12. Cumpleaños #4
Terminamos casi al mismo tiempo, jadeando palabras incoherentes que se perdieron en la oscuridad.
Tras el éxtasis, mi cuerpo quedó laxo y sentía mis emociones pasearse libres sobre mi piel.
Mis ojos se humedecieron por el placer de tenerle a mi lado, dentro de mí, notando cómo su erección cedía poco a poco y su cuerpo se relajaba satisfecho.
Salió de mí y se acostó a mi lado en la cama, sin mirarme y sin acercarse a mí.
Hambriento por uno de sus abrazos, usé el truco más tonto que se me ocurrió:
—Aquí hace frío.
—Sí, es verdad, lo siento. —Me abrazó al fin y tapó nuestros cuerpos con una manta. Luego frotó mi espalda para ayudarme a entrar en calor—. ¿Mejor así?
Entrelacé mis piernas con las suyas y me acurruqué contra su pecho.
—Sí, ya estoy más calentito. —Me aparté un poco de él, acordándome de algo—. Aún no me has dejado ver el tatuaje.
Se giró hasta ponerse boca abajo para dejar que lo viera.
Le destapé y me incliné sobre él, admirando el diseño.
Era un dragón oriental que culebreaba por toda su espalda, con la cabeza apoyada sobre el hombro izquierdo y enroscándose a lo largo de su columna vertebral, terminando en su nalga derecha, donde acababa la cola.
Una de las garras del dragón estaba cerrada sobre su escápula izquierda, justo a la altura del corazón.
—Es precioso. ¿Dónde te lo hiciste? ¿En China?
—Sí —respondió él.
—¿Te dolió mucho?
—No, yo soy muy macho. —Me miró y comprobó que no le creía—. Me desmayé en la camilla —confesó con una sonrisita avergonzada—, pero no se lo digas a nadie.
Me reí mientras seguía admirando el diseño y recorría con la yema de mis dedos las finas líneas, como si las estuviera dibujando sobre su piel.
—¿Por qué te lo has hecho?
—Porque es algo que siempre quise hacer.
—¿Y por qué no lo habías hecho antes?
Hubo un momento de silencio, en el que me di cuenta de que de alguna manera había tocado un tema sensible para él, y supe antes de oírle hablar que no iba a responderme.
—Tápame, hace frío —dijo al fin.
En vez de cubrirle de nuevo con la manta, lo hice con mi cuerpo, dejando reposar mi pecho contra su espalda.
—No te preocupes —susurré—, yo te calentaré. —Me dejé caer del todo sobre él, apretando mis caderas contra sus nalgas, y apoyé mi barbilla en su hombro. Me sentía contento y juguetón, y mordisqueé su cuello intentando provocarle—. ¿Me has echado de menos? —pregunté curioso.
Me lanzó su media sonrisa.
—He de reconocer que tu culito tiene un encanto especial.
—¿Sólo has echado de menos mi culo?
—¿Qué quieres, que enumere una a una las partes de tu cuerpo que más me gustan?
—No, no es eso —musité decepcionado al no haber obtenido la respuesta que esperaba—. No me refería sólo a mi cuerpo. —Guardé silencio un instante, esperando escuchar una de sus frases cariñosas. No dijo nada—. Yo sí te he echado de menos —aventuré.
David suspiró.
—Oye, Noah… —Se apoyó sobre sus codos y me miró por encima de su hombro—. Pensaba que lo nuestro estaba superado.
—Ya David, pero es que… —Se desembarazó de mí y se puso de pie.
En ese momento tenía una declaración de amor en la cabeza esperando a ser verbalizada, pero mi garganta se paralizó.
Algo en su expresión me dijo que no quería saber lo que sentía por él.
«Sería un inconveniente que estuvieras enamorado de mí.
» Bajé la mirada, dispuesto a mentir como un bellaco—.
Es solo que ha estado bien follar de nuevo contigo. Al menos el sexo se nos da bien.
Se puso los pantalones y se apoyó en la desnuda cómoda que había frente a la cama.
—Esto no debió haber ocurrido. —Se pasó las manos por el pelo—. De una manera o de otra, parece que siempre acabamos en la cama. Lo siento, ha sido culpa mía. Sólo quería que habláramos. Noah, yo…
Supe lo que iba a decirme y no quise escucharlo otra vez.
—Está bien, yo tampoco —aseguré mirándole a los ojos—, ya te lo dije. Sólo era que me apetecía un polvo, nada más.
Me miró pensativo, luego sonrió con cautela.
—Bueno. —Se encogió de hombros—. Supongo que tarde o temprano esto tenía que pasar, casi todas las parejas echan un polvo de despedida, ¿no?
No me gustó el sonido de esa palabra.
—¿De despedida? —dije, luchando para no dejar entrever demasiada emoción en mi voz.
—Sí, esto no puede volver a pasar. Y menos con Clara de por medio.
«Y dale», pensé.
—No te preocupes por ella —contesté con aspereza—. Ya te he dicho que no se enterará. Al menos no por mí.
—¿Es eso una promesa?
—¿Es eso lo que necesitas? —Le miré ofuscado. Él asintió—. Pues te lo prometo. No le diré nada. ¿Satisfecho?
Asintió de nuevo.
—No te lo pediría si no fuera necesario.
—No me lo pedirías si confiaras un poco más en mí —le reproché—. No me trates como si fuese un desconocido, David, porque no lo soy. Puede que para ti no significase nada lo que pasó entre nosotros, pero eso no quiere decir que para mí fuera igual.
