12. Cumpleaños #3
Meneó la cabeza.
—A veces se me olvida que no eres más que un niño. —Su mirada cambió, reflejando algo parecido a la ternura—. ¿Aún me guardas rencor?
—No, rencor no —musité.
—¿Entonces, qué?
—Aún no lo he decidido. —Bajé la mirada, sintiéndome incómodo por dejarme arrastrar hasta la conversación que yo no quería tener. Oí cómo se acercaba.
—Supongo que he sido demasiado duro contigo.
—Supongo que fuiste sincero.
Soltó una risita.
—Tienes razón, pero aun así te debo una disculpa. —Cogió mi barbilla y me obligó a mirarle.
Su voz había cambiado, mostrando un matiz que hizo que se me erizara el vello de la nuca. Me removí y comprobé con deleite que sus ojos siguieron con interés el leve movimiento de mis caderas. De repente, todo había cambiado y me vi en una situación que podía manejar a mi antojo.
—¿Ahora es cuando te disculpas? —susurré—, ¿cuándo ya me he olvidado de ti?
—¿Es eso verdad? ¿Ya te has olvidado de mí, pequeño? —Su mano recorrió mi mandíbula y llegó a mi nuca, acariciándome.
—Tú mismo lo dijiste. —Alcé la vista y me obligué a mirarle a los ojos—. Nunca debí tomármelo tan en serio.
Chasqueó la lengua.
—¿Yo te dije eso?
—Sí —respondí con dureza—, pero al final resulta que tenías razón. Siempre fue sexo, nada más.
Sus ojos se oscurecieron un tanto y supe con un pinchazo de angustia que le había hecho daño.
—Mejor así —dijo—, sería un inconveniente que estuvieras enamorado de mí.
Estaba tan cerca ahora que podía sentir su respiración sobre mi piel.
Empecé a sentirme sofocado y confuso, el deseo corriendo por mis venas con cada latido de mi corazón.
La añoranza por nuestra intimidad perdida se aposentó en mi piel, haciendo que de repente esa mano apoyada en mi nuca enviara una miríada de recuerdos eróticos hasta mi entrepierna.
Me moví de nuevo, intentando esta vez alejarme de él, y al hacerlo rocé nuestras caderas.
Él abrió mucho los ojos al sentir el contacto y supe que mi excitación había sido desvelada.
—¿Solo sexo? —susurró.
Asentí acercando mis labios para saborear la piel de su mejilla y deslizarme por las líneas de su rostro hasta acercarme a la comisura de la boca. Justo cuando iba a besar sus labios, se alejó de mí.
—¿Pero no dijiste que no querías volver a verme?
Me aparté de su cuerpo y fui hasta la lámpara, apagándola.
—Sí, pero podemos follar a oscuras.
Había anochecido por completo y la habitación estaba iluminada solo por la fría luz procedente de las farolas que había en el exterior.
Volví a su lado y le empujé hasta el sofá, me senté sobre él y estudié sus facciones en la penumbra.
Apenas podía verle, pero su errática respiración, el febril brillo de sus ojos y el incierto tanteo de sus dedos en mi cintura me indicaron que no me había equivocado.
Acerqué mi boca a la suya con deliberada lentitud, recreándome en el momento.
No le besé, sino que me limité a acariciar sus labios con los míos, tanteándole, seduciéndole, dándole tiempo para decidir.
Rodeó mi talle con los brazos y subió las manos por mi espalda, atrayéndome hacia sí, y propiciando que el roce se convirtiera en un beso, estrellando nuestros labios.
Le acerqué aún más, cogiéndole por el cuello de la camisa, y mordí su boca, descubriendo al tenerle de nuevo cuánto le había echado de menos.
No importaba a cuántos había besado, con cuántos había encontrado placer; David era diferente: más candente y más dulce, más apasionado y más cálido que ningún otro.
Su lengua paseándose por el interior de mi boca, sus manos metiéndose por debajo de mi camiseta, su naciente erección apretándose contra la mía, todo se conjugaba en una sonata de intensa y loca rectitud, haciéndome entender que nunca estaría con ningún otro hombre tan adecuado para mí.
—Noah… —Sus labios lucharon para separarse de los míos—. Noah, espera… —Consiguió apartarse de mí a pesar de mis esfuerzos por retenerle—. ¿Qué estamos haciendo?
Le miré jadeante y confuso, temiendo un rechazo.
—Quiero estar contigo. —Me puse de pie, dispuesto a jugar mi última carta, y empecé a desnudarme frente a él, con una sensual languidez fruto de la inexplicable certeza de que David lo deseaba tanto como yo—. ¿No quieres tú lo mismo?
Me quedé desnudo frente a él, excitado, expuesto, vulnerable, esperando su respuesta.
—Hoy es tu cumpleaños —dijo al fin, acercando una trémula mano a mi piel—, ¿no tienes nada mejor que hacer que estar conmigo?
Por un instante, recordé a Pablo y el compromiso que tenía esa noche con él y al que iba a llegar tarde, luego me concentré en esa mano que acariciaba la piel de mi abdomen.
Me acerqué aún más, dejándome rodear por sus brazos, y permití que sus labios se posaran sobre mí, describiendo húmedos caminos alrededor de mi ombligo, haciéndome olvidar por completo todo lo referente a la fiesta.
