes? Es antidepresivo.
La cogí y mordí la punta del glande. Era chocolate con leche, muy cremoso, y tenía algo crujiente por dentro, como almendras trituradas o algo así.
—Está buena —consentí, pasándosela a Pablo.
—Sí, y de paso me acabas de poner cachondo. —Le dio un lametón que pretendía ser lascivo mientras yo me reía.
Le dejé el resto del falo a él y yo me centré en comerme la tarta, que era de turrón, mi favorita. Estuvimos en silencio un rato, yo disfrutando de la tarta y él chupando distraído el mutilado glande de chocolate.
—¿De qué quería hablar contigo? —soltó de repente.
—¿Qué?
—Me dijiste que David te estaba esperando para hablar contigo. ¿De qué?
Esa era la oportunidad perfecta para contarle a Pablo la relación que había entre Clara y mi ex, todas las cosas que David me había dicho y la manera en la que él quería proteger a su hermana, pero en ese momento no estaba de humor para estar hablando de ello. Me encogí de hombros.
—La verdad es que no hablamos mucho.
—O sea, que era una excusa para follar, ¿no?
—Supongo —mentí.
—Ese tío es un cabrón insensible. —Pablo apenas contenía la rabia—. No se merece ni que le escupas.
—Él no es así. Tú no le conoces.
—No le defiendas sólo porque estés enamorado de él. —De repente, como si se acordara de algo, dejó a un lado su plato y se puso de pie—. Aún no te he dado tu regalo.
Volví a ponerme serio.
—No creo que me merezca hoy ningún regalo.
Pablo se encogió de hombros mientras volvía a la cama con un paquete en las manos.
—Es que yo soy así de bueno. Ábrelo.
Rompí el papel de regalo y me encontré con una de esas camisetas que él solía usar, de color violeta y con la frase: «Hoy es mi cumpleaños, bésame».
Como era de esperar viniendo de Pablo, seguro que era dos tallas pequeña.
Me la puse y él me miró encantado, luego me agarró por la cinturilla del vaquero y me atrajo hacia sí, dándome un piquito en los labios.
—Feliz cumpleaños, cariño.
Miré el reloj; eran poco más de las doce.
—Ya no es mi cumpleaños.
—Eso no importa.
Le miré con ojos de corderito.
—¿Me dejas dormir hoy contigo?
Se levantó y fue hacia la cómoda, tendiéndome uno de sus pantalones de pijama.
—Claro que sí, tonto.
Me lo puse, dejándome puesta mi nueva camiseta, y me metí entre las sábanas mientras Pablo también se vestía para dormir. Se sentó a mi lado y sacó su caja mágica, como él la llamaba: era donde guardaba su marihuana.
Se lió un porro con lentitud, siguiendo un cuidadoso ritual que le vería realizar muchas otras veces a lo largo de los años, lo prendió y le dio una profunda calada.
—Toma —dijo tendiéndome el canuto.
Negué con la cabeza.
—Tú sabes que yo no fumo.
—Por una vez no te va a hacer daño. Estás nervioso y te ayudará a dormir.
Le miré dubitativo un instante, antes de aceptarlo. Me lo llevé a los labios y aspiré, tal y como le había visto hacer a él tantas veces. Al entrar en mí, el humo hizo que mis ojos se humedecieran y que me picara la nariz por dentro.
—Aguántalo un momento —me dijo mientras lo cogía otra vez y le daba otra calada—. No espires hasta que no sea necesario.
Hice lo que me dijo, esforzándome por no toser.
Cerré los ojos y mantuve el humo dentro de mis pulmones, que se mantenía allí como una cálida marea en el centro de mi pecho.
Luego espiré el aire despacito, dejando que el humo saliera por mi nariz.
Abrí los ojos sintiendo una agradable sensación de mareo.
Me apoyé en el cabecero de la cama a su lado y cerré los ojos de nuevo, disfrutando de la sensación.
—¿Te ha gustado?
Me miraba con ojos alegres, enrojecidos y despreocupados; yo debía de tener la misma expresión. Cogí el porro y di otra calada.
—Sí —dije mientras espiraba el aire.
Estuvimos hablando durante horas esa noche. Por primera vez me sentí lo suficientemente libre como para contarle a alguien mi historia con David: cómo le conocí, cómo fue mi primera vez, lo enamorado que estuve de él y el desengaño que me llevé al saber lo de Ricardo.
—La noche que te conocí —le confesé—, él estaba allí con Hugo.
—¿El abogado?
—Sí, y vi cómo le abrazaba. Salieron juntos de allí.
—¿Por eso decidiste acostarte conmigo?
Asentí.
—Sí, pero entonces, yo… David era muy posesivo, ¿sabes?
Le gustaba recordarme una y otra vez que yo era suyo y que le encantaba que yo no hubiera estado con nadie más, por eso pensé que cuando me viera con otro se pondría celoso.
Nunca pensé que tuviera que salir de allí contigo, y cuando estábamos en el coche juntos y tú… —Hice un vago gesto con mi mano.
—¿Cuando te penetré? —terminó él.
Asentí, súbitamente avergonzado.
—Fue entonces cuando me di cuenta de que lo nuestro había terminado de verdad, cuando me enfrenté al hecho de que David no me quería. No debí haberte usado así esa noche. Lo siento.
Él se rio.
—Parece que hoy no haces otra cosa que pedirme perdón por todo. Eso ya está superado, cariño.
—Eres el mejor amigo del mundo. —Me acurruqué entre las mantas cerca de él, agradecido por su calidez.
Pablo sonrió mientras apagaba la luz.
—Sólo para ti.