Me miró con tanta intensidad que consiguió incomodarme y desvié la mirada.
Cerré los ojos con fuerza al notar el escozor de las lágrimas entre mis pestañas y rogué por no echarme a llorar delante de él.
Mi corazón, roto de nuevo, solo tenía el consuelo de mantener el orgullo intacto, como si admitir delante de él lo que para mí seguía significando fuera perder un extraño juego que sólo yo parecía entender.
Oí sus pasos acercarse a la cama para luego pararse. Giró sobre sus talones y se alejó de nuevo. Abrí los ojos para encontrarme a solas en el cuarto. Me sequé los ojos con rabia y le oí volver. Traía mi ropa en las manos.
—Será mejor que te vistas —me dijo, dando por terminada la conversación—. ¿Necesitas que te lleve a alguna parte?
Negué con la cabeza mientras me ponía la ropa.
—Puedo ir andando.
—¿Estás seguro?
Terminé de vestirme y me dirigí hacia la salida. Me siguió, mirándome con algo parecido a la lástima; eso me enfureció.
—Estoy seguro, capullo. —Salí de la casa y cerré la puerta tras de mí, dejándole a él dentro.
Sin mirar hacia atrás ni una sola vez, corrí escaleras abajo, no queriendo siquiera esperar al ascensor en el rellano.
Seguí corriendo hasta que estuve lo suficientemente lejos como para no ver el edificio, perdiéndome entre calles recién asfaltadas que no conocía y sin parar hasta que mis pulmones se convirtieron en llamas.
Poco a poco, mis pasos se convirtieron en una lenta cadencia.
Mis ojos húmedos atraían la atención de las pocas personas que me cruzaba en la calle.
Me los sequé, dispuesto a no romper a llorar.
Cuando mi visión se aclaró, me vi en un lugar vagamente familiar e intenté orientarme, llegando por fin a calles más conocidas.
Miré el reloj, eran casi las once de la noche y no sabía cuánto tiempo llevaba vagando.
Sin darme cuenta, mis pies me llevaban a un determinado lugar y seguí mi instinto, preguntándome mientras lo hacía qué recibimiento me esperaría al llegar allí.
Toqué el timbre temiendo que me abrieran la puerta, pero sabiendo que no quería estar en ningún otro lugar. Como esperaba, fue Pablo quien abrió.
Estaba enfadado. La mirada que me echó hizo que me sintiera acongojado, pequeño y vulnerable, y al mismo tiempo, terriblemente culpable.
—¿Puedo pasar? —musité.
Me abrió la puerta, dejándome entrar. En la sala de estar estaban sus dos compañeros de piso, mirándome con la misma animadversión que Pablo.
Sobre ellos, pendiendo del techo, se veía un enorme cartel pintado a mano que decía: «¡Feliz cumpleaños, Noah!
». Había globos de colores por todas partes y una tarta sobre la mesa decorada con motivos eróticos y que estaba coronada por una enorme polla de chocolate.
Pablo llevaba una camiseta roja donde podía leerse «Bésame si quieres entrar».
—¿Se puede saber dónde demonios te has metido? —espetó nada más cerrar la puerta—. Llegas dos horas y media tarde a tu fiesta de cumpleaños.
—Lo siento.
—¿Lo sientes? —Cada vez parecía más enfadado—. ¿Que lo sientes? ¿Sabes todo el trabajo que he hecho para organizarte esta fiesta? —Señaló la tarta con un dedo acusador—. ¿Tienes idea de todo el dinero que me he gastado, la ilusión que le he puesto?
—Pablo, lo siento… —repetí, no sabiendo qué más decir.
—Joder, Noah, invité a todos mis amigos y conocidos, incluso te contraté a un stripper , ¿y luego vas y me dejas tirado?
Me has dejado en evidencia delante de todos ellos y he perdido el dinero que le pagué al boy .
De verdad, nunca pensé que tú pudieras hacerme algo así, me siento muy decepcionado contigo.
¿Y encima tienes la cara dura de presentarte aquí a estas horas?
Le miré y entendí que esa era una clara invitación para que me fuera. Miré a Josep y a Álvaro y supe que ellos tampoco me querían allí. Intenté decirle lo que me había pasado, lo mal que me sentía, pero no pude hacerlo.
—Lo siento. —Sentí un nudo en mi garganta y mis ojos se humedecieron—. Pablo, perdóname, por favor…
Negó con la cabeza.
—Ponerme ojitos no te va a servir de nada.
Y, entonces, rompí a llorar.
Un silencio estupefacto se hizo en la habitación; sólo podía oír mis húmedos sollozos mientras los otros me miraban asombrados. Me tapé la cara con las manos, demasiado avergonzado para enfrentarme a ellos, y me quedé allí de pie sintiéndome miserable. Pronto noté cómo Pablo se acercaba.
—Noah, ¿qué te pasa?
—Pablo, perdóname —dije agarrando su camiseta—. Por favor, por favor… —Volví a sollozar sin control.
—Ven conmigo. —Me cogió de la mano y me guio hasta su habitación.
Al entrar, cerró la puerta tras de sí y puso el pestillo. Luego me hizo sentarme en su cama. Volví a esconder mi rostro tras las manos y me encogí sobre mí mismo, aún llorando. Noté que Pablo se sentaba a mi lado y me cogía por las muñecas.
—Noah, dime qué te pasa. ¿Dónde has estado? —Negué con la cabeza, aún incapaz de hablar—. Me estás preocupando, ¿qué es lo que pasa?
—He estado con él —gemí, evitando su mirada.