A través del sexo. La saga completa 12. Cumpleaños #2
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12. Cumpleaños #2

Saqué de la mochila mi nuevo discman y lo encendí en la modalidad aleatoria. Saltó al azar «Forbidden Love», una de mis canciones favoritas de Madonna, y salí de la facultad tarareándola, entendiendo a medias la letra.

Fue entonces cuando lo vi. David estaba apoyado contra su coche, con los brazos cruzados sobre el pecho y un cigarrillo colgando de la comisura de sus labios.

No había posibilidad de error, me miraba directamente y supe que esta vez sí estaba esperando por mí.

Me quedé como plantado un instante, no sabiendo muy bien qué hacer.

Había algo en su mirada que parecía estar desafiándome a acercarme, pero yo deseaba salir corriendo de allí para no tener que verlo tan cerca de mí, provocando oleadas de anhelos y melancolía dentro de mí.

Apagué el discman y me quité los auriculares, obligándome a caminar hacia donde estaba, intentando mantenerme impasible y prohibirle a mi corazón que soñara con sus labios contra mi piel, aun cuando sus ojos me recorrieron de arriba abajo al estar frente a él.

—Feliz cumpleaños, Noah —dijo al fin, cogiendo el cigarro entre sus dedos y tirándolo al suelo.

—¿Qué haces aquí? —conseguí decir con la voz rasposa, obviando la orquesta de latidos que tenía en la garganta.

Pisó el cigarro hasta apagarlo, luego volvió a mirarme.

—He venido a buscarte. —La orquesta se transformó en tempestad—. Tenemos que hablar.

Mi corazón se paró por fin, solo para reiniciar el bombeo con un ritmo lento y tortuoso.

—¿De qué?

—De algo que prefiero no discutir aquí. —Abrió la portezuela del copiloto—. Entra, por favor.

Hice lo que me pedía al tiempo que mi mente elucubraba libremente y en contra de mi voluntad acerca de esas fantasías de reconciliación que llevaba reprimiendo todo el otoño.

Se subió al coche y arrancó. Aunque estaba deseando hablarle, no lo hice, sabía que prefería conducir en silencio.

Con una sonrisa me pregunté cómo se las apañaría cuando llevaba a Clara de copiloto, ella no se callaba nunca.

En realidad, su semejanza se limitaba al físico, pues ambos tenían temperamentos muy diferentes: Clara era explosiva, alegre, espontánea e irreverente; David era comedido, serio y pensaba mucho las cosas antes de decirlas, pero también podía ser apasionado y entregado cuando quería, eso lo sabía yo muy bien.

Lo miré, bebiéndome su perfil en busca de una pista, una señal, adorando cada una de las preciosas líneas de su rostro, que ahora se veía serio y tenso, recordando que yo había relajado esas facciones en otras ocasiones con mis labios y mi cuerpo y deseando poder volver a hacerlo, aunque sólo fuera por una vez.

«¿Es que acaso voy a recuperarle?», me decía insistentemente una insidiosa voz, mientras otra, aún más odiosa si cabe, me recordaba que haría bien en no ilusionarme de nuevo con él, porque en el pasado eso no me había funcionado.

Supe en seguida que no íbamos hacia su casa, como en un primer momento había pensado. En vez de dirigirse al centro, donde él vivía, fue a la periferia, a un barrio de viviendas de lujo.

Aparcó en el garaje de uno de esos edificios, nos bajamos del coche y fuimos hasta el ascensor. David pulsó el botón del quinto piso y sólo entonces se volvió hacia mí.

—Mi hermana dice que eres de los mejores de la clase.

Me encogí de hombros, no queriendo parecer presumido.

—Me va bastante bien, no me quejo.

Salimos del ascensor y David sacó unas llaves de su bolsillo, con las que abrió la puerta a la derecha del rellano. Cuando entré, me vi en un salón escasamente amueblado, sin adornos e impersonal. El ambiente estaba espeso, sin airear y olía a telarañas.

—¿Qué es este lugar? —pregunté cuando David encendió una lámpara de pie.

—Es un piso que tenía alquilado a una pareja. —Caminó hasta quedar frente a uno de los ventanales y miró hacia el exterior, su silueta recortada contra el pálido cielo del crepúsculo—. Se fueron hace un mes y ahora la casa está vacía.

Abrió la ventana, dejando que entrara el frío aire de la noche, y le dio la espalda, apoyándose en el alféizar.

—¿Y por qué me traes aquí?

—Porque me parecía menos complicado que llevarte a mi casa.

—¿Complicado para quién? ¿Para ti?

—Noah, ya te lo dije, tenemos que hablar. —Encendió otro cigarrillo y me miró estudiándome con cautela, como si estuviera eligiendo las palabras exactas que debía usar—. Estoy seguro de que tú no eres consciente de lo problemática que es esta situación.

—¿A qué situación te refieres? Nosotros no tenemos ninguna situación —solté irónico.

—¿Ah, no? —Su mirada se volvió más dura—. ¿Y qué me dices de Clara?

—¿Qué tiene que ver ella en todo esto? —Mientras hacía la pregunta, obtuve la respuesta—.

Así que es eso, ¿no? —De repente exploté, con toda mi furia, sintiendo que mis esperanzas se hacían añicos ante mis ojos—.

Me follas todo lo que te da la gana, me pones los cuernos, me dejas tirado, estamos cuatro meses sin vernos y ahora, ¿de lo que quieres hablar es de tu hermana?

Me miró preocupado.

—¿Qué esperabas, Noah? ¿Una explicación? ¿Una disculpa? —Me quedé callado y él continuó, ladeando la cabeza—: ¿Una reconciliación?

