12. Cumpleaños
CUMPLEAÑOS
N oviembre pasó como un susurro. Clara y yo, sumergidos como estábamos en la dinámica de las clases, apenas nos percatamos de que el invierno se nos estaba echando encima.
Los días eran cada vez más cortos y fríos y no fue hasta que nos empezamos a preocupar por la cercanía de los exámenes que nos dimos cuenta de que ya estábamos en pleno diciembre.
Estaba tan concentrado que casi ni me preocupaba del sutil ostracismo al que estaba siendo sometido.
Un día, un chico hacía como que no me oía cuando le llamaba en el pasillo, otro susurraba «marica» a mis espaldas, y nadie parecía capaz de prestarme unos apuntes, porque casualmente se los acababan de dejar a otro compañero.
Clara, que destapó una lealtad inconmensurable, se unió a mí en mi particular soledad y dejaba ver a cualquiera que quisiera acercarse a ella que primero debían aceptarme a mí, y como ella era un imán para los tíos, la cosa no pasó a mayores.
Además, pronto empezó a ser notorio que yo era uno de los mejores estudiantes de la clase, y de repente todo el mundo quería estudiar conmigo, consultarme alguna duda o pedirme prestados mis apuntes, que tenían una exactitud y una pulcritud intachables.
Suprimiendo mis tremendas ganas de mandarlos a todos a tomar por culo, claudiqué, para demostrarles que incluso «siendo un marica» era mejor persona que todos ellos.
Poco a poco, Clara y yo fuimos integrándonos en un grupo de la clase algo más liberal y menos estirado, lleno de chicas vivarachas y tíos con ganas de fiesta.
Era el mismo grupo que había adoptado a Samuel desde el primer día y le tenían como el gracioso oficial, pero no de manera despectiva.
Antes de conocerlos bien, me temía que le tuvieran por un payaso por ser un gay alocado, pero luego me di cuenta de que estaba prejuzgándoles: Samuel tenía alma de payaso y hacía lo que estuviera en su mano por ser el centro de atención y hacer reír a los demás de las maneras más alocadas que se le ocurrieran.
Pronto yo también empecé a reírme de sus ocurrencias y me di cuenta de que cada día me caía mejor.
Durante ese tiempo vi poco a Pablo. Cada vez tenía que estudiar más y empecé a limitar mis salidas a una cada semana como mucho, en vez de las dos o tres a las que estaba empezando a acostumbrarme.
De todas maneras, él también estaba bastante liado.
Aunque tardó sólo unos días en instalarse en su nueva casa, la mudanza y organización de sus trastos duró todo el mes de noviembre y parte de diciembre.
Los compañeros de piso de Pablo eran, al igual que él, estudiantes de arte.
Álvaro, cuyos padres eran los dueños del piso, le había ofrecido alojamiento primero a su mejor amigo, Josep, y luego a Pablo, para completar el trío.
Ellos dos también eran gays y yo siempre sospeché que tenían una de esas amistades especiales, y que debían de estar bastante pillados el uno por el otro, aunque no parecían querer decidirse a estar juntos.
No habiendo más gays disponibles, y no queriendo ocupar la última habitación libre con un hetero que les cortara el rollo supermarica, Álvaro decidió alquilársela a una chica muy progre y hippy llamada Eva, que estudiaba diseño gráfico y que a mí me cayó gorda desde la primera vez que la vi, sobre todo por su impertinente manía de llamarme «el novio de Pablo» con cierto tono de burla, a pesar de ver salir y entrar continuamente a los otros novios de Pablo del piso.
Cada sábado por la tarde, antes de salir por ahí, iba a su habitación y le ayudaba a desempacar y colocar libros, cuadros y objetos inservibles varios.
Incluso una de esas tardes me reencontré con Arturo, el payaso feo, que consiguió hacerse con un lugar de honor en la mesita de noche.
Luego solíamos ir al Sodoma, donde nos emborrachábamos de alcohol y sexo, para terminar la noche durmiendo la mona acurrucados en su cama, una antigua estructura de madera con un colchón de un metro y veinte centímetros de ancho.
El día que terminamos de colocar los objetos de la última caja era casi Navidad.
Pablo se concentraba en ordenar por categorías sus libros mientras yo colgaba un calendario de obras renacentistas en la pared junto a la puerta y lo ponía en el mes de diciembre.
La obra de ese mes era El nacimiento de Venus, de Botticelli, lo cual no dejaba de ser una casualidad: esa era mi pintura favorita y diciembre era el mes de mi cumpleaños.
—Esto era lo último —comenté señalando la caja, ahora vacía. Luego cogí un rotulador rojo de su escritorio y marqué el día 21, redondeándolo.
Pablo me abrazó por detrás.
—Es verdad, estás a puntito de cumplir los dieciocho. ¿Cómo te sientes?
—¿Por qué?
—Por la mayoría de edad.
—Ah, por eso… Sí, podré votar, tener posesiones, casarme… —Le miré burlón—. Beber alcohol, entrar en discotecas… Ah, no, pero sí, eso ya lo hago.
—Aun así, cariño, no se cumplen los dieciocho todos los días. Voy a montarte la fiesta del siglo para celebrarlo.
—¿En serio? —dije ruborizándome.
—Sí, claro. Imagínate. —Extendió un brazo delante de sí y miró al vacío en actitud soñadora—: Una fiesta llena de chicos guapos, todos bebiendo y bailando juntos, contoneándose bajo luces de neón y música techno .
—Eso no sería una fiesta —dije riéndome mientras cogía su brazo y lo bajaba—, sino una orgía.
Me miró entusiasmado.
—Eso es exactamente lo que tenía pensado.
A pesar de las insistencias de Pablo por montar una fiesta exclusiva para hombres, yo ya había decidido por mi cuenta que debía invitar a Clara.
Al fin y al cabo, si ella no se encontraba fuera de lugar en el Sodoma se lo pasaría bastante bien en mi fiesta, por muy gay que fuera, y me sentiría mal dejándola de lado solo por ser una chica.
—La semana que viene es mi cumpleaños —le dije un día al salir de clase.
—¿Cuándo?
—El martes 21.
Me miró desolada.
—Me lo debiste decir antes, Noah… He quedado con mis padres en volver a Alemania ese mismo día por la mañana, y a estas alturas, tan cerca de la Navidad, no quiero posponer mi llegada.
—Bueno, da igual. —Me encogí de hombros, como si no tuviese importancia—. ¿Irá tu hermano contigo? —pregunté con morbosa curiosidad.
—¿David? —Clara elevó las cejas—. No, él nunca va a casa. —Bajó la voz como si estuviese contándome una confidencia—. No se lleva muy bien con mi padre.
—¿Te quedarás allí durante todas las vacaciones?
—Hasta después de Año Nuevo. Le prometí a David que pasaría con él el Día de Reyes. Y tú, ¿qué vas a hacer por tu cumple?
—Ya conoces a Pablo. —No quise darle mucha importancia a la fiesta que se iba a perder—. Seguro que organiza alguna tontería.
No tardó mucho en quedar acordado que celebraríamos la fiesta en el piso.
Álvaro no parecía tener problemas por ello, de hecho, él y Josep parecían emocionados con la perspectiva.
La única que no estaba muy contenta con albergar una fiesta gay en su casa era Eva.
Al final decidió, tras unas cuantas indirectas por parte de Pablo, que lo mejor esa noche sería dormir en casa de una amiga.
Yo no tenía mucha idea de lo que Pablo me estaba preparando, ya que no me dejaba ayudarle, alegando que mientras menos supiera yo, mejor.
Esa semana la pasó «ultimando detalles» y yo me sentía terriblemente halagado porque alguien se tomara tantas molestias por mí.
Hasta ese momento, las únicas celebraciones de cumpleaños que había tenido eran esas fiestas infantiles llenas de globos, tartas y primos y hermanos tirándome de las orejas y haciéndome perrerías solo porque era mi cumpleaños y yo era el más joven de todos ellos, aparte de unas cuantas salidas y cenas con amigos cuando empecé a considerarme demasiado mayor para soplar velas.
La única tradición que se mantuvo todos esos años fue la de hacerme perrerías, así que, inevitablemente, la mañana de mi cumpleaños, nada más salir de mi dormitorio, Aarón y Moisés me acorralaron en el pasillo y me dieron dieciocho tirones, uno por cada oreja.
—¡Felicidades, enano! —me gritaron al unísono cuando dejaron de torturarme, mientras yo me masajeaba los lóbulos de las orejas.
—Joder —mascullé—, seguro que me he quedado hecho un Buda. El año que viene voy a pasar mi cumple en Alaska.
Mi madre me esperaba en la cocina, terminando de preparar mi «desayuno cumpleañero»: gofres con miel, otra tradición familiar. Luego puso un regalo sobre la mesa, me besó en la frente musitando un «felicidades» y se fue a trabajar.
Mientras mis hermanos se concentraban en comerse los gofres a velocidad de récord, yo abrí el regalo: un discman que llevaba un tiempo pidiendo para poder escuchar música en el metro. Lo volví a dejar en la mesa y me uní al festín.
—Eh, dejadme alguno, que son míos.
Después de obtener un relativo éxito en la lucha por los gofres, me vestí, cogí mi discman y un CD de Madonna, y salí para ir a la universidad.
Ese día era el último día de clase antes de Navidad, y no tardé mucho en descubrir que Clara no había sido la única en decidir adelantar sus vacaciones.
La clase estaba medio vacía y fue estando cada vez más a medida que avanzaba la jornada.
Después del descanso para el almuerzo, la mayoría se fue, y no me extrañó, porque los martes eran días especialmente largos y pesados y solo los más aplicados nos quedamos hasta la última clase, que terminaba a las siete de la tarde.
Por muy tentadora que fuera la idea de hacer pellas siendo el último día de clases y, sobre todo, mi cumpleaños, decidí quedarme hasta el final y mantener impecable mi nivel de asistencia.
Al terminar la jornada, salí de la facultad con el tiempo justo para volver a casa, cambiarme de ropa e ir a mi fiesta. Tenía que estar allí a las nueve de la noche y habían insistido mucho en que fuera escrupulosamente puntual.