—No —gruñí satisfecho—. Esta noche te quiero a ti, tú serás mi regalo de cumpleaños.
Me arrodillé entre sus piernas y acaricié sus muslos en sentido ascendente hacia su dureza, mirándole a los ojos mientras desabrochaba su bragueta y descubriendo al hacerlo que toda su reticencia parecía haber desaparecido.
Me guio con las manos hasta que mis labios se toparon con su piel, húmeda y candente, y fundí mi boca con su sexo, en un beso que arrancó roncos gemidos de su pecho.
Veneré cada segundo que pasé así, dándole placer oral, oyendo sus jadeos y sintiendo sus manos, que, enredadas en mis cabellos, me instaban a profundizar cada vez más.
Saboreé el amargo fluido que surgía gota a gota del extremo de su glande, lamiéndolo con ansia no contenida, gozando del espectáculo de las excitantes reacciones de ese cuerpo que yo adoraba.
Subí en busca de sus labios, desabrochando a mi paso cada botón, descubriendo toda su piel.
Encontré su boca al final del camino y la mordí al mismo tiempo que mi cuerpo reptaba sobre el suyo, adoptando una postura que me permitía dominarle, obligándole a plegarse a mis deseos y satisfacerlos.
Cogí un condón de mis pantalones y rasgué el envoltorio con mis dientes, para luego ponérselo.
Él no se separaba de mi piel, aferrándose a mi cintura como si fuera una tabla salvavidas.
Me senté a horcajadas sobre él, introduciéndolo en mí a medida que bajaba.
Agarró mis caderas y las empujó hacia abajo, ayudándome a completar la penetración.
Jadeé al tenerle en mi interior, ardiente como una lengua de fuego.
Me moví despacio sobre él, con movimientos circulares y ascendentes, volviéndole loco.
Hasta ese instante se había contentado con dejarme hacer, portándose con una sumisión que no le conocía, abrazándome y manteniendo nuestros torsos unidos, dejándome darle placer.
Disfruté de ese momento de dominio que me regalaba, sintiendo el poder que se consigue al subyugar a quien se ama, pero no duró mucho.
David, fiel a su naturaleza, empezó a demandar más de mí, hasta que quiso ser él mismo quien marcara el ritmo.
Consiguió ponerse de pie aun conmigo encima, haciendo alarde de su fuerza una vez más.
El movimiento hizo que saliera de mí y yo me quejé.
— Shh , tranquilo, pequeño —respondió mordiendo mi boca y cargándome por el pasillo—, enseguida estoy contigo de nuevo.
Me sujeté a él más fuerte y apoyé mi cabeza en su hombro hasta que entró en uno de los dormitorios y me tiró sobre una cama cubierta solo por una vieja manta blanca.
Me quedé allí mirándole mientras terminaba de desnudarse frente a mí, con su erección cubierta aún por el látex que le había puesto y húmeda tras haber estado en mi interior.
Se inclinó hacia mí, apoyando sus rodillas sobre la cama, y al hacerlo vi una sombra sobre uno de sus hombros y su costado, los retazos de un diseño que estaba en su espalda, oculto a mi vista.
—¿Te has hecho un tatuaje? —inquirí mientras se hundía en mi cuello y me mordía.
—Sí —masculló.
—Déjame verlo. —Intenté incorporarme para mirarle la espalda, pero él fue más rápido: me cogió por las piernas y me volteó, dejándome boca abajo.
—Déjame a mí ver el tuyo. —Paseó las manos por mi cuerpo y las dejó sobre la letra tatuada de mi baja espalda—.
Aún tenía la esperanza de que fuese un tatuaje de mentira —susurró, delineando la «D» con su dedo.
Luego ese dedo fue sustituido por su lengua y sus dientes, que tomando ese punto de partida recorrieron un camino hacia mis nalgas, mordiéndolas para luego tomar una dirección ascendente por mi columna vertebral, llegando a mi nuca al mismo tiempo que una presión roma y ardiente se apoderaba de mi entrada al volver a adentrarse en mí—.
Noah… —gimió contra mi cuello, empezando a embestirme—, oh, Noah…
El placer me invadía con ferocidad cada vez que notaba esa candente carne profanarme, dejando una marca invisible.
—David —gimoteé en un rapto de éxtasis—, nadie me folla como tú.
—¿Ah, no? —Sonrió parándose un momento—. ¿Ninguno de los probablemente más de veinte?
Negué con la cabeza, preguntándome si se estaría burlando de mí.
—¿Sabes por qué? —continuó, reanudando el movimiento, esta vez con más intensidad—. Porque no importa con cuántos hombres estés, ni cuánto tiempo haya pasado, tú siempre serás mío y nunca nadie sabrá tan bien como yo lo que te gusta.
Sus palabras, pronunciadas en voz queda, hicieron que me estremeciese.
El ritmo de las embestidas aumentó, sus manos atraparon las mías, inmovilizándome, y su pecho se apoyó en mi espalda, recargando todo su peso sobre mí.
Cerré los ojos con fuerza cuando noté sus labios recorrer la piel de mis hombros y una nueva mordida.
Su piel sudorosa contra la mía, su aliento cayendo sobre mí, su voz y sus jadeos junto a mi oído, todo se fusionaba en una mezcla erótica que se unía al ritmo de nuestras caderas. Era verdad: nadie me lo hacía como él.