—No —mentí, dispuesto a no dejar ver mi vulnerabilidad—, la verdad es que preferiría no tener que volver a verte.

—Pues resulta que ese es el problema: de repente te has convertido en el mejor amigo de mi hermana pequeña. ¿Vas a decirme que eso no tiene nada que ver conmigo?

—Es que no tiene nada que ver contigo, ¿qué te crees que eres, el ombligo del mundo?

Soltó una risita seca mientras echaba la ceniza del cigarro por la ventana.

—Antes lo era para ti, ¿no?

—Antes —admití—, pero ya no. Eres un capullo y no quiero tener nada que ver contigo.

—Y tú eres un niñato inmaduro, y puedo decirte lo mismo, así que ¿por qué no dejas tranquilita a mi hermana?

—No tengo por qué hacer eso. Clara es mi amiga, y si eso no te gusta, es tu problema, no el mío.

—La verdad es que el problema lo tenemos los dos, aunque tú, claro, no tienes ni idea. No tengo tiempo para tonterías.

—¿Qué quieres decir?

—Que tu amistad con mi hermana me perturba. No me parece nada conveniente que intercambies confidencias con ella.

Me reí sarcástico, pillando al vuelo el sentido velado de su frase.

—¿Es eso lo que te preocupa? ¿Que le cuente a tu hermana que eres gay?

—Entre otras cosas —admitió con tranquilidad exhalando el humo—.

Pero ese no es el único problema. Tú ya sabes cuál es mi situación familiar, confié en ti lo suficiente como para contártelo.

—Sus palabras sonaron como un reproche—.

Yo ya soy mayorcito, Noah, me da igual lo que mi padre piense de mí, pero Clara ha venido a España a vivir conmigo y eso ha ocurrido a cambio de que yo haga ciertas…

concesiones. Sabes que hay cosas que ella desconoce y que deben seguir siendo así.

Si quieres hacerme daño, no lo hagas por medio de Clara.

—Yo no quiero hacerte daño —respondí dolido—, ni a ella, ¿cómo puedes pensar eso de mí?

Apagó el cigarro y se acercó lo suficiente como para ver las lágrimas que afloraban a mis ojos.

—Tu amistad con ella, ¿es sincera?

Asentí.

—¿De verdad no tiene nada que ver conmigo?

—De hecho —susurré—, cuando descubrí que era tu hermana, casi decido no volver a hablarle, pero ella…

—Debí suponerlo. —Soltó una risita—. Siempre consigue ganarse a todo el mundo, incluso a ti. Además, eres un buen chico, no debí haberlo olvidado. — Volvió a apartarse—. Aun así, el problema sigue estando ahí.

—No voy a dejar de ver a Clara sólo porque tú lo digas. —Apreté la mandíbula, testarudo—. Pero no le contaré nada sobre nosotros. Y no lo hago sólo por ti, ¿qué crees que pensaría ella de mí si supiera lo nuestro?

—Que te acercaste por interés. —Sonrió—. Igual que lo he pensado yo. Por lo visto, vamos a tener que aprender a convivir con ella de por medio, fingiendo ser desconocidos. ¿Podrás hacerlo?

Me apoyé en uno de los sofás, descargando mi peso contra él.

—Llevo haciéndolo dos meses y no he tenido ningún problema —mentí.

—Está bien. ¿Y lo nuestro, está superado?

Otro de sus cambios de tema; de repente estaba hablando de nosotros.

—Completamente —mentí de nuevo.

—No me extraña. —Se apoyó en el otro sofá, quedando frente a mí—. Sobre todo si es verdad lo que Clara cuenta de ti. Por lo visto, no has perdido el tiempo.

—¿Qué es lo que te cuenta? ¿Lo promiscuo y libertino que soy? —pregunté, parafraseándole.

—¿Es verdad que lo eres?

Asentí.

—Sólo estoy poniendo en práctica tus consejos. Además, no esperarías que me sentara a esperar por ti…

—No, en absoluto, eres joven y muy guapo, es normal que quieras divertirte. A tu edad yo era igual.

—¿Ah, sí?

—Sí. Después de mi primer desengaño amoroso, empecé a follarme todo lo que se meneaba.

—Después de que Hugo te mandara a la mierda, quieres decir. —No conseguí disimular la amargura en mi voz.

Me miró con renovado interés y, poco a poco, el estupor de su rostro se convirtió en su peligrosa sonrisa ladeada.

—Lo sabías —dijo, medio riendo—, lo supiste todo el tiempo.

—No soy tan tonto como tú crees.

—Nunca he pensado que lo seas, pero parece que siempre consigues sorprenderme. Y dime, por curiosidad… —Se mordió el labio inferior—. ¿Cuántos ha habido después de mí?

—No lo sé. —Me ruboricé, percatándome de su habilidad para cambiar de tema de nuevo.

—¿Más de diez?

—Sí.

—¿Más de veinte?

—Probablemente. —Me miró con los ojos entornados y yo contraataqué—. ¿Eso te pone celoso?

—Eres un crío. —Sonrió burlón—. ¿Eso es lo que intentabas aquella noche en el Carpe Diem? ¿Ponerme celoso? —Me ruboricé aún más al ver que se estaban descubriendo mis cartas—. ¿Por eso te enrollaste con aquel fulano delante de mí? —continuó.

—Pablo no es ningún fulano —respondí a la defensiva.

—Oh, vaya. —Rio—. Pero si tiene nombre y todo. —Pareció acordarse de algo—. ¿No será ese tal Pablo del que me ha hablado Clara?

Parecía que Clara no tenía secretos para su hermano.

—El mismo.

—¿Así que tienes un amiguito especial?

—Tú también, ¿no? Al fin y al cabo, esa noche saliste con Hugo